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Elementos No. 90, Vol. 20, Abril-Junio, 2013, Página 3

Reflexiones sobre la naturaleza del tiempo

Vanessa Huerta Donado
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El tiempo se vierte, indiferente a nosotros; nos defendemos de él invirtiéndolo, revirtiéndolo, divirtiéndolo, subvirtiéndolo, convirtiéndolo.
Carlos Fuentes

“Tener o no tener tiempo”, “tomarse el tiempo”, “darse tiempo”; constantemente utilizamos tantas frases relativas al tiempo, hasta el punto en que lo experimentamos como un fenómeno extrañamente cercano y tan nítido, que bien podríamos tocar con la punta de los dedos. Efectivamente, en nuestro vivir cotidiano advertimos siempre y con algún grado de explicitud qué es el tiempo, sin que este entender nuestro se fundamente científicamente. De hecho, antes que remitirnos a cualquier sistema de medición temporal, nuestra experiencia del tiempo se atiene al más próximo recinto vivencial del que somos parte, y se manifiesta a través de expresiones inexactas pero comprensibles tales como: “ya mero”, “ahorita lo hago” o “mañana veremos”. Las dificultades se presentan cuando intentamos hacer de las vivencias particulares algo claro y explícito, atendiendo, además, las investigaciones formales en torno al tiempo cuantificable y divisible infinitamente, al tiempo impersonal, uniforme y absoluto atrapado en el reloj.
    Esto lo saben muy bien Fanny Blanck y Marcelino Cereijido; médicos de profesión que, a través de la escritura, buscan brindarnos un esquema de las posiciones más sobresalientes respecto al tiempo.1 A lo largo de su libro titulado La vida, el tiempo y la muerte, nos topamos con diversos flancos desde los cuales es posible abordar el tema. Química, biología, matemáticas, física y filosofía, son solo algunos de ellos. Sin embargo, el elemento novedoso de esta exposición, radica en la presencia constante pero subyacente de la muerte como objeto de investigación científica. Pero, ¿qué clase de vínculos puede haber entre semejante hecho y la temporalidad? Precisamente, en esta conjunción de conceptos encontramos el punto de convergencia entre dos posturas excluyentes en apariencia, pero complementarias de fondo: hablamos aquí de la demostración matemática del tiempo en contraposición con la experiencia cotidiana que tenemos del mismo.

FINITUD E INFINITUD

Comenzamos preguntándonos ¿qué es, pues, el tiempo? Ya en el siglo IV san Agustín creía tener la respuesta a tal enigma, pero al tratar de explicarlo, enmudecía de inmediato.2 Desde sus distintas modalidades, la literatura también ha tomado parte en las reflexiones sobre la naturaleza del tiempo, poniendo en evidencia la obsesión de novelistas y ensayistas por desentrañar el “único misterio esencial”, tal como solía llamarlo Borges. En lo que al ámbito filosófico respecta, podemos dar cuenta de las intervenciones que grandes pensadores como Heráclito, Parménides, Aristóteles, Platón, Nietzsche, Bergson y Heidegger expusieron en sus escritos, tratando de dilucidar con ello, la esencia de este fenómeno. Pero si de explicar su articulación intrínseca se trata, la investigación científica moderna toma inmediatamente la palabra, procurando mediante sus propios métodos, poner un punto final a este problema.
    No podemos negar el rotundo éxito que esta vasta empresa ha cosechado desde la enunciación de los principios de la mecánica newtoniana, y de manera contundente, a finales del siglo XX, con el desarrollo de la teoría de la relatividad. Según Albert Einstein, autor de dicha teoría, suponer que el tiempo es un continuo flujo unidimensional es ya un capricho. Aunque el hombre tiene la capacidad psicológica de ordenar los acontecimientos dentro de una secuencia temporal concreta, se trata únicamente de una sensación subjetiva que, por ello mismo, no puede dar cuenta de todos los procesos que ocurren en el universo. En este sentido, Einstein sostiene que pese a los intentos por establecer una medida lo más “objetiva” posible, el tiempo no es más que un aspecto “relativo” dentro un sistema referencial determinado, que depende esencialmente del espectador.3
    Si esto es así, entonces para hablar del tiempo hemos de remitirnos al ser viviente que es capaz de percibirlo como tal, a saber: el ser humano. Ya en el libro IV de su Física, Aristóteles insinuaba esta idea al afirmar que, de la misma manera en que lo numerado se da únicamente donde hay un numerar, solo puede haber tiempo donde haya alguien que lo enumere. El tiempo, nos dice el estagirita, está en cierto sentido en todas partes, pero está siempre sólo en el alma.4 Esto quiere decir que debido a su alta capacidad de conciencia y de raciocinio, el ser humano puede percibir el carácter consistente y transitivo del tiempo, mediante la enumeración y el encadenamiento de sus instantes. Con el paso de los años, las radicales interpretaciones de esta propuesta llegaron a la conclusión de que el de tiempo es en realidad un concepto generado a partir de la sucesión infinita de instantes homogéneos, y su principal función consiste en medir el movimiento. Esto, empero, no puede considerarse como una experiencia originaria de tal fenómeno.
    Para el pensador francés Henri Bergson, la medición como característica esencial del tiempo no es más que el producto de una idealización, originada en el seno del pensamiento calculador. Pero lo cierto es que la experiencia del tiempo en su estado puro no se agota en la mera sucesión de quietudes vacías, sino que se va configurando gracias al fluir de las vivencias. De hecho, la esencia del tiempo más allá del número, se constituye como una duración (dureé) desprovista de toda medida, y se expresa a través de la constante invención y elaboración de formas, impulsadas todas ellas por un estímulo vital (eleán vital).5 Aunque bien sabía Bergson que este modo de abordar el problema no es “más verdadero” en comparación con el método específico de las ciencias exactas, afirmaba que sí posee más sentido para nosotros, puesto que se trata de un tiempo percibido desde el interior que se define en términos de cualidad, duración, devenir e intensidad.
    Sin embargo, ante nuestros ojos parece que no todo es progreso y crecimiento, sobre todo cuando el tiempo se empeña en hacerse visible a través de nuestros cuerpos, dejándolos irreconocibles a su paso. En La busca del tiempo perdido encontramos la mejor imagen de este tiempo caduco, plagado de muerte y defección, que nos conduce irremediablemente hacia la tumba. Y ¿por qué otro motivo nos interrogamos tan insistentemente sobre la naturaleza del tiempo, si no es, precisamente, porque lo tenemos contado? Desde la perspectiva del literato Marcel Proust, su autor, la muerte no es otra cosa que un efecto de aquel tiempo perdido en el olvido, de aquel tiempo que vamos malgastando y, que solo a veces, recobramos a través de la memoria. Pero esto no significa que con el simple hecho de recordar cada instante de felicidad pasada, logremos esquivar la sensación de la nada y la certeza de la muerte. ¡Al contrario! Basta con que el momento presente imponga su materialidad por encima del recuerdo, para provocar en nosotros un sentimiento de pérdida irreparable. He aquí la paradoja que encierra el tiempo: mientras más vamos siendo, más dejamos de ser.

