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Elementos No. 97         Vol. 22 Enero-Marzo, 2015, Página 47

Irena Majchrzak y Alice Miller 

Anamaría Ashwell
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I. Irena Majchrzak nació Ida Englard Moskowicz en Kielce, aunque su acta de nacimiento la registra en Piotrków Trybunalski el 26 de septiembre de 1927.1
    Ella tuvo una única hermana: la sicóloga Alice Miller, cuyo nombre fue Rostovska según su hijo Martin Miller,2 aunque el acta de nacimiento de Piotrków la registra como Alicija Englard. Alice, como le decía Irena, enfermó de cáncer pancreático y se suicidó a los 87 años el 14 de abril de 2010 en Saint-Remy de Provence, Francia. Irena murió hospitalizada en Varsovia a los 84 años el 25 de febrero de 2011.
    Las dos hermanas crecieron en un entorno religioso y cultural judío-polaco en una familia de estricta observancia ortodoxa jasídica. La casa de ambas estuvo ubicada en el tercer nivel de una casona de cuatro pisos en Piotrków que perteneció a su abuelo ciego, de hermosos ojos azules según lo describió Irena. El abuelo era quien presidía sobre su familia extensa y rezaba el Modé Aní todas las mañanas y cantaba también las oraciones durante el último alimento antes del sabbat incluso cuando los alemanes ya habían trasladado a todas las familias al gueto de Piotrków, donde quedaron todos sentenciados a morir por ser judíos.
    La historia de las dos hermanas es la historia trágica y horrífica de los pueblos de Europa Central durante la Segunda Guerra Mundial. No se haría justicia, sin embargo, si no se reconoce la particular saña y sadismo del exterminio específicamente ordenado sobre los judíos polacos y no solo por los nazi alemanes: en el tiempo de la alianza soviético-alemana (desde el 23 de agosto de 1939 hasta junio de 1941, cuando la Unión Soviética y la Alemania nazi firman el pacto Molotov-Ribbentrop de no agresión) alrededor de 200 mil ciudadanos polacos fueron asesinados y más de un millón desplazados a los gulags soviéticos así como a Auschwitz y a otros campos de concentración donde decenas de miles más murieron al arribar. El libro que documenta la Shoa en estos pueblos y que abarca todo el periodo del avance soviético y nazi en Europa es del historiador de la Universidad de Harvard, Timothy Snyder, Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin.3 Se trata de una lectura, sin embargo, casi imposible de concluir porque el horror obliga a cerrar el libro. Czeslaw Milosz, quien atestiguó lo que sucedía en las riberas del Vístula durante el avance del nazismo alemán sobre tierras polacas, lo describió como un escenario donde se había desatado “la locura humana”. En Polonia los nazi habrían de dividir a la población entre judíos y polacos, destinando a los primeros al exterminio total y a los segundos a un extermino parcial, porque los sobrevivientes quedaron convertidos en fuerza de trabajo esclava.4
    Esa fue la historia de guerra y vida que marcó a las dos hermanas Englard cuando una cumplía 12 años y la otra acababa de terminar sus estudios secundarios. En momentos también cuando ambas llegaban a una edad en que su abuelo y padres debían decidir sus futuros. Todos los consejos y prospectos paternos, sin embargo, se estrellaron contra el avance del nacionalsocialismo. Las tradiciones religiosas de la familia no preveían una educación superior para las mujeres, aunque la lectura y la instrucción libresca eran parte esencial de la educación que recibían niñas y niños en esa comunidad jasídica. Las familias que permitían la educación universitaria a sus hijas, me explicó Irena, las enviaban a residir con parientes en Varsovia o incluso Berlín, porque en Piotrków no existían centros de educación superior. Y Alice, cuando terminó sus estudios secundarios, insistió en una educación universitaria; ella hablaba y leía en alemán porque había vivido entre 1931 y 1933 con una tía en Berlín y ningún argumento religioso o paterno pudo detenerla cuando decidió trasladarse a Varsovia para ingresar a la Universidad. La rebelión de Alice cuestionó las estrictas reglas religiosas que exigían a las mujeres obediencia a tradiciones y decisiones de sus mayores, y ni el argumento de su padre y abuelo sobre el peligro que le esperaba en Varsovia en medio de un clima político que azuzaba el antisemitismo le hizo desistir. Irena recordaba la tensión familiar que la ida de Alice provocó y también que su madre jugó un papel pasivo pero sustancial que finalmente permitió a Alice abandonar Piotrków sin un repudio extremo de parte de su padre y abuelo. Alice abandonó la casa paterna sin que Irena pudiera recordar sus argumentos puntuales ni precisar cuál fue su residencia en Varsovia: ella solo recordaba el dolor que se instaló en el corazón de su abuelo y en la tristeza que dobló a su padre porque todos sabían que nunca más la volverían a ver. La familia Englard era de observancia ritual jasídica estricta y el abuelo y el padre solo hablaban yiddish; las dos hermanas y su madre, escolarizadas, conversaban en polaco además de yiddish.5 Pronto después de la partida de Alice a Varsovia se implementaron las políticas segregacionistas que obligaron a las familias judías a abandonar sus casas y a concentrase en los guetos; la segregación de judíos en guetos se había iniciado después de la ruptura del pacto soviético-alemán (1941) y una vez que la familia Englard fue reubicada en el gueto de Piotrków, en condiciones de hacinamiento y con escasez de alimentos, empeoraron las condiciones de vida y salud del padre de Irena y todos temieron por Alice en Varsovia.
