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Elementos No. 94, Vol. 21, Abril-Junio, 2014, Página 13

A
ventura en territorio de salvajes

Jonatan Moncayo Ramírez
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UNA CIUDAD POPULOSA

En 1910, uno de los inspectores de la Ley de Pobres confesaba que la vagancia era uno de los aspectos de la sociedad londinense donde no se habían realizado muchos avances: “nosotros aún nos encontramos en el mismo lugar donde estábamos hace cuarenta años”.1 La vagancia, a diferencia de otros problemas, parecía un asunto imposible de erradicar. No obstante, los intentos por afrontar esa y otras preocupaciones concernientes a un nuevo tipo de pobreza habían iniciado mucho tiempo atrás. Desde la década de 1830 encontramos los primeros esfuerzos, desde las esferas de gobierno, para comprender a una nueva, populosa y extraña sociedad.2
    Londres era una ciudad única. La riqueza y la pobreza se concentraban en un mismo espacio. Esta metrópoli, tal y como la definió Gertrude Himmelfarb, era una invitación a los superlativos. No solo era el centro político, financiero, cultural y social del imperio británico, también era designada como la “capital de la pobreza”.3 Los barrios bajos (slums), los cuales desafiaron la imaginación y la conciencia social, se juzgaron como semilleros de vagos, vicios, enfermedades, inmoralidades y escuelas del crimen.4
    A la par de los informes promovidos por el gobierno, surgió un tipo de literatura encaminada a mostrar las condiciones de vida de la clase baja: la literatura de “exploración urbana”. Muchos novelistas asumieron las características del explorador social o se las adjudicaron a sus personajes. Relatos de viaje al interior de las zonas de pobreza encaminados a mostrar la diversidad de la vida humana. Las actitudes centrales y la terminología de la exploración social en la prosa del siglo XIX, fuese o no de ficción, se difundió ampliamente. Las características de esos relatos, a decir de Peter Keating, fueron muy penetrantes porque expresaban perfectamente los miedos y ansiedades de aquella sociedad.5
    Durante la década de 1840, en su prefacio al primer volumen de London Labour and the London Poor, Henry Mayhew empleó una serie de alegorías que después se convertirían en clásicas referencias para todo explorador social. En palabras de Mayhew, su libro era curioso, pues brindaba

el suministro de información relativa a una gran cantidad de personas, de las cuales el público tiene menos conocimiento que de las tribus más distantes de la tierra.6

        Mayhew señalaba que los pobres vivían en una especie de nación distinta cuyos restos estaban siendo descubiertos por la nación de la riqueza. El estilo de vida de los pobres era sumamente extraño, razón por la cual utilizó las imágenes de la exploración de tierras lejanas, es decir, consideraba que un llamado a la imaginación era necesario para que el lector pudiese creer que existía un lugar tan cercano con aquellas características.
    Las constantes referencias a los “salvajes”, a las “tribus errantes”, a los “pigmeos” o a la “selva tropical” buscaban dirigir las miradas y los sentimientos hacia las condiciones de vida de los pobres. La gran paradoja consistía en que las dos naciones eran en realidad una sola. Aquellas tribus no vivían en las lejanas colonias, sino en la misma capital del imperio. En la década de 1880 el East End era plenamente identificado como la zona de pobreza de Londres, y las referencias a lo distante y a lo cercano fueron sumamente utilizadas por los exploradores sociales. Un claro ejemplo lo encontramos con George Sims, en su libro How the Poor Live (1883), cuando señaló que el viaje de descubrimiento de la pobreza era como dirigirse “al interior de un Continente Negro que se encontraba a poca distancia a pie de la Oficina General de Correos.”7 Esta paradoja forzaba a los lectores a una toma de conciencia sobre su ceguera social.
    En suma, tal como Judith R. Walkowitz lo indica,

[...] la literatura de la exploración urbana emuló también la mirada privilegiada de la antropología en la medida en que consideraba a los pobres una raza aparte, fuera de la comunidad nacional.8

    La afirmación de Walkowitz nos obliga a preguntarnos sobre cuáles eran las características de esa mirada. En otras palabras, si la equiparación directa se realizó entre pobre urbano y salvaje, ¿bajo qué términos los antropólogos definían a las “tribus salvajes” y a las “razas” que sirvieron de modelo a los exploradores sociales? Además, si esa mirada ayudaba a estimular la imaginación para la comprensión de los problemas sociales, ¿cuál era el entorno cultural y de divulgación de los conocimientos antropológicos que permitió que la circulación de la imagen del pobre urbano como salvaje fuera posible y no resultase extraña o incomprensible?

