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Elementos No. 88, Vol. 19, Octubre-Diciembre, 2012, Página 55

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cerca de Redentores
 
Enrique  Krauze
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Estoy profundamente emocionado de estar aquí, por las presentaciones de Julio Glockner y de Juan Carlos Canales. Realmente quiero decir, y no es por “dar coba”, como comúnmente se dice, que de las presentaciones que he tenido de este libro en varios sitios de México y fuera de él, solo esta ha tenido el nivel, la profundidad, la generosidad, la altura crítica y la capacidad de poner el libro en el contexto histórico e intelectual en el que debe insertarse.
    En ninguna de las presentaciones he sentido el desafío intelectual de estos dos textos que me han emocionado mucho. Esta actitud es una disposición generosa. No estamos de acuerdo en algunos puntos, aunque quizá tenemos más acuerdos de los que creemos. Siempre un libro es la invitación a una discusión tolerante, si no es así entonces un libro no cumple con su función.
    La pequeña sorpresa que les tengo es que casi nunca hago referencias escritas o verbales sobre mi vida personal. Esta vez las quiero hacer aquí en Puebla, en donde pasaron los primeros cinco años mi madre y mis abuelos maternos después de llegar a México.
    Mi abuela vino de Polonia en 1931 o 1932, vivió cinco años aquí, tenía una pequeña tienda y de aquí salió mi abuelo hacia los pueblos para vender, y dejaba a mi abuelita, que era muy guapa. Había un poeta que la visitaba mucho y le dejaba poemas. El día que escriba mis memorias, si es que lo hago, me referiré a ese poeta que le dejaba sus poemas a mi abuela. Tengo recuerdos muy bonitos de Puebla. Ahora se refrendan con esta presentación.
    Algunos puntos: Fidel Castro no forma parte integral y formal del libro Redentores pero lo recorre; es una presencia tácita. La biografía que hago sobre José Martí es una de las que más me emocionó escribir porque es un personaje profundamente entrañable. Yo creo que el más entrañable que haya dado América Latina. Luchador, libertador, maestro, periodista, poeta extraordinario, pero además con una vida trágica y desgarradora ya que fue un hombre que nunca pudo arraigar en ninguna parte. En Nueva York, por ejemplo, escribió los poemas que reflejaron el drama y la alegría. Me emocionó mucho escribir sobre él. Además lo hice basado en otras biografías, me puse a leer sus cartas, en total 13 volúmenes. Martí figuró y previó lo que pasaría en Cuba y dijo: “Yo no quiero ver una Cuba dominada por España, tampoco quiero una Cuba dominada por Estados Unidos, tampoco por un caudillo triunfante que reclame el dominio total sobre la isla”. Este hombre paradigmático de América Latina es el primero que presagia la figura de Castro, pero esa la toco en varios personajes, de modo que ahí está.
    Me detuve un poco en lo de Martí para decirles que el libro no es una conspiración ideológica. No tiene ese papel, sino que utilizo la biografía, un género modesto y sabroso, para contar la historia de sus personajes, con sus amores, sus desgracias, sus miserias, sus ideas, sus momentos gloriosos y terribles.
    En todos los personajes intenté eso. Así como lo hago con Martí lo hice con los otros, señaladamente con Octavio Paz, porque cuando tenía ese libro contaba con varios ensayos hechos a lo largo de estos diez años en los que Paz se convirtió en la columna vertebral. Evidentemente lo traía adentro, yo quería decir lo que tenía que decir de Paz a través de un tratamiento lleno de profundo respeto y admiración, pero también de crítica. Es una distancia con Octavio, aunque yo fui su amigo, compañero de trece años en los que teníamos diferencias.
    Ya que toco a Octavio Paz, cabe decir que es una lástima que la izquierda mexicana perdió la posibilidad de dialogar con él. Paz no tenía nada de derecha, ni era católico, solo de formación. No tenía nada que ver con eso. Octavio era un pensador de izquierda, y de izquierda liberal. Lo que siempre quiso fue dialogar con los jóvenes y la gente de izquierda, y lo que ellos hicieron fue, durante 23 o 25 años, descalificarlo. Es una lástima, hubiera sido muy importante para ellos y para él esa conversación. Pero qué le vamos a hacer. Muchas veces en la vida nos ocurre que cuando somos jóvenes tomamos como si fueran eternos a los que están con nosotros y no queremos hablar con ellos.
    No me voy a poner en esa posición, porque tampoco me voy a poner de mártir. Pero a mí siempre me ha gustado dialogar, preguntar, debatir, y siempre me ha gustado hacerlo en un plano de respeto y tolerancia. Yo tampoco tengo nada que ver con el pensamiento de derecha, yo soy nieto de un sastre socialista que me formó. Qué bueno que se trajo a cuenta el mito de Paz que se construyó y que al colocarlo como un “mito negro” impidió el diálogo, que es lo único que enriquece a la vida pública.
    Cabe decir que lo más prometedor de esta reunión es precisamente el diálogo, tener ideas distintas y discutirlas, porque yo estoy tratando de insistir en el tema de la tolerancia. La tolerancia tiene una mala connotación porque la identificamos como sinónimo de soportar y aguantar. La usamos así: “no tolero a mi marido, si pudiera lo ahogo”, “no lo soporto, si pudiera lo enveneno con cianuro”. En cambio, en la tradición anglosajona y aun francesa, la tolerancia es una palabra mucho más noble; mientras que en la gran tradición liberal mexicana Melchor Ocampo escribió algunas notas sobre la tolerancia. La tolerancia quiere decir escuchar ante todo, y luego que te escuchen, y luego sopesar y discutir las ideas, pero sobre todo, respetar la humanidad de la gente. Las páginas que escribió Melchor Ocampo sobre la tolerancia son válidas ahora. Nuestra peor tradición, la que más daña, es la intolerancia. Tolerancia no es hacer concesiones, ni tampoco un relativismo: “si así piensas tú, esa es tu verdad y yo tengo la mía”. Eso es cerrar, levantar un muro. Hay que intentar derribarlo, eso es la tolerancia. Eso es lo que yo hice.