    El 12 de octubre de 1942, en la noche anterior de cuando Hans Frank, gobernador general, dio la orden de “resolver” el problema judío del gueto de Piotrków, Irena, de 15 años, asistida por su hermana mayor Alice (y también por su madre posteriormente), habría de cruzar con terror y frío los límites del gueto para acogerse con las Hermanas de la Caridad en Ignaców, donde las monjas las escondieron. Alice había conseguido documentos falsos para su hermana y su madre, pero Irena nunca supo con exactitud cómo los obtuvo. Ella especuló alguna vez que el facilitador de esos documentos pudo haber sido el novio polaco y católico de Alice en la Universidad (Andreas Miller, sociólogo y que en 1949 será su marido6); pero gracias a esos documentos Irena y su madre, que hablaban polaco, pudieron establecerse después como no judías en Varsovia. Toda la familia extensa de Irena que permaneció en el gueto de Piotrków murió; algunos, como su padre, por enfermedades antes de ser trasladados, y otros, como su abuelo de ojos azules, gaseados por los alemanes en Treblinka. Ida se convirtió después en Irena (el nombre de la monja que le escondió y la bautizó en Ignaców), y su hermana mayor renació Alice Miller después de 1946, cuando emigró con su futuro marido a Suiza: las dos hermanas y su madre judía habían sobrevivido el terror nazi en Polonia con nombres no propios e identidades incompletas. Irena, por largo tiempo, escondió su origen judío jasídico y reprimió toda referencia al exterminio de su cultura materna porque la sociedad polaca y centro europea mantuvo a la bestia del antisemitismo suelto incluso después que el nazismo alemán había sido derrotado.
    Pero el exterminio del pueblo judío polaco había de marcar su vida y porvenir. Lo demuestra una insistente broma que me repetía una y otra vez y que nos provocaba a ambas una risa triste: ¿Dónde quedó el “judío rico” que me estaba destinado?, se preguntaba Irena cuando tuvo que buscar trabajo en México para asegurarse ingresos para vivir. Ninguna de las dos verbalizamos la respuesta porque sabíamos que ese judío muy probablemente murió en Treblinkla. Cuando en 1981 Irena se separó de su marido (ella, igual que Alice, se había casado con un polaco de cultura católica) y se trasladó sola a México, abandonó Polonia con alivio, desmemoriada y con la intención inicial de no regresar. Ni Polonia, ni polacos, ni su cultura judía, ni su bautismo católico salvador, ni su paso (lamentado después) por el partido comunista polaco, ni sus amores goym pasados, quiso ella que enturbiaran el brillo del sol y el celeste cielo en su nueva residencia mexicana. Y mientras permaneció aquí ella decidió que su “única patria” era su hijo Marek y bautizó a México como su “tierra prometida”. En México Irena se propuso vivir sin la carga de la violencia vivida en su niñez, sin recordar Polonia ni a los polacos y entregándose al universo indígena mexicano porque “los indios”, me decía, “finalmente son tan huérfanos como yo. En México la pertenencia se reclama sencillamente porque uno está en este suelo asoleado”, me repetía. “¿Te das cuenta Anushka la bendición que es este sol mexicano? ilumina y calienta también para mí sin que tenga que ser ni judía ni polaca ni mexicana”.
    II. Alice Miller no se acercó a México ni ella tuvo aquí la amplitud de lectores que agotaron las ediciones de sus más de 14 libros traducidos a más de 30 idiomas sobre todo en Europa y Estados Unidos. En México pasó su fama casi desapercibida aunque Alice Miller fuera, durante dos décadas que se inician en los años ochen-
ta, la autora y sicóloga más ampliamente entrevistada, citada y discutida en congresos, universidades y en los medios europeos después de la primera edición de 1981 (en alemán y rápidamente agotado) de su libro “El drama del niño dotado”.7
    A partir de 1985, sin embargo, empezaron a circular más ampliamente las ediciones de sus libros traducidos al español y a México llegó Por tu propio bien8 que mereció una limitada discusión y algunas reseñas académicas, aunque sin suscitar la atención y la influencia que ese libro en particular tuvo entre pedagogos y terapeutas psicoanalistas en Europa. Fue coincidente con las primeras ediciones de los libros de Alice Miller cuando su hermana Irena decidió el regreso y su residencia en México.9 Y un año después, cuando Irena y yo iniciábamos nuestra amistad conversando en torno a sus primeras publicaciones sobre el mundo indígena mexicano.10 Nuestra amistad y conversación habría de girar también, casi desde un inicio, sobre su conflictiva relación personal y la obra de su hermana Alice Miller.