LA DESNUDEZ DE LOS CRÁNEOS

Entre los años de 1870 y 1900 se efectuó un importante desarrollo científico en torno a las teorías raciales. En estos mismos años la antropología se encontraba en un proceso de institucionalización. En 1871, a raíz de la reunión de las sociedades etnológicas y antropológicas de Londres, se formó el Instituto de Antropología. Douglas Lorimer ha estudiado las ideas científicas del Instituto y la divulgación de sus publicaciones, en particular del Journal of the Anthropological Institute of Great Britain and Ireland.9
    Al revisar la lista de suscriptores al Journal encontramos que entre 1870 y 1880 los integrantes del Instituto oscilaban entre 440 y 480 miembros. De estos, 50% vivía en Londres, 35% en la provincia y el restante en ultramar. Al observar la ocupación de sus miembros, Douglas Lorimer ha logrado precisar que el Instituto estaba dominado por profesionistas de la clase media (orientados hacia la medicina y las ciencias naturales), para quienes la antropología no era una profesión sino una vocación. Los miembros del Instituto creían en el progreso social, por méritos y no por patrocinio, al mismo tiempo que veían el rango social como un indicativo de potencial heredado. Creían en el valor de la educación como medio para posicionar una clase media educada superior a la mediocridad de las masas.10
    Pueden distinguirse dos grupos entre los miembros del Instituto. En primer lugar aquellos interesados en las culturas exóticas. Personajes con poca instrucción técnica, pero grandes conocedores de sociedades extranjeras como viajeros o como personal del Estado en el extranjero (clérigos, oficiales de la armada, oficiales coloniales, etc.). Sus relatos rara vez trataron de relacionar sus observaciones con un marco teórico más amplio, pues tenían como finalidad propósitos morales y políticos en la transmisión de sus experiencias. En segundo lugar tenemos a aquellos miembros con un conocimiento profundo en biología humana, para quienes la antropología era una extensión de su profesión primaria. Insatisfechos con las observaciones de los viajeros, preferían la comparación anatómica como valoración científica de las diferencias entre los grupos raciales. Eran individuos que se complacían con examinar esqueletos sin necesidad de salir del país en busca de especímenes vivos.11
    La división entre etnógrafos y antropólogos físicos no puede exagerarse. Entre 1870 y 1900 existen muy pocas evidencias de conflicto. Douglas Lorimer considera que el patrón habitual del Instituto de Antropología consistió en los trabajos etnográficos, poniendo menos énfasis en la anatomía comparada. No obstante, en los últimos años Laura Franey ha señalado que los relatos de viajes etnográficos y la colección de objetos fueron procesos paralelos.12
    Franey destaca que es necesario considerar que el envío de cráneos, esqueletos y artefactos culturales de África, Asia y América hacia Europa desarrolló una práctica de recolección, la cual continúa siendo un terreno inexplorado. Al igual que la zoología, la antropología dependía para su conocimiento de una reunión importante de muestras (vivas o muertas), siendo los cráneos humanos las más preciadas.13 Esta práctica, la cual Franey denomina como “colectografía” (collectography), fue crucial para el desarrollo de ciencias humanas, pero también para la divulgación de nuevos conocimientos, los cuales comenzaron a infiltrarse en la vida cotidiana londinense.
    En 1870 T. H. Huxley brindó una clasificación esquemática de los tipos raciales basados en el color de piel, color y textura del cabello, color de los ojos, forma del cráneo y estatura del cuerpo.14 Su esquema apuntaba a una mezcla de razas. Para él la interrogante consistía en resolver el porqué del parecido físico de las poblaciones de América y las Islas del Pacífico. Retomando esta pregunta, entre las décadas de 1870 y 1880 numerosos trabajos sobre varios grupos y subgrupos de los océanos Índico y Pacífico aparecieron en el Journal. En los resultados expuestos, se describió de manera más favorable a los polinesios de tez más clara que a los papúes y melanesios.15 No solo se trataba de un contraste de piel, también era resultado de una asociación, en términos históricos, de un lazo con África y sus poblaciones esclavas. Durante la década de 1880 el Journal fortaleció la asociación negativa entre negros, salvajismo, e inferioridad, publicando relatos sobre pueblos y culturas africanas de viajeros, misioneros y oficiales, promoviendo con ello la penetración europea del “Continente Negro”.16
    Otro elemento relativo a la asimilación negativa que África representaba, se encuentra en las constantes alusiones a la desnudez. La antropología del siglo XIX estuvo más interesada en los cuerpos desnudos que en los cuerpos vestidos. La desnudez podía evocar placer, vergüenza u horror, pero sobre todo podía revelar la línea entre la civilización y la barbarie: “[...] ser primitivo era estar en un estado de naturaleza, sin educación, inconsciente, carente de vergüenza y decencia, y nada mejor aludía a lo primitivo que la desnudez.”17
    Las observaciones propuestas por la antropología victoriana, desde las dimensiones físicas del cuerpo hasta la ausencia de vestimenta, dieron origen a una serie de jerarquías, efectuando una asociación directa entre desnudez y salvajismo primitivo. La antropología creó un sistema de clasificación para evaluar el progreso o atraso de los grupos humanos. Algunos pueblos se consideraron como condenados a la extinción, mientras que otros representaban una especie de espejo en el tiempo, develando a Occidente su propia infancia primitiva antes de la civilización.
    Una de las principales herramientas empleadas en el sistema de clasificación fue la fotografía. El desarrollo de la fotografía antropométrica no solo tuvo como objeto de interés a las poblaciones “no blancas”. Existen una gran cantidad de imágenes de hombres blancos desnudos con fines antropológicos. En 1875 la British Association for the Advancement of Science estableció un Anthropometric and Racial Committee. El objetivo del comité era recopilar fotografías de tipos raciales y datos corporales como altura y peso al interior de las islas británicas. Una de las metas de aquel trabajo consistía en clasificar los tipos raciales para demostrar la superioridad de los sajones sobre los celtas. Como resultado, se estableció un índice de negritud (nigrescence), es decir, una medida de degeneración entre las poblaciones de las islas británicas. En otras palabras, la presencia de características negroides fue considerada como evidencia de degeneración.18

