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Elementos No. 89, Vol. 20, Enero-Marzo, 2013, Página 55

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estimonios de un jesuita poblano en el amargo camino del destierro

Brian Connaughton
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TESTIMONIOS DE UN JESUITA POBLANO
EN EL AMARGO CAMINO DEL DESTIERRO:
Antonio López de priego
María del Carmen Aguilar Guzmán
(estudio introductorio y paleografía)
BUAP / Ediciones de Educación y Cultura / Trama Editorial
México, 2012 

Este libro es singular por numerosos motivos, pero quisiera destacar en primer lugar que es un texto que se disfruta de principio a fin, y que instruye a muchos niveles. Ojalá pueda comunicarles algunos de los aspectos tanto agradables como iluminadores que encontré a lo largo del texto. Agradezco sinceramente la gran labor que han hecho en la edición de esta obra la Biblioteca Lafragua de la BUAP, Ediciones de Educación y Cultura y desde luego la mestra María del Carmen Aguilar Guzmán, quien realizó la paleografía del texto y el estudio introductorio.
    La labor de la maestra Aguilar Guzmán ha sido realmente ejemplar, no solo en la preparación impecable del texto para su difusión a un amplio público, sino en su cuidadoso análisis histórico del contexto de la época, las disputas en torno a los jesuitas, la vida –hasta donde se puede conocer hoy día– del autor del manuscrito y de este mismo en sus diferentes versiones, así como en sus anotaciones puntuales y orientadoras a lo largo de la edición. La maestra Aguilar también ofrece un deslinde de las cuatro secciones formales en que está dividido el texto, y anticipa al lector algo del sentido que posee cada una de ellas.
    Logra así ofrecernos una sinopsis de la obra; el número, peripecias y posible parentesco de los ejemplares existentes; los pasos biográficos del padre López de Priego desde Amozoc hasta Bolonia; un interesante e inquietante cotejo entre las reacciones de Francisco Xavier Clavijero y López de Priego ante la extinción de la orden en 1773, para finalmente formular atinadas incógnitas sobre la circulación del manuscrito, y la herencia cultural que dejaron aquellos jesuitas en México.
    Mi lectura del texto y lo que ofrece, a modo de presentación, es una reflexión particular de lo que más me ha impresionado, en que me parece se proyecta a través de las diversas secciones un esfuerzo admirable del autor, Antonio López de Priego, por ubicarse a sí mismo y a sus lectores ante un mundo que repentinamente ha perdido sus valores habituales. Sin rencores, pero con un frecuente dejo de picardía, genio apreciable y no poca nostalgia, relata el exilio que él y sus compañeros jesuitas han sufrido, el camino de salida del país, sus travesías terrestres y marítimas, y descubre a sí mismo y a su patria de nuevo en las sucesivas confrontaciones que tiene con otras personalidades, valores, culturas y nacionalidades que las etapas del exilio conllevan.
    A mi juicio, el siglo XVIII sigue siendo una época poco comprendida para la historia de México. Suele verse como siglo de ilustración, especialmente por aquellos que desean ver el pronto arribo de una era de racionalismo, orden y desarrollo. O también como el siglo de despotismo más o menos ilustrado, para justificar el combate posterior a la tiranía –sin dejar de reconocer a la política española algunas ideas buenas–; otros plantean un siglo de consolidación de una protonacionalidad mexicana, ansiosos de que llegue el 1810 o 1821 más pronto; o algunos más ven un siglo de oro –digo plata– suscribiendo la tesis de una cornucopia mexicana visible desde entonces. En fin, suele ser un siglo estudiado con vistas al futuro, al gusto de uno, y con muchas esperanzas para el feliz desenvolvimiento de la patria. Esta obra del padre López de Priego entra de una manera compleja en el entramado de tales interpretaciones y ofrece algunas otras posibilidades.
    Me parece que podría tentativamente abordarse junto con la obra de Hipólito Villarroel, quien en su afán por retratar los problemas de la Ciudad de México, hizo una crítica aguda de las llamadas Reformas Borbónicas, rescatando el valor de unas, desechando a otras y forjando en el proceso su propia visión de las condiciones de la Nueva España y sus posibilidades de transformación.1 O podríamos cotejarlo con los escritos del Conde de Tepa quien, siendo español peninsular pero largamente residente, propietario y esposo casado en el país, defendió a su vez tesoneramente algunos de los aspectos propios de la Nueva España y rechazó las pretensiones de José de Gálvez para revolucionar su gobierno.2
