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Elementos No. 88, Vol. 19, Octubre-Diciembre, 2012, Página 49

Fragmentos de un diario de lectura alrededor de Redentores
 
Juan Carlos Canales F.
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Pedir a los pueblos actuales sacrificar, como los de antaño, la totalidad de su libertad individual a su libertad política, es el medio seguro de separarles de una de ellas; y cuando eso se haya conseguido, no se tardará en arrebatarles la otra.
Benjamin Constant


Si se cree que la historia es puramente descriptiva y está por completo despersonalizada, seguirá siendo lo que siempre ha sido: una ficción de la teoría abstracta y una reacción violentamente exagerada contra la charlatanería y vanidad de las generaciones anteriores.
Isaiah Berlin

1. Este libro sin duda alguna provocará, entre muchos de ustedes, encono, en algunos más, una ciega adhesión y, en la inmensa minoría –esa inmensa minoría a la que se refería Juan Ramón Jiménez– un ejercicio de lectura crítico y mesurado; ejercicio que no excluye, claro, el debate, la polémica, en el sentido que le dieron los griegos al polemos como el combate que permite que las cosas lleguen a ser, aparezcan, a decir de Heidegger, se desoculten.
    Celebro que gracias o pese a las diferencias que suscite la lectura de Redentores de Enrique Krauze, podamos debatir como iguales, concernidos solo por la palabra, sobre un tema que constituye una de las claves más siniestras de nuestra historia y, como tal, en la idea freudiana del unheimilich, lo más próximo a nosotros: la tentación autoritaria, entronizada por la herencia patrimonialista y carismática del ejercicio del poder en nuestro continente y que una y otra vez –el retorno de lo reprimido– vuelve en la figura de un padre sin falla, sin tacha, omnipotente, supuesto sujeto del saber, supuesto garante del retorno a las más variadas formas del paraíso y del goce. No importa el costo que haya que pagar por ellos, incluso si es el de un devoramiento, el de un sacrificio.
    Pese al proceso de secularización de la sociedad moderna, la política, en la tradición judeo-cristiana, aún está marcada por las huellas de un universo religioso, cuya cifra es la lealtad al patriarca y por las huellas de una infancia nunca consumada completamente. En oposición a esa tradición de raigambre eminentemente oriental, los griegos, cuyo horizonte de sentido fue el naturalismo y la voluntad de claridad, no solo pensaron el universo sujeto a un orden superior a los hombres y a los dioses; también, comprendieron ese universo como el conjunto de fuerzas plurales, animado por el espíritu agonal. Quizá por ello, fueron los primeros en quebrantar esa figura mítica del padre, desde la mitología hasta la invención de la democracia, y a partir de allí, comprendieron el orden específico de la polis, confrontado al orden familiar, y como asunto eminentemente humano, en el que los hombres son iguales y la única relación entre ellos la otorga la palabra, no la guerra. Cierto, la lección democrática de los griegos, poco tiene que ver con la de los modernos, a decir de Benjamin Constant, pero las bases que ellos sentaron son todavía vigentes. No es gratuito que muchos siglos después que los griegos, pero reconociéndose en esa tradición racionalista, Kant haya entendido la Ilustración como un proceso paralelo de maduración y libertad humanas, que permite la salida de nuestra inmadurez –unmündigkeit– en la que, como niños, los hombres nos arrojamos a los brazos de un padre con poderes sobrenaturales, dueño del pasado y del futuro históricos, negándonos la posibilidad de pensar por nosotros mismos. De suerte, entonces, que la aventura del saber político, desde Grecia hasta nuestros días, tenga mucho que ver con el reconocimiento y la respuesta que demos a esa falla en relación a los otros en el espacio público. Retomando un libro de Hannah Arendt, habría que preguntarnos ¿cuál, o cuáles son las promesas de la política? Una puede ser la de intentar anular por completo esa falla, negándola o pretendiendo sellarla definitivamente; otra, habérselas con ella y, desde el reconocimiento del frágil equilibrio que implica la esfera pública reinventarnos día a día, asumiendo los riesgos que implica la aparición de lo nuevo en el espacio plural de los hombres; subrayo, de los hombres, no del hombre. El perdón y la promesa constituyen dos de los articuladores más importantes de la polis en relación al tiempo; el perdón nos retrotrae a un momento anterior a la ofensa que los hombres se infligen; la promesa –el sacramento del lenguaje, diría Giorgio Agamben– disminuye la incertidumbre que la aparición de lo nuevo provoca, pero a condición de no arrasar con él.
    No es poco celebrar, repito, una reunión a la que nos convoca el diálogo, la pluralidad y el reconocimiento de nuestras diferencias, de cara a un momento histórico caracterizado no solo por un notable desinterés y pauperización del debate político, sino por algo peor: por su nihilización; también, porque en otros momentos de nuestra vida universitaria –momentos no tan lejanos–, este diálogo hubiera sido imposible: en Puebla han repicado, a lo largo del tiempo y de distinta forma, los ecos de una tradición autoritaria que se cuela hasta nuestros días de distintas formas, sea bajo el manto explícito de una ideología, abiertamente excluyente, o bajo esa otra figura ideológica encubierta, que es la técnica o el mito del progreso.

