Ir a inicio de: Elementos

Buscar en Elementos:

Elementos No. 88, Vol. 19, Octubre-Diciembre, 2012, Página 59

M
éxico visto desde Italia

Antonio Rubial García
         Descargar versión PDF





TESTIMONIOS DE UN JESUITA POBLANO
EN EL AMARGO CAMINO DEL DESTIERRO:
Antonio López de priego
María del Carmen Aguilar Guzmán
(estudio introductorio y paleografía)
BUAP / Ediciones de Educación y Cultura / Trama Editorial
México, 2012 

A mediados de 1767 llegó a Nueva España la orden del rey Carlos III para que todos los jesuitas que habitaban en América salieran hacia Europa. La medida tenía un fondo político pues la Compañía se mostraba abiertamente contraria a las nuevas reformas que estaba imponiendo la Corona. Además de las riquezas que poseían, las cuales les serían arrebatadas, los jesuitas eran también peligrosos por la fuerte presencia social que habían obtenido gracias a sus colegios y misiones. Todos los enemigos que los jesuitas se habían ganado se unieron en su contra y la expulsión se llevó a cabo en todos los reinos que pertenecían al imperio español, incluidas América y Filipinas. La orden debió sorprender a muy pocos, meses antes había sucedido lo mismo en Francia y Portugal.
    Desde las lejanas misiones del norte los jesuitas europeos y americanos comenzaron su largo destierro y durante su trayecto se les unieron los padres que administraban los colegios de las ciudades mineras y de las capitales norteñas: Durango, Zacatecas, Guadalajara, San Luis Potosí, Guanajuato, Valladolid, Querétaro. A diferencia de los padres europeos que regresaban a sus patrias, los criollos dejaban padres, hermanos y parientes, y eran arrancados por la fuerza de los lugares donde habían nacido y crecido.
    Durante su trayecto los jesuitas escucharon las expresiones de duelo por la expulsión. La gente se arremolinaba en las calles de las ciudades para verlos pasar y les pedía bendiciones entre lágrimas y sollozos. Ese año de 1767 el Bajío y Michoacán fueron el escenario de una serie de motines populares que tomaron como pretexto la expulsión de los jesuitas y que fueron ahogados en sangre. Pátzcuaro, San Luis de Paz, Guanajuato y San Luis Potosí vivieron en ese año ejecuciones, azotes y destierros. Nada impidió que la orden del rey se dejara de cumplir. A lo largo de dos años salieron de Nueva España 678 jesuitas, entre ellos algunos jóvenes que aún no habían sido consagrados sacerdotes. Todos iban escoltados por soldados como si fueran delincuentes y se les obligó a entrar en los barcos que los esperaban en Veracruz.
    Los primeros expulsos fueron por obvias razones los más cercanos al puerto, los que entonces se encontraban en México y en Puebla. Entre ellos iba el poblano nacido en 1730 en Amozoc Antonio López de Priego, quien un año antes había hecho su profesión solemne dentro de la Compañía de Jesús. Acompañado de 29 compañeros, el padre Priego llegó a Cádiz, pasó por la isla Córcega y por Génova, cruzó por los ducados de Parma y Módena y arribó finalmente a Bolonia, ciudad donde viviría, salvo breves periodos desde 1769 hasta su muerte en 1802. Fue en esa ciudad donde redactó su Historia del arresto, expatriación, viaje a Italia y extinción de la provincia mexicana de la sagrada Compañía de Jesús, con razón individual de los sucesos acaecidos a varios individuos de ella... concluida alrededor de 1785, objeto de esta reseña.
    La edición de este texto, que resguarda la Biblioteca Lafragua de la BUAP, presenta un completo y erudito estudio introductorio de María del Carmen Aguilar Guzmán; en él se nos da noticia de los cinco manuscritos que se conservan de esta obra en diferentes repositorios del mundo, se nos describen las características físicas del que resguarda la Biblioteca Lafragua, se nos da un resumen del mismo y una biografía del autor, así como el contexto en el que fue escrita la obra.
