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Elementos No. 91, Vol. 20, Julio-Septiembre, 2013, Página 3

Juego de adultos:
Nietzsche, Heidegger y la metafísica

Ángel Xolocotzi Yáñez
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A Alejandro Palma, con amistad y agradecimiento.


I. LA METAFÍSICA COMO MODO DE FILOSOFAR OCCIDENTAL

La vida contemporánea muestra la relación con el mundo de modo peculiar. Las noticias cotidianas arrojan datos sobre la indiferencia respecto del medio ambiente y en torno a los otros seres humanos. Con ello no solo se admite la desigualdad económica y social, sino también el carácter sustituible que adquiere un trabajador. Sin embargo, no deja de alarmar también la indiferencia respecto de la propia vida que se refleja no solo en la falta de pasión y compromiso, sino incluso en el alto número de suicidios. No extraña pues que ahora se cuente con una “suicidología”, ya que es un “ámbito” que se desarrolla, lamentablemente, a grandes pasos.
    Frente al panorama desconsolado al que nos enfrentamos, surge una y otra vez la pregunta del papel de las humanidades y concretamente de la filosofía. Si esta no es una simple “embalsamadora de ideas”, entonces quizás pudiese ser revivido su papel diagnóstico del presente.
    A lo largo de la tradición occidental esa ha sido, sin quererlo ella misma, una de las funciones de la filosofía. Hegel resumió tal papel al asignarle la tarea de expresar la época en conceptos. Sin embargo, tal cometido pudiese ser fácilmente pervertido para concluir en un simple comentario de corte trivial o esporádico. Ante ello, es la misma tradición occidental la que garantiza la transmisión del quehacer filosófico al conformarse una historia de la filosofía que ejemplifica magistralmente los problemas y los métodos con los que procede. No obstante, esta tradición ha dejado de lado el ejercicio mismo del filosofar como constitutivo del existir y ha abanderado una búsqueda de temas y preguntas que conducen al olvido de nuestro estar-en-el-mundo, como diría Martin Heidegger. Este modo de practicar la filosofía se conoce como metafísica. Esta no es pues una rama filosófica, sino, como bien enfatizó Friedrich Nietzsche, se trata del modo privilegiado en el que se ha hecho filosofía en Occidente.
    Ya el nombre indica que se trata de un proceder que está “más allá” de la “física”, entendida esta como el ámbito cotidiano en el que aparecen y desaparecen las cosas. Lo físico remite al movimiento necesariamente temporal de nuestra relación con los objetos, mientras que el preguntar metafísico busca estabilizar tal fluctuación temporal al proponer un ámbito atemporal y estable. Así, una pregunta que parecería inocente como aquella que pregunta por el “qué” de algo, en el fondo presupone una unidad de carácter atemporal que dé razón de la multiplicidad de lo que aparece. Por ejemplo, en la pregunta “¿qué es una silla?” descubro por un lado que no sé algo y que a la vez soy consciente de mi no-saber, pero por el lado del objeto, de lo preguntado, admito que hay algo así como “la silla” que puedo conocer o definir a partir del extrañamiento que me causa enfrentarme a esa cosa por la cual pregunto.
    La pregunta filosófica en la vía metafísica occidental dejó de lado las sillas en las que nos sentamos para decidir que la única pregunta que tenía sentido era la pregunta por el “qué” de la silla”, es decir, por aquello que se ha llamado su esencia (essentia).
    De esa manera, la metafísica dirigió sus esfuerzos indagadores hacia lo permanente de la esencia al reconocer este ámbito como aquel que fundamentaba la aparición de las múltiples sillas de la cotidianidad. Así, la pregunta por el fundamento se constituyó como la tematización central en la filosofía occidental.
    Frente a este panorama, en el siglo XIX y XX aparecen dos figuras filosóficas que cuestionan el modo en el que se había ejercido la filosofía hasta ese momento. Se trata concretamente de las propuestas de Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Aunque toda filosofía es ya en sí radical, las propuestas de estos pensadores se han convertido en un parteaguas del filosofar contemporáneo precisamente porque vieron a la metafísica no como un área de la filosofía sino como el modo generalizado en el que esta se ha llevado a cabo.
    A continuación abordaré algunos aspectos del papel de la metafísica en la propuesta de Nietzsche y Heidegger a partir de la interpretación de esta como moral y/o fundamento. Quizás a partir del olvido del ser (Heidegger) y de la tierra (Nietzsche) se pueda lograr una mejor comprensión de la época contemporánea.