2. Sin dejar de reconocer la singularidad de cada momento histórico y su irreductibilidad a las ideas que lo interpretan en un momento posterior, siempre he creído que el pasado cobra sentido desde el punto de capitón del presente. La historia es algo más que un diálogo con los muertos, como creyó Jules Michelet; en último caso, y en ello va mucho de Rulfo, la historia es un diálogo con los fantasmas de los muertos que se entremezclan con los vivos. En el aquí y el ahora pulsa el pasado. Pulsa –aclaro– en doble sentido, como metáfora musical y –vuelvo a Freud– como una fuerza que busca ser representada permanentemente.

3. Seamos claros, ni las supuestas leyes del desarrollo histórico, ni los hechos por sí mismos, pueden fundar la objetividad del saber; tanto en las matemáticas, como en la física o en las ciencias sociales, la objetividad de la coherencia de un paradigma que hace inteligibles los hechos, a través de un ordenamiento, contrastación y clasificación específicos. El significado de verdad es siempre aproximativo, parcial. Desde hace mucho ha quedado abjurada de nuestro horizonte de saber la voluntad totalizadora, de clara raigambre hegeliana, y encuentra en György Lukács su más alta expresión ideológica.

4. Sobre el autor de Redentores pesan un sinfín de calificativos que, en el mejor de los casos, desdibujan su obra y, en el peor, prohíben su lectura desde algún tribunal inquistorial. Cierto, los prejuicios, decía H. Arendt, nos ayudan a orientarnos ante la emergencia de lo nuevo, de lo que nace, pero conformarnos con ellos inhibe tanto el reconocimiento de lo novedoso como de su singularidad. Entonces, a contrapelo, de esa actitud, les propongo algo mucho más simple y más saludable, pero también más peligroso: leer Redentores. Se preguntarán por qué peligroso: la lectura de cualquier libro es una aventura, en el sentido que dio Georg Simmel a este concepto, como todo aquello que interrumpe nuestros hábitos, tira por la borda nuestros saberes y reblandece nuestras ideas fijas; aventura que, además, implica, de nuestro lado, algo que suele pasar desapercibido: nuestra propia responsabilidad de lectores frente al reclamo que todo libro demanda, y, a su vez, exige el reconocimiento de su irrepetibilidad, de su aura.

5. Acostumbrados a interpretar los fenómenos históricos desde grandes categorías metafísicas, como razón, espíritu, progreso, lucha de clases, etcétera, el punto de partida de Enrique Krauze puede resultar sospechoso de falta de rigor científico al centrar su interés en el individuo y sus ideas. Nada de eso. Argumento, brevemente de la mano de ese extraordinario pensador Isaiah Berlin, retomando, en particular, dos de sus artículos más importantes: “Las ideas políticas en el siglo xx” y “La inevitabilidad histórica”, respectivamente.
    Es imposible subsumir el saber histórico a las condiciones que nos ofrecen las ciencias naturales; no podemos negar, categóricamente, la existencia de leyes históricas inexorables pero, en términos empíricos, tampoco podemos probarlas. Incluso, añado yo, para un saber tan cercano al saber histórico como lo es el psicoanálisis, nunca hay una relación mecánica –ni unívoca– entre la causa y el síntoma.
    El interés que se pone en un elemento particular de todo fenómeno histórico obedece a los desplazamientos propios de una época y al conjunto de saberes que ciñen o limitan el propio saber histórico, tesis que no es equivalente ni a una defensa del relativismo, ni a una reivindicación de la fatalidad posmoderna. Por lo menos para mí es obvio que, ante la crisis de lo que se ha denominado los metarrelatos modernos, el acento histórico vuelva a ponerse en el individuo y sus ideas; sin embargo, en el caso de Redentores, ese individuo está muy lejos de ser visto como una mónada o ipseidad, al margen del conjunto de tensiones que lo envuelven; no creo que Krauze niegue, y mucho menos desconozca, la importancia de las instituciones o de las fuerzas económicas que inciden en cualquier fenómeno histórico. En último caso, a lo que intenta sustraerse Enrique Krauze es a cualquier forma de determinismo, sea el de la estructura económica o la del espíritu.

