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Elementos No. 94, Vol. 21, Abril-Junio, 2014, Página 21

Irena Majchrzak:
compartiendo1

Anamaría Ashwell
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1. Nos une una inquebrantable amistad; pero nos unió también un camino del pensar, entre ético y antropológico, en el suelo histórico y cultural de México donde ambas iniciamos, hace ya más de treinta años, una honda conversación que no se ha interrumpido.2
    Su nombre fue Ida Englard Moskowicz; durante la ocupación nazi de Polonia, para salvar la vida, escondida y protegida por las Hermanas de la Caridad en Ignaców, cambió su nombre a Irena Kisielewska. Y cuando se casó con Ryszard adoptó su apellido Majchrzak. Ella había nacido en Kielce pero su acta de nacimiento dice Piotrków y la fecha registrada es el 26 de septiembre de 1927.
    Irena murió en Varsovia el 25 de febrero 2011. A las doce del día, el 27 de febrero, su hijo Marek le enterró en el cementerio judío de Varsovia envuelta en una túnica blanca, sin bolsillos y en un ataúd amplio y sencillo donde cupieron también todas sus ingeniosas ideas y buenas acciones cumpliendo así con la tradición hasídica de su abuelo de ojos azules que murió gaseado, con muchos otros familiares, en Treblinka, en 1942.3
    Para quienes no la conocieron quisiera compartir someramente algunos rasgos de su deslumbrante personalidad: por ejemplo, que de Irena solo se podía esperar comentarios siempre a contracorriente así como observaciones excéntricas; porque ella pensaba y respondía desde un lugar enteramente original. Y también que Irena era ocurrente. Tenía una imaginación portentosa y una mirada del mundo poderosamente contagiosa.
    Esa personalidad fue la que sedujo a sus generosos mecenas en México; entre estos a Salomón Nahmad quien le ofreció un trabajo que le permitió extender su estadía en México y quien tuvo, además, el tino de reconocer que lo que Irena podía aportar era su mirada sobre el mundo sincrético, desigual, marginal, múltiple de los pueblos indígenas de México. También la generosa amistad con que le correspondió Elena Urrutia quien recogió sus notas manuscritas mientras ella se reponía (bajo los cuidados de María Sten, su auténtica hada madrina) de una hepatitis contraída en sus viajes por México, volviéndolas legibles en español hasta convertir esas notas en este libro que ahora ustedes reciben en una nueva edición con el título de Cartas a Salomón.
    De su participación en un seminario en la UNAM bajo la dirección de Gonzalo Aguirre Beltrán nacieron las amistades que Irena sostuvo con Carlos Incháustegui, Guillermo Bonfil y Mercedes Olivera, por solo nombrar a algunos que han sido y son parte de la antropología mexicana que instruyó su mirada sobre México y sus pueblos indígenas. Fue con ellos, a contracorriente también, cuando Irena se convenció que México le había sido donado como su “tierra prometida”.
    Así también, fue la intervención de una pintora polaca-mexicana, Basha Batoshka –que no solo la retrató, igual que Julia Giménez Cacho (1921-2000)–, quien le abrió el camino hacia Tabasco cuando convenció a su marido, el escritor Gabriel Zaid, que convenció a su vez al poeta Octavio Paz y ellos publicaron en la revista Vuelta los primeros apuntes de Irena sobre sus viajes por el universo indígena de México. Así conoció a Julieta Campos, la escritora que formaba parte del consejo editorial de esa revista y quien al leer Cartas a Salomón, siendo esposa del gobernador Enrique González Pedrero en Tabasco (1983-1987), no dudó de entregar a la imaginación y libre decisión de Irena el destino escolar, durante seis años, de los niños que recibían instrucción pedagógica en los albergues indígenas de ese estado.
    Esa personalidad deslumbrante de Irena cimentó también la amistad y la fidelidad de los numerosos maestros y artistas (demasiados para nombrarlos) que le ayudaron a desarrollar sus ideas pedagógicas y estéticas en México y también en Polonia.4    
