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Elementos No. 89, Vol. 20, Enero-Marzo, 2013, Página 3

La conquista del dolor:
Sertüerner y la morfina

Milton Silverman
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I

Hubo una vez un hombre llamado Robinson Crusoe. Hay quienes afirman que Robinson vive y vivirá siempre –que es lo que debiera ser– pero desgraciadamente ha muerto, así como su fiel Viernes y el capitán que los salvó.
   En realidad, Robinson Crusoe se llamaba Alexander Selkirk, joven e inquieto escocés rescatado de la solitaria isla Juan Fernández en 1709, y su salvador fue Thomas Dover, capitán del corsario Duke. Así como Robinson vive todavía en el mundo de la leyenda y la aventura, así el capitán Dover vive en el mundo de la ciencia: es Dover quien inicia esta historia de drogas.
    En 1710 Selkirk y el capitán Dover llegaron a Londres con un cuantioso botín: una fragata española de 31 cañones y otras riquezas. Selkirk poseía su propia historia que inmediatamente vendió a Daniel Defoe. Dover, hombre muy amargado, anunció que sería médico.
     —¡Bravo! —le dijeron—. ¿Y con quién vas a estudiar?
    —¿Estudiar? ¡Dios mío! —exclamó riendo—. Tengo ya cuarenta años y no tengo tiempo para estudiar. Empezaré curando enfermos.
    ¿Intentó alguien oponerse?
   El distinguido Colegio Médico, “la medicina organizada” de Inglaterra, tuvo en efecto esa intención y se dispuso a entablar batalla; pero el capitán Dover les dijo que siguieran su camino y se ocuparan de sus propios asuntos, y con tacto y reserva dignos de elogio los despidió como a un grupo de caballeros llenos de prejuicios.
    Declaró la guerra a los boticarios de Londres y los acusó de cobrar precios excesivos.
    Fue una sorpresa para la sociedad londinense, que hizo de él su favorito.
    Compuso entonces un medicamento nuevo: mezcla de opio e ipecacuana, que se vendió –y se vende todavía– por barriles con el nombre de Polvos de Dover. Era demasiado bueno: en pequeñas dosis curaba toda clase de dolores y molestias; pero Dover no tenía paciencia para limitarse a las pequeñas dosis. “Si un grano es bueno –se dijo–, dos serán mejor.”
    Y empleó dosis de sesenta y aun cien granos (¡los doctores modernos se estremecen al dar más de cinco!) y los boticarios advertían a sus clientes que hiciesen testamento antes de tomar la medicina.
    Cuando aparecieron las homicidas prescripciones de Dover hacía ya unos sesenta siglos que se usaba el opio o jugo seco de amapola.
    De los antiguos sumerios había pasado a los egipcios, de estos a los árabes, de donde lo tomaron los venecianos, portugueses, holandeses e ingleses, los cuales por último lo impusieron a los chinos, estrategia esta que los blancos olvidaron más tarde.
    Durante sesenta siglos –tiempo demasiado largo aun para un buen medicamento– el opio hizo posible y tolerable la práctica de la medicina: era la única droga capaz de suprimir el dolor y producir el sueño con relativa seguridad. Pero el capitán Dover puso fin a esto.
   Las dosis que empleaba eran tan excesivas y los resultados tan terribles, que los médicos temblaban a la sola mención del opio.
    Por otra parte, algún opio aparecido en el mercado estaba tan adulterado que su utilidad no era mayor que la de un poco de agua sucia.
    Como consecuencia de esto, medio siglo después de la ingeniosa invención de Dover, surgió una generación de médicos jóvenes que habían aprendido de sus desilusionados maestros que era realmente mejor olvidar el opio por completo. Si los pacientes gritaban torturados, bueno, que gritasen. Gritar nunca mató a nadie…

