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Elementos No. 95, Vol. 21, Julio-Septiembre, 2014, Página 31
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viaje Marruecos

Enrique Soto


Por azares del destino, en 2010 Rosario y yo llegamos a Marruecos. Esta primera visita me dejó una experiencia ambigua: por un lado el aprecio por una cultura milenaria que afortunadamente mantiene aún en la modernidad una dimensión humana que es patente en la vida cotidiana, sobre todo en las antiguas medinas, pero también en barrios modernos en los que se mantiene una distancia entre casas que no consiente la circulación de automóviles, sino únicamente de personas o de animales de carga. No parece existir la idea de la calle peatonal, ya que la mayoría de ellas lo son. Manteniendo así una dimensión humana, que permite merodear pacíficamente disfrutando el ir y venir de la gente y de los miles de comercios. Por otra parte, están las grandes ciudades en que hay un asedio sobre los turistas, particularmente lo padecimos en la ciudad de Marrakech y eso nos obligó a salir de la ciudad.
    Viajando por el Monte Atlas llegué a convencerme de la “inteligencia” de las piedras que se reúnen allí: no hay otra explicación para su profusión y para el agrupamiento que adoptan, excepto que son amigas y conversan entre ellas. Más allá, el desierto y las inimaginables kasbas, verdaderos castillos de lodo que parecen surgir de la tierra y en los que sus habitantes de piel oscura se mimetizan con sus paredes.
                                                       

© Enrique Soto, Marruecos, Cañon de Dades, 2010.





© En
rique Soto, Marruecos, Fez, 2014..
                             © Enrique Soto,  Marruecos, Fez, 2014.





    Un segundo viaje, en 2012, nos permitió reevaluar Marruecos. Este segundo viaje –con una intencionalidad fotográfica– se convirtió en un puro deleite de los sentidos al andar sin rumbo, merodeando con la cámara fotográfica siempre a la altura del pecho lista para disparar de cerca a transeúntes desapercibidos, ya en la medina de Fez, o en Mequinez, o en Tánger o en Chefchaouen, el pueblo azul.
    Producto de estos dos viajes de descubrimiento de la cultura marroquí, de paseo, de andar mirando, escuchando, olfateando, de apreciar a sus gentes y su vida pacífica, alejada de las presiones de la pseudomodernidad barata, son las fotos que ilustran este número de Elementos. Las del 2010, tomadas todas ellas con una cámara Lumix FZ-100, las de 2012 con una Samsung NX1000 (excepto dos o tres para las cuales mi compañera me prestó su Nikon P520 con tremendo telefoto), cámaras todas ellas muy alejadas de los equipos de alta calidad profesionales, pero que por sus dimensiones y flexibilidad son apropiadas para merodear discretamente por ahí, retratando sin ser tan intrusivo.
Lamentablemente en estos viajes relativamente cortos, uno se mantiene como outsider, sin posibilidad real de atisbar en el devenir de la vida marroquí: las casas, la intimidad, permanecen cerradas, como es natural, por cierto, a los visitantes. Y uno queda con la certeza de que es más lo que se oculta que lo que se evidencia.  No hemos tenido oportunidad de ir más allá de lo que se puede apreciar paseando pacientemente, robando una foto por aquí y otra por allá, merodeando por las callejuelas, asomando la cámara en una puerta o una ventana abiertas; pero del ser marroquí podemos enterarnos, hasta donde ello da, solamente por la literatura y por la ficción literaria, que han permitido imaginar un mundo seductor como el que crea Alberto Ruy Sánchez en Los jardines secretos de Mogador o en las memorias de Elias Caneti en Las voces de Marrakech entre otras muchas obras que finalmente, tan solo intensifican nuestra fascinación, dejando abierta una rendija que alimenta el deseo y la curiosidad.


© Enrique Soto, Marruecos, Cañon de Dadess, 2014.


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