    2. La historia de Guaytalpa y Simona la cuenta ella en varias publicaciones en español y polaco; yo dejaré a otros comentar la metodología de esa técnica alfabetizadora. Pero agregaré algo que yo creo es importante conocer: esa propuesta de alfabetización a partir del nombre propio le vino –o más bien le cayó– a Irena como una suerte de iluminación que ella vivió como si fuera una experiencia mística. Fue al año de haberse trasladado a Tabasco, en 1982-83 si mal no recuerdo, porque ella me habló casi al momento para contarme, emocionada hasta el llanto, lo que había acontecido con Simona. Me explicó con detalles cómo Simona, de lengua materna chontal, que no comprendía lo que le enseñaban a deletrear y leer en el albergue de Guaytalpa, accedió a ser instruida por Irena en el alfabeto latino partiendo de su nombre. De pronto, para sorpresa de ambas, Simona comprendió lo que leía en español y casi sin ayuda de Irena construyó palabras a partir de las letras de su nombre propio: “Simona es muy mona” leyó la niña desbordando alegría, según me contó Irena, reconociéndose memoriosa y sonoramente en todas las otras letras que su nombre le donaba. Ese día Simona leyó su nombre y leyó su mundo, verbalizó su mundo, concluyó Irena; y ese día la vida de Irena dio un giro o más bien tomó un camino en el que ese método alfabetizador que descubrió instruyendo a Simona sería a partir de entonces la medida de todo lo que le importaba o importaría por el resto de su vida. Y a partir de ese momento nos involucró también, a todas sus amistades, en pensarlo, desarrollarlo, producir materiales, traducirlo, corregirlo, comentarlo, ilustrarlo, publicarlo y difundirlo. María Sten y yo, veinte años después, decíamos que Irena ese día quedó embrujada. Porque desde ese día Irena vivió obsesionada con ese método alfabetizador quizás porque le regresaba al instante de aquel encantamiento, a ella que había perdido su nombre durante el nazismo, cuando Simona sonrió porque Irena le devolvió su nombre dibujado en letras.
    Y con el tiempo Irena se olvidó de otra conversación que iniciamos en el momento mismo en que ella decidió incidir en la escolarización de los niños indígenas tabasqueños. Una conversación en la cual participaría Oscar del Barco a partir del año 1985 si bien recuerdo, cuando yo le invité a compartir de nuestra amistad.
    Oscar hizo una pregunta después de que Irena le contó de sus experiencias en las comunidades indígenas de Tabasco y todavía recuerdo hoy el hondo silencio que se oyó y desconcertó a Irena; sobre esta pregunta quisiera reflexionar hoy porque puede ser, o yo creo que puede ser, lo más radical que surgió de esta experiencia pedagógica que Irena nos compartió desde el mundo indígena tabasqueño.
    3. Oscar del Barco, con ese tono inocente que asume cuando roza su mano sobre su frente y se prepara para violentar tranquilidades con una pregunta solo aparentemente sencilla, le dijo esa vez a Irena: ¿Por qué enseñarles a leer y escribir a los indios? ¿Por qué no dejarles tranquilos que si pierden el idioma propio están perdidos? ¿Por qué había qué llevarles obras de Lorca o de quien fuera?.5
    La pregunta la desarrolló después Oscar en una extensa carta dirigida a Irena; y ella la incluyó en una de las ediciones de Posdata desde Tabasco pero después desapareció en las siguientes ediciones. Las razones de esta omisión las conversé con Irena y ella me explicó por qué creyó debía dejar solo una referencia resumida en la entrevista que le hace el maestro Ramón Bolívar6 y después decidió omitirla del todo en siguientes ediciones.
    Aceptó, sin embargo, que su respuesta publicada desviaba –o solo rozaba la superficie– del cuestionamiento radical que introducía la pregunta de Oscar a su oficio alfabetizador entre niños en comunidades indígenas mexicanas. Pero en su defensa ella estimó que debía editarla de siguientes ediciones porque la pregunta podría confundir a los maestros o no comprenderse cabalmente o podría malinterpretarse en la conversación que ella buscaba promover con su método de lectoescritura con y contra otras propuestas pedagógicas en los albergues indígenas de Tabasco y con los funcionarios de la Dirección de Educación Indígena de la Secretaría de Educación Pública.
    Pero sus razones para declararse sin respuesta, o solo con la respuesta de continuar con su quehacer alfabetizador entre niños indígenas ante la pregunta que le hizo Oscar, se debieron también, creo yo, a otras circunstancias. Una me pareció decisiva: cuando a uno le llega como una suerte de revelación, una idea, como sucedió a Irena con este método de lectoescritura a partir del nombre propio, la experiencia secuestra e impulsa un espíritu casi de iluminado; y embarca a la persona en algo así como una misión para compartir convicciones, no cuestionamientos. Ella no vio, a partir de su experiencia con Simona, sino el rumbo de insistir en las bondades y seguridades que su método de lectoescritura