UNA CIUDAD MAPEADA EN TÉRMINOS IMPERIALES

Los museos fueron los centros más exitosos para la educación científica. La conformación de dos colecciones se convirtió en la base de la mayoría de los museos británicos, teniendo como eje la “colectografía”.
    La primera colección, exhibida con un número limitado de muestras, estaba destinada al gran público con propósitos de educación general. La segunda era la gran colección, dirigida a un número reducido de científicos para que pudiesen realizar estudios comparativos.
    La antropología tuvo en los museos un espacio para la divulgación de sus investigaciones, fácilmente accesible para todo público.19 La exhibición de muestras a lo largo de líneas evolutivas dio la oportunidad de convertir abstractas teorías sociales en relatos comprensibles del desarrollo social y cultural.
    Estas exhibiciones se encargaron de difundir la imagen de lo “salvaje”. Mientras que las sociedades civilizadas se definieron como racionales, los grupos primitivos se consideraron irreflexivos y motivados solo por un instinto de supervivencia, con un constante miedo a lo desconocido, manifestado en sus prácticas mágicas y sus creencias supersticiosas. Esta imagen se popularizó y permeó otros aspectos de la vida cotidiana londinense.
    Un claro ejemplo son los trabajos del poeta Robert Browning (1812-1889), cuyos poemas reflejan su relación con las investigaciones antropológicas de la época. Al respecto, Dorothy Mermin demuestra que los poemas de Browning compartían la común mezcla de horror, desprecio y fascinación por lo primitivo y lo salvaje. No obstante, Browning apuntaba que fragmentos del pensamiento y comportamiento primitivo sobrevivía también en la moderna Inglaterra, no solo entre los campesinos o en las potenciales masas violentas, sino también en prácticas de las clases alta y media, como era el espiritismo.20
    En pocas palabras, las exhibiciones de los museos, y su permeabilidad a la sociedad, se convirtieron en una forma de auto-confrontación a través de la cual se podían ver imágenes opuestas del proceso civilizatorio.
    Entre 1879 y 1885 W. H. Flower (presidente de la Sociedad de Zoología, director del Museo de Historia Natural y estudioso de la anatomía comparada) intentó sintetizar la posición de la antropología. Afirmó que la antropología había brindado importantes lecciones para los políticos que buscaban gobernar a diversas personas, no solo en el Imperio sino también al interior de las Islas Británicas. Londres era el mejor ejemplo.
    En la década de 1880 Londres fue mapeada profundamente en términos imperiales. De acuerdo con Gertrude Himmelfarb,