    Tanto en el estudio introductorio como en el texto de López de Priego podemos descubrir dos líneas argumentales: una que consiste en describir las vivencias del jesuita sobre las peripecias y sufrimientos de sus compañeros de exilio; otra, que muestra la visión de un novohispano sobre Europa en la que se incluyen continuas referencias exaltadas de América.
    En la primera línea se encuentra toda la primera sección del libro en la cual se describen los traslados, realizados a lo largo de dos años, durante los cuales los sacerdotes y novicios sufrieron abusos, hambre y pobreza, peligros de naufragio y maltrato. Aunque el autor también nos muestra la constante ayuda que recibieron en el camino tanto de la población local como la que otorgaron los mismos jesuitas ricos a los miembros más pobres de su orden, a quienes auxiliaron con lo que les llegaba de sus familias. Una vez asentados en los estados pontificios en 1769, los jesuitas mexicanos reorganizaron su provincia bajo el nombre de la Santísima Trinidad en las ciudades de Bolonia y Ferrara y en sus alrededores. A pesar de las dificultades para sobrevivir con los escasos fondos con los que contaban, los 400 individuos que formaban la provincia, distribuidos en 32 casas, continuaban con sus estudios, organizaban veladas literarias e incluso albergaban la esperanza de formar una academia de ciencias. Pero sus anhelos se vieron truncados cuando en 1773 el papa Clemente xiv firmó el breve de supresión de la Compañía y los obligó a secularizarse y a dejar sus casas y su hábito. Dicha ruptura es descrita por el padre Priego con mucha amargura y tristeza, aunque nunca exprese una crítica contra el Papado. Al final de esta parte primera, y continuando con su tono descriptivo, tamizado con un toque satírico, nos deja la pintura de los caseros a los cuales se enfrentaron los jesuitas y de sus abusos, narración que va acompañada por décimas escritas a propósito de cada uno.
    En la segunda sección se inicia la descripción de Bolonia y su entorno, lo extremoso de su clima y lo armonioso de sus huertas. El tema le sirve al autor para hacer comparaciones con México (usando aquí explícitamente el término para definir al reino entero y no sólo a la capital). Así se explaya en describir su hermosa vegetación, y sus variados paisajes. Según él, nada tiene que envidiar México a Italia en este sentido pues Dios le ha dado lo mejor de la naturaleza con abundancia.
    A continuación viene la descripción de las sinuosas calles, y los suntuosos edificios, casas y templos de Bolonia; para el autor ninguno es comparable con la riqueza ornamental de los de México ni las estrechas calles de la urbe italiana con las anchas y rectas de las ciudades americanas. Al pasar al tema de los colegios y la instrucción, de nuevo salen a relucir sus grandes hombres de letras de México, comenzando por los jesuitas por supuesto. Para entrar en materia el autor señala el asombro de los europeos al saber que en México también se hablaba latín, y aprovecha para enlistar las grandes personalidades culturales que habían vivido en Nueva España, sin olvidar a las mujeres, y en especial a Sor Juana Inés de la Cruz.
    En algún momento el autor señala que es injusto comparar Bolonia con México pues sólo Roma estaría a la altura de esta comparación. Así toda la tercera parte la dedica a describir la ciudad de Roma a partir de una rápida visita que hizo a ella. Dado sus intereses religiosos, una detallada y tediosa mención le merece una ceremonia pontificia en la basílica de San Pedro. A continuación se dedica a la descripción de los principales templos, reliquias, palacios, fuentes y trajes de los habitantes de la ciudad. La sección finaliza con una comparación: “Roma es una reina que está sentada en su trono llena de majestad y de grandeza: México es como una dama de palacio, joven, hermosa y bien tallada”, Puebla es una camarera.