II

Al colocar de nuevo en el estante el botellón del alcanfor, el viejo papá Cramer gruñó.
    —Se está usted haciendo viejo, Cramer —observó el doctor Schmidt—. Debería tener un ayudante.
    —Sí —Cramer se enjugó la frente sudorosa—. Demasiado viejo. De acuerdo, tendré en cuenta su consejo. Mañana mismo empieza a trabajar conmigo un muchacho.
    —Muy bien. ¿Quién es?
    —El hijo de Sertüerner, usted ya lo conoce, el pequeño Frederick. Ayer arreglé con su madre la cuestión de su aprendizaje.
    El doctor Schmidt dio un bufido:
    —¿Ese? ¡Valiente aprendiz ha buscado! ¡Por Dios! ¿Cómo elige semejante estúpido? Yo le dije, Cramer, que necesita un ayudante, pero no un soñador inútil y perezoso. ¡Acuérdese! Se arrepentirá de haber tomado a ese chico.
    Cramer asintió tristemente:
    —Seguro que es un inútil; pero su madre necesita ayuda urgente. El padre ha muerto, el dinero se perdió y la casa está llena de chicos. Frederick y yo seguramente nos entenderemos.
    Así, el día de san Miguel de 1799 Frederick Wilhelm Sertüerner, de dieciséis años, comenzó sus cuatro años de aprendizaje en la Real Farmacia de Paderborn, pequeña ciudad alemana.
    —Bien —dijo el farmacéutico Cramer—, nos entenderemos perfectamente, ¿no es cierto Frederick?
    —No.
    —¿Por qué no? ¿Qué te hace pensar así?
    —¡No quiero ser farmacéutico!
    —¡Ah, ya veo! ¿Qué quieres ser, Frederick?
    —Quiero ser ingeniero.
    —¡Como tu pobre padre! —Cramer rió con simpatía—. ¿De modo que quieres construir puentes, eh? ¿Hacer carreteras y fortificaciones militares? Bien, en mi botica no tendremos muchos puentes que construir. Pero hay otras cosas que hacer. Creo que nos divertiremos juntos. ¿No te parece?
    —No.
    Cramer lo miró fijamente:
    —Yo dije sí. Y ahora vete, barre el piso—. Dio media vuelta y se alejó murmurando: —¡Construir puentes! ¡Puentes! ¡Valiente negocio!
    El joven Sertüerner lo había calculado todo. Continuaría aburriendo al viejo Cramer el tiempo necesario y esta estúpida cosa farmacéutica tendría fin.
    Sus planes eran seguir molestando, cansando y discutiendo hasta que todo el aprendizaje se desbaratara.
    Pero Sertüerner no conocía a Cramer.
    Pasaron dos meses amargos y desagradables. Hasta que un día Cramer lo llamó desde la rebotica:
    —Frederick, ven un momento.
    —Voy, señor Cramer.
    —Frederick, algo se ha estropeado en mi alambique. ¿Ves?, esta pieza está torcida; la llama no calienta bien. ¿Crees que podrás arreglarlo?
    Sertüerner se inclinó sobre el alambique, tanteó la pieza torcida tirando y empujando.
    —Bien —dijo—; realmente no hay nada estropeado. Todo lo que tiene que hacer es levantar esta pieza, después sacarle presión a esta otra y entonces...
    —¿Crees que puede arreglarse?
    —Seguro, Herr Cramer. Lo haré en unos minutos.
    Cramer dejó escapar una ligera sonrisa y se marchó.
    En la semana siguiente se rompió el filtro y Frederick lo compuso. Poco después el soporte del mortero, y Frederick lo arregló. De repente Cramer decidió que su farmacia debería tener un evaporador mejor y Frederick lo construyó.
    —¡Válgame Dios! ¡No me había dado cuenta de que realmente eres muy hábil, Frederick!
    —¡Oh! No tiene importancia, 
Herr Cramer. Avíseme siempre que haya algo que arreglar.
    Manejado con habilidad por 
Herr Cramer, Sertüerner no tenía ni la menor sospecha de lo que le ocurría. Arregló la balanza y aprendió a pesar las drogas. Al reorganizar el depósito aprendió de memoria la larga lista de nombres latinos que las enmascaran. Aprendió a tratar a los clientes, preparar recetas e incluso a charlar amablemente con el sacerdote del pueblo, discutiendo teología, y con el burgomaestre, echando maldiciones a Napoleón, a ese loco dueño de Francia.
    —Lo que yo no puedo comprender —decía Frederick a su madre— es cómo 
Herr Cramer podía arreglarse sin mí.
    No, Frederick no se imaginaba cómo era Cramer.
    Cuando el viejo boticario hubo encargado al chico todos los menesteres fáciles, ideó una nueva serie de laboriosas tareas.
    —Mañana, Frederick, quiero que me ayudes un poco. No acierto a medir la cantidad de ácido benzoico que hay en el agua de hinojo. ¿Crees que podrías hallar la manera...?
    —¡Oh, sí, 
Herr Cramer! Ya sé dónde debo mirar. Lo haré esta tarde.
    Después del agua de hinojo hubo que estudiar el bórax, las agallas, el carbón animal, los taninos y la cantidad de nitratos contenidos en la remolacha azucarera. Cramer atrapaba ideas en el aire como quien caza moscas. Comenzaba entonces la investigación científica y Cramer no había investigado jamás. Realmente tampoco lo hacía ahora, se limitaba a sugerir el trabajo dejando que Sertüerner lo hiciera.
    Una mañana fue el propio Sertüerner quien sugirió el tema de la próxima investigación.
    —¡
Herr Cramer! —saludó a su maestro—, ¿oyó usted algo de Anita Wollenberg?
    —¿La hija menor de Frau Wollenberg? No. ¿Qué le ha pasado?
    —Fue terrible, 
Herr Cramer. Estaba jugando cerca de la estufa y a su madre se le cayó sobre ella una olla de agua hirviendo. Se quemó la cara, hombros y brazos. Gritó toda la noche; fue espantoso.
    —¡Cielos! —dijo Cramer—, ¿no llamaron al médico?
    —¡Oh, sí!, el doctor Schmidt estuvo allí; recetó opio, una gran dosis, pero no surtió efecto.
    —¿Que no surtió efecto?
    —No, 
Herr Cramer, el doctor Schmidt dice que nos hemos equivocado y le dimos cualquier cosa en lugar de opio.
    Cramer abrió la boca. —¡Pero es imposible! —exclamó—. Recuerdo haber hecho yo mismo esa última receta del doctor y haber sacado el opio del frasco. Espera Frederick, aquí viene el doctor Schmidt, déjame hablarle.