ofrecía a los niños indígenas en comparación con la escolarización que ya recibían. Desde esa certeza digamos “revelada”, pero también por una praxis pedagógica evidentemente fallida impuesta a los niños, se abocó más bien a convencer practicando y demostrando que su método era mejor que otros para enseñar a leer y escribir a esos niños indígenas y a todos los niños escolarizados. Y el método de Irena resultó obviamente mejor que otros –yo soy testigo de ello; y sobre todo menos agresivo–, quiero decir que construía a su vez espacios críticos desde el propio mundo cultural de los niños indígenas al introducirlos con la alfabetización latina al mundo cultural letrado, occidental y dominante.
    Pero había una razón adicional por la cual Irena se obsesionó con entrenar a los maestros en su método y procurar la aceptación más amplia de esta técnica alfabetizadora descubierta en los albergues indígenas de Tabasco: su método de lectoescritura desocultó en y a ella su olvidada y censurada cultura judía; quiero decir la memoria de la alfabetización promovida en su entorno familiar primario, judío ortodoxo, y la reverencia que se inculcaba por las letras como único camino para acceder a la sabiduría y la identidad como pueblo, que les otorgaba a los judíos la lectura de un libro, la Torah. Ese fue el mundo poblado por sus abuelos y familiares exterminados, con otros millones de judíos, y su cultura condenada por los nazi en su Polonia natal. Esther Seligson resumió de manera puntual cómo el método de lectoescritura que Irena descubrió entre niños chontales estaba basado en una “extraordinaria intuición” que ya la antigua Kabalá de la mística judía reconoció desde tiempos antiguos: una en la cual mediante las letras y el nombre propio cada cosa adquiría vida y existencia.7 El método de lectoescritura de Irena estaba, para decirlo así, profundamente arraigado en el lenguaje primordial de la tradición religiosa de su cultura judía pero más aún de toda la cultura occidental. Y ella consideró que su método otorgaría al niño chontal, a todos los niños que se escolarizan, los instrumentos para revalorar, reflexionar también el mundo de sus lenguas originarias.
    4. Pero la pregunta de Oscar fue un cuestionamiento radical a sus supuestos y en el sentido que son o deben ser las preguntas filosóficas:8 porque se trató “solo” de un preguntar ante el cual nadie tiene una única respuesta; o más bien, cada quien, interpelado, le dará su propia respuesta y cual sea su respuesta en lo particular no puede ser normativa para todos los demás. Pero sí de la honda y propia y única responsabilidad del que da su respuesta.
    La pregunta de Oscar dirigida a Irena fue radical también porque perturba el tejido de los valores que presencian como verdades en las respuestas que le damos o le dimos, o que le dio Irena en Tabasco, a esa pregunta. La pregunta radical de Oscar apuntaba así a acotar críticamente, en la experiencia pedagógica y fáctica de Irena, la valoración incuestionable e inamovible, de los conceptos fundamentales recurridos sobre los cuales se forjaron las bondades de la alfabetización y la escolarización universal desocultando que se trata de una interpretación/valoración histórica que, como configuración conceptual temporalmente histórica, su pretensión de inmutabilidad y validez solo pueden acotarse con estos cuestionamientos críticamente radicales.
    Oscar no hubiera podido formularle esa pregunta a Irena, sin embargo, si en ella y en todo lo que había escrito en Cartas a Salomón no hubiera ya una mirada, o una apertura, que se demostraba contraria, o insatisfecha, con cierto positivismo que guía el pensamiento y las acciones dirigidas desde la sociedad y el Estado sobre o hacia el universo indígena mexicano. Porque la pregunta de Oscar partió, quiero decir que solo pudo articularse, desde una lectura histórica de su, nuestro, propio mundo y tiempo; uno que en su ocaso muestra el punto muerto en que se encuentra la metafísica occidental como mirada y representación del mundo. Y también desde la convicción, compartida con Irena, que existe o se puede construir otra relación con el mundo, una que reconoce múltiples sentidos, múltiples despliegues de sentidos o verdades, interpretaciones sin privilegios jerárquicos y en la cual los hombres no estaríamos acosados por este asalto de una voluntad de poder que somete y domestica –incluso aniquilando– todo y a todos los que se resisten como Otro. Por eso le escribe:

[...] ciertamente... por un lado están los que creen buenamente que se puede incidir sobre el mundo indígena en un sentido positivo (Salomón, Irena, etc.). Y los que creen que el indio puede ser superado, proletarizado (la izquierda); o exterminado (la derecha); y por otro lado, estamos los que creemos que no se puede hacer nada porque todo lo que se haga, más allá de las buenas intenciones, es contra los indios... no se trata de justificar teóricamente el no hacer nada. El no hacer nada apunta a un nivel distinto de realidad, a un imposible que debemos aceptar naturalmente: gran parte del universo indígena es un universo sagrado que tanto en intensidad como en hermosura está, por suerte, fuera de la cultura nihilista y criminal que es la nuestra.

    La pregunta de Oscar se impuso, como también el libro Cartas a Salomón de Irena, por cierta desconfianza o más bien rechazo por la modernidad predadora en nuestra manera de habitar fácticamente el planeta; y exponía rechazo por las instituciones liberales de la democracia burguesa, por los procedimientos que involcran a la masa en la validación democrática de acciones que se imponen como incuestionables y bondades sobre la vida de todos, mostrando el poder de su rostro nihilista en las maneras fáciles y eficientes, aparentemente bondadosas de sus técnicas (de alfabetización y escolarización universal también) que solo fortalecen el dominio de esos valores burgueses y sus privilegiados sobre todos los demás.
    Pero fue una pregunta que también puso en juego ideales igualitarios que desde la Ilustración importan ominosamente como categorías universales e inamovibles en nuestra modernidad; lectura posible, alas, solo desde el privilegio del nihilismo desocultándose en esta, nuestra, modernidad.9
    Así, la pregunta de Oscar del Barco no refería con la palabra “indio” a un sujeto mitologizado y privilegiado, de nostálgicos y antropólogos, uno que da cuerpo al deseo de un mundo mejor y perdido, pretecnológico y premoderno. El indio no era, en su pregunta, un sujeto primitivo y primordial sino aquellos que presencian y nos interpelan, desde los márgenes, desde la intemperie como le gusta a Oscar recordar que decía el poeta Juan L. Ortiz.
    Los “indios” en esta pregunta dirigida a Irena eran para Oscar “los judíos” de Lyotard, de Derrida o Levinas,10 los que presencian afuera, silenciados, privados de un idioma y privados de mundo. Todos aquellos, como dice John Caputo, que no son necesariamente una nación o de una religión en particular, que no son únicamente los hijos históricos de Abraham sino los nómadas, los sin hogar, los expulsados de su hogar, todos aquellos cuyos cuerpos y mentes, dignidad o identidad, han sido agredidos o fracturados; y que, presencian en los Auschwitz, en los barrios del Bronx de Nueva York, en Chiapas o, agrego yo, en Guaytalpa, Tabasco.11
    Y de esta manera su pregunta introdujo ante el quehacer pedagógico de Irena un cuestionamiento ético con un hondo sentimiento de radical piedad y expuso la responsabilidad que debemos asumir ante la interpelación que nos hace el Otro; en la pregunta de Oscar se descubren también ecos del sentimiento que cuestiona nuestro habitar del mundo, quiero decir la vida o existencia concreta, histórica desde vidas con carencias12 que desde tiempos de las antiguas enseñanzas hebraicas y el Nuevo Testamento nos reclaman respuestas y responsabilidad.13
    5. Irena en su respuesta publicada14 aceptó que 

[...] todo lo que se haga, más allá de las buenas intenciones, es contra los indios pero no obstante –agregó– aquí estoy trabajando con los niños indígenas... apoyando al niño que ya está dentro de los muros escolares 

    Y agregó con honda honestidad:

[...] trato de hacerles la vida un poco más tolerable... [mientras] no desaparecen ni la duda ni la angustia y varias veces tuve que recordar las advertencias de mi amigo Oscar... 