    Porque la omnipresencia de Alice sobre la vida de Irena fue infranqueable y no solo por lo que Irena contaba que ella le salvó la vida durante la Shoa; sino porque Irena sabía íntimamente que su propio quehacer en los albergues indígenas de México se inspiraba en el esfuerzo y deseo de alcanzar aquello que Alice Miller exponía en sus libros: corregir desocultando los devastadores efectos del trauma inflingido a los niños por técnicas pedagógicas que contribuyen a escalar, según Alice, la violencia social. Irena en México abordó puntualmente la discriminación y marginación social de los niños indígenas con sus propuestas pedagógicas inspiradas en las reflexiones de su hermana mayor. Y fue cándida siempre al admitir que el éxito mediático y académico que Alice Miller había logrado para difundir sus ideas ella lo quería emular produciendo materiales didácticos y libros (en México y Polonia) en aras de que se acepte de manera importante su método de alfabetización A partir del nombre propio alrededor del mundo. Irena inició su trabajo en los albergues indígenas, por eso mismo, elaborando su propia versión de un Schwarze Padagogik (pedagogía negra)11 en México; convencida que si la institución escolar mexicana reconocía primero que las técnicas de alfabetización implementadas eran experiencias fallidas, se empezarían a sanar las consecuencias traumáticas de ese aprendizaje escolar liberando al niño indígena para que pudiera revalorar también su discriminada cultura materna. Alice era la mayor exponente de la propuesta de que había que sensibilizar sobre la crueldad oculta en el trato que el adulto da al niño y sostuvo que la violencia se perpetúa de generación en generación si ese niño en el adulto no es rescatado y sanado. Y llevó esta argumentación a consecuencias últimas cuando advirtió a sus lectores que la violencia sufrida por el niño y reprimida en el adulto, si no era abordada, representaba “el gran peligro para la humanidad”.12 Los libros de Alice Miller suscitaron discusiones entre pedagogos alrededor del mundo, pero también incidieron de manera importante en el ambiente crítico13 que en esas décadas afloraba con cuestionamientos de varios aspectos del corpus explicativo y terapéutico del psicoanálisis derivado de las teorías de Sigmund Freud (y Carl Jung). La contribución de Alice Miller a la crítica a las teorías y a la práctica psicoanalítica partió de su propia experiencia como analizada y como psicoanalista con veinte años de práctica y entrenamiento;14 pero resonó mundialmente porque su crítica la expuso en nombre de los derechos del niño.
    Y así como su libro Por tu propio bien la volvió un referente mundial entre pedagogos cuando expuso que en el aparentemente benévolo término de “educación” se ocultaba la violencia ejercida sobre el niño, producto de las relaciones destructivas entre padres y niños, porque el niño reprimido no estaba permitido a expresarse y

[...] desasociados de su causa original, los sentimientos de rabia, impotencia, deseos, ansiedad y dolor solo pueden encontrar salida cuando el niño se convierte en un adulto expresándose destructivamente contra otros o contra sí mismo [...].15 

    Alice con su libro Du Sollst Nicht Merken (No te percatarás de nada), que nunca fue traducido al español, se volvió un referente también para críticos de la práctica psicoanalítica en Europa y Estados Unidos.
    Su crítica al psicoanálisis tuvo un elemento abiertamente auto-referencial y ella fue explícita al decir que su reflexión era un esfuerzo por prevenir en otros el sufrimiento que ella misma vivió de niña y que su experiencia psicoanalítica solo ayudó a ocultar. Alice (resumidamente) sostuvo que se había instalado en el pensamiento común la idea que la culpa de todo lo doloroso que le sucede al niño es culpa del niño mismo: es decir, en la víctima quedaba depositada la responsabilidad de su sufrimiento y no en el perpetrador. El origen de esta transferencia es antigua, argumentó, pero su expresión más potente y diseminada se sustentaba en las nociones sobre la “sexualidad infantil” y el complejo de Edipo en la teorías de Sigmund Freud. Alice sostuvo que toda la noción freudiana sobre la sexualidad infantil ocultaba los abusos reales que sufría el niño y procedió a indagar la vida de Kafka, Flaubert, Becket y Virginia Woolf para demostrarlo, así como para ilustrar el origen de los actos creativos en los hombres. Su rompimiento con el psicoanálisis freudiano (y también jungiano) fue público y ampliamente comentando en la prensa y en revistas especializadas sobre todo después de 1988, cuando ella renunció a la Sociedad Sicoanalítica de Suiza.16
    Refirió en su obra también la violencia antisemítica durante la Shoa a la sistemática humillación que sufrían los niños desde finales del siglo XIX, cuando fueron expuestos a la tiranía y la tortura de métodos parentales y educacionales brutales en Alemania. Y toda su obra fue desarrollando obsesivamente el argumento que si no se desocultaba la violencia ejercida sobre el niño en el seno familiar (y por el sistema escolar) nunca habríamos los hombres de tomar conciencia cabal cómo esa violencia sobre la niñez se manifestaba en el tejido social mismo y en personalidades cuya impronta histórica afectaron y afectaban las vidas de muchos.17 La reflexión sobre el sufrimiento del niño, pensó Alice, hacía posible entender mejor el origen del odio.18