    Y desde luego, no faltaba más, se puede comparar la obra de López de Priego con la de su coterráneo y compañero del exilio, Francisco Xavier Clavijero, si bien este último cultiva claramente con mayor ahínco una perspectiva histórica para reivindicar el valor de su patria y –como muestra la maestra Aguilar en su estudio introductorio– hace una crítica directa a la política antijesuítica de su tiempo. López de Priego, en cambio, no se mete en la alta política, ni nos marca un parámetro histórico para desarrollar su obra. No escoge entre reformas que hay que aprobar y otras que habría que rechazar. Pero no es en absoluto pasivo. Se muestra un agudo observador, capaz de rescatar de la memoria lo que le parece medular de su vivencia en la Nueva España, mirar de frente sus experiencias cotidianas y resolver problemas inmediatos de sus nuevos hogares. Hace un análisis comparativo de Italia, sobre todo Bolonia, y la Nueva España, sobre todo la Ciudad de México, a veces Puebla, y quizá por extensión una buena parte del resto del país. Tiene sentido de humor, gusto por la versificación, se muestra ecuánime en sus juicios, no del todo desprendido de un universalismo prenacionalista, pero atento siempre a no permitir que nadie niegue valor a su país de origen, cuyas glorias relata con palpable satisfacción.
    El penoso extrañamiento le provoca una narrativa de dolor y asombro: el tránsito hacia Veracruz sin dejar de pasar por la Villa de Guadalupe para una llorosa despedida y aclamación popular, la estancia prolongada y peligrosa en el puerto, la travesía marítima insólita y plena de incertidumbres, y el adiós para siempre a muchos compañeros jesuitas que morían en una etapa u otra del viaje de extrañamiento y la estancia en el exilio. A los que han tenido experiencia en el mar, pero no la suficiente para curtirse, sonarán familiares y convincentes algunas referencias sobre que “el movimiento... de un navío... parece [que] le arrancan a uno el estómago”; y sobre las necesarias duras raciones de alimento en medio de las tormentas. Y la referencia de que llevó más de tres meses para arribar a Cádiz nos dejará a todos hoy desconcertados en una época en que podemos llegar en doce horas. Varios meses más en el Puerto de Santa María, y nueva embarcación en una “urca luterana” para la isla de Córcega.
    Las aventuras de López de Priego y sus compañeros son contadas con sal y pimienta. Desembarcaron en Bastia, en la isla de Córcega, y pasaron luego a Ajaccio, solo para empezar a descubrir que muchas partes de Europa eran un “nuevo mundo” para ellos, que las ciudades eran angostas, construidas a menudo en tierra irregular y las habitaciones que podían obtener incómodas. Asimismo, las personas del común resultaban más rudas e incomprensibles en su lenguaje de lo que jamás habían sospechado los jesuitas expulsos. No duraron mucho en Córcega cuando Francia pidió que salieran, de modo que emprendieron otro difícil viaje para llegar a tierra firme primero, y luego pasar tierra adentro hasta los dominios de la Santa Sede. En el mar, conocieron el duro trato de marineros, en tierra se hallaron en la necesidad de utilizar los recursos disponibles: animales, calesas, o simplemente caminar el largo trayecto para llegar a Bolonia y Ferrara.
    Instalados en Italia, los jesuitas mexicanos se verían sujetos a nuevas problemáticas: burlas en la calle por los extrañados lugareños, preguntas necias sobre el Nuevo Mundo por parte incluso de sacerdotes italianos, nuevas enfermedades, muertos y la secularización de un buen número de sus congéneres, carencia de libros y de dinero, altos alquileres y servicios y, finalmente, a mediados de 1773, la extinción de la orden por el Papa Clemente XIV. Sujetos al ordinario, ya tenían que solicitar trabajo ministerial al servicio del diocesano local.
    El rompimiento del dique de contención contra las adversidades, es decir la extinción de la orden, le precipitó a López de Priego a entrar más a fondo en las angustias y los sucesos chuscos que ocurrían en su vida y la de sus compañeros en Italia. Como todo buen extranjero en tierras ajenas, se permitió quejarse de la comida, los horarios alimenticios, las modalidades sociales y la lengua local. Dramatizaba la situación llamándola un “vivir muriendo”. Iba definiéndose una nueva extrañeza al comparar casi sin quererlo la acotada tierra italiana con la vastedad de su patria, y destacaba que lo industrioso de la nación italiana correspondía a la obligación de cultivar a pulso todo su territorio como si fuera un jardín. Aquí salta la necesidad de generalizar que suele caracterizar al viajero: la provincia de México servía para hablar de todo el reino y un poco más allá, ya que la jurisdicción de la provincia mexicana de la Compañía de Jesús llegaba no solo hasta la Alta California y Guatemala, sino incluso Cuba, aunque el autor conocía bien sobre todo las provincias de México y Puebla. Bolonia (y quizá Ferrara y Roma) le permitían hablar de toda Italia. Es una latitud que el viajero se permite. López de Priego lo expresaba así:

Cuando hablo de México lector mío, debes suponer que hablo de todo su reino. Así como cuando hablo de Italia, no sólo hablo de Bolonia, sino de todos los Estados Pontificios.

