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Elementos No. 92, Vol. 20, Octubre-Diciembre, 2013, Página 59

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a cuenta regresiva de Alan Weisman

Anamaría Ashwell
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COUNTDOWN: OUR LAST,
BEST HOPE FOR A FUTURE ON EARTH?
Alan Weisman
Little Brown and Co.
New York, 2013

He concluido la lectura de la edición editorial preliminar de Countdown (Cuenta regresiva) de Alan Weisman próximo a la venta pública en septiembre de 2013. En cierta manera este libro continúa la discusión sobre nuestro exhausto planeta, y la manera predadora como la especie Homo sapiens lo habita, que el autor inició con El mundo sin nosotros (The World Without Us, 2008). Baste decir que sus libros, en particular El mundo sin nosotros, han recibido todos los premios más dignos de recibirse y otorgados a un autor, periodista de profesión, que ha recorrido el mundo atestiguando la enorme diversidad humana y su manera de habitar el mundo: en todos los casos, un Homo sapiens esencialmente consagrado a dominar y manipular las cosas; es decir, el aire, los suelos, el subsuelo, los ríos, los bosques, la flora y fauna –y a otros hombres y sus culturas hasta llevarlos a la extinción– de manera insaciable. Weisman va describiendo en sus libros una de las formas esenciales de cómo el hombre es hombre en este mundo actual; uno en el cual él se ha vuelto el amo de la naturaleza, extractor de todos sus reservorios, en un planeta dónde él también largo tiempo ha dejado de compartir con las otras especies vivas los suelos y el aire, es decir los recursos, naturales que sostenían nuestra cohabitación planetaria. Estamos, nos advierte Weisman, haciendo eco a múltiples voces de especialistas e investigadores, ya con el tiempo contado en un planeta agotado e incapaz de sostener, a estos ritmos de crecimiento demográfico y consumo, incluyendo a los siete mil millones de humanos que monopolizan, con gran desigualdad, los actuales recursos (técnicos y naturales) globales. Weisman ha documentado también los esfuerzos aislados de pueblos o tribus (incluso modernas) que experimentan con una manera más razonable de compartir y extraer de los suelos y subsuelo energías y sustento reconociendo el papel vital, para la propia sobrevivencia, de otras especies vivas así como el necesario descanso renovador y natural que demandan los suelos y el aire para asegurar a los hombres una mínima alimentación, sustentable, a futuro. Así escribió Gaviotas: A Village to Re-invent the World (Una aldea para reinventar el mundo) sobre la experiencia luminosa y aislada de esta comunidad, “inventada” y administrada, en los llanos del oriente colombiano. Y en Countdown documenta el esfuerzo de algunas aldeas que se proponen reducir el crecimiento demográfico y el consumo para reestablecer algún equilibrio entre necesidades mínimas de sus pobladores y los agotados recursos naturales disponibles y que paradójicamente son enclaves en medio de países desbordados demográficamente y destruidos ambientalmente como la India; como también experiencias aldeanas sustentables entre los países más extractores, demandantes y despilfarradores de un porcentaje desproporcionado de los finitos recursos naturales planetarios, como Estados Unidos. Y ha descendido, literalmente, a los mundos donde el destino nihilista en que se embarcó largo tiempo Occidente, este que Heidegger llamó el de la era de la técnica, pareciera ya brutalmente consumado: Nigeria, con una población de 166 millones que a pesar de su trágica y altísima mortalidad infantil se duplicará demográficamente para 2040 en un territorio que se desertifica y que con su densidad demográfica actual ya no puede producir sino hambrunas cada vez más violentas como la que arrasó su territorio en 2005. O Níger, el país vecino, con 16.6 millones de habitantes que tiene la fertilidad más alta del planeta y cuya explosión demográfica se controla solo por la expectativa de vida que no rebasa los 50 años en un país en el cual miles de niños, diariamente, con sus madres, se mueren lentamente desgastados y desnutridos porque son los últimos en recibir alimento en el hogar, en un territorio donde escasean cosechas por suelos infértiles y el agua se agota porque las lluvias ya no llegan y el agua que existe se encuentra, pero insuficiente, en el suelo profundo para una población que en treinta años incluirá a otros 50 millones de sedientos.