    En 1985, la editorial Suhrkamp, de Alemania, publicó un corto ensayo y 66 acuarelas de la propia Alice bajo el título Bilder einer Kindheit (Cuadros de una niñez) que fue el testimonio de su exploración personal de lo que ella resumió como de “privación afectiva” sufrida durante su niñez por causa de una madre incapaz de acompañarla en su maduración. Esa experiencia artística, explicó Alice en el libro, le permitió superar una idealización infantil de sus padres y finalmente expresar el repudio y rechazo profundo que sintió a lo largo de su vida por su madre. Este libro afectó personalmente a Irena por que Alice expresaba “odio”, según su apreciación, por ella y su madre: Irena se vio retratada y tachada violentamente en la primera acuarela del libro en lo que entiendo fue más bien una interpretación-retrato, pero de la madre de ambas.19 Y sintió rabia porque se descubrió de pronto situada públicamente con una imagen desvirtuada y negativa construida por su famosa y autorizada hermana mayor. Fue pronto después cuando Irena comenzó a explorar conmigo la posibilidad de contestar públicamente lo que consideró una victimización abusiva e intolerable de ella y su madre por parte de Alice. Hubo en su reacción hacia ese libro en particular cierta rabia desbordada cuando ella siempre intentó exhibir prudencia ante las agresiones que por carta y en privado recibía de Alice. Irena, me pareció, en ese momento tomaba conciencia de algo que la Torah, los mitos griegos y en verdad la gran literatura explora una y otra vez: que los hermanos son (o pueden ser), como dice René Girard, unos “hermanos enemigos”.20
    III. Todas, o más bien las pocas cartas que Alice Miller le escribió a Irena (así como la intensa correspondencia que mantuvo Irena con el hombre cuya familia pasó a ocupar su casa después de que toda la familia fue reubicada en el gueto de Piotrków durante la ocupación nazi21), ella me las compartió puntualmente. Manuscritas en polaco las cartas de Alice a Irena ella misma se encargaba de traducirlas (a veces, muy dolida por su contenido, solo las resumía). Me pidió también que “alguna vez” las recogiera y las mandara traducir para que sea yo quien cuente la historia entre ella y su hermana mayor. No pareció nunca una petición muy razonable puesto que si estas historias privadas tenían algún interés público (como le dije muchas veces), debían ser publicadas en el idioma polaco y, además, escrito solo por ella, que era la destinataria de esas cartas. Nunca conocí los términos de las contestaciones epistolares de Irena a Alice ni si ella recurrió al mismo y recíproco lenguaje violento. Y había algo más: cuando a Irena le asaltaban recuerdos o le llegaba alguna nueva carta de Alice, ella insistente y obsesivamente repasaba conmigo una explicación que iba elaborando para comprender por qué Alice, según me decía, la odiaba tanto. Irena estuvo convencida por mucho tiempo (y quizás ayudada en esa interpretación por algunos de los psicoanalistas que consultó intermitentemente en distintos momentos de su vida) que lo que Alice manifestaba como rechazo agresivo y ofensivo hacia ella es el drama de la “hermana menor”. En su caso específico no solo porque a los ojos de Alice ella era la causante del desplazamiento brusco en el afecto de su madre, sino porque Alice, si le permitía un diálogo, era siempre bajo la condición de subestimarla intelectualmente, siempre con un trato de “hermana menor”. Y este debía ser, me insistía Irena, el encuadre explicativo que yo debía desarrollar al hacer pública la relación epistolar entre ambas.
    A mí me resultaba imposible seguir esta argumentación que había elaborado Irena en gran parte porque lo que oía de Alice en esas cartas, o lo que podía o alcanzaba a percibir, era más bien su desconexión afectiva total al dirigirse a Irena, y en algunas expresiones el desborde de una personalidad violenta contra una hermana que no conocía realmente y que estaba construida a modo para que pudiera recibir de ella el abuso verbal que le endilgaba. Porque largo tiempo había sucedido, además, la separación entre ambas, y nunca más hubo contacto personal, ni con su madre, después de 1946 cuando Alice emigró a Suiza. Irena me contó que solo una vez se trasladó a Saint-Remy de Provence, por invitación expresa de Alice,22 para un encuentro que sin embargo resultó frío y cortante. De una parca conversación Irena dedujo que Alice pasaba por una relación difícil con su marido y que le dijo que su hijo la odiaba y ella había decidido apartarse de ambos por un tiempo en Provence. Le contó también brevemente de su hija Julika que nació con síndrome Down. En algunas cartas recuerdo la frustración que Alice le expresaba y demostraba en forma de reproches hacia una hermana menor. Alice reiteraba en sus cartas una supuesta negación en la que vivía Irena al ser incapaz de aceptar y repudiar la brutal educación y el sometimiento religioso que les impusieron sus padres; le describía también la “verdad” de lo que vivieron con esa madre represora que permitía pasivamente el severo condicionamiento impuesto a esas hijas para que solo cumplieran las expectativas egoístas y asfixiantes de la familia y que no les permitió mínimas libertades ni de pensamiento.23 Alice le reprochaba más bien (me decía Irena) que ella creció amada y juguetona en un ambiente familiar que a Alice le asfixiaba. Pero el lenguaje de Alice era injurioso y ofensivo y yo no lograba ver en sus caracterizaciones injuriosas de Irena la Irena que dibujaban sus cartas. Aunque sus cartas no fueron siempre solo agresivas. Hubo alternancias entre cartas que insultaban