    El doctor, con los ojos enrojecidos, enojados, muerto de cansancio, entró en la farmacia.
    —Buenos días, doctor Schmidt.
    —¿Y bien, Cramer?
    —Yo... Frederick acaba de decirme lo de esa niña. Es terrible; sin embargo puedo asegurarle que no hubo error, yo mismo hice la receta.
    —Ya sé —le interrumpió Schmidt—; no he querido acusarle, anoche estaba excitado, usted no hizo nada… pero hubo error.
    —¿Qué quiere usted decir?
    —¡Ese opio! Hay algo extraño en él, Cramer, y quiero saber qué es.
    —Yo...
    —Escuche. El año pasado me vendió opio para 
Herr Weiss. Le produjo más dolores que la gota. Hace tres meses me dio usted algo que casi mata a la sirvienta de Bergmann, la mantuvo inconsciente durante tres días. Y ahora, esta nueva cantidad que empleé en Anita; dracmas de opio, onzas de opio, ¿se entera? Fue tan inútil como el agua. Cramer, no quiero acusarlo, pero alguien comete un error. Su opio no es bueno. ¡No puedo contar con él!
    —Yo sé el porqué.
    Los hombres se volvieron hacia Sertüerner, de pie en el umbral, y el doctor Schmidt agitó la mano amargamente:
    —Vete muchacho, esto no es asunto tuyo.
    Más tarde, cuando ya el doctor se había marchado, Cramer llamó a su ayudante:
    —¿Qué quisiste decir, Frederick? Dijiste que sabías algo. ¿Qué es lo que sabes?
    Sertüerner cogió del estante el gran frasco del opio, lo destapó a hizo rodar unos pocos fragmentos de la droga sobre la mesa.
    —¿Qué es esto, 
Herr Cramer?
    —¿Cómo? ¡Es opio, naturalmente!
    —¿Puro?
    —Desde luego. Todo lo puro posible... ya sé lo que quieres decir, Frederick: no es puro. Es una mezcla. Contiene gran número de sustancias aceitosas y sales, acaso algún ácido y otras cosas.
    —¿Cree usted que todas esas cosas son necesarias? ¿Cree que todas esas sales, aceites, etcétera, tienen que estar en el opio para que este adormezca a la gente y calme el dolor?
    —Bien, Frederick, te aseguro que no lo sé; ¿qué es lo que tú piensas?
    —Yo pienso esto, 
Herr Cramer: pienso que una de esas cosas es la que en realidad actúa y todas las otras son inútiles. Ahora bien, si una cantidad de opio es demasiado débil, quiere decir que no hay bastante de esa cosa, y si es muy fuerte es que hay demasiado.
    Cramer asintió.
    —Perfectamente —continuó Sertüerner—; si nosotros pudiéramos extraer esa cosa y prescindir del resto, tendríamos lo importante. Estaría puro. Podríamos pesarlo con exactitud. Produciría siempre el efecto esperado. Emplearíamos lo justo para calmar el dolor y nunca bastante como para ser peligroso.
    Cramer recogió cuidadosamente los trocitos de opio y los dejó caer uno tras otro en el frasco. Se limpió las manos y observó a su aprendiz. Finalmente dijo:
    —Escucha Frederick. Puede ser que sepa de que estás hablando, puede ser que no lo sepa. Pero tú hablas de algo en este opio. ¿Cómo quieres saber qué es semejante cosa? ¿La has visto alguna vez? ¿La tocaste o la gustaste? No. Nadie lo ha hecho. ¿Extrajo alguien tal cosa activa de alguna droga? No, Frederick, nadie lo ha hecho.
    —Pero, 
Herr Cramer, ¿no cree que nosotros podríamos intentarlo?
    —No, no lo creo. Atiéndeme. Si tal cosa existe, no sabemos cómo encontrarla. Si existe, podría llevarnos años de trabajo el dar con ella. Además, hijo mío, mi botica está muy bien para pequeños experimentos con carbón animal o agua de hinojo, pero no para hacer investigaciones con el opio. Es demasiado peligroso y... de todos modos no me gusta.
    Mas al mismo tiempo que colocaba la botella en el estante añadió:
    —Sin embargo, 
Herr Sertüerner, si usted prefiere despreciar mi consejo, encontrará una cantidad extra de opio en el estante más alto del depósito. Y tenga la amabilidad de limitar sus experimentos a las horas comprendidas entre las seis y las diez de la noche...
    Cramer había previsto todo demasiado sabiamente. Este asunto del opio resultó mucho más complicado que lo del negro animal o el agua de hinojo. Pasaron años y Sertüerner no encontró nada. Durante este tiempo se hizo farmacéutico y volvió al opio, pero siempre sin resultado.
    Noche tras noche, el joven ayudante, rehusando dejar su empleo con Cramer, continuaba sus heréticos ensayos en forma irregular. Le hastiaba planear y calcular minuciosamente los ensayos. Sólo cuando le asaltaba una idea brillante se ponía a trabajar.
    Por último se le ocurrió una idea. Disolvió una cierta cantidad de opio en un ácido –cosa sencilla dado todo lo que había aprendido en los últimos meses– y entonces, sin razón alguna, se preguntó qué pasaría si neutralizaba esta solución ácida con amoníaco.
    Cogió la botella de amoníaco y lo fue vertiendo poco a poco sobre la solución transparente de opio. La solución se calentó debido a la reacción del amoníaco con el ácido, después se enfrió. Y entonces, de repente, como si un mago hubiera intervenido, la solución empezó a enturbiarse. En el líquido, antes claro como el agua, vió aparecer ahora un montón de cristales que lentamente caían al fondo del frasco.
    —El opio es marrón y estos cristales son grises —murmuró—; esto no es opio. Acaso, es algo que calma el dolor.
    Pues bien, no lo era.
    —No te disgustes —aconsejó Cramer—; de todos modos tu descubrimiento puede ser importante. Creo que deberías escribir un informe científico y enviarlo a alguien. Quizás al profesor Trommsdorff.
    Sertüerner, de veinte años, se sentó y escribió una simple carta al gran Trommsdorff de la Universidad de Erfurt. Describía el nuevo compuesto y concluía diciendo:

No puedo determinar si se trata de un compuesto nuevo o ya conocido, porque el trabajo me impide continuar la investigación. Sin embargo, merece estudiarse dado el importante papel que el opio desempeña en medicina...  

    Trommsdorff se puso furioso:
    —¡Al diablo los principiantes y sus balbuceos! ¿Creerá este Sertüerner que sus juegos de niño son investigación científica?
    Pero, contra su íntima convicción, publicó el informe en su periódico. Mas, cómo podía Trommsdorff, cómo podían Sertüerner o Cramer saber que mezclados entre los cristales grises estaban los blancos cristales de otra sustancia, rara y maravillosa, que algún día llegaría a revolucionar la medicina?
    Pasaron meses de lentos y laboriosos ensayos antes de que Sertüerner comenzase a sospechar que había un segundo compuesto, y todavía más meses antes de lograr aislarlo; pero finalmente lo consiguió. ¡Y esto sí que tenía sentido! ¡El segundo compuesto era un álcali!
    No era el amoníaco que Sertüerner había empleado en la precipitación. Era un álcali que aparentemente ya existía en el opio bruto. Pero según todos los textos, las plantas y sus derivados no contenían álcalis. Bien, los textos estaban equivocados. Más aún: este nuevo compuesto, este álcali producía sueño. Sertüerner lo demostró con torpes y desdeñados experimentos en animales: ratas y ratones del sótano de Cramer, perros y gatos que después de oscurecer callejeaban, imprudentes, por la plaza del pueblo. Este trabajo debía hacerse con el mayor sigilo, pues Cramer no hubiera visto bien tales ensayos en animales, de una sustancia nueva y desconocida.
    Por esto Sertüerner trabajaba de noche, cuando sabía que no lo molestarían, para observar los efectos de estos nuevos cristales en el tejido vivo. Tomó estos cristales –blancos, lustrosos, inodoros y amarguísimos– y los disolvió en alcohol, con un poco de jarabe para enmascarar el mal sabor. Luego, de un modo o de otro, obligó al primer perro que encontró a tragarse esta sustancia.
    —¡Dios mío! ¿Cuánto le daré? ¿Cinco granos?
    Le dio cinco granos y el primer animal murió, después de dormir dos días. Demasiado fuerte la dosis. La redujo a la mitad y ensayó de nuevo. El perro murió en coma. Todavía demasiado.
    Ensayó una y otra vez empleando dosis cada vez menores, hasta que después de semanas de angustiosas pruebas acertó con la cantidad adecuada. Logró dormir a sus animales con una débil esperanza de que despertarían. Se dio cuenta de que estos cristales eran el algo que había estado buscando, la esencia vital del opio. Escribió una segunda comunicación que envió a Trommsdorff:

He tenido la suerte de encontrar en el opio una nueva sustancia desconocida hasta ahora... No es ni tierra, ni gluten, ni resina, ni tampoco el compuesto que hallé el año pasado; sino uno completamente distinto. Esta sustancia es el elemento narcótico específico del opio... el Principium somniferum.