[...] era común hablar de Londres como de un microcosmos de Inglaterra, del mundo, y desde luego, de la civilización, que exhibía en forma exaltada todos los vicios y las virtudes de la modernidad.”21

    Si el West End simbolizaba el triunfo del Imperio, el East End, con su paisaje ruinoso de muelles, terminales de ferrocarril, fábricas de gas, cárceles y barrios pobres, simbolizaba lo extranjero, lo desagradable, lo primitivo y lo salvaje. La pobreza, especialmente la pobreza extranjera, era temida como portadora de contagio y contaminación de comportamientos culturales. Para evidenciar sus riesgos, se retomaron los mismos términos empleados, por ejemplo, en los estudios sobre los polinesios, papúes y melanesios. Se decía que lo pobres londinenses, los habitantes del East End, eran notablemente más pequeños y ennegrecidos que los hombres de clase media. Se les consideraba como atontados y escuálidos, llenos de cicatrices, producto de las marcas que les dejaban sus constantes enfermedades. Se representaba a los pobres como una “tribu que respiraba por la boca”, pues eran indiferentes a la suciedad y al hedor de sus viviendas.22

CONCLUSIONES


En suma, el lenguaje de la expansión colonial y la exploración se empleó para concebir la división social urbana. El lenguaje utilizado replicó la experiencia de la segregación en las colonias, manifestando una profunda ansiedad racial y sexual, además de un constante terror al peligro que significaba la mezcla.23
    El conjunto de inmigrantes que arribaron a Londres en la década de 1880, y el hacinamiento de las zonas marginales de la ciudad (East End) redefinieron las fronteras raciales de la metrópoli del imperio británico. Las ideas de degeneración social adquirieron una importancia cada vez mayor. En esta ocasión, la atención se dirigió no a potencias extranjeras, sino a los peligros internos. Se volvió urgente la búsqueda de una explicación para comprender la presencia anacrónica en la metrópoli de una población que desafiaba a la modernidad.24 Esto fue históricamente coetáneo a la emergencia de un colonialismo moderno, caracterizado por la clasificación de los nativos y su vinculación con un proceso civilizatorio. Para este momento, la manera de observar y nombrar la cultura y las capacidades humanas de los pobres londinenses ya se encontraba plenamente permeada por las categorías analíticas retomadas de la antropología.
    Las oleadas de inmigrantes con tez oscura a la ciudad de Londres a partir de 1880 se percibieron por las clases alta y media como una amenaza a la comunidad nacional.25 Los judíos fueron clasificados como “semitas” u “orientales”, y fueron tratados racialmente, como no caucásicos, al igual que los árabes y los indios.26 A finales del siglo XIX, a los pobres se les adjudicó el impedimento del desarrollo de la sociedad británica. La crisis local de Londres en la década de 1880 reflejó una creciente ansiedad acerca de la estabilidad del Imperio. El mejor ejemplo lo encontramos en el antropólogo Francis Galton, quien pretendió aplicar las leyes naturales de la evolución a la regeneración del hombre, en concreto a la raza inglesa, que él consideraba en un estado decadente.27 Rápidamente se difundió la creencia del descenso de la fertilidad entre la clase media y el aumento de los nacimientos entre los pobres, lo cual debía ser corregido para evitar el suicidio de la nación. Comenzó a proclamarse la “eugenesia” como una medida necesaria para proteger a la sociedad mediante un programa de nacimientos selectivos. Sus impulsores señalaban la necesidad de poner en marcha políticas de salud, entre las que destacaba la esterilización voluntaria o forzada de los pobres.28
    Con ello se creó un lenguaje que osciló entre el asombro y el desprecio del mundo de los pobres, un mundo difícil de asir. Las resonancias de este lenguaje detonaron violentamente en la primera mitad del siglo XX en una Europa convulsa, y su eco se sigue escuchando fuertemente en nuestros días.