    El aguijón de la nostalgia –y la necedad de más de un italiano– le obligaba a rescatar los logros y la belleza de su patria frente a los reclamos y pese a los méritos de los italianos. Es interesante que aunque jamás expresa una queja contra el rey de España, ni se desdice de ser español –como lo es– del Imperio, su referente de patria es siempre exclusivamente México –al cual refiere a veces como Indias o como reino, pero nunca como la Nueva España. La fertilidad de México, manifestada en las flores que entraban a la ciudad capital por canales de agua desde Iztacalco, le hacía comentar que Italia era un bello jardín indudablemente, pero el “reino de México” era un “mundo entero”. La naturaleza mexicana –fuera la flora o fauna– era despampanante, si bien no quiso negar que los caminos de Italia eran más planos y arreglados, y sus posadas más limpias. ¿Y cómo no preferir el clima de México a los extremos de calor y frío en el país europeo? Le provocaba alguna envidia, y se le ocurría la posibilidad de imitar para México, los arreglos que los boloñeses habían hecho del camino entre su ciudad y el templo de la Madona de San Lucas, su patrona. El santuario de la Virgen de Guadalupe no merecía menos esfuerzo. Los templos y catedrales de Italia eran de llamar la atención, pero no por eso López de Priego dejaba de señalar los méritos de las catedrales de México y Puebla.
    La nobleza y algunas señoras de alcurnia eran insufriblemente vanidosas, y las ciudades de Italia carecían de las calles rectas que como tablero caracterizaban a las urbes mexicanas. Como viajero forzado y nostálgico, López de Priego se indignaba de la pretensión italiana de tener tantos palacios, pues “Si todas las casas grandes lector mío, se hubieran de llamar palacios, apenas hay cuadra en México que no tenga uno”.
    Las casas mexicanas eran pintadas de alegres colores; según sus cálculos la población de la Ciudad de México era de 800,000 habitantes, y recordaba numerosos carros –miles– tirados por caballos. La Alameda de México rebasaba a su símil boloñés. Tal era la ventaja de la capital novohispana sobre Bolonia, que el jesuita poblano pensó que –para no desfavorecer a Italia– mejor habría de hacerse el cotejo entre la Ciudad de México y Roma. Pese a ello, López de Priego concedía que Bolonia tenía numerosas parroquias que brindaban una esmerada asistencia espiritual a sus feligreses que superaba la que se ofrecía en las extensas jurisdicciones parroquiales de México. Y admiraba que las parroquias no sobrevivían únicamente de limosnas/emolumentos, sino que poseían bienes propios que les generaban rentas. El número de templos, conventos y capillas le impresionaba. Pero no podía pasar por alto que aunque aseadas, las iglesias eran más bien pobres, careciendo por lo regular de un “ajuar de plata labrada”.
    López de Priego objetaba la presunción italiana de superioridad frente a las Indias, pero quería establecer una perspectiva juiciosa y balanceada. Reconocía muchos méritos en Italia; señalaba con cierto tono de autocensura que las calles italianas no estaban llenas de ebrios y gente desordenada, y que las fortunas familiares se conservaban a través de generaciones en vez de dilapidarse. Pero el jesuita poblano tenía un ojo analítico en sus comparaciones: no era necesario negar que los párrocos italianos eran ejemplares para destacar que había habido muchos curas de México y Puebla que eran sus iguales. Las circunstancias eran muy distintas, porque las feligresías mexicanas eran grandes, repartidas en territorios montuosos, y no se hallaban todas en sitios urbanos de fácil acceso. Una parroquia mexicana podía tener además varios idiomas, lo cual no era habitual en Italia. Las catedrales, la música sacra y los hospitales católicos para atención a los enfermos eran todos ejemplares; pero no por ello era menos claro que las catedrales mexicanas podían compararse favorablemente, los órganos de la música sacra eran exquisitos y los hospitales cuando menos dignos, si bien admitía que en atención hospitalaria los italianos llevaban la ventaja. López de Priego señalaba, en todo caso, que hacían falta más impresos mexicanos para que los logros del país se conocieran, vieran y lucieran.