y acusaban a Irena y otras que retrocedían prudentes incluso con cierto tono amable. Por ejemplo, después de esa experiencia que Alice llamó “catártica”, porque logró acceso a la memoria de su niñez, como cuenta en el libro Cuadro de una niñez, Irena empezó a recibir de ella unas pocas cartas amables (e intercambiaron también en ese tiempo algunas llamadas telefónicas). Una carta que Irena me compartió feliz (siempre olvidaba momentáneamente las injurias anteriores cuando recibía una carta amable de Alice) se refería al acuse de unos libros ilustrados de Irena (para alfabetizar a los niños con su método), en donde Alice le expresó admiración y estimó “importante” su trabajo alfabetizador con los niños gitanos e indígenas mexicanos. Las cartas entre las hermanas nunca fueron frecuentes, pero recuerdo también una casi festiva carta en la que Alice le daba noticias de su hija Julika internada en una escuela-institución en Suiza. La carta traía algunos dibujos que Julika (ya una mujer para ese entonces) había realizado para una exposición en esa institución. Alice describió elogiosamente a la escuela y a los instructores de Julika y usó adjetivos afectuosos y expresiones de admiración por la obra artística de su hija. Irena, conociendo mi empatía con estos niños, se excusó al no poder partir con uno de los dibujos de Julika para obsequiármelo,24 pero estuvimos largo tiempo apreciando su obra artística. Un tiempo después me hizo un regalo mayor: adquirió en una exposición en Varsovia cuatro cuadros de gran formato con obra alucinantemente maravillosa elaborada por niños con síndrome de Down (y otras etiologías) y me los trajo de regalo a México a título propio, pero “en nombre de Julika”. Pero estos fueron momentos excepcionales en una relación entre hermanas que se caracterizó la mayoría del tiempo por el deseo casi desesperado de una hermana menor por ser reconocida y aceptada por una hermana mayor que le respondió casi siempre con palabras agresivas, hirientes y muchas veces ofensivas. El rechazo de Alice, Irena lo vivió casi con desesperación. Muchas veces le insistí que volcara su agravio y contara el abuso verbal al que le sometía Alice porque quizás así se liberaría de una hermana que buscó solo momentos y oportunidad para dirigirse violentamente hacia ella. Irena me respondió siempre que debía ser yo (o alguien más) quien podía contar esa historia, porque Alice tenía una enorme autoridad y prestigio mundial y no faltaría alguien que le acusaría a ella de escribir con maldad o por envidia hacia su famosa hermana. Me endosaba así una tarea que no era mía. Aunque supe que en un momento se propuso escribir sobre su hermana, porque ella misma me llamó para decírmelo; pero también me llamó pronto después para avisarme que desistió, que retrocedía de enfrentarla, por lo menos públicamente, según me dijo. Pero hasta el día en que murió Alice Miller, Irena no abandonó la idea de que alguien (si no iba a ser yo) debía escribir sobre este comportamiento “abusivo” y “violento” de Alice hacia su hermana menor, porque contradecía lo que Alice propugnaba sobre disociaciones que se originaban en violencias sobre el niño en el seno familiar y que se traducían en actos de venganza y violencia sobre otros de generación en generación. Cuando había pasado un año de la muerte de Alice y faltaban apenas unas semanas para que muriera Irena, me llamó por teléfono a México para contarme de una última carta que no me había compartido y que le había dirigido Alice poco tiempo antes de morir. “En la carta me decía que soy el mal encarnado”, me dijo, “algo así como un Satanás, y decidí romper la carta porque, Anushka, ahora sé que mi hermana estaba loca”.
    IV. Hoy la obra de Alice Miller está casi olvidada. Ciertamente se siguen reeditando sus libros y el mensaje humanístico en favor del derecho del niño caló hondo en experiencias pedagógicas noveles y en reformas a prácticas terapéuticas, sobre todo en Europa y Estados Unidos. Pero el furor mediático y académico que provocaron sus primeros cuatro libros ya no lo suscitó, por ejemplo, Weges des Lebens (Los caminos de la vida25), editado simultáneamente en alemán e inglés en 1998.26 Contribuyó a ello que la misma Alice Miller, avanzada en edad, se fue aislando crecientemente de todo contacto humano y empezó a exhibir un comportamiento en extremo huraño.27 Aunque contribuyó mucho más, creo yo, el hecho de que las reflexiones teóricas de Alice Miller pretendieron atribuir el origen del odio y la violencia social a los traumas sufridos durante la niñez y sus últimos libros fueran reiterativos, casi obsesivamente, sobre esta sola extrapolación. Su reflexión, ciertamente, tuvo hondas consecuencias humanísticas (sobre todo en la idea de piedad heredada del humanismo clásico), pero teóricamente solo rozó la superficie de estos grandes temas que son el odio y la violencia en las sociedades, y no menos porque estos no pueden reducirse, como lo vio Alice Miller, a términos de culpabilidad e inocencia. Yo misma agoté prontamente mi interés inicial por sus libros y una vez que murió Irena no encontré razones para rememorar lo que atestigüé de esa relación abusiva que ella mantuvo con su hermana menor. Pero fortuitamente, mientras revisaba el periódico israelí Ha´aretz debido a la escalada de acciones militares de Israel sobre Gaza, encontré que en junio de 2014 Martin Miller había visitado Israel para promover un libro autobiográfico.28 Martin Miller es el hijo de 64 años de Alice Miller, y tituló su libro El verdadero drama de un niño dotado, aunque el título completo en alemán, Das wahre, Drama des begagten Kindes. Die Tragodie Alice Millers-wie verdrangte Kreigstrauma in de Familie wirken, resume mejor todo su propósito y contenido.29