    Alan Weisman escribió este libro haciéndose esta vez una pregunta contraria a la que hizo en El mundo sin nosotros: ¿cómo mantener un mundo con nosotros?
    Y la primera pregunta que soltó para recabar respuestas no solo de ecologistas, sino de ingenieros, matemáticos, biólogos y economistas alrededor del mundo, además de investigar en el campo (como un antropólogo) las respuestas que los mismos pueblos dan a su sobrevivencia actual y futura, fue: ¿cuántos humanos puede sostener el planeta? Y también: ¿cuánto del ecosistema planetario se requiere para sostener la vida humana? Los números que obtuvo, son, para todo el planeta, dramáticamente menores de los que tenemos hoy, rondando los dos mil millones que propuso el Fideicomiso para una Población Óptima (OPT) en Oxford en 1993, cuando en el planeta ya existían 5.5 mil millones habitantes. Y en un mundo para el que el Centro de Conservación Biológica de Stanford estima que 40 por ciento de los suelos no congelados ya están cultivados con una intención agrícola incentivada no para alimentar a las personas sino por las ganancias monetarias; más ciudades, carreteras, desiertos y también territorios, sobre todo en los trópicos, que nunca debieron colonizarse con humanos... la mitad del planeta ya está comprometida alimentando desigualmente, con periódicas e históricas hambrunas como en algunas regiones de África, solo a nuestra especie.
    Las variables que utilizan los estudiosos para establecer la relación entre población y recursos planetarios, consensuadas hace tiempo entre la mayoría de los investigadores, definen también las fronteras infranqueables más allá de las cuales el planeta entraría en una fase que sería cataclísmica para la humanidad; estas fronteras son el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la disrupción de los ciclos del nitrógeno y el fosfeno a nivel global, la reducción de la capa de ozono, la acidificación del océano, los niveles de reserva de agua dulce, los cambios en el uso de suelos y, finalmente, la polución química y de partículas en la atmósfera. Weisman se concentra en el factor demográfico acumulativo que está implícito en todas estas variables y asumiendo que aun cuando los científicos no se ponen de acuerdo cuántos químicos y partículas puede absorber la atmósfera, explica que las otras tres fronteras señaladas, es decir, el cambio climático, los niveles de nitrógeno y la pérdida de biodiversidad ya han sido, largo tiempo, rebasadas. Las demás, como los niveles de acidificación de los océanos, aumentan incesantemente y sin interrupción. La conclusión a la que llega Weisman en estas conversaciones con estudiosos y pueblos diversos es contundente y trágica: el planeta ya no puede sostener el número actual (ni el consumo que practican) de humanos. Comparte, sin embargo, las esperanzas y el optimismo de todos los que estudian, inventan, practican formas de advertir este cataclismo planetario que ya está en puerta y analiza sus propuestas para dar solución a la inequitativa distribución de los recursos naturales del planeta (si se reduce a medio hijo por mujer la natalidad en el mundo se puede reducir la población mundial para finales de siglo a 6 mil millones, dicen demógrafos; o la mejor distribución de los recursos de la Tierra más una reducción del consumo no solo alimenticio sino energético, dicen economistas; o una nueva revolución verde, argumentan algunos biólogos; u obligar a cumplir metas ecológicas y ambientales a los países que se apropian desproporcionadamente de los finitos recursos naturales planetarios, argumentan sociólogos y politólogos; o implementar políticas de educación para contrarrestar prácticas culturales y religiosas en torno a contracepción para ciertas regiones del planeta, sugieren antropólogos y trabajadores de la salud). Weisman expone, así, argumentos que se han estudiado y, en algunos casos, probado con políticas de Estado como en China, e indaga causales políticas, religiosas y de educación que influyen en este desequilibrio entre población y los agotados recursos naturales planetarios; pero concluye su libro con una anécdota ominosa de su niñez, narrando un viaje de regreso a su Mineápolis natal y el recuerdo de las miles de palomas mensajeras que abundaban en el techo del museo de su ciudad. Desde 1914 estaban funcionalmente extintas a pesar de que más de un millón de ellas seguían por los cielos porque su hábitat y fuentes de alimentación habían sido largo tiempo copados y destruidos por el hombre. Se preguntó entonces “¿Y si mi propia especie es también ya un vivo muerto?”.