    Esto, ¡dioses de la ciencia, sí que era una obra maestra! Un joven farmacéutico de solo veintitrés años había esclarecido el misterio del opio.
    Más aún, había encontrado el método –la llave química– que permitiría aislar en estado de pureza el principio activo de otras drogas en bruto. Y había logrado todo esto sin preparación, sin ayuda, sin los brillantes laboratorios, los complicados aparatos y los animales seleccionados que los investigadores modernos consiguen sin esfuerzo alguno. Pero Trommsdorff, el gran editor, lo humilló.
    Trommsdorff publicó íntegro el informe, pero le añadió al final una nota:

Estos experimentos contienen sugestiones muy interesantes, pero de ningún modo podemos considerar que la investigación sobre el opio está terminada. Esperamos que esta nueva comunicación será examinada con cuidado y se aclararán muchos puntos oscuros. Se han publicado tantos trabajos sobre el opio...

    Sertüerner se puso furioso.
    —¡Mire lo que dice de mí este hombre! —le gritó a Cramer—. ¡Lea lo que dice aquí ese idiota, ese viejo pelele! ¿Qué sabe él del opio? ¡Le escribiré, se lo diré en la cara! ¿Me entiende? Le demostraré...
    —¡Un momento! —rugió Cramer—. ¡No sigas así, Frederick! Escucha: cálmate, deja pasar unos días y todo se arreglará. ¿No puedes hacerlo por mí?
    —¡No! —Sertüerner se puso altanero—. ¡No! Nada se arreglará. Nunca volveré a ocuparme del opio. ¡Nunca!
    Frederick Sertüerner dejó la botica de Cramer y en 1806 se trasladó a la vecina ciudad de Einbeck en el sur de Hannover. Gracias a la recomendación de Cramer encontró allí sitio como ayudante en la farmacia del pueblo. Resolvió no hacer otra cosa que no fuese despachar drogas, y aun esto de muy mala gana. El mundo lo había tratado mal. Pero pronto se interesó por la sosa, la potasa cáustica, el galvanismo y de nuevo volvió a la investigación. Trabajó bien, mas no tardaron en surgir nuevas dificultades: nadie quería publicar sus trabajos. “¡Es una conspiración –se quejaba– no solo contra mí, sino contra todos los alemanes! No conseguimos ser reconocidos ni aun en nuestra propia patria.”
    Y esto era exactamente la verdad. La ciencia alemana no había nacido aún. Allí no había ni grandes laboratorios, ni grandes maestros científicos. Los hombres de ciencia alemanes eran objeto de burla en su misma tierra y los honores se reservaban para franceses, ingleses o suecos. Sertüerner, muy disgustado, abandonó sus estudios sobre las drogas y se puso a fabricar cañones más grandes y mejores, explosivos más fuertes y poderosos para arrojar contra el odiado Napoleón, y por esto recibió grandes honores. Los honores lo fastidiaron más aún. Y por casualidad volvió al estudio del opio.
    Una noche despertó con fuerte dolor de muelas. “Todas las cosas caen sobre mí”, gruñía acosado por el dolor. De madrugada corrió a su cuarto de trabajo, pesó una pequeña cantidad del Principium somniferum que había traído de Paderborn, lo mezcló con un poco de jarabe y lo tomó.
    Volvió a la cama y se dijo: “si actúa en mí como en los perros, debo dormirme antes de media hora”. Y actuó. Se despertó ocho horas más tarde, sin dolor alguno.
    Bien, esto establecía una cosa: los cristales eran inofensivos para el hombre. Mas ahora, el antiguo fuego prendió de nuevo en su mente y recordó las preguntas que nunca habían obtenido respuesta: ¿cómo actuaba esta sustancia en el hombre?, ¿con qué rapidez producía el sueño?, ¿cuál era la dosis adecuada? Y, ¿cómo podría resolver estos problemas si ensayaba la droga en sí mismo y se dormía en medio del experimento?
    Reunió tres pobres diablos del pueblo que aseguraron no temer nada y concertó una sesión nocturna en la farmacia.
    Cuando los muchachos llegaron, ya estaba allí Sertüerner, pesando porciones de cristales, inclinado como brujo maligno sobre sus frascos y filtros, en la semipenumbra de una luz vacilante. Se detuvieron en la puerta, y todo su valor desapareció de golpe: —¡Hum! —murmuró uno de los muchachos—, vámonos, no me gusta esto.
    Pero Sertüerner les cerró el paso:
    —Entren, señores, entren. Todo está preparado, tendremos momentos de emoción.
    —Espere, Herr Sertüerner, hemos pensado que...
    —Tonterías, amigos. No hay nada que temer. Yo también tomaré estos mágicos cristales. (¿Por qué no? –pensó. Después de todo, yo puedo soportar mayor dosis que estos muchachos y estaré despierto cuando ellos estén ya bajo los efectos de la droga.)
    Les explicó cuidadosamente:
    —Le doy a cada uno un poquito de este polvo. Lo echo en alcohol. ¿Ven?, se disuelve. Ahora un poco de agua para que no nos queme el estómago. Les garantizo, mis jóvenes ayudantes, que es perfectamente inofensivo. Solamente medio grano cada uno. Y yo tomo la misma dosis que ustedes.
    Los cuatro experimentadores, solemnes como sacerdotes, tomaron su poción.
    —Ahora —dijo Sertüerner—, hagan el favor de decirme si notan algo extraño. Quizás... ¿se sienten algo mareados? ¿Usted, Otto?
    Otto dejó escapar una risita forzada:
    —
Herr Sertüerner, me encuentro raro. Siento que me arde la cara, pero me gusta, me encuentro bien, muy bien.
     Sertüerner se inclinó mientras garrapateaba una nota. Vigilaba cómo, en los tres, la cara enrojecía, la respiración se aceleraba, la euforia crecía. Media hora después de la primera dosis, repitieron con otro medio grano.
    De repente, Otto dejó de sentirse feliz. Su cara se volvió pálida, sudorosa. Los otros chicos, Karl y Hermann, se quejaban de dolor de cabeza y de creciente torpeza. El propio Sertüerner se notaba un poco mareado, pero asentía con la cabeza, sonriendo, para indicar que todo esto era perfectamente natural, y los muchachos a su vez trataron de sonreír. “Su aspecto –pensó– es bastante cómico”. Quince minutos más tarde tomaron la tercera dosis, otro medio grano.
    Y comenzaron a ocurrir cosas.
    Otto cayó al suelo de bruces y comenzó a roncar. Karl intentó levantarse, mas se desplomó de nuevo en la silla y dejó caer la cabeza sobre la mesa con un sonoro golpe. Inmediatamente se quedó dormido. Hermann decidió que aquel no era lugar para él y se dirigió a la puerta, pero a la mitad del camino se sentó estúpidamente en el suelo y se extendió cuan largo era.
    —¡Notable! —murmuró Sertüerner—. De repente se caen, se golpean la cabeza y no dicen nada.
    Cerró el puño y se dio en la cabeza levemente, después con fuerza. ¡Apenas lo sintió!
    Procurando mantener los ojos abiertos el tiempo suficiente para tomar las últimas notas, sonrió satisfecho al ver la plena confirmación de anteriores experiencias. Se fue a su lecho, se tendió sobre él y quedó sumido en agradable sueño con nubes y música suavísima.
    Más tarde –minutos, horas, no podría decirlo–, recobró conciencia y al recorrer la habitación con la mirada vio confusamente que los tres muchachos todavía seguían durmiendo. Se quiso levantar:
    —¡Dios mío! ¡Mi cabeza!
    Entonces algo atravesó su entorpecido cerebro y le dijo que el sueño de los muchachos no era normal: la respiración característica, la piel casi verde. La última dosis debió ser excesiva. Rápidamente se despertó del todo: acaso estuvieran envenenados, ¡podrían morir!
    —Tengo que hacer algo —murmuró—; un ácido... un emético.
    Arrastrándose vacilante fue hasta el depósito de drogas y volvió trayendo una botella de vinagre fuerte. Obligó a Karl a abrir bien la boca y le vertió en la garganta el nauseabundo líquido. Hizo lo mismo con Otto, que protestó débilmente, con Hermann y por último consigo mismo. Cuando terminó, miró alrededor. Karl había ya despertado y de rodillas, apoyadas las manos en el suelo, vomitaba.
    A medida que el vinagre surtía efecto fueron despertando los otros, débiles y con náuseas, para al fin dirigirse tristes y con paso vacilante hacia sus casas.
    Otto estaba demasiado enfermo para irse. Horrorizado, Sertüerner le hizo tomar carbonato magnésico y lo acompañó a su casa. La madre de Otto los esperaba en la puerta y escuchó las disculpas y confusas explicaciones de Sertüerner.
    —Alguna vez —dijo— le haré maldecir el día en que vino a Einbeck.
    Ahora, Frederick Sertüerner estaba en condiciones de escribir su gran informe. Mientras el pueblo comenzaba a murmurar endemoniadas historias a propósito de los experimentos nocturnos en la botica, él, cuidadosamente, trasladaba al papel sus observaciones y descubrimientos y describía las propiedades químicas y medicinales de los cristales.
    Incluso dio un nombre a estos cristales: recordando el sueño que producían y pensando en Morfeo, dios del sueño, los llamó morfina.
    Cuando el informe estuvo terminado, buscó un editor:
    —¡Al diablo Trommsdorff!—
    Y por último lo envió al Profesor Ludwig Gilbert de Leipzig, editor de los Annalen der Physik.
    Nadie sino los farmacéuticos leen el periódico de Trommsdorff –se dijo– y los farmacéuticos no tienen sentido de apreciación. Pero todo el mundo lee el de Gilbert: químicos, físicos y hasta médicos.
    Tampoco Gilbert fue demasiado amable con Sertüerner. Primero rechazó de plano la comunicación. Después cambió de idea y la publicó en su periódico, acompañada de una nota desalentadora: 