    Me interesó mucho el “psicologismo” que mencionaron en el caso de Gabriel García Márquez y Octavio Paz. He procurado no caer en el síndrome del psicoanalista que cree que tiene a sus biografiados tumbados en un sillón; creo que la literatura va diluyendo esto.
    Por lo visto a Juan Carlos (Canales) le pareció que con García Márquez se me pasó la mano. Lo acepto, siempre de buena fe y con la convicción de que admiro a este autor. La de Gabriel es una prosa que seduce inagotablemente. Al mismo tiempo no puedo entender su fascinación por Fidel Castro porque no la necesitaba; prefirió poner su autoridad en los pies de este hombre, que ha sido el gobernante no electo del país. Simplemente no lo acepto: si en México tenemos exiliado a don Porfirio, ¿por qué aplaudimos a Castro?
    Me gusta mucho el tema de la seducción que aparece sobre José Carlos Mariátegui, Samuel Ruiz y el subcomandante Marcos, pues me da pie para explicar el tema de la influencia del abuelo socialista. Yo pertenecí a la generación del 68, fui consejero universitario, intervine en la marcha estudiantil, estuve presente en la matanza del 71 del jueves de Corpus, y en mi vena esta ser anti PRI. En las pruebas de sangre aparece “No
PRI”. Me gusta que Juan Carlos Canales haya visto el tratamiento que le di a Mariátegui, porque está ligado a Ruiz y a Marcos, pues murió en 1931, con una vida desgarradora y extraordinaria y es el fundador, yo creo, del marxismo moderno latinoamericano indigenista. Mariátegui vio una utopía: la posibilidad de la convergencia entre el marxismo y el indigenismo, pero no era un marxismo rígido, ortodoxo, sino italiano y lleno de un sentido artístico. Era un hombre original que hizo una revista –muchos de estos personajes fueron editores de revistas–, que me hizo admirarlo y reflexionar sobre la figura de Ruiz y Marcos, no porque yo admita que México necesitaba una revolución marxista-indigenista, pero sí para valorar el aspecto utópico, porque no podemos vivir sin esto. Ahí, en estas edades, que es la misma que tenía mi abuelo cuando hablaba con él y me decía: “tú eres socialista, yo lo fui, aunque lo que ha hecho el socialismo es deprimente.” Creo que no había descubierto el liberalismo, aunque soy liberal en el sentido político, porque me gusta la libertad y la democracia. Sin embargo, creo que hay una tradición socialista y liberal con una posible convergencia. Octavio Paz se murió pensando en eso. En mi libro no lo critico por eso, estoy de acuerdo con él. Creo que hay que repetir el liberalismo, aquel que por ser de una tradición liberal, tiene que autocriticarse. El ser liberal tiene esa capacidad, por eso de verdad celebro lo que se me ha dicho, tanto lo crítico como lo aprobatorio.
    Se ha mencionado mi debate con Javier Sicilia. Creo que el liberalismo económico tiene que autocriticarse, y que el liberalismo político en tanto que es crítico es vigente. Creo que hay muchos elementos de la tradición socialista que debemos de retomar.
    Hay una tradición que no está tocada en el libro, que yo siento mía. Creo que es una tradición que nos puede servir para pensar mejor los temas de cómo acercar mejor la libertad y la igualdad. Ese tema es de visión anarquista. Es decir, el anarquismo tiene muy mala fama porque es considerado... qué le vamos a hacer... ha habido demasiados que tiraron bombas y mataron gente. Estoy hablando de la tradición anarquista en su vertiente constructiva, en la tradición rusa, tolstoiana, de Trostky, en la tradición mexicana como la de Soto y Gama, que es pensar la vida comunitaria en unidades más pequeñas y humanas. Ahí es donde creo que hay una vena enorme y no la hemos reconocido, hemos estado cegados para la fuerza de la democracia liberal y por la tradición socialista marxista, en donde el anarquismo quedó como una especie de vestigio del siglo XIX. Hay que volver al anarquismo. Sin duda, el mejor pensador anarquista en México es Gabriel Zaid. Nunca van a encontrar eso en sus grandes libros, es un hombre muy privado, pero sus textos están escritos por un anarquista de una enorme conciencia social. Sí se puede, aquí está Gabriel Zaid sin estar, están Octavio Paz y Daniel Cosío Villegas, y sus distintas tradiciones.
    ¿Cuál es mi mayor preocupación sobre México? Que ese diálogo no progrese. No sé qué va a venir después del primero de julio, o el primero de diciembre. De lo que estoy seguro, es de que México, sobre todo los jóvenes, deben dialogar, discutir. Pueden gritar, protestar, levantar mantas, marchar mucho. Yo marché mucho en el 68, cuando uno se jugaba la vida por marchar. Entonces, naturalmente, el nieto de migrantes de tradición socialista y anarquista, no se identifica con el PAN, mi DNA no está con el 
PRI, y yo quisiera que la izquierda mexicana realmente lo fuera. Esta reunión es nuestro diálogo, y creo que sí se puede, sí se puede lograrlo.

*Palabras pronunciadas por Enrique Krauze durante la presentación de su libro Redentores, ideas y poder en América Latina, el 15 de junio de 2012, en la librería del Complejo Cultural Universitario de la BUAP. Transcripción de Paula Carrizosa



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