notas

1      Testimonio retomado de las Poor Law Conferences, 1910-1911, citado en Vorspan R. Vagrancy and the New Poor Law in Late-Victorian and Edwardian England. The English Historical Review, 92:362 (1977), p. 59.
2      Durante la primera mitad del siglo XIX Inglaterra duplicó su población y Londres la triplicó. En 1851, en Londres vivían alrededor de 2,350,000 personas. El aumento de la población coincidió con la construcción de los ferrocarriles y la apertura de nuevas calles, lo que provocó mayores conflictos en las zonas más pobladas y pobres: los barrios bajos. Himmelfarb G., La idea de pobreza. Inglaterra a principios de la era industrial, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, p. 357.
3      Ibid., p. 358.
4      Ward D. The Victorian Slum: An Enduring Myth?. Annals of the Association of American Geographers, 66:2 (1976) pp. 323-336.
5      Keating P. Into Unknown England 1866-1913. Selections from the Social Explorers, Manchester, Fontana, Collins, 1976, p. 13.
6      Ibid., pp. 13-14.
7      Ibidem.
8      Walkowitz JR. La ciudad de las pasiones terribles. Narraciones sobre peligro sexual en el Londres victoriano, Madrid, Cátedra, 1995, p. 50.
9      Lorimer D. Theoretical Racism in Late-Victorian Anthropology. Victorian Studies, 31:3 (1988), pp. 405-430.
10     Ibid., p. 408.
11     Ibid., pp. 409-410.
12     Franey L. Ethnographic Collecting and Travel: Blurring Boundaries, Forming a Discipline. Victorian Literature and Culture, 29:1 (2001), p. 219.
13     Los cráneos fueron valorados por tres razones: a) sobrevivían sin descomponerse; b) eran fáciles de transportar y no necesitaban reconstruirse como otros huesos; y c) al ser su función la protección del cerebro, se pensaba que el cráneo brindaría información crucial referente a las capacidades mentales de la persona. Ibid., pp. 220-227.
14     T.H. Huxley identificó cinco razas: 1) Australoide; 2) Negroide; 3) Xantocroide (blancos europeos); 4) Melanocroide (“dark whites”, sur de Europa, Norte de África, Asia Menor, Indostán, incluyendo a los irlandeses, los celtas, los bretones, españoles, árabes y brahamanes); y 5) Mongoloides (Asia, Polinesia y América). Lorimer D. Op. cit., p. 413.
15     El objetivo central de los estudios estaba encaminado al análisis de la distribución, orígenes y afinidades de esos grupos. Se siguieron dos teorías. Por un lado el origen común y por el otro el origen de dos grupos distintos. Los debates no consiguieron claras resoluciones, aunque sí implicaron otras interrogantes. Las “razas” no se vieron como distintas especies, sino como resultado de la evolución y como producto de mezcla entre grupos. Aunque la evolución fue aceptada, la discusión no era en el sentido de Darwin. Pocas referencias se hicieron a su trabajo. Ningún autor intentó un estudio darwiniano de la selección sexual como explicación de la variedad de razas. Ni el concepto de selección natural entró en la discusión. El modo de explicación era el histórico. La mezcla cultural, lingüística y física era asumida como el producto de una larga historia de oleadas de migración. Ibid., pp. 413-414.
16     Ibid., pp. 414-418.
17     Levine P. States of Undress: Nakedness and the Colonial Imagination. Victorian Studies, 50:2 (2008), p. 192.
18     Ibid., p. 199.
19     Van Keuren DK. Museums and Ideology: Augustus Pitt-Rivers, Anthropological
Museums, and Social Change in Later Victorian Britain. The English Historical Review, 92:362 (1997), p. 189.
20     Mermin D. Browning and the primitive. Victorian Studies, 25:2 (1982), pp. 211-237.
21     Himmelfarb G. Op. cit., p. 359.
22     Porter D. Enemies of the Race: Biologism, Environmentalism, and Public Health in Edwardian England. Victorian Studies, 34:2 (1991), p. 159.
23     Mathur S. Living Ethnological Exhibits: The Case of 1886. Cultural Anthropology, 15:4 (2000), pp. 492-524
24     Marriot J. The other empire: metropolis, India and progress in the colonial imagination, Manchester, Manchester University Press, 2003, p. 181.
25     Galchinsky M. Permanently Blacked: Julia Frankaus Jewish Race. Victorian Literature and Culture, 27:1 (1999), p. 173.
26     Ibidem.
27     Puig-Samper MA. Darwinismo y antropología en el siglo XIX, Madrid, Akal, 1991, p. 40.
28     Porter. Op. cit., p. 162.

Jonatan Moncayo Ramírez
Estudiante del doctorado en historia
El Colegio de México
jmoncayo@colmex.mx


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