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Elementos No. 95, Vol. 21, Julio-Septiembre, 2014, Página 55

Mínima Moralia.
Un recuerdo de José María Pérez Gay

Juan Carlos 
Canales F.            Descargar versión PDF


La crítica literaria no es especialidad sino vocación individual que arma pacientemente la pedacería de la cultura.
J. M. Pérez Gay

Ahí, en el exterior, hay un enorme universo que existe independientemente de nosotros, los seres humanos, y se nos presenta como un enigma inmenso y eterno, porque solo es en parte accesible a nuestra investigación y nuestro entendimiento.
A. Einstein                 
         
Uno de los grandes problemas de la escritura radica en cómo traducir el horror en palabras. Se trata de un problema esencial para autores del siglo XX.
W. G. Sebald

El 26 de mayo pasado murió José María Pérez Gay (D.F., 1943). La noticia de su muerte me conmovió profundamente, incluso, mucho más que la del propio Carlos Fuentes, de quien José María fue amigo. Aduzco varias razones personales e intelectuales para marcar esa diferencia; la primera, se debe a que el único contacto que tuve con Carlos Fuentes fue verdaderamente ríspido; otra que, desde la década de los noventa, su obra novelística perdió lo que me parece había sido su mayor grandeza: la apuesta formal que históricamente la había definido como uno de los proyectos literarios más importantes de Hispanoamérica en pro de la dimensión psicológica del personaje. Políticamente, la postura de Fuentes también me pareció cada vez más desdibujada y aséptica: lo que decía, podía caber en la izquierda, en el centro, en la derecha o en ninguna parte. Su intento por reconciliar el indigenismo con la modernidad en México, a partir del movimiento zapatista de 1994 me pareció no solo ingenuo sino engañoso, aunque ante la candidatura de Peña Nieto fue claro y contundente. De los últimos 20 años de la producción de Fuentes rescato, singularmente, su producción ensayística en materia literaria.
    Con José María Pérez Gay hablé solamente un par de veces; la última, él acababa de publicar su traducción de Job, de Joseph Roth, posiblemente, la novela más entrañable –no sé si la mejor– de este autor austro-húngaro que registró, palmo a palmo, las vicisitudes del ascenso y la caída de Francisco José, y cuya Marcha de Radetzki es una de las zagas literarias más importantes del siglo pasado, comparable a Guerra y Paz o a Los Buddenbrook.  Fue, para mí, un encuentro que solo puedo calificar de luminoso. De la conversación sobre Roth, derivamos a la Viena de fin de siglo, en general y, particularmente, buceamos en los misterios que rodean a Freud y el psicoanálisis. Caminamos a Alemania: Hanna Arendt y Heidegger; Sebald –a quien yo acababa de descubrir– y Enzensberger, figura tutelar de mis primeros años de lector. Por momentos, la plática giró en torno a Pessoa y a Lobo (no recuerdo si en ese momento, Pérez Gay ya había salido de la embajada en Portugal o estaba a punto de hacerlo; de todas maneras, Portugal era un referente literario común), pero una y otra vez volvíamos a la Europa Central; claro, yo como interrogador; él, avasallante, respondiendo mis incesantes e incisivas preguntas, con ese maravilloso histrionismo que poseía, y que lo convirtió, también, en un gran maestro.
    La importancia de seguir discutiendo el Imperio austro-húngaro y particularmente, los últimos años de este, obedece a que allí se gestaron y consolidaron las fuerzas –“el impulso, a un tiempo constructivo y destructor de la cultura austro-húngara” , porque al fin y al cabo, “no hay documento de cultura que no lo sea, también, de barbarie”– que pondrían fin al proyecto liberal que había sostenido a Occidente, al menos durante los dos siglos anteriores, y cuyos efectos aún seguimos sintiendo. Sin desconocer la crítica al sujeto y a la subjetividad moderna que allí toma forma, algo hay que subrayar: el centro de esa revolución cultural fue, esencialmente, el lenguaje –o lenguajes– que sostuvieron los paradigmas de interpretación del mundo hasta ese momento, desde la física atómica, al psicoanálisis; del periodismo a la pintura. Desde Wittgenstein al dodecafonismo. ¿Cuáles son –se preguntaban los principales impulsores de esa transformación– los límites y las posibilidades de lenguaje, cómo ampliar los límites de esos lenguajes, si es necesario hasta su propia destrucción para dar cuenta de la vertiginosa transformación del mundo? Hugo von Hofmannsthal, en su Carta de Lord Chandos, expresó de modo conciso ese conflicto epocal con el lenguaje:

[...] porque la lengua en que tal vez me estaría dado no solo escribir, sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni una sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez desconocido. (p. 31)

    Esa Viena fue el laboratorio en el que se encontraron los componentes más explosivos que moverían al siglo XX, en conjunto. La Viena de fin de siglo no fue solo un lugar, sino un estado de ánimo y una forma de entender y autocomprender el espíritu humano desde el propio malestar en la cultura de los hombres que vivieron ese trozo de la historia contemporánea; el punto de inflexión de la tradición crítica de la Ilustración. Dos acontecimientos bastan para ejemplificar la efervescencia de aquel momento: el nacimiento simultáneo del sionismo y del totalitarismo, o la radicalización especular del liberalismo y del marxismo. Recurriendo a una metáfora psicoanalítica, en Viena se llevó a cabo una verdadera revolución edípica.
    Al mismo tiempo, esa región del mundo –incluyendo también a Alemania– condensa el mayor dilema moral del siglo XX: el exilio, cuyo desenlace cronotópico más radical y ominoso es Auschwitz. No es gratuito el interés de Pérez Gay en el tema y en una serie de autores cuya vida y obra están marcadas por la extraterritorialidad. El exilio –puedo decirlo sin temor a equivocarme–, sea por razones políticas, raciales, religiosas o económicas, es el Zeistgeist del siglo XX. Y como lo señaló María Zambrano, una forma de revelación:

En los últimos dos siglos y medio más de 350 millones de personas han abandonado su país de origen y se han convertido en inmigrantes... Pero la dimensión de estos movimientos migratorios, así como sus ritmos ha cambiado. Si entre 1750 y 1940 en todo el mundo migraron 127 millones de personas, solo en el periodo entre 1945 y 1990 abandonaron sus países unos 220 millones de personas. (The age of migration)

    Junto a este fenómeno migratorio, y tras la crisis del socialismo real, resurgen desde las ruinas del “Imperio” problemas como el de la pluralidad cultural, la lucha por las autonomías, los conflictos religiosos, etcétera.

El Imperio austro-húngaro desapareció, pero supo sobrevivir a su destrucción. En el productivo exilio de muchas de sus víctimas; en las contradicciones de aquel mundo, no del todo ajenas a las del nuestro de hoy; en los descendientes de quienes las padecieron directamente, sus dudas y conflictos no resueltos. Y sobre todo en las obras que nos dejaron aquellos autores excepcionales, en la trayectoria del pensamiento y la literatura. (El imperio perdido, p. 15)

    Por, supuesto, había leído con pasión El imperio perdido de Pérez Gay que me sirvió como guión para nuestra charla. Hay que decir de este libro, único en su género que, a caballo entre la historia, la sociología, y la literatura, pero articulando todas esas disciplinas desde el canon biográfico, es uno de los ejemplos más admirables de la producción ensayística mexicana contemporánea, alrededor de las figuras de Hermann Broch, Robert Musil, Karl Kraus, Joseph Roth y Elías Canetti, y como tal, Pérez Gay siempre “subrayó que las visiones individuales en la literatura son las que en verdad cuentan”:

Mi idea fija y secreta –dice José María Pérez Gay– era escribir un libro de ensayos sobre cuatro escritores austriacos. Mi propósito: unir la tensión finísima y poderosa de la novela, el amor a la biografía y el rigor de la historia social y literaria. Si lograba salir adelante de esta encrucijada rara y dichosa escribiría una suerte de mosaico biográfico durante el crepúsculo del Imperio. (La profecía de la memoria, p. 232)

    José María Pérez Gay no solo poseía una admirable cultura libresca; haber sido un paseante incansable –como Walter Benjamin, o como el mismísimo Montaigne, a quienes tanto admiraba– lo dotó, además, de una sensibilidad singular permitiéndole, a su vez, abrevar allí donde otros no se detenían, o señalar los pasadizos secretos entre dos obras, dos mundos, o dos hombres.
    Al término de aquella reunión, quedamos de encontrarnos una vez más para continuar hablando de filosofía y de literatura y de su ya maravilloso Berlín. Todavía tengo la imagen de su sonrisa inmensa cuando me extendió la tarjeta con el teléfono de su casa.
    Volví en dos ocasiones al Este europeo; en cada uno de los viajes redescubrí –o reinventé– el Imperio austro-húngaro, o sus huellas, ayudado un poco de la mirada de José María. A mi regreso, me hubiera encantado hablar con él del Budapest de Márai; de los bogomilos o de los sefarditas búlgaros, como Canetti. ¿Sabes, Chema?, encontré el departamento donde vivió Broch en Viena, o la casa de Holan, en Praga. Estuvo nevando todo el día en Auschwitz, José María, y tuve ganas de llorar de impotencia: la inteligencia occidental fracasó rotundamente al no haber podido prever la barbarie que aquí ocurrió. Anoche tomé un café con Paul Celan e Ingeborg Bachmann, en Carintia, la puerta a los Balcanes. El novelista que más he admirado durante los últimos años es Thomas Bernhard. Llegué hasta Srebrenica y Zapa donde Ratko Mladic –el carnicero de Bosnia– asesinó en unas horas a más de cinco mil musulmanes, y caminé por un campo minado. Un día, en Sarajevo, asistí con Theo Angelopoulos a la función especial de La mirada de Ulises. ¿Escuchas el cello de Smajlovic?
    Los viajes reales se confunden con los imaginarios. ¡Qué importa! La memoria es otra forma de ficción, la huella de una otredad, no por ello menos dolorosa y cruenta que solo “relampaguea en un instante de peligro”.