6. Hasta aquí, un breve prefacio elaborado con la intención de introducir, elípticamente, algunos temas que supone el libro, y para hacerme cómplice, por otras vías y con otro talante de lo que creo constituye la factura singular del libro: el ensayo, en la mejor tradición que va de Michel de Montaigne a Walter Benjamin, de David Hume a Alejandro Rossi, de Ortega y Gasset a Octavio Paz. ¿Y por qué no, la de Berlin, figura tutelar del propio Krauze, quien por un camino distinto al de H. Arendt y W. Benjamin, puso en el centro de su obra el reconocimiento de la singularidad del acontecimiento histórico y la importancia de la experiencia como patrón de comprensión del mismo. Pero sobre todo, y esto lo quiero subrayar, Berlin introduce lo que a mi parecer debería ser el centro de la discusión histórica, como ya nos lo había sugerido el mundo clásico: el de la responsabilidad moral del individuo y sus acciones ¿O no es la historia para Berlin una rama de la filosofía moral?
    Algo más que me parece permea el libro de Enrique Krauze y no es ajeno a los pensadores mencionados: volver al sentido común como fuente de conocimiento histórico, ¿o es que alguna teoría puede justificar los 20 millones de muertos durante el stalinismo, o los 7 millones de judíos masacrados por los nazis?

7. Quizá, todo el recorrido que hace Enrique Krauze en el libro no sea otra cosa que un pretexto para hablar de sí, de los testamentos en los que se reconoce y de los demonios que intenta exorcizar.
    A caballo entre la historia, la literatura y la filosofía, Krauze nos muestra, apenas, los nudos que atan los hilos de la obra, de modo que el lector puede deslizarse por Redentores como por una superficie sin obstáculos, pero no exenta de sorpresas, veredas paralelas, puentes y hasta algunas sendas perdidas, claros del bosque y ríos subterráneos.
    Estoy seguro que los mejores momentos del libro son aquellos en los que Krauze nos muestra, no nos demuestra, y con la inteligencia de Lytton Strachey, se sitúa al hombro de sus personajes, no por encima, ni por abajo de ellos, tampoco dos pasos adelante. Desde la antigüedad, el género biográfico ha sido un género eminentemente moral, y como trabajo biográfico, Redentores está atravesado por el juicio histórico que le permiten los parámetros de las tradiciones liberales, pero con una particularidad: el intento de Krauze por adscribirse tanto a un ejercicio comprensivo de la acción humana (en el sentido weberiano del término), como a lo que el propio Berlin entendió por historia de las ideas: las ideas no son mónadas, no nacen del vacío, están relacionadas con otras ideas, con creencias, formas de vida, perspectivas; las perspectivas o puntos de vista sobre el mundo, Weltanschauungen, fluyen unas a partir de otras, son parte del llamado “clima intelectual” y moldean a la gente y sus actos tanto como los factores materiales y la transformación histórica.
    Quizá se trate de una asociación peligrosa, pero no excesiva, dada la condición plástica que reclama para sí Redentores: al terminar la primera lectura del libro, el referente al que de inmediato me lanzó fue a Werner Herzog: en casi todos los capítulos, Krauze comparte la misma mezcla de admiración y distancia crítica con la que el cineasta alemán construye prácticamente toda su obra, no importa que sea la de ficción o la documental. Si no estuviera tan desprestigiada la palabra, me gustaría decir, la misma compasión.
    Por el contrario, cuando Krauze pareciera que intenta comprobar, cuando pareciera que intenta acomodar las piezas de la investigación para que coincidan con el mapa que ha diseñado de la misma, el libro pierde frescura y, a la postre, suple la discusión política e histórica, e incluso, el juicio y la responsabilidad de un acontecimiento, por algo que parece un análisis puramente psicologista. Y que conste, no estoy sugiriendo una oposición a la mirada de Krauze; me estoy refiriendo al modo como esa mirada se sostiene en ciertos momentos de Redentores; uno de ellos, el de García Márquez, el otro y en otro extremo, el de Octavio Paz. No creo que le haga falta al libro –ni a nosotros como lectores– remitirse a los más oscuros vericuetos edípicos del colombiano para cuestionar su silencio respecto a Cuba, ni tampoco, hacer de Octavio Paz un visionario para reconocer la grandeza de su obra. En cambio, sus mejores