II. EL JUEGO, EL NIÑO Y EL ADULTO

En un fragmento de verano de 1878 Nietzsche preguntaba “¿por qué no tomar a la metafísica y a la religión como un juego de adultos?”1 y antes lo anticipaba con otra pregunta “¿por qué no habría de poderse jugar metafísicamente?”2. Parece entonces que la “seriedad” ha sido cedida a la metafísica por lo que ya no se ha podido “contar con ella para la vida y su tarea”3. La “seriedad” ha consistido en interpretar la vida desde un valor supremo, el cual pretende determinar y dar sentido a nuestro estar-en-el-mundo.
    Pero ¿en qué medida se puede llevar a cabo la metafísica como un juego de adultos? ¿Acaso no el mismo Nietzsche enfatizaba el juego del niño como aquella imagen en donde los fines no determinan a la acción misma? En el conocido apartado “De las tres transformaciones” en su Zaratustra así lo señalaba: “Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí”.4 El niño en su juego se mantiene en el jugar mismo. No antepone alguna meta ajena al juego. Sin embargo, “la rueda” que se mueve por sí misma en el juego infantil se ve determinada en el juego de adultos por la carga presupuesta en el paso de la niñez a la así llamada madurez. El juego pasa ahora a un segundo plano en donde se presuponen metas que le dan sentido al juego mismo: los adultos juegan para descansar, para ganar, para distraerse, para fortalecer su autoestima, etcétera. Ya no se trata entonces de un primer movimiento inocente como en el juego infantil, ya la rueda es movida por otro elemento ajeno a ella.
    Pero en la cita inicial, Nietzsche vislumbra la posibilidad de jugar metafísicamente, insinúa que la metafísica pudiese ser un juego de adultos. ¿Cómo podemos entender esto? ¿Acaso no es la metafísica la seriedad que se aleja del juego? Si la metafísica se toma en serio la vida, entonces parece que la vida misma deja de ser un juego. ¿Cómo entender entonces la posibilidad de jugar metafísicamente? ¿Se trataría acaso de quitarle la seriedad a la metafísica? Un guiño en este sentido lo proporciona Martin Heidegger en su lección de 1928/29 Introducción a la filosofía. Después de haber llevado a cabo una digresión sobre la dialéctica en Kant, Heidegger tematiza al mundo como “juego de la vida”. En sus reflexiones introductorias al juego, Heidegger destaca el carácter intrínseco entre el juego y el niño y por ello habla en este sentido de “juego auténtico”. Sin embargo, en este respecto hace una observación importante:

Si es un privilegio del niño el jugar, esto no significa sino que el juego pertenece en cierto modo al ser humano. Quizás el niño sólo sea niño porque en un sentido metafísico es algo que nosotros los adultos hemos dejado de entender ya.5

    Pareciera entonces que el juego es algo ausente en el adulto, ¿pero acaso se nos ha olvidado jugar? Sabemos que Nietzsche compara a la metafísica con el camello en la medida en que lleva la gran carga de los valores establecidos, de la jerarquía que organiza el sentido del mundo.6 La metafísica no sería, pues, el niño que olvida, sino el camello que acumula carga. El peso de la carga hace de la metafísica aquello inolvidable. Si esto es así, ¿cómo podemos entender el hecho de que ya no sepamos jugar? El juego, como decíamos, ha sido subordinado a otros valores establecidos. A este conjunto de valores Nietzsche interpretará como moral; mientras que Heidegger lo tematizará como fundamento. La metafísica, término central en ambos pensadores, remite entonces no a un área temática sino al modo en el que se ha llevado a cabo la filosofía en Occidente: como moral y como fundamento.