Uno viaja siempre con el mismo equipaje, vale decir –contesta Sebald en una entrevista–: sus ideas y resentimientos, sus angustias y obsesiones.

    Pero inexplicablemente no lo busqué. Después supe que había enfermado y no me atreví a invadir su intimidad. Sin embargo, su estado de salud no le impidió abrazar, incondicionalmente, el proyecto político en el que creyó; ser –dijo G. Steiner en su Gramáticas de la creación– es un compromiso. El año pasado leí La profecía de la memoria; me queda la alegría de que este libro es para mí la continuación de ese diálogo con José María, interrumpido hace años.
    Esos viajes imaginarios no tienen otro destino que salvar ya no el futuro, sino el pasado. Pero si la memoria es ficción, esta no tiene por qué renunciar al hecho. El presupuesto defendido por Sebald parece guiar una parte del ejercicio novelístico de Pérez Gay, inseparable de su trabajo periodístico. Tu nombre en el silencio, esa espléndida novela de José María, sería incomprensible sin el basamento histórico que abarca prácticamente toda la segunda mitad del siglo XX, desde la Guerra Fría hasta la crisis de la Unión Soviética, aunque rememore, especialmente, la efervescencia política y cultural de los años sesenta en Berlín Occidental, vista por uno de sus protagonistas dos décadas después, tras la caída de “Muro”.

Cuando en la mañana del 13 de agosto de 1961, escuchó por la radio Berlín Libre que el ejército de la República Democrática Alemana había comenzado a levantar un muro que dividiría a la ciudad, la pelirroja se trasladó de inmediato a la plaza Potsdamer y observó durante tres horas a los tanques estadounidenses colocarse en la línea de demarcación y enfrentarse a los tanques soviéticos. Al atardecer se dio cuenta de que, a pesar de la presencia de los soldados estadounidenses, los Vo Pos, los soldados de la milicia popular comunista, tendían un cerco de alambre de púas, levantaban paredes de cemento armado y cerraban el acceso a Berlín Oriental. (Tu nombre en el silencio, p. 151)

    En contraste, La supremacía de los abismos es un viaje dantesco, a través de la crónica –ese género fronterizo entre la literatura y el periodismo–, a los acontecimientos más dramáticos de la centuria anterior. Pero no se vaya a pensar que la tarea de Pérez Gay se resuelve en la enumeración tan erudita como exhaustiva de los sucesos que le han dado un rostro a la centuria pasada; por el contrario, dueño de un bagaje teórico riquísimo, Pérez Gay pudo bucear en la cifra que permitió esos acontecimientos y lo que implican para la “condición humana”, como es el caso del universo atómico o el de la discusión que emprende en torno a las consecuencias jurídicas y morales del genocidio.
    Una línea de continuidad se extiende a lo largo de la obra ensayística y de investigación de Pérez Gay, y es la que recorre las paradojas de la modernidad, desde el tortuoso camino de acceso a ella que vive Alemania a finales del siglo XIX, pasando por la revisión de sus frágiles cimientos en el Imperio austro-húngaro, hasta el dramático costo que hay que pagar por ella en los países periféricos. Pero el mayor centro de su interés parece constituirlo la relación entre memoria y modernidad; para ser exactos, el drama de la memoria en la modernidad y su constelación ya solamente como valor de cambio, “esa misma lucha radical contra el olvido” que aprendió de Benjamin, en relación a “una época en que la memoria cedió al terror, con cuanto ello implica de destrucción y servidumbre del hombre” (La profecía de la memoria, p. 88).


Juan Carlos Canales F.
Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP
jcanales.ffyl.buap@gmail.com


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