    Alice Miller suprimió toda referencia pública y privada a su origen judío, pero en sus libros denunció la violencia antisemita durante la guerra en su Polonia natal. Y para todos sus lectores alrededor del mundo la reflexión titulada “La Infancia de Adolf Hitler: del horror oculto al horror manifiesto”30 sobre este hombre que ella describe como el “asesino más grande de todos los tiempos”, fue sin lugar a dudas una lectura importante, como debió serlo también para los judíos polacos que sobrevivieron la guerra y emigraron a Israel. En Israel viven también familiares de Irena y Alice, pero estimo que los libros de Alice más bien tienen allí resonancias por el drama de guerra en que viven las familias. Ningún pueblo como el israelí para cuestionar y cuestionarse, y se puede acceder a múltiples publicaciones que abordan las consecuencias violentas producto del condicionamiento temprano (al interior de las familias judías –sobre todo en territorios de las nuevas colonias– y palestinas) de parte de madres y padres que inculcan un odio racial y excluyente del otro a sus hijos. Alice Miller es un referente actual en estas indagaciones sobre familias y niños en este escenario de violencia y guerra y el libro de Martin Miller no podría sino llamar la atención mediática en Israel. No hay correspondencia fácil ni lineal (quizás ninguna) entre obra y autor, pero Alice Miller (como es del conocimiento de todos) fue una sobreviviente de la Shoa. Y la biografía de su hijo Martin Miller no cuestiona su obra ni sus ideas, sino que expone su trágica niñez. Y Martin Miller contó lo que no se atrevió a publicar Irena: del abismo que existió entre lo que escribió y lo que practicó privadamente Alice Miller con su propio hijo y familia.31 La biografía de Martin Miller es ciertamente una historia de horror contada con la prudencia y el análisis al que está obligado el autor por su propia profesión como terapeuta y psicoanalista. Alice Miller, la campeona de los derechos del niño y la crítica implacable del psicoanálisis, fue con él una madre insensible, violenta, abusiva emocional y verbalmente; pero, más contradictoriamente aun, no solo le abandonó por años en instituciones educativas católicas para que estas hicieran la labor de “corregirlo” por su propio bien, sino que obligó a su hijo a someterse a terapias psicoanalíticas cuyos contenidos (en complicidad con el analista)32 ella misma analizaba. Y más aún: Alice Miller, que denunciaba como “criminales” a los padres que golpeaban a sus hijos, se mantuvo distante y atestiguando sin intervenir cuando el padre abusó física y sexualmente del hijo de ambos. Martin Miller describe una tortuosa niñez en un tono ecuánime y equilibrado, según coinciden varias reseñas,33 y también publica la carta que le envió su madre en 1998 en la que Alice le pide disculpas por su niñez:

Te empujamos a los límites de la deseseración... No puedo negar que fui yo quien hizo descender sobre ti toda esta miseria... Nunca comprendí tus necesidades, tus miedos, tu desesperanza. Y en vez de comprender te envié a terapias que no solo no te ayudaron, sino que pusieron tu vida en peligro.

le dice al hijo admitiendo también que nunca se pudo llevar a cuentas a sí misma en relación al dolor y el peligro al que le sometió porque “temía sufrir comparaciones con mi propia madre”. Alice, después de 1998 y esta carta, se aisló casi completamente de cualquier contacto con personas,34 pero no se olvidó de enviarle una última carta a su hermana menor reiterándole su odio y que Irena tuvo la entereza de romper. “Mis padres estuvieron marcados por la guerra” es la explicación que ofrece Martin Miller en su libro para hacer entendible el daño que Alice Miller le infligió. Debemos asumir también que el hijo de Alice nunca supo, porque Alice Miller había extinguido toda su biografía35, de la correspondencia que su madre mantuvo con su hermana menor ni tuvo conocimientos de la abuela que vivió con ella durante y después de la guerra en Varsovia. Y con distanciamiento de terapeuta sicoanalista ofreció una interpretación sobre la insensibilidad y la crueldad de Alice Miller como madre refiriendo a la experiencia traumática vivida bajo el terror nazi en Polonia que le obligó a desarrollar “un autocontrol absoluto”, según explicó; y ese terror distorsionó también la capacidad de Alice para permitirse después acercamientos o dependencias afectivas incluso con su hijo. Alice le exigió, por eso mismo, una lealtad a ultranza que le obligó al hijo a no preguntar por su pasado bajo el terror nazi y menos aún a preguntar nada relacionado con su pasado familiar en Polonia y él admite que “estuve condicionado a ser leal, a ponerme siempre del lado de la víctima”.
    Hay lugar a argumentar que puntos de vista psicológicos como el que ofrece Martin Miller sobre la violenta niñez vivida con su madre Alice Miller no logran nunca acceder a la tragedia de la violencia que se expresa al interior de la familia cuando suponemos que allí siempre reina solo una afectuosa unidad. No menos porque exige aceptar la idea de que la relación entre padres e hijos, sin las condiciones extremas como las vividas por Alice Miller y Andreas Miller durante el nazismo, son amorosas o fraternales y sin violencia. Y no es así.
