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Elementos No. 94, Vol. 21, Abril-Junio, 2014, Página 32

O
bra gráfica

Christophe Ducoin
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Durante el invierno de 1993 una exposición en París iba a transformar profundamente mi estilo pictórico. Algunos años antes, mientras trabajaba en la Universidad de las Américas y estudiaba la Maestría en Antropología Visual, me rozaba con los estudiantes de arte con quien los antropólogos compartían el casco de la ex hacienda. De esta cohabitación u na pasión por la pintura empezó.
    Mis primeros maestros fueron los revolucionarios del color, Matisse sobre todo, los “fauves” y los expresionistas alemanes. Mi primera exposición fue un pequeño acontecimiento más por sus marcos hechos de peluche que por los cuadros mismos. Siguiendo las huellas de mis héroes iba sobre los caminos a pintar paisajes donde los árboles son rojos y las montañas azules.


© Christophe Ducoin, Boceto.

    En diciembre de 1993 estaba en París de vacaciones y el museo de Orsay presentaba “De Cézanne a Matisse. Obras maestras de la Fundación Barnes”. Después de dos horas haciendo la cola pude por fin entrar en la antigua estación de ferrocarril. La cantidad de obras maestras era tan impresionante como la muchedumbre que vagaba. Salí de la exposición con un sabor amargo y extraño, una indigestión de pintura y bastante engentado. El día siguiente, hojeando el officiel des spectacles donde se anuncian todos los eventos culturales de París, encontré unas líneas que me llamaron la atención: “Jean-Michel Basquiat, pintor afroamericano que empezó como grafitero y murió de una sobredosis a la edad de 27 años, Museo Galería de la Seita.” Sin ningún idea de lo que iba a ver me moví hacia este museo que ni conocía. Fue una revelación, cientos de dibujos increíbles, no había visto algo similar. La impresión nueva de ver algo de mi época y de entrever el porvenir.


© Christophe Ducoin, Boceto.

    Todas estas palabras puestas sin razones aparentes al lado de dibujos casi infantiles me recordaban los caracteres extraños que se encontraban en el internet naciente y los tags que invadían los muros de París.
    Sin embargo la digestión fue lenta y de regreso a México seguí peleándome con el Popocatépetl, los caminos bordados de cactus y los paisajes de las playas del Pacífico. En enero de 1996 regresé a vivir en Francia y llevé conmigo veinte pequeños paisajes pintados sobres cartones. Fueron el material de una primera exposición en Toulouse. Esta exposición tuvo mucho éxito con el público. Mis amigos me hicieron entender, por el contrario, que era tiempo de pasar a algo más actual.
    Dos años después la digestión había terminado y presenté una nueva exposición donde planeaba la sombra de Basquiat. Mis amigos se mostraron impresionados y el público en general desconcertado.
    Hay quienes piensan que para que algo sea novedoso, actual, hay que utilizar los nuevos medios, las nuevas tecnologías. Algunos han llegado a considerar que la pintura está moribunda y que ya no tiene nada que decir. A una persona que me afirmaba eso, le contesté que era tan estúpido como anunciar el fin de la literatura. Pero creo que la pintura se parece más a la música y que sus evoluciones son similares. El arte moderno hizo su gran revolución con el descubrimiento del arte de África y de Oceanía; en cuanto a la música, los afroamericanos cambiaron su historia. Hoy en día la pintura es tan diversa como la música, si bien no es tan popular porque sigue exhibiéndose en lugares exclusivos, pero hace más o menos treinta años nació en Nueva York una forma de pintar que ahora invade las paredes de las ciudades del mundo.

Para contactar a Christophe: infos@a2studio.com



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