    Otras preguntas, sin embargo, son posibles mientras se acompaña la fundamentación que Weisman expone para dar cuenta de esta cuenta regresiva en que ha entrado el planeta por la forma de habitación humana; pero solo si nos apartamos de las preguntas que Weisamn se hizo buscando un porqué o porqués de este modo deshumanizante de habitar el planeta (explosión demográfica, extracción imparable de recursos naturales finitos, crecimiento y consumo insaciable, distribución inequitativa de recursos naturales finitos, factores de religión y educación que tienen consecuencias en la desbordada demografía planetaria, etcétera). Porque argumentado por ese camino Weisman se posicionó (como la mayoría de los científicos que cita y describen o cuantifican este trágico y predatorio habitar moderno y planetario) solo para responder sobre la preservación o enaltecimiento de las condiciones que atienden únicamente a nuestras propias necesidades de reproducción y vida. Y argumentando así se oculta el sustento, la base desde la cual esta manera de habitar el planeta solo puede prevalecer o continuar presenciando;1 y ante la crisis abismal que describe Weisman en su libro, todas las respuestas permanecen así colgadas de la ilusión de que como amos de la tecnología, analizando, calculando y administrando, los hombres podremos resolver todo estos aspectos negativos de nuestro actual habitar. Y atrapa también, a algunos, en la contradictoria, desgastante e ilusionada protesta social que puede cambiar algunas cosas pero no dar un giro esencial a esta manera nihilista de habitar el planeta; o nos deja a muchos solo otra opción: engrosar las filas de los desilusionados, los arrinconados a la intemperie, que construyen un hábitat alternativo sintiéndose no contribuyentes o partícipes de este estado de cosas en aldeas, como gaviotas o caracoles, donde los hombres sobreviven ilusionados de estar a salvo o ajenos al deshumanizante mundo que rechazaron o los rechazó.
    La preguntas que asoman de esta inquietante urgencia ambiental que Weismann documenta y describe para un planeta que se desintegra (unravels es la palabra que usa Weisman) cobra urgencia porque está ya en juego la sobrevivencia del mismo Homo sapiens que fue el amo y manipulador de todo. Y esa pregunta no se puede hacer desde el mundo que creamos o pensamos mejor y más humano que el que vivimos, sino desde el mundo actual que constituye nuestra realidad. Esta trágica realidad que Weismann documenta en su libro. Esa pregunta o esas preguntas tienen que hacerse desde el sufrimiento y el aniquilamiento dirigido, manipulado, instrumentado también, no solo de las otras especies vivas ya sacrificadas por el hombre, sino también desde el sacrificio de enormes poblaciones de nuestra propia especie, aquellos que nacen todos los días ya muertos.
    Quiero decir, y lo digo en voz baja y con profundo terror, tratando de comprender este momento histórico: ¿cómo sucedió que este animal que somos, soy, el Homo sapiens, se impulsa hoy a reproducirse avanzando en una trayectoria demográfica planetaria que para 2100 contabilizará a más de 10 mil millones de humanos, pariendo todos los días nuevos niños cuando ya existen millones de ellos descartados, destinados a morir de hambre, arrojados y despreciados, por todos lados y no solo allá, lejos, en Níger?
    Quiero decir, repitiendo esa pregunta que largo tiempo expuso Peter Green:2 ¿por qué no volvernos la última generación sobre la Tierra?

NOTAS

1     El referente obligado es: Martín Heidegger, “La pregunta por la Técnica”. Traducción Oscar Terán. Espacios. BUAP. 1983.
2     New York Times. 6 de Junio de 2010 (existe un resumen y traducción al español de este ensayo de Green que se publicó en la Jornada de Oriente, junio, 2010). Peter Green es filósofo y lleva la cátedra de Bioética en la Universidad de Princeton.


Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com



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