    Pero la verdadera interrogante que se muestra en la vida de Alice Miller, creo yo, está en el perfectamente trágico comportamiento que sostuvieron las dos hermanas. Porque esta fue una tragedia en la cual la violencia misma es fundante, creo yo, de todas las significaciones o explicaciones que se le pueden encontrar al trato lleno de injurias y desprecio que Alice mostró por su hermana menor. Y también al comportamiento de su hermana menor Irena que nunca disimuló ni aminoró en su admiración por la hermana mayor y nunca encontró el camino para recusar la imagen de autoridad que Alice ejerció sobre ella. Las dos fueron víctimas del terror nazi más maléfico imaginable en su Polonia natal. La violencia impuesta desde el estado nazi sobre ambas debió construir complicidades y sin embargo las encerró en una red de imperativos contradictorios y destructivos y la hermana menor quedó atrapada en un callejón sin salida de reclamos mutuos.
    Una hermana mayor, Alice, y su hermana menor, Irena, también víctima, también su víctima y ambas víctimas de la Shoa.
    Por esto que finalmente comprendí, decidí contarlo. Por ti Irena.

NOTAS
1    Refiero al lector a mi ensayo con datos biográfico y sobre los libros de Irena en “Irena Majchrzak: compartiendo”. Elementos 94 (2014) 21-27.
2    En entrevista en Der Spiegel, abril de 2010 por motivo de la muerte de su madre Alice Miller.
3    La edición en español es de 2011. Editorial Galaxia Gutemberg, España.
4    Milosz, Czeslaw, Proud to be a mammal, Penguin Classics, 1968.
5    Voy a narrar esta historia desde mi memoria y desde la memoria débil y distorsionada que Irena tenía sobre datos biográficos durante y después de la guerra. Tuvimos una amistad honda que duró casi 30 años, pero yo nunca tomé notas ni llevé un registro cronológico de las cartas de Alice y otras que ella me compartió. Y dejo en Doris Lessing describir lo que a la memoria y a una familia provoca la sobrevivencia traumática de una guerra mundial porque ilustra puntualmente la vida de Irena (aunque en el caso de Irena el contexto es de la Segunda Guerra Mundial y el antisemitismo en Polonia). La vida de Lessing fue marcada por las mutilaciones que sufrió su padre durante la Primera Guerra Mundial y por el exilio familiar posterior; pero sus reflexiones sobre la memoria familiar valen no solo para este relato sino para el olvido o incluso las distorsiones que Irena introdujo al contarme su historia. Ver Lessing, Doris, Under my skin (Bajo mi piel), 1994.
6    En 1973 Alice Miller y Andreas Miller se divorciaron. Habían procreado dos hijos, Martin en 1950 y Julika en 1956. En una entrevista Martin Miller, su hijo, relata la historia de violencia que vivió con el padre y explicó que Alice Miller lo despreciaba. Ver,“Mein Vater, ja, diesbezüglich” Der Speigel, 3 de mayo 2010.
7    La edición en español fue del mismo año por Tusquets Editores en España.
8    Tusquets Editores. 1a. edición en español en octubre de 1985.
9    Irena había estado años antes en México como la esposa del embajador polaco, Ryszchard Majchrzak. Ella decidió regresar a México una vez que la familia fue repatriada a Polonia porque concluyó el tiempo de asignación diplomática de su marido en el extranjero. Irena y Ryszchard decidieron en ese año su separación matrimonial.
10    En la revista Vuelta dirigida entonces por Octavio Paz.
11    En este sentido debe leerse su libro Cartas a Salomón; reflexiones acerca de la educación indígena. Edición de la SEP, México, 2012. Ver Alice Miller, Por tu propio bien, Editorial Tusquets, España, 1985. El término y concepto lo recoge Alice Miller
de la obra de Katharina Rutschky. pp. 23-95.
12    Podría tomar múltiples citas en varios de sus libros de estas extrapoladas conclusiones que se derivan de sus reflexiones sobre el niño violentado, pero tomé esta de “Un niño maltratado, una mente brillante y once años de oscuridad”, que ella dedica a comprender la vida y la obra de Friederich Nietzsche en La llave perdida (título original: Der Gemiede Schlüssel, editorial Suhrkhamp Verlag, 1988), Ediciones Tusquets, en español, del año 2002. Porque en este mismo ensayo Alice Miller incluso afirma que si la violencia que se ejerce sobre los niños fuera reconocida comúnmente “la raza humana tendría una mejor comprensión y las guerras pueden prevenirse”, p. 75.
13    Refiero solo a la edición de The memory wars: Freud’s legacy in dispute que editó con ensayos de varios autores (y en torno a Frederick Crews) el New York Review of Books en 1995.
14    Escribió por ejemplo, en tono provocador, que “la sociedad tienen derecho a saber, en la medida en que sea posible, lo que en verdad ocurre en las consultas del psicoanalista. Pues lo que en ellas sale a la luz no es solamente un asunto privado, de unos cuantos enfermos o perturbados, sino que nos concierne a todos”. Por Tu Propio Bien, op.cit., p. 22.