    Pero su participación en una institución que escolariza, es decir, en un sistema escolar cuyos pasos en el aprendizaje ajustan también al niño indígena a formas de control social15 le obligó finalmente a una confesión: “yo no hice nada para traer al niño indígena ni a la escuela ni al albergue”.
    Atenta a la advertencia de Oscar Irena creyó, sin embargo, que con su método de lectoescritura a partir del nombre propio ella había encontrado un camino para alfabetizar a los niños chontales partiendo de su nombre propio que funcionaba casi como un encantamiento mágico, cuando el niño al reconocerse en las letras de su nombre, nombraba también el mundo que le era negado o que le negaba. Desde el nombre propio el niño comprendía finalmente lo que leía, pensó Irena, y así, su nombre, interpela y reclama el lugar de ese niño en el mundo. Ella, que perdió su nombre en la Shoah, estaba convencida que con su método de alfabetización a partir del nombre propio se restituía al niño indígena la posibilidad de nombrar el mundo,
    Irena reconoció asimismo, a partir de la pregunta de Oscar, que por debajo de la superficie de ese sistema escolar en el cual ella lograba hacerle el aprendizaje más eficiente y tolerable al niño indígena, asomaba el abismo de las circunstancias extremas de sus culturas y lenguas nativas condenadas. Irena optó entonces por desarrollar su propuesta alfabetizadora guardando distancias de los mundos sagrados que cada niño indígena atesoraba en su lengua nativa y en su mundo interior.
    6. Estamos en 2013 y la valoración de la escolarización universal, instrumento para resolver o explicar todos los desequilibrios sociales en México y en el mundo, permanece incólume. Incluso la advertencia de Ivan Illich16 en el sentido que una educación universal no es factible por medio de la escolarización pronto se desvaneció en el aire porque avanzó sin contrapesos ni resistencias la idea que había que escolarizar no para hacer triunfar la reflexión acerca del conocimiento en que se educa al niño, sino para escolarizarlo solo con fines utilitarios; es decir como medio para que los niños alcancen movilidad social. La educación como un instrumento para poseer cosas –no para reflexionar, pensar y reconocerse en el lenguaje– reina libre hoy en las políticas educativas del Estado mexicano pero también en el imaginario de casi todos los educadores y educandos.
    Por esa razón, en las discusiones actuales sobre las técnicas y mecanismos de enseñanzas se evalúa solo su eficacia sin cuestionar el conocimiento mismo que se trasmite con esas técnicas pedagógicas. Estamos inmersos en una época crítica de los valores e instituciones que dirigen el destino mismo de Occidente y que se muestran ya en catastróficos desequilibrios en el medio ambiente planetario, pero también en la asunción de un mundo de letrados poderosos para quienes la educación sirvió solo para poseer, desear, hacer desear más, y para que puedan imponerse uniformes formas de vida sobre los demás.
    Irena quiso instrumentar en Tabasco su sistema alfabetizador a partir del nombre propio porque estuvo convencida que con esta técnica se privilegiaba el desarrollo de la identidad cultural y la imaginación del niño indígena. Ella decía que serviría al niño indígena para elevarse por encima de la dominación y la enajenación al que estaba condenado con la educación deficiente que se le impartía con los métodos vigentes. Pero no cuestionó el contenido de lo que sus técnicas trasmitían. Y no hay inocencia en el conocimiento aparentemente objetivo o neutral que la eficiencia de su método alfabetizador trasmitió a los niños chontales. Sino un conocimiento determinado, y los mecanismos por medio de los cuales se trasmite ese conocimiento, como le decía Oscar, no son independientes o ajenos al contenido trasmitido.17 El suyo fue y es un propósito más noble y un método más amable con el niño indígena, pero suena vigente en su obrar la advertencia que le hizo Oscar: entre las buenas y más nobles intenciones de tu propuesta, pueden haber algunos que oyeron la música sin saber que esa música anunciaba su muerte.18