Publicamos el artículo de Herr Sertüerner en contra de nuestras más firmes convicciones. Es muy poco científico y poco químico. Si la tal morfina de Sertüerner existe, nosotros los químicos tenemos mucho que aprender...

    Sertüerner estuvo a punto de llorar. De nuevo Alemania había menospreciado a su hijo. Pero esta vez Sertüerner había acertado en la elección de editor. El periódico del profesor Gilbert se leía en toda Europa y al fin el informe acerca de la morfina llamó la atención del brillante Joseph Louis Gay‑Lussac, profesor de química en la Escuela Politécnica y de física en la Sorbona, y ya entonces uno de los más grandes sabios de Francia.
    Gay‑Lussac era de ordinario reservado y frío, pero nunca pudo eludir una causa que necesitase campeón. Le impresionó muchísimo el descubrimiento de Sertüerner y se escandalizó por el trato de que se le hacía objeto:

¿Que el informe contiene un cierto número de errores químicos insignificantes? ¿Qué importa eso? ¡Mon Dieu! ¿Vamos acaso a exigir que este pobre farmacéutico sea un compendio de todas las virtudes científicas, antes de admitir que ha puesto a nuestro alcance un descubrimiento que debería ser alabado por todos los médicos? El descubrimiento de esta base alcalina, morfina, nos parece de la mayor importancia. Más aún, he repetido parte del trabajo del autor y he comprobado su exactitud. No tememos pronosticar que el descubrimiento de la morfina abrirá nuevo campo a la investigación, proporcionándonos datos exactos sobre los principios activos contenidos en muchas plantas y animales. 

    Y en sus conferencias de la Politécnica y de la Sorbona insistió sobre este asunto:

Lean lo que Monsieur Sertüerner ha descubierto en el opio. Lean lo de la morfina. Fíjense en lo que este investigador ha realizado sin ayuda, sin fondos, sin preparación, con los más simples aparatos. ¡Señores, Monsieur Sertüerner puede enseñarnos a todos nosotros cómo realizar experimentos! 

    Gay‑Lussac dio el primer paso. A las pocas semanas, los alemanes descubrieron que su pequeño Sertüerner era famoso en Francia, y su nombre pronunciado con respeto en las grandes escuelas de París. Fue recibido en la Sociedad Alemana de Mineralogía por el inmortal von Goethe; la Universidad de Jena le otorgó el título de doctor honoris causa en filosofía; fue agasajado en Berlín, Marburgo, San Petersburgo, Batavia, París, Lisboa.
    —¡Por fin! —se dijo—. Ahora soy famoso.
    Pero desgraciadamente la fama duró pocos meses. En Alemania, y sobre todo en Francia, al ver la gloria que se acumulaba sobre Sertüerner surgieron de sus cuevas hombrecillos que gritaban: “¡Esperen! Nosotros hemos descubierto la morfina antes. Sertüerner nos ha robado.”
    Gritaron sus quejas cada vez más alto y a cada ataque el pobre Sertüerner se acoquinaba más y más. ¿Cómo podría luchar contra toda aquella gente? Y el segundo campeón apareció.
    Un francés al apoyar la causa de un farmacéutico parisiense “defraudado” fue demasiado lejos. Presentó un escrito terrorífico en favor de su cliente, que era a la vez un serio ataque a Sertüerner y terminaba su acusación con estas palabras: “Yo reclamo para Francia la gloria de este importante descubrimiento”. Y esto bastó. Estas palabras llegaron a oídos del profesor Gilbert, de Leipzig, el mismo que había publicado el trabajo de Sertüerner “en contra de nuestras más firmes convicciones.”
    El profesor Gilbert leyó la denuncia y la cerró de golpe sobre el pupitre.