    A veces nuestro autor parece rebasado por tantos sentimientos encontrados: no quiere negar la desnudez de la gente en las calles de México, pero no dejará pasar que en su cálculo hay más pobres y mendigos en Italia. Para México hay un remedio: llevar al país los logros italianos en la industria del cáñamo y la seda. La ciudad capital estaba más abastecida de víveres que Bolonia, y allá sobraba el chocolate que en Italia escaseaba. La abundancia y variedad de la fruta en México no tenía parangón en Italia, y si bien había más cafeterías en el país europeo, la hospitalidad mexicana convertía cada casa en un lugar propicio para satisfacer la sed, pues así quedaba claro que México “no tiene... qué desear, ni en lo exquisito, ni en la abundancia”. En las artes finas y populares, donde la plata labrada podía ser la mejor aportación mexicana (o guatemalteca según dice), no faltaban mármoles pulidos y cajas de carey.
    Tampoco podía estar ausente en la obra de López de Priego la referencia a la lengua, donde no nos ha de sorprender que encontrara más grato el castellano que el italiano. Su molestia con las presunciones y fijación monetaria de los italianos lo llevó a llamarlos “colmilludos”. Si en materia de carnaval el jesuita concedió a los italianos la ventaja en sus óperas y comedias de la temporada, en cambio afirmaba la superioridad mexicana en el colorido e imaginación que llevaban al concurso callejero. Lo halló un poco incómodo pero defendió la costumbre de la lidia de toros, condenó a los italianos por su aire de superioridad delante de los “trigueños” jesuitas mexicanos, puso en alto “aquél garbo y desinterés indiano” y, por contraste, mostró su desprecio por la fijación de los italianos en el pago y propina. Pero indudablemente, Italia ejercía un poderoso atractivo sobre el padre López de Priego. Decidió no esconder su fascinación con el tamaño, magnificencia y aparato protocolario de Roma y la Santa Sede. Asimismo, especialmente en Roma, los templos, las reliquias, el arte sacro y los sitios históricos de la religión le conmovían.
    Pese a lo azorada de su vuelta por Roma, admirando francamente la actuación del Papa, la maravilla de los edificios y arte, y la amplitud de todo, López de Priego halló oportunidad de destacar la presencia de “nuestra loza de China y Guadalajara” en el Palacio del Quirinal. Incluso se dio tiempo para denunciar las “nulidades” romanas, como “las calles lodosas, los víveres muy caros, la moneda no poco escasa, y [los muchos] amigos del dinero”. De un brinco, se permitió agregar: “Roma es la cabeza del mundo, pero yo reclamo por la Puebla, por mucho azufre que haya y rayos que caigan”. Reclamaba la justicia del “amor de la patria”, pues “La patria de cada uno, es un Roma, un París, un Londres, un Madrid, etcétera”. Confesaba que un indio de Amozoc sentía lo mismo frente a la Ciudad de México. Pero remataba: “Roma es una reina que está sentada en su trono, llena de majestad y de grandeza. Y México es como una dama de palacio, joven, hermosa, y bien tallada”.
    ¿Y Puebla?, ya jugando, López de Priego la dejó como camarera de palacio.
    La última parte de la obra del jesuita poblano son décimas dedicadas a un pleito entre un presunto italiano boloñés y un mexicano. Divididas en tres partes, la primera es del viaje del italiano a México; la segunda, del viaje del mexicano a Italia y las cosas que le gustaron; y la tercera, el viaje del mexicano a Italia y las cosas que le desagradaron. Refería el padre Priego que aunque en “estilo jocoso”, abordaba “cosas muy sustanciales”. Y como la Compañía de Jesús ya había sido disuelta, confesaba tener tiempo de sobra. Resulta curioso ver tratado a México en esta parte como “nación” e “imperio”, y la Ciudad de México referida como la “imperial México”. El italiano rescata favorablemente en primer lugar la existencia de una sociedad que venera al clero al igual que enfoca su piedad a la Virgen de Guadalupe, pero pasa de allí a críticas acerbas: hallaba los mesones sucios, la gente desnuda en la calle, los hospitales desaseados, la gente propensa al juego, un excesivo chiqueo entre esposas y maridos, la timidez y poca cortesía de los niños, así como las calles de la ciudad llenas de desperdicios.
    Tales reclamos incitaban a que en estas décimas el mexicano se montara en cólera, denunciando la “crítica insolente” del italiano. Pero primero, de manera ya típica en el autor, había que reconocer lo bueno: religiosos párrocos allá, la conservación de las fortunas, notable limpieza de las calles, servicios médicos repartidos a través de las parroquias citadinas, colegios para niños y niñas, la atención a los viejos criados –jubilándolos caritativamente–, y la Casa de Loreto.
