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Elementos No. 91, Vol. 20, Julio-Septiembre, 2013, Página 19

Cómo morir:
los últimos días de Savonarola*

Ivan Illich
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Porque lo que diré a continuación sobre la Iglesia podría fácilmente interpretarse equívocamente o ser mal apropiado, permítame contarle una historia que yo creo muestra una actitud modelo hacia la Iglesia así como el carácter de un hombre que supo de una manera extraordinariamente bella cómo morir. Me refiero a Girolamo Savonarola, el monje y reformador florentino que fue ejecutado como hereje a finales del siglo XV.
    Mi interés por Savonarola empezó a los 13 o 14 años mientras vivía en Florencia y fue un entusiasmo solo posible en la edad de la rebeldía; pero después, al cumplir 70 años, recibí una llamada de Paolo Prodi, un querido y confiable amigo y el único historiador por quien sentí la misma estima que tengo por nuestro mutuo maestro Gerhard Ladner. Paolo me llamó para informarme que se celebraría los 500 años del aniversario del martirio de Savonarola en Pistoia. La reunión incluíría mayormente a historiadores de la historia florentina entre 1470 y 1510, pero decidieron entre todos que sería ideal si yo pudiera presidir una sesión final con una conferencia sobre la profecía en la actualidad. Me sentí muy incómodo con esta asignación porque existe una distancia abismal entre yo y la docena o más de historiadores de primer orden que me habían invitado y yo; pero la amistad con Paolo, así como mi agradecimiento hacia él como maestro, me llamó la atención, bajé la cabeza y dije: “Sí. Obedeceré”.
    Empecé entonces a bucear en la literatura de Savonarola –son 32 volúmenes de escritos los que han sobrevivido y se acaban de publicar en una nueva edición– y a medida que avanzaba en las lecturas mayor fue mi fascinación con el hombre. Los otros historiadores en esta conferencia en Pistoia, cuando finalmente se llevó a cabo, hablaron de Savonarola como un héroe cultural, un reformador eclesiástico o un predicador en Florencia. Estaban interesados en los grandes elogios que Maquiavelo le prodigó a pesar de aparentes contradicciones y por qué Ficino le había llamado “el príncipe de los hipócritas” por lo que había hecho en su temprana vida o por como se había comportado los últimos cinco o seis años de su ministerio público y como predicador. Yo me concentré únicamente en su último día o en sus últimos días.
    Savonarola se había vuelto un tipo políticamente imposible para los Medici que gobernaban Florencia, por lo cual tuvieron que deshacerse de él. Estuvo cincuenta días en prisión y pasó por dos grandes sesiones de torturas, una bajo el mando del gobierno de la ciudad de Florencia y otra administrada por un emisario del Papa. Durante su tiempo en prisión, como resultado del trato duro que le administró la Iglesia, yo veo a Savonarola florecer en un hombre que supo cómo morir. Había sido un genio de la retórica, un buen –hasta donde puedo juzgar– teólogo, un lector cuidadoso de las Sagradas Escrituras y uno de los más efectivos paladines de un gobierno popular. Pero durante esos cincuenta días él dictó dos libros que sobrepasan todos sus logros anteriores. Con su cuerpo herido, sus brazos quebrados bajo tortura, dictó dos interpretaciones de los Salmos. Estos han inspirado las reformas que intentaron los dominicos en el sur de España veinte años antes de Lutero y posteriormente fueron de gran influencia en América del Sur. Un experto incluso ha escrito que Lutero relacionó su gran experiencia de conversión en la torre a la verdadera fe a partir de frases tomadas de Savonarola. Pero más importante para mí en este caso es la manera como Savonarola entendió las dos caras de la Iglesia. Él murió con muestras de obediencia hacia la Iglesia que son conocidas, incuestionables y extraordinarias, pero al mismo tiempo reconoció a la Iglesia como el nido del mal. Y no solo porque Alejandro VI, quien entonces era el Papa, había comprado el papado, ni porque había tenido una vida pecaminosa, sino porque, en un sentido mucho más profundo, representaba la tentación del poder dentro de la Iglesia.




© Enrique Soto, Girolamo Savonarola, Ferrara, Italia, 2008.