III. JUGAR A LA METAFÍSICA

La posibilidad de jugar metafísicamente quizás no indique el retorno al juego auténtico de la niñez, sino al descubrimiento del hecho de que así como el juego pertenece al ser humano, así también la metafísica. Jugar auténticamente sería jugar en la ligereza e inocencia del niño creador de valores; sin embargo, no nos encontramos en esa situación. La niñez ha quedado atrás. Así también la metafísica ha sido aquel pensar que ha determinado a Occidente a partir de una jerarquía de valores buscando siempre la fundamentación. Si esto, como Nietzsche señala, ha sido el hombre, entonces la posibilidad que queda es la de enfrentarlo mediante su superación, en el superhombre. La superación del hombre exige como primer paso la aclaración de lo que este es. El hombre debe pues enfrentarse a sí mismo para descubrirse como hombre de la metafísica. El modo en que esto se lleva a cabo es lo que Nietzsche llama juego de adultos. Se debe pues enfrentar a la metafísica en su seriedad y jugar con ella. No se trata de banalizarla, sino de cuestionar su valor autoritario para introducirse, jugando, en ella. Jugar metafísicamente es pues el primer paso para una transvaloración de los valores, para descubrirnos esencialmente como creadores y en ello recae la gran tarea del juego: “No conozco ningún otro modo de tratar con tareas grandes que el juego: este es, como indicio de la grandeza, un presupuesto esencial”.7     
    Nietzsche y Heidegger han sido, pues, los maestros del juego metafísico. La radicalidad de sus propuestas no recae en la sugerencia de un nuevo contenido para el juego mismo, sino más bien en descubrir el presupuesto central que impedía jugar a la metafísica. Podríamos decir entonces que la metafísica no era un juego. Tal hablar puede compararse al habla cotidiana en la que la seriedad se expresa al decir “esto no es un juego”. Así, la tradición occidental colocó a la metafísica como aquello más serio de la vida, como aquello que no podía ser jugado. La metafísica en ese sentido no era un juego, sino lo más digno de buscar y así lo más difícil. En ella se concentraban las preguntas que fundamentaban la realidad misma. Si la vida tenía sentido, este estaba dado por alguna propuesta metafísica, curiosamente ajena a la vida misma. Cuando decimos que Nietzsche y Heidegger juegan a la metafísica, esto podría asemejarse también al habla cotidiana cuando los niños juegan a algo: a la comidita o a las escondidillas. “Jugar a la metafísica” significa considerarla por primera vez como un juego; es decir, no se trata de cuestionar su contenido, sino la forma en la que se ha llevado a cabo. Su forma ha sido de tal seriedad que se ha alejado de la vida. No ha sido un juego porque no nos ha permitido que la vida misma se entregue a ella, sino que se han antepuesto objetivos ajenos. Desde ahí se ha pensado la seriedad de la vida.