TIEMPO Y MUNDO

Si, como ya hemos visto, el tiempo no es un objeto extrínseco y totalmente desconocido para nosotros, pero tampoco es producto de la imaginación, ¿qué es entonces? Más allá de la idea de progreso, del silencio agustiniano, de la rigurosidad científica o de cualquier otra postura que tomemos con respecto al tema, siempre predomina una constante: la certeza de que el final propio llegará en cualquier momento. Este carácter definitivo de la muerte constituye la influencia más importante que el tiempo ejerce sobre el ser humano, el cual, a diferencia de las plantas y los animales, posee conciencia de la finitud y sabe que puede perecer en el instante menos esperado.
    En esta línea, el pensador contemporáneo Martin Heidegger afirma que la muerte es aquello que nos convierte en seres temporales por antonomasia. Para él, nosotros mismos somos el tiempo que experimentamos en la vida cotidiana de distintas formas, ya sea midiéndolo, gastándolo o administrándolo como mejor nos parezca.6 En su empeño por hacer manifiesto este tipo de relación temporal, el filósofo alemán tomó como centro de sus reflexiones aquel instrumento destinado a regular el “cuánto” del tiempo, pues a su parecer, en el funcionamiento de este aparato se hace explícita la previa comprensión que tenemos del mismo. Veamos, pues, en qué consiste el tiempo del reloj.
    Aunque para Heidegger, la disección del fenómeno temporal en pequeñas fracciones consecutivas no acierta con la verdadera naturaleza del tiempo; reconoce que se trata de un modo primario y somero acercamiento, lo cual abre a su vez la posibilidad de un segundo encuentro más allá de lo ordinario. Esto quiere decir que detrás del tiempo mesurable que captamos a través del reloj se esconde una determinación temporal más profunda, que sale a la superficie cada vez que nos pronunciamos en el ahora. Pero ¿qué quiere decir esto? Detengámonos un momento en el asunto.
    Según nuestro autor, cada vez que miramos las manecillas del reloj para constatar qué tan tarde se nos ha hecho o cuánto falta para nuestra cita programada, fijamos nuestra existencia en el ahora. Con ello no hacemos referencia a lo impersonal, al ahora de todos y de ninguno. Lo que sucede es algo más interesante y se lleva a cabo en primera persona: cuando digo ahora me refiero a mí mismo y me afirmo como ser temporal porque soy yo el ahora y el ahora está a mi disposición. Cada vez que decimos yo soy, enunciamos también nuestra indiscutible temporalidad.
    Más aún, todos nuestros comportamientos en el hogar, en el trabajo, en el descanso, etc., guardan una relación natural con el tiempo y se fundan en él. Esto tiene sentido cuando tomamos el tiempo no como algo mesurable y objetivo, sino cuando lo vemos como algo de lo cual disponemos para hacer esto o aquello en el momento más oportuno. Esto explicaría por qué expresiones tales como “ahora”, “antes” o “luego”; adquieren significado únicamente en relación con las situaciones de la vida cotidiana desde las cuales es pronunciado, por ejemplo: “ahora mientras leo”, “antes de que cumpla más años” o “luego que deje de llover”.7
    Sin embargo, en este nivel cotidiano se presenta un problema más o menos serio: nos relacionamos de manera tan cercana con el tiempo que nunca prestamos atención a ello. Es imposible dar cuenta de nuestro ser temporal si de entrada pensamos que el tiempo, al igual que los recursos naturales, es algo que “hay” y que se puede “aprovechar” en cierta medida. Para Heidegger, modos de hablar como estos tienen lugar gracias a la interpretación surgida de un contexto industrializado y dominado por los procesos de cuantificación, dentro del cual se toma este fenómeno como un objeto entre muchos otros. Quizá por ello, a nadie sorprendería escuchar que el tiempo es algo de lo que disponemos, que ganamos o que perdemos.
    Luego sucede que, sobre la base de dicha interpretación, el hombre le asigna a cada cosa su tiempo, contabilizando y echando mano de una medida públicamente disponible. Pero todavía no hablamos aquí de la división en horas, minutos y segundos; antes que el reloj, encontramos una forma natural de medir el tiempo que consiste en la salida y puesta del Sol. Así es como, gracias a la regularidad primordial con que se dan las fluctuaciones entre el día y la noche, el hombre instaura una rutina cotidiana a la que se entrega dividendo su tiempo en múltiples quehaceres, para administrarlo como mejor le convenga.
    De todo ello se sigue, irrevocablemente, la medición generalizada y homogénea del reloj, encaminada a su control matemático, en razón del cual nos la pasamos calculando y preguntando por el “cuánto” del tiempo.