    Pero esta cordura y buen juicio en los reconocimientos tenían otra vertiente. Abrían plaza para la revancha en la crítica. Los boloñeses eran vanidosos en extremo, y lo que hoy llamaríamos etnocéntricos, pues Italia no podía ser la “norma” de todo. Si el Papa era santo, eso no daba pie a pensar que todos los italianos lo fueran. ¿Quién en México colocaría un pasquín contra el Papa, como sucedía en Italia? Los italianos parecían tener una fe enfriada, y en funciones religiosas en los templos los pretendientes se atrevían a “hacer lo que no harían en su casa”. Ni el arte sacro ni las procesiones eran respetadas, y el Viernes Santo era el día de mayor comercio. López de Priego contemplaba al clero italiano como “ultrajado”, sin el respeto de la gente, y reprochaba a su italiano viajero a México, que no viera por contraste la situación tan favorable de México en este respecto. Las modas italianas eran un escándalo, un verdadero “pecado original”. La sátira proliferaba en desmedro de la caridad cristiana. En las cafeterías se oían a individuos “metidos de criticones murmurar de los sermones, hablando mil herejías”. En México se casaban personas de una misma calidad social, mientras al jesuita le escandalizaba que en Italia convivieran los novios antes de casar, y prevalecía el interés sobre otras consideraciones. Los niños se criaban sin el tradicional respeto por la autoridad de sus padres. España e Indias seguían otro camino, quizá con excesos. Pero lo que más le indignaba al jesuita poblano era la intriga mezquina que notaba en las conductas italianas, y la consecuente ingratitud o desamor que evidenciaban entre ellos, sintomáticos de una “lepra interior” que le asustaba. Por doquier prevalecían la pasión y el dinero. También parecía preocuparle la libido de los italianos, haciendo notar que “cuando sus ojos miran, como a despojos tiran”. Qué horror además, afirmaba López de Priego, que los italianos pudieran incluso “convertir en granjería la devoción”, haciendo que los niños esperaran un premio económico por decir unaxs palabras devotas en la Navidad.
     Pero nuestro autor dio término a su obra con su característica apelación a la ecuanimidad: como con la vela colocada ante los objetos de devoción, parecía decir “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”. Rechazaba la “ceguedad” y “nacionalidad” que hiciera pensar que México careciera de “tachas”. Defender a ciegas la patria sería digno de “un hombre necio y limitado”, pues en todas partes había “malo y bueno”. Pero no contenía su coraje contra un 75% de boloñeses que rechazaban incluso a los italianos venidos de otra parte y menos paciencia tenían con alguien que llegaba de ultramar. De los mexicanos, tales individuos solían pensar a secas que eran unas “recuas cargadas de plata, sin saber que son unos minerales que por la gracia de Dios producen religión, letras, crianza, y cuantas buenas partes se pueden hallar en las naciones más cultas”.
    La obra de Antonio López de Priego que la Biblioteca “José María Lafragua” y Ediciones de Educación y Cultura nos brindan, bajo la cuidadosa y atinada edición de la maestra María del Carmen Aguilar Guzmán, es una joya ilustrativa de un momento en que la exclusividad del Imperio español cedía y comenzaba a brindar acceso a talentosos científicos extranjeros que llegaban a contabilizar la riqueza de la flora y fauna, promover noveles centros educativos, o fomentar la minería. Pero aquel momento también era el comienzo del virtual lanzamiento de mexicanos por diversos motivos a una nueva experiencia en Europa y el extranjero. López de Priego se halló súbitamente ante este mundo, como otros jesuitas de su momento, o como unas décadas después lo experimentaría con su genial originalidad fray Servando Teresa de Mier, también víctima del exilio forzado de su patria por motivo de un desafortunado sermón. Los diques se rompían. México estaba en proceso de una nueva inserción en el mundo y parte de esa experiencia era que los mexicanos pensaran el mundo, y no sólo que el mundo pensara a México. Desde entonces el proceso no ha cesado.


NOTAs

1    Hipólito Villarroel, Enfermedades políticas que padece la capital de esta Nueva España en casi todos los cuerpos de que se compone y remedios que se le deben aplicar para su curación si se quiere que sea útil al Rey y al público, México, Miguel Ángel Porrúa (1999).
2    Carmen Yuste, “El conde de Tepa ante la visita de José de Gálvez”, Estudios de Historia Novohispana 11 (1991) 119-134.

Este libro está disponible en la Biblioteca Digital Mexicana (http://bdmx.mx/detalle.php?id_cod=35)

Brian Connaughton
Universidad Autónoma Metropolitana
Unidad-Iztapalapa



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