¡Para Francia! ¡Puf! ¡Esos franceses bandidos tratan de despojar a un alemán indefenso! Yo les demostraré a esos salteadores, bribones, desvergonzados libelistas, asesinos... 

    Y escribió una defensa, que era una obra maestra de elocuente rabia, llamándoles plagiarios, embusteros, hombres indignos del nombre de sabios, etcétera.
    ¿Aseguraban algunos haber descubierto antes la morfina? Gilbert demostraba que era imposible. ¿Obtuvieron del opio otros calmantes? Gilbert probaba que carecían de actividad. Tales productos no eran morfina.
    Fue una sorprendente batalla, muy poco científica, en la que se ignoraron muchos hechos mientras los combatientes golpeaban los pupitres, gritaban insultos y pedían venganza para el honor nacional ultrajado. Sertüerner no tenía ni la más remota idea de lo que pasaba. Por último Francia puso fin a la discusión al concederle el premio Monthyon, de dos mil francos, “por haber descubierto la naturaleza alcalina de la morfina, abriendo con ello un camino que condujo a grandes descubrimientos en medicina”.
    El honor y todo este dinero llegaron a Frederick Sertüerner. Pero la batalla por la prioridad había durado mucho tiempo y el premio llegó demasiado tarde. Mientras tanto en Einbeck las lenguas se habían desatado y las murmuraciones se convirtieron en pleitos. Sertüerner no fue capaz de soportar el ataque combinado de sus calumniadores vecinos y sus envidiosos competidores. Huyó de Einbeck y se estableció en Hamelin (el viejo Pied Piper debió reírse... ¡Había un hombre a quien las ratas habían hecho entrar en Hamelin!).
    Vivió allí durante veinte años, se casó y creó una familia, mientras él, amargado y desilusionado, se hizo viejo. La gente olvidó pronto su descubrimiento. “¿Morfina? –decían–. Siempre hemos tenido morfina.”
    Ahora podía dedicarse a censurar y burlarse de las investigaciones de otros, y lanzar teorías extravagantes tal como aquella que decía que el agua hervida no trasmitía el cólera. En las calles la gente se reía de él y le llamaba el loco distinguido.
    A la edad de cincuenta y siete años comenzó a sufrir terribles dolores, y él que tan brillantemente había vencido el dolor para los demás, se vió privado de los beneficios de su morfina: estaba tan débil que no podía ingerirla y no existía aún la aguja hipodérmica que le hubiera hecho pasar tranquilo sus últimos días. Uno de los más grandes benefactores de la humanidad, el hombre que había convertido el peligroso opio en morfina de seguro manejo, el que había puesto a los médicos en camino de emplear solo drogas puras, murió olvidado y sin amigos, en 1841.

III

Durante los años anteriores a su muerte, Sertüerner prestó poca atención a otro drama del opio que se representaba en el escenario de Oriente. Hacía cerca de un siglo que los chinos y los europeos seguían una senda que inevitablemente los conduciría al conflicto. Primero los portugueses y más tarde los ingleses y holandeses habían introducido el opio en China. Allá por el año 1800 el gobierno imperial de China despertó a los horrores del opio como hábito. “No se podrá importar más opio”, declaró el gobierno, “y se prohibe fumarlo”. Pero el opio se había convertido en un gran negocio, y los comerciantes ingleses, sobre todo la muy poderosa Compañía de las Indias Orientales, trataron de soslayar los edictos cuando no los despreciaron por completo. El contrabando del opio fue perfeccionado hasta el virtuosismo. Los oficiales chinos cerraron los ojos. Unos pocos mercade­res chinos rehusaron participar en este tráfico, pero las más importantes y respetables firmas cayeron en la tentación. “Después de todo –dijeron– el opio es un excelente medio de intercambio, mucho más seguro que los dólares de plata.”
    Algunos ingleses, con unos pocos americanos, portugueses y persas tranquilizaron sus conciencias haciendo notar la actitud de esos honorables comerciantes chinos. Otros, pretextaron que ellos daban a los chinos simplemente lo que estos querían.
    Pero cualquiera que fuese la justificación, los contrabandistas mejoraban incensantemente sus actividades. Procedentes de Persia, Turquía, Calcuta y otros puertos del golfo Pérsico y del Océano Índico se introducían cantidades siempre crecientes del precioso jugo de amapola. Para burlar a los juncos guerreros, de lenta maniobra, construyeron rápidos veleros. Y ya en plena organización, establecieron depósitos regionales de opio en Macao, Whampoa, cerca de Cantón, y otros muchos puntos de enlace a lo largo de la costa china.
    Antes de 1820, la importación casi nunca excedía de cuatrocientas toneladas anuales. En los veinte años siguientes pasaron de tres mil; tres mil toneladas del mejor opio que había en el mundo. La cantidad de opio obtenido en China era insignificante.
    Hacia 1830, sin embargo, hubo muchos síntomas de que China, a su manera calmosa, ponderada y a veces desatinada, estaba dispuesta a intervenir. Se cruzaron memorias y peticiones con creciente frecuencia. Aumentó la tensión entre el gobierno imperial de Pekín y el virrey chino de Cantón. Algunos comerciantes extranjeros, demasiado ostentosos en su contrabando, recibieron la orden de abandonar China. Unos pocos contrabandistas chinos, sorprendidos in fraganti, fueron decapitados, o si pudieron presentar alguna justificación de su ilícito comercio, simplemente estrangulados.
    Entonces, las autoridades británicas dieron el paso que al fin iniciaría las hostilidades. Lord Palmerston, brillante y cáustico jefe del Foreign Office, envió a Cantón un nuevo superintendente, el capitán Charles Elliot. Oficialmente Elliot era el representante inglés de más alta jerarquía en China. Realmente su aristocrática persona, ideal para la sociedad de Londres, hacía de él la peor elección posible para el trabajo diplomático en Oriente.
    Lord Palmerston le ordenó mantenerse severo, distante y ocuparse únicamnte de sus asuntos. Sin embargo, Elliot estaba convencido de que podría demostrar su superioridad sobre los chinos en el juego diplomático y trató de ser “amigo circunstancial.” Brindó su amistad al virrey de Cantón, quien no solo lo consideraba inferior sino que se negó a contestar sus cartas. Elliot ofreció calmarse si lo trataban de igual a igual, con lo que se expuso a insultos que, en efecto, recibió.
    En Londres, Lord Palmerston al recibir los informes maldijo a su emisario.
    —A ese disparatado idiota —bramó— le dije que se mantuviese en su lugar, y por pedir favores va a conseguir que lo echen de China.
    Sus advertencias eran acertadas, pero tardías. El capitán Elliot había recibido ya la orden de abandonar Cantón y permanecer en Macao.
    El virrey estaba ahora convencido de que podía asestar un golpe mortal al comercio del opio. Los chinos comerciantes en opio eran apresados y ejecutados en número cada vez mayor. Cualquier clase de comercio, en té, especias o seda, era permitido un mes y prohibido al siguiente; y los comerciantes europeos se indignaban con estas nuevas leyes. Pero esto fue solamente el principio. Pronto llegaron órdenes de Pekín: “Ordénese a todos los extranjeros que entreguen el opio en su poder y que firmen el compromiso de su futura buena conducta colectiva.”
    Los extranjeros se rebelaron. Con este régimen, todos se verían obligados a entregar enormes garantías que perderían por completo en cuanto uno de ellos participase en el tráfico prohibido, y ningún comerciante blanco podía confiar hasta ese punto en sus compañeros.
    Trataron de abandonar Cantón, pero nuevas órdenes los obligaron a continuar encerrados en la ciudad. Apelaron al capitán Elliot, representante oficial del gobierno de su majestad.
    El capitán tenía ahora la oportunidad de mostrarse hábil. Sin embargo, su decisión se redujo a inclinarse graciosamente. Aconsejó a los comerciantes británicos que obedeciesen las órdenes. Después, como niño castigado, quiso vengarse y embargó todo comercio inglés en China. Esto –pensó– hará que los chinos recobren el juicio. Los chinos no se asustaron tan fácilmente. Expulsaron a todos los ingleses de Cantón y también de Macao. Un poco más y expulsan a todos los extranjeros que había en China. Por esta vez Elliot quedó bastante impresionado de su propia diplomacia. Ahora los acontecimientos se sucedían rápidamente. Era el momento propicio para un incidente.
    En Hong Kong un grupo de marineros ingleses armó camorra con unos chinos. Cuando terminó la pelea se vio que un chino yacía muerto, y los oficiales de Hong Kong pidieron a la flota británica les entregase el asesino para enjuiciarlo. Los ingleses se negaron. Los chinos insistieron y los ingleses se negaron de nuevo. Los chinos ultimaron:
    —Entréguennos al asesino o váyanse de China para siempre.
    —¡Idos al diablo! —contestaron los ingleses.
    Los chinos rompieron las hostilidades.
    Fue una guerra horrible, como todas las guerras, y como es corriente cada bando peleó por distinto motivo: China fue a la guerra para terminar de una vez por todas con el terror del opio, sin tener idea de que pudiera haber otra cosa. Inglaterra luchó por sus derechos extraterritoriales. Sea el que fuere el crimen cometido, no importa donde, un inglés tiene el derecho de ser juzgado por tribunales ingleses. Para Inglaterra el opio no tenía más importancia de la que había tenido el té en Boston Harbor, sesenta años antes.
    Sin embargo, hubo guerra. Aun cuando nadie dudaba del final, duró tres años. Por último, el tratado de Nanking dio a Inglaterra la ciudad de Hong Kong, abrió cinco puertos al comercio inglés y China tuvo que pagar rescate por la ciudad de Cantón. Incidentalmente el opio fue declarado objeto de comercio legal.
    Inglaterra ganó la guerra por los derechos extraterritoriales. China perdió la suya del opio. Nunca más tuvo China la ocasión de librarse de la maldita droga, introducida por los blancos; los ingleses y después los japoneses se encargaron de ello.

IV

El tratado de Nanking fue firmado en 1842. Diez años más tarde el opio volvía a ocupar los titulares de los periódicos. En Inglaterra el doctor Alexander Wood había estado buscando un medio mejor y más rápido de introducir la morfina en la corriente sanguínea. Obtuvo éxito al inventar la aguja hipodérmica: sin molestia ni peligro podía inyectar bajo la piel unas gotitas de morfina en disolución, y sus pacientes, libres de dolores, se quedaban dormidos en unos segundos.
    El buen doctor Wood obtuvo el aplauso del mundo entero por su invención; pero pagó caro su descubrimiento: un terrible y extraño mal sobrecogió bien pronto a su esposa. La señora Wood, gracias al descubrimiento de su marido, fue la primera morfinómana que adquirió el hábito “con la aguja”.
    Esto era algo que los brillantes químicos y los ingeniosos médicos no habían previsto: la morfina era un arma de dos filos; la vieja China hubiese podido enseñarles esto, porque allí se había escrito muchos siglos antes con terrible claridad: “si bien sus efectos son rápidos, debe usarse con mucho cuidado porque mata como un cuchillo”.
    La trágica muerte de la señora Wood como consecuencia de su pasión por la morfina, debió haber sido una advertencia, pero no sucedió así. Más aún, sin ninguna razón científica seria, los médicos llegaron a convencerse de que la aguja hipodérmica era la única protección contra el hambre de morfina.
    Decían: “Si administramos la morfina por vía oral, se originan trastornos. Hay que esperar un tiempo relativamente largo para que surta efecto. No sabemos nunca con exactitud qué dosis dar, puesto que en cada paciente difiere la cantidad que del estómago pasa a la sangre. Cuando la damos por boca, la morfina puede despertar ‘el hambre’ y hasta dañar al paciente.
    Ahora bien; si la damos a través de la fina agujita del doctor Wood, ¡ah! ¡esto ya es distinto! Sabemos exactamente cuánta hay que administrar, los resultados son mucho más rápidos y nunca produce hábito.”
    He aquí lo que es la observación científica.
    Algunos médicos fueron todavía más lejos: “¿Afición a la morfina? ¡Boberías! No es peor que la afición al alcohol o al café.”
    Así, ungida con la bendición de los principales médicos, la morfina se introdujo en las venas de todo paciente que sufría el mordisco de la gota, del reumatismo o hasta dolor de muelas. Era la época de la guerra civil norteamericana y los médicos militares fueron excesivamente liberales con la morfina. Si en algunos pacientes aparecía la angustia que sigue a la supresión de esta droga, bien, los pobres muchachos habían sufrido mucho con sus heridas y un poquito de morfina significaba tanto para ellos...
    Al terminar la guerra hubo un buen número de estos “muchachos”, ahora hombres, que continuaron poniéndose inyecciones de morfina mucho después de cicatrizadas sus heridas. Para ayudarlos y por ahorrarse largos viajes, muchos médicos desaprensivos no solo recetaban morfina sino que aconsejaban a sus clientes que dispusiesen de una aguja hipodérmica para ponerse ellos mismos las inyecciones.
    No todos los médicos permanecieron tan ciegos. Algunos escribieron artículos en las revistas de medicina y enviaron violentas cartas a los periódicos pidiendo la intervención de los legisladores. Y cuando comenzaron a ocurrir hechos –claros, indiscutibles, elocuentes–, la clase médica en pleno se unió a su petición.
    Impresionados por este furioso ataque los legisladores prestaron atención. “¿Morfina? ¿Opio? ¿Hábito? ¿Qué quieren que hagamos?”
    Los médicos se lo dijeron: “Promulguen leyes. Decomisen la morfina y el opio en los puertos. No dejen que sea administrada si no es por médicos y procuren que estos la usen solo en los pacientes que en realidad la necesiten.”
    Los médicos hicieron conocer un poco tarde sus deseos. Diez años antes hubiesen podido obtener esas leyes, pero ahora los legisladores escuchaban otras demandas más persuasivas. Los fabricantes de específicos acababan de descubrir que la gente quería morfina.
    Estas empresas se encargaron de facilitar las cosas al público. Llenaron periódicos y revistas con seductores anuncios. Cubrieron las paredes de los edificios y las empalizadas del campo con afirmaciones engañosas de “suprimedolores”, “pociones para la tos”, “medicamentos para la mujer”, “curas para la consunción”. La mayor parte cargado de opiáceos. Proporcionaban remedios contra el catarro, males femeninos, cáncer, reumatismo, neuralgia, diarrea, cólera y hasta jarabes calmantes para bebés. Sus etiquetas no mencionaban en absoluto que la morfina era el principal componente.
    Y con un cierto número de médicos, diplomados o no, crearon “curas” contra las drogas, las cuales contenían morfina o algún otro derivado del opio.
    Fue un gran negocio, un negocio que daba al público lo que este pedía. ¿Podía alguna legislatura intervenir en tan santa empresa? Unos pocos estados, más sabios o más atrevidos que los otros, lo hicieron; pero la mayor parte decidió aplazar su intervención.
    Y solo entonces, cuando los médicos comenzaban a saber el daño que la morfina y otros productos del opio podían causar, solo cuando el conocimiento del opio empezaba a tener sentido, se dio otro paso trágico. Y esta vez fueron los mismos médicos quienes cometieron el error.
    En 1898 el profesor Heinrich Dreser, de la Bayer, comunicó al congreso de naturalistas y médicos alemanes que había creado en su laboratorio un nuevo producto semejante a la morfina.
    ¿Un nuevo derivado de la morfina? Había montones de ellos. El auditorio se aburría.
    —Más aún —dijo el profesor Dreser—, esta droga puede suprimir el dolor tan perfectamente como la morfina.
    —¿Tan perfectamente como la morfina? —repitió el congreso—. ¿Y eso es todo? Ya tenemos la morfina, que es lo suficientemente buena.
    —Todavía hay más —continuó el profesor Dreser—; mi droga no produce hábito. —Aquí el congreso se sobresaltó—. La he usado para curar morfinómanos. Suprime el dolor, produce sueño y es absolutamente inofensiva.
    La asamblea prorrumpió ahora en aclamaciones:
    —¡Esto sí que es un descubrimiento! He aquí un producto químico que podemos emplear en nuestros enfermos para librarlos del dolor y hasta para curarles el hábito de la morfina. He aquí una droga que no forma hábito.
    —¿Y cómo se llama, qué es este nuevo milagro? —preguntaron.
    —Bien —explicó el profesor—, químicamente hablando debería llamarse diacetilmorfina. Pero este nombre es demasiado complicado para el lenguaje moderno. Para abreviar he llamado a esta heroica droga, heroína.
    Y así nació la heroína.
    Probablemente, ningún medicamento fue recibido con el entusiasmo de la heroína. Todo se combinó para que inmediatamente se encontrase en el botiquín de urgencia de todos los médicos: las constantes llamadas para suprimir el dolor y hacer dormir, y el temor al hábito que podía surgir con el uso de la morfina. A todos les gustaba la heroína. Y en realidad producía el efecto que Dreser decía. “Realmente Dreser merece... pensemos qué premio le demostraría nuestro agradecimiento...”
    Desgraciadamente, nadie atendió a un tal Strube que en la Clínica Médica de la Universidad de Berlín hizo notar que también la heroína podía formar hábito. Pero ¿quién era él? Solamente un investigador sin experiencia clínica, sin criterio y en verdad sin juicio, podía dar tales quejas sin presentar pruebas.
    Pasaron cuatro años y la heroína era mejor de lo que se había soñado y a Dreser se le consideraba como un héroe de la ciencia. Entonces un joven estudiante de medicina, Jean Jarrige, volvió sobre esto en su tesis doctoral presentada a la Universidad de París y titulada Heroinomanía, en la cual se refería a unos pocos, entre los pacientes vistos por él –hombres y mujeres–, habituados a la heroína, hábito más infernal aún que el de la morfina.
    Pero ¿quién era el doctor Jarrige? Nadie había oído hablar de él.
    Tampoco había nadie oído hablar del doctor G.F. Pettey, ni visto su enigmática advertencia en el Alabama Medical Journal. Nadie había oído a una docena de hombres que en esos años hablaron contra la heroína.
    Pero de repente, todo el asombroso asunto explotó. Montagnini en Italia censuró la heroína. En Francia, Sollier publicó una información definitiva. Llovieron los informes en Inglaterra, Alemania, Rusia, en todo el mundo: la heroína, al fin, quedaba desenmascarada.
    Ahora la intervención de los legisladores no podía retrasarse más. En Norteamérica se promulgó en 1906 el Acta sobre Alimentos Puros y Drogas. En 1914 la ley Harrison sobre narcóticos. Las leyes son duras; su cumplimiento, forzoso e inapelable. Hoy día casi constituyen un impedimento para los experimentos encaminados a encontrar un agente mejor que la morfina; pero también protegen a los pacientes contra cualquier producto más peligroso.
    La historia de la heroína enseñó a los hombres de ciencia y a los médicos una dura lección: ¿era la heroína más segura que la morfina? Los informes oficiales son definitivos:

Según toda evidencia la toxicidad de la heroína es mayor que la de la morfina. Como droga creadora de hábito, supera probablemente a cualquier agente hasta ahora conocido...

    De aquí surgió la regla número uno para los investigadores de drogas y también para los médicos: “Nunca se administrará a un paciente, droga alguna que sea más peligrosa que la enfermedad que padece.”




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