CONCLUSIÓN

Sin lugar a dudas, la discusión por el tema del tiempo ha sido motivo de varias polémicas que atraviesan los siglos y los pensadores. Y no era de esperarse menos, siendo que sobre la explicación de un vasto tema como este reposan las más importantes concepciones del mundo, de la naturaleza y del cosmos. Hemos tomado como ejemplo el esclarecimiento del fenómeno temporal que disciplinas como la física y la matemática llevan a cabo dentro del marco del proyecto científico gracias al cual podemos dar cuenta de la estructura racional del universo y sus procesos. Sin embargo, la máxima abstracción que este tipo de investigaciones exigen, conlleva la intrínseca imposibilidad de adecuarse a la temporalidad propia de los seres vivos, pero sobre todo, del hombre. Por esta razón, antes que centrarse en la exposición de los avances más importantes de la ciencia actual, un estudio reflexivo como este, se adentra en el tema del tiempo desde la modalidad más próxima de la existencia, esto es, desde la cotidianidad.
    Aunque bien es cierto que el tiempo así interpretado no logra abarcar todas las direcciones en las que se despliega el tema, sí representa un aspecto importante en la vida diaria, sin el cual seríamos incapaces de desenvolvernos eficazmente. Por ello, sería un total sinsentido intentar renunciar al dominio del tiempo por medio del cálculo, es decir, a la objetivación homogenizada del tiempo del reloj puesto que, paradójicamente, es el único medio con el que contamos para “tener” o “no tener” tiempo.
    Por otro lado, este modo de abordar el problema deja abierta la posibilidad de emprender un camino de regreso, que nos lleve de la experiencia inmediata y regular de tiempo a la asunción de nuestro ser temporal, lo cual constituye un primer paso para llegar a reconocer que no somos objetos, ni máquinas, ni instrumentos, sino personas, tiempo e historia.

BIBLIOGRAFÍA

Agustín de Hipona. Confesiones. BAC, Madrid (2002).
Aristóteles. Física. Gredos, Madrid (1995).
Bergson H. La evolución creadora. Colección Austral, Madrid (1985).
Blanck F y Cereijido M. La vida el tiempo y la muerte. FCE, México (2002).
Heidegger M. El concepto de tiempo. Mínima Trota, Madrid (2006).
Heidegger M. Ser y tiempo. Trotta, Madrid (2003).

NOTAS

1     Blanck Fanny y Marcelino Cereijido, La vida el tiempo y la muerte, 3ra. edición, FCE, México, 2002, (La ciencia para Todos, 52).
2     Cf. Libro XI, Agustín de Hipona, Confesiones, Madrid, BAC, 2002
3     Idem, p. 65
4     Cf. Aristóteles, Física, Gredos, Madrid, 1995.
5     Bergson H. La evolución creadora, Colección Austral, Espasa-Cape, Madrid, 1985, p. 20
6     Cf. Heidegger, Martin, Ser y tiempo, Trotta, Madrid, 2003, pp. 234-256
7     Cf. Heidegger, Martin, Ser y tiempo, Trotta, Madrid, 2003, p. 324-ss.

Vanessa Huerta Donado
Facultad de Filosofía y Letras, BUAP
vanessahd7@gmail.com



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