15    La llave perdida. (título original Der Gemiede Schlüssel, de 1988). Tusquets, 2002.
16    Por ejemplo, en la entrevista que le concedió a Barbara Vólgen publicada en Psychologie Heute, “ Wie Psychotherapien das Kind Verraten”, pp. 20-31, abril, 1987.
17    Miller, Alice, La Llave Perdida, op.cit.
18    Miller, Alice, El origen del odio (título original Wege des Lebens: Sieben Geshicten; edición Surkhamp Verlag, de 1998). Ediciones B.S.A., España. 2000.
19    Miller, Alice, Bilder einer Kindheit. Suhrkamp Taschenbuch, 1985. Este libro tendrá varias reediciones posteriores e incorpora las acuarelas de Alice desde el año 1973 hasta 2005.
20    Girard, René, La violencia y lo sagrado. Anagrama. 1983.
21    Menciono esta correspondencia porque Irena me pidió que la hiciera pública y que contara también esta historia. Se trata de las cartas (que ella me fue traduciendo, aunque solo algunas, porque eran muy extensas) del hijo de la familia que ocupó la vivienda del abuelo cuando la familia de Irena fue obligada a residir en el gueto. Irena me llevó a Piotrków a conocer la casa paterna, la vivienda y a la viuda de este hombre; visitamos su tumba, pero más significativamente visitamos el cementerio judío donde una placa recordaba a su abuelo. La viuda de este hombre, polaca católica, fue encargada por su marido de cuidar esa tumba del abuelo Englard de Irena en Piotrków. El hombre murió profundamente avergonzado y explorando la culpa/inocencia que marcaron a su niñez estos sucesos, y contó de su vida en esa vivienda usurpada a los Englards en las largas y tortuosas cartas que le dirigió a Irena. Después de la muerte de Irena yo tenía el encargo de recoger esas cartas , así como las de Alice Miller, si Irena al final no tomaba la decisión de destruirlas. Asumo que estos testimonios epistolares están hoy con su hijo Marek en Polonia.
22    No puedo precisar la fecha. Alice se trasladó a vivir al sur de Francia a partir de 1985 (según cuenta su hijo Martin Miller), pero había adquirido la casa para vacacionar años antes.
23    Irena nunca idealizó a su madre (por lo menos conmigo) pero no necesitó tampoco rechazarla. La tuvo cerca y se hizo cargo de ella hasta su muerte. Y habló poco de ella (o solo para referir, por ejemplo, lo difícil que fue cuidarla en su última vejez) cuando se trasladó a México.
24    Irena compartió mucho conmigo. Tengo en mi posesión un cuadro de su autoría, pero también retratos de ella que le hicieron pintoras mexicanas como Julia Giménez
Cacho y Basha Batoshka. Y un extraordinario dibujo coloreado del pintor polaco Nikifor, así como de otros pintores que fueron sus amigos. Ella recibió mis cuadros como yo los de ella, y así presenciábamos, me decía, la una en la casa de la otra cuando estábamos separadas.
25    Existen traducciones al inglés, francés y otros idiomas, pero hasta donde pude averiguar no al español.
26    La edición en alemán por Suhrkamp Verlag, y por Random House en inglés.
27    Creo que la exposición pública y la retracción también pública a la que se vio obligada Alice Miller al retirar sus presentaciones elogiosas a los libros de Konrad Stettbacher y sus terapias primales jugó un papel. No puedo abordarlo en este ensayo, pero medió un juicio legal muy público en Suiza y Alemania contra el terapeuta y discípulo de Stettbacher que Alice le impuso a su hijo.
28    “The trauma of a gifted child whose mother was Alice Miller”. 12.07.14. http://www.haaretz.com/life/books/.premium-1.604326.
29    No existen aún traducciones al inglés ni al español, aunque están programadas. “El verdadero trauma del niño dotado: la tragedia de Alice Miller y cómo traumas de guerra reprimidos impactan a las familias” sería una traducción del título al español. Fue editado por Kreuz-Verlag, Freiburg, 2013.
30    En Por Tu Propio Bien, op.cit., pp. 143-195.
31    Y que como dice Karen Festcher, es un comportamiento concordante con otros
“reformadores pedagogos avant-garde” como Jean Jaques Rousseau, María Montessori, Bruno Bettleheim o Gerold Becker.Ver: “Martin Miller´s book about his mother Alice:the mask of the children’s activist”. En  Der Tagesspiegel. Sept.7, 2013.
32    Ver la entrevista de Fetscher, Caroline, “Martin Miller’s book about his mother Alice: the mask of the Children’s Right Activist”, op.cit.
33    Maya Sela, op.cit.
34    El hijo dio la explicación que ella siempre fue así: “Ella odiaba a la gente... era en extremo arrogante, una diva y daba un trato horrible a las personas”. Entrevista con Maya Sela, “The trauma of a gifted child whose mother was Alice Miller”. Haaretz.com 12.07.14. Creo, sin embargo, que los sucesos relacionados con el descrédito de Konrad Stettbacher explican mejor su retiro de la esfera pública.
35    En palabras de la propia Alice en el libro de su hijo...

Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com