    Ahora, permítanme contarles sobre los últimos días de Savonarola. Fue condenado como herético. Ninguna prueba para condenarlo fue ofrecida más allá del hecho que él no desistía de presentarse como un profeta que hablaba por inspiración divina. Dos frailes fueron condenados con él porque habían aceptado esta postura de Savonarola y lo confirmaron en público. Como consideración por la civilidad florentina, en 1498 se estableció que debían ser colgados antes de quemarlos.
    En el día que debían ser inmolados, en la misa mañanera, él habló mediante un hermoso rezo de cómo le había invadido la tristeza, de cómo sus amigos y todo lo que veía le deprimía. Comentó el Miserere y habló del abismo de su miseria porque había declarado el día antes, bajo tortura, que no estaba divinamente inspirado cuando predicaba. Me retracto dijo. Mentí por miedo a las torturas y quiero que eso se sepa públicamente. Dejad que el abismo de mis pecados se disuelva en el abismo del perdón.
    Y volteó a mirar a sus dos hermanos, dos hombres muy distintos. Domenico había convertido en espadas el desafío de Savonarola, y Silvestro, aquejado por un miedo incontenible, temblaba ante la idea de morir. A Domenico le dijo. “Durante la noche, me fue revelado que cuando seas dirigido hacia la horca debes decir: ’No, no me cuelguen. Quémenme vivo‘. No tenemos dominio sobre nuestras muertes. Debemos ser felices y así poder morir la muerte que Dios nos ha destinado”. Y giró entonces hacia Silvestro y le dijo: “Me ha sido revelado que tú quieres hacer un pronunciamiento sobre nuestra inocencia. Jesús en la cruz no lo hizo. Y nosotros no lo haremos.” Los dos frailes se arrodillaron, pidieron su bendición y obedecieron.
    Salieron desde el Palazzo de la Signoria en Florencia por el camino que había sido construido hacia la horca. Allí los recibieron frailes dominicos que habían sido enviados por el general de la orden para que les quitaran la vestimenta y no se deshonrara a la orden porque ellos morían con sus cogullas. Savonarola les dijo: “No se lo entregaré, pero ustedes me lo pueden quitar”. Y dio un paso más para encontrarse con el delegado del Papa que le dijo que había sido condenado como un herético y cismático y –y en esto está el meollo– excluido de ahora en adelante de la Iglesia Militante y de la Iglesia Triunfante, la Iglesia en la tierra y la Iglesia en el cielo.
    Girolamo Savonarola respondió como acostumbraba de manera quieta, fuerte, sin que se le quebrara la voz, mientras el observador oficial tomaba nota de los procedimientos: “Me puede excluir de la Iglesia temporal. Usted no tiene la autoridad para excluirme por decreto de la segunda”. Dio un paso más y allí estaba el delegado del Papa Alejandro que había sido enviado como inquisidor especial para torturarlo y había hecho su labor unos días antes. Él reconfirmó el juicio y sacó un pergamino en el cual el Papa había concedido a los tres condenados frailes la gracia de una perfecta indulgencia. Todo castigo en el purgatorio sería suspendido de acuerdo con este decreto y sus inocencias restauradas. Aquí el disparate, no de Savonarola, sino de de Iglesia, alcanza su punto más alto. El decreto terminaba con la pregunta “¿Aceptan ustedes?” Y lo último que estos tres frailes hacen es bajar la cabeza.
    Entonces, o estos frailes eran unos cobardes, o eran hombres dominados por los presupuestos de la religiosidad popular florentina en 1498, o eran, en el sentido más absoluto, de la manera más gloriosa, bufones que sabían lo que estaban haciendo. Yo quisiera morir así.1

NOTAS

1      Illich vivió muchas enfermedades y recurrió a la medicina moderna para aliviarse. Se sometió a una intervención quirúrgica por una hernia que le impedía caminar; se hizo extraer también un diente infectado. Era un buen conocedor de remedios herbales. A finales de los años 70 un tumor apareció en su rostro, pero Illich decidió dejarlo crecer. Influyó en su decisión el doctor pakistaní, su amigo Said Mohamed, quien le dijo que ese tumor le pertenecía y quitarlo lo desequilibraría. Años antes un hermano de su madre, un astrólogo, le había pronosticado que sufriría problemas con su quijada y que no debía actuar sobre eso. Illich tuvo la intuición que esta era su cruz y que no debía evitar llevarla. Consultó a un médico en Chicago que le advirtió que ese tumor podía ser maligno y que debía removerse. Pero decidió vivir con ese tumor durante 20 años y eventualmente este creció sobre su rostro al tamaño de una toronja. Sufrió dolores considerables que trató de remediar con acupuntura y a veces fumando opio crudo. Cayley, que ofrece esta información más detallada explicó que no fue que Illich decidió abandonarse al azar. Todo cáncer puede entrar en fase metástasica como resultado de una operación y es probable que la advertencia de su tío haya sido para él una advertencia de esta eventualidad. No es que Illich midiera o calculara las consecuencias, explicó también Cayley, sino que simplemente decidió aceptar su aflicción como su parte del sufrimiento de Cristo; y ocasionalmente repetía palabras de Pablo (Colosenses 1:24):

“Que ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia”

Una mañana de 2002 se acostó y murió pacíficamente.”Nadie que lo conoció bien
se atrevería a decir que murió por un cáncer”, escribió David Cayley.


*Tomado del libro The Rivers North of the Future: The Testament of Ivan Illich as told to David Cayley, Anansi, Canadá, 2005. Traducción y notas: Anamaría Ashwell.

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