IV. ORIGEN, OLVIDO Y SUPERACIÓN DE LA METAFÍSICA

Quitarle la seriedad a la metafísica y considerarla como juego, significa, como indicaba Heidegger, reconocerla como algo que pertenece en cierto modo al ser humano. Sin embargo, tal pertenencia no había sido vista precisamente porque se había olvidado el origen. Se pensaba que dejar la niñez era dejar el juego. La madurez representaba la seriedad de la vida. El “santo decir sí” de la niñez era sustituido por la negatividad de la carga de valores impuestos. La afirmación de la vida era simplemente olvidada. Ahora solo quedaba su negación mediante una valoración extrínseca a sí misma que la determinaba en su sentido.
    Jugar a la metafísica no será otra cosa que tematizar el olvido, pensado en Heidegger como olvido del ser y en Nietzsche como olvido de la tierra. Sin embargo, como ya anticipamos, tal tematización del olvido se llevará a cabo al pensar los presupuestos centrales que impedían jugar a la metafísica. No se podía jugar porque, como ya dijimos, no era un juego. Su seriedad recaía en la moral y en el fundamento. Y la moral no será otra cosa que “la desconfianza contra la vida en general”8, como repetirá Nietzsche a lo largo de su obra.
    Sabemos que la obra de Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger ha sido interpretada de múltiples formas. Una de ellas abre la posibilidad de un pensar no-metafísico. Con ello se ha pretendido ver en Nietzsche y Heidegger la puerta de entrada a la superación de la metafísica. Sin embargo, aquí podemos simplemente señalar que tal idea de “superación” no puede consistir en un abandono de la misma como si hubiese sido un error. Más bien se trata de retomarla en su posibilidad de juego de la vida.
    De ese modo podemos decir que la filosofía que va de Platón a Nietzsche muestra la elaboración de un fundamento que busca olvidar la falta de fundamento. La pregunta guía de la metafísica, que Heidegger resume en el “¿qué es el lo que es (el ente)?”, y que Nietzsche identificó como voluntad de verdad no solo expresa la época de la determinación moral de la metafísica o del olvido del ser, sino que ella misma es la presuposición en tanto punto de partida para la posibilidad radical de otro pensar.
    Lo que tanto Nietzsche como Heidegger identifican como metafísica es precisamente una exigencia desde una región que pasa a ser la dominante. Para Nietzsche la moral como desconfianza en el mundo de la vida exige porqués, fundamentos, que cubran el abismo de la vida misma: “la moral dice: necesito algunas respuestas, fundamentos, argumentos [...]”9. Heidegger, por su parte, descubre que la determinación atemporal que se halla en la base de la metafísica ha sido el modo preeminente del ocultamiento del ser. Por ello en su obra tardía, conocida como “pensar histórico del ser”, la metafísica será vista como la época del ocultamiento del ser.
    La metafísica no es pues ni en Nietzsche ni en Heidegger algo que deba ser abandonado, sino aquello a lo que se puede jugar cuando se convierte en un elemento digno de ser pensado. Si no se jugaba a la metafísica porque se anteponían elementos ajenos al juego mismo como la pretensión de fundamento (Grund), entonces cuando se intenta jugar, la vida es aprehendida como un abismo (Abgrund). Jugar metafísicamente la vida en el mundo no puede aceptar pues la intromisión de un fundamento que le de sentido, sino en el juego mismo se debería constituir el sentido de la vida. Entrarle al juego de la metafísica sería pues la posibilidad de romper con el pesimismo nihilista de Occidente, que vive esperando a que una otredad otorgue el sentido, y acceder a la afirmación dionisiaca del mundo, como Nietzsche llamará en Ecce homo, o en el caso de Heidegger, el reconocimiento del carácter originario de la metafísica como acontecimiento del ser en cuanto rehúso. De este modo se podría transitar a lo que Nietzsche llamaba “superhombre” o Heidegger nombra “otro inicio del pensar”. Con ello se tomaría a la metafísica como algo a lo que se puede jugar. La radicalidad del pensar únicamente es posible, visto filosóficamente, al repensar la metafísica misma, que en el fondo no es otra cosa que la historia misma de Occidente. Esta es y permanece mediación para todo otro pensar. A eso se refiere Heidegger en Identidad y diferencia al indicar que “solo cuando nos volvemos con el pensar hacia lo ya pensado, estamos al servicio de lo por pensar.”10 Y quizás en ello se puedan vislumbrar perspectivas constituyentes de sentido para el mundo contemporáneo.

NOTAS

1      Nietzsche F. Fragmentos póstumos, Volumen II, Tecnos, Madrid (2008)  p. 403.
2      Ibidem.
3      Ibid., p. 404.
4      Nietzsche F. Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid (1972) p. 51.
5      Heidegger M. Introducción a la filosofía, Cátedra, Madrid (1999) p. 323.
6      Cf. Nietzsche F. Así habló Zaratustra, p. 49-ss.
7      Nietzsche F. Ecce homo, Alianza, Madrid (2001) p. 61.
8      Nietzsche F. Kritische Studienausgabe, volumen 12, De Gruyter, Múnich (1999) p. 334.
9      Nietzsche F. Kritische Studienausgabe, volumen 13, De Gruyter, Múnich (1999) p. 326.
10     Heidegger M. Identidad y diferencia, Anthropos, Barcelona (1988) p. 97.


Ángel Xolocotzi Yáñez
Facultad de Filosofía y Letras
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
angel.xolocotzi@gmail.com



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