    La cuarta y última parte la constituyen unas décimas sobre un pleito que tuvieron un italiano boloñés y un mexicano, escritas a raíz de la pretendida superioridad que decían tener los boloñeses sobre todas las otras naciones del mundo. Los versos comienzan con el viaje del italiano a Nueva España comenzando por Veracruz, Puebla y la ciudad de México, durante el cual exalta sus templos, santuarios y colegios, pero señalando como temas que le desagradan el abandono de los mesones, la desnudez de los indios, la escasa higiene de los hospitales, el vicio por los juegos de azar, la poca avidez de los niños, las exigencias de las mujeres con sus maridos y la suciedad de las calles. En este sentido López de Priego se muestra crítico ante lo propio y muestra que no lo ciega el amor a la patria al tratarse de mostrar sus defectos.
    En contraparte, el mexicano que visita los estados pontificios se admira de la atención que tienen los párrocos con sus feligreses, del buen estado de las casas y haciendas, de la limpieza de las calles, de la adecuada distribución de los profesionistas, de la abundancia de los seminarios, de la jubilación de los trabajadores domésticos y de la fastuosidad de la casa de Loreto. Frente a estas cosas positivas, el autor por boca de su personaje, menciona como negativas: la poca reverencia que se tiene al Santísimo Sacramento, el desacato en las procesiones y la apatía en las celebraciones, el poco respeto que se tiene por los sacerdotes y por el Papa, el uso excesivo de la sátira, el afán desmesurado por los bienes materiales y el derroche en nombre de la moda.
    El libro está escrito con una clara intención de que llegue a la imprenta, no sólo por las continuas menciones dirigidas a un público lector, sino también por el carácter de descripción de viaje que presenta en su mayor parte. De hecho sabemos que circuló manuscrito, como se puede constatar por las cinco copias que de él se conservan. Sin embargo, la dedicatoria inicial a su hermana monja María Josefa de la Santísima Trinidad da también la idea de un tono epistolar.
    A lo largo de la obra también podemos descubrir otra intencionalidad que la hermana con los demás textos escritos por los jesuitas desde el exilio: la necesidad de demostrar que México era un reino fértil tanto por su naturaleza como por los ingenios que había producido. Frente a la actitud general que consideraba a América como un territorio de salvajes, estos jesuitas tomaron su defensa para mostrarla como una tierra donde florecían las artes y las letras. En este sentido, la continua mención a la patria a lo largo del texto tiene una doble significación pues a veces se refiere a Puebla, su terruño, pero lo más común es que haga alusión al reino. Este concepto de que América es la patria de todos los que la habitan se estaba construyendo precisamente en esos momentos y en ello tuvieron un papel importante los jesuitas expulsos, para los cuales la palabra “patria” comenzó a tener un significado que iba más allá de la ciudad de nacimiento. Todos ellos procedían de diferentes patrias (Clavijero y Alegre, por ejemplo, eran veracruzanos, Cavo nació en Guadalajara y Márquez era guanajuatense y Priego poblano), pero los unía, además de su desgracia común de exiliados, el ideal de defender América de los ataques de los filósofos ilustrados. Al exaltar las hazañas de sus correligionarios, los jesuitas las convertían en glorias de la patria.
    Finalmente López de Priego se inserta en la lista de los autores novohispanos que utilizaba la palabra mexicano para nombrar a toda la Nueva España, término, por cierto, que él nunca utiliza. Como él mismo lo menciona, en su tiempo estaba ya muy extendido designar a toda la región con ese calificativo tomado del nombre de su más famosa y principal ciudad.
    Con la edición completa de este texto, la 
BUAP y Ediciones de Educación y Cultura dan muestra una vez más de su vocación por difundir los valores culturales de México. Esta labor es digna de encomio, sobre todo en una época en la cual se tiende a disminuir el presupuesto destinado a estos temas y a menospreciar los trabajos y discusiones humanísticos.


Antonio Rubial García
Facultad de Filosofía y Letras UNAM
antoniorg@yahoo.com.mx
antoniorg81@yahoo.com.mx



Ir a inicio de Elementos
Ir al catálogo de portadas