notas

1      Versión de la ponencia presentada en septiembre de 2013 en el XII Congreso Latinoamericano para el Desarrollo de la Lectura y la Escritura con motivo de la presentación de la edición de la Secretaría de Educación Pública (SEP) del libro: Cartas a Salomón: reflexiones acerca de la educación indígena de Irena Majrchrzak.
2      La maestra Lilia Cano ha creado la Fundación Icono Masterena A.C. que continúa editando los materiales didácticos creados por Irena Majchrzak en México. La fundación, además, promueve talleres con maestros entrenándolos en el Método de alfabetización a partir del nombre propio de Irena Majchrzak. El contacto es: liliacanomar@gmail.com
3      La historia de su familia polaca y judía durante la Segunda Guerra Mundial se puede leer en: Irena Marcjhzak, “Mi Recuerdo”. Espacios no. 21. BUAP. Abril 1997.
4      Están casi todos nombrados por la propia Irena, sus contribuciones listadas, en las páginas 136-138 de esta nueva edición de la SEP de Cartas a Salomón. La edición es de distribución gratuita y se puede obtener escribiendo a www.sep.gob.mx o a la dirección: http://basica.sep.gob.mx/dgei/
5      Paralelamente al proyecto alfabetizador de Irena en los albergues indígenas de Tabasco la escritora Julieta Campos (esposa del gobernador) había invitado a María Alicia Martínez Medrano a formar talleres de teatro y dirigir el elenco del Teatro Campesino e Indígena en varias comunidades indígenas de Tabasco. La primera obra que presentaron fue “Bodas de Sangre” de Lorca. A esto se refiere Oscar.
6      “Entrevista: La experiencia pedagógica en los albergues indígenas de Tabasco en los años 1984-1088”. Entrevista de Ramón Bolívar en Cartas a Salomón: Posdata desde Tabasco (seis años después). Gobierno del Estado de Tabasco. 1988 (reproducido también en la nueva edición de la SEP).
7      Seligson, Esther, “Irena Majchrzak y la magia de las letras”. Inédito.
8      En referencia a la discusión que introducen Nietzsche y Heidegger sobre el “cuestionar filosófico”, ver Heidegger, M. Was Ist Das-Die Philosophie? Verlag Günther Neske. Achte Auflage. 1984. Y el análisis y crítica de algunos supuestos o preceptos a este preguntar filosofando heideggeriano en: Caputo, John, Demythologizing Heidegger. Indiana University Press. 1993.
9      Ver J. D. Caputo. Ibid., pp. 14-21 sobre Heidegger y sus esenciales delimitaciones al pensamiento metafísico en Occidente.
10     Ver Jean Francois Lyotard, Heidegger and “the jews”. Traducción al inglés de Andreas Michel y Mark Roberts. Minneapolis, University of Minnesota Press. 1990.
11     J. D. Caputo. Ibid., pp. 60-74. Y también en Against Ethics, Indiana University Press, 1993, pp. 27-30.
12     Darbung es la palabra que usa Heidegger, palabra que acepta la traducción de “hambruna”.
13     Ver J. D. Caputo, Ibid. (en particular capítulos II y III).
14     “Entrevista”. Posdata. Op Cit. 1988. La entrevista ha sido reproducida en la nueva edición de la SEP.
15     Conceptos de Ivan Illich en La sociedad desescolarizada fueron importantes cuando discutíamos su experiencia en los albergues de Tabasco.
16     Illich, Ivan, La sociedad desescolarizada. Joaquín Mortiz. Planeta. 1974.
17     Esta reflexión está argumentada por Oscar en un extenso ensayo que en 1985, cuando conoció a Irena, creo que él ya no suscribía en su totalidad. Se publicó en la Colección Pedagógica Universitaria de la Universidad de Veracruz (No. 3, Enero-Junio de 1977) bajo el título: “El fetichismo de la enseñanza”.
18     Frase tomada del poema de Oscar del Barco “Sin Nombre”. Alción Editora. Córdoba. 2012.
        No está de más dejar como un tema no elaborado en este ensayo la disolución, literalmente la disolución, que operaron las escuelitas en los Caracoles zapatistas en Chiapas de los términos y contenidos de la instrucción pedagógica impuesta a los niños indígenas, en español, desde el Estado mexicano.

Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com


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