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Elementos No. 89, Vol. 20, Enero-Marzo, 2013, Página 26






Si la arquitectura es una afortunada combinación de ciencia y arte, de precisión matemática y estética, en la conjunción de la técnica fotográfica con la pictórica, Emilio Battisti ha encontrado una nueva forma de revelar al artista que lleva adentro.
    Año con año, desde hace más de dos décadas, durante las travesías por el Mar Tirreno rumbo a la isla de Filicudi, fue emergiendo en el interior del arquitecto milanés una sensibilidad pictórica que cultivó gustosamente contemplando el mar, las colinas y a la gente de la isla. Por las noches, las fiestas con los amigos y las largas sobremesas después de la cena, trabajaban sigilosamente fijando las expresiones de los rostros en una memoria pictórica que poco a poco pidió ser manifestada. 
    Emilio comenzó entonces a pintar su entorno inmediato ante el silencio azul del mar. Pintó lo que tenía enfrente: un viejo teléfono y una cafetera, un conjunto de frutas y un florero, a sí mismo y a Raffaella, su mujer, durmiendo la siesta con la puerta abierta a la terraza... Y en cada objeto y en el ambiente mismo apareció la luz límpida del Mediterráneo en colores que poseen un encanto elemental, doméstico, que me recuerdan algunos cuadros de Matisse.  
El estilo con que trabajas es la forma en que percibes, decía Norman Mailer. En el caso de Emilio Battisti eso que se llama estilo es el despliegue de un talento en el ámbito de la calidez humana, de la atención a las pequeñas cosas que nos rodean, de la gente que queremos... La pintura de Emilio es la extensión estética de sus afectos. Su sensibilidad, su gentileza y su humor están ahí, mirándonos de frente en esa galería de retratos que van de personajes públicos a amigos íntimos, del presidente Obama al difunto Giovanni Contento, un viejo habitante de Filicudi que supo eludir de joven su reclutamiento durante la Segunda Guerra Mundial y permaneció en la isla, rodeado de mujeres y niños, con las afortunadas consecuencias que podemos imaginar.
    Los últimos retratos que Emilio ha hecho han sido en blanco y negro. Son pinturas de gran formato en las que confluye la precisión del detalle que define un rostro, con la liviandad del trazo que construye una fisonomía. Llama la atención que lo haga no con pinceles sino con sus propios dedos cubiertos por un guante de hule. Cuando se planta frente a un gran pliego de papel blanco colgado en las blancas paredes de su estudio en Milán, vestido siempre de blanco, pues ha renunciado por ahora a los colores, incluyendo su propia ropa, se produce un interesante acto creativo que combina una bien controlada técnica con el ademán de un tanto azaroso del juego. Solo el conocimiento cabal de un oficio hace posible el ejercicio lúdico en el acto creativo. Cada quien encuentra en una obra ecos y referentes de otras obras. Lo que a mí me evoca el más reciente trabajo pictórico de Emilio tiene que ver con el expresionismo alemán, un expresionismo con tinta y guante.

 Julio Glockner
© Emilio Battisti,  Sin título, 2004, óleo sobre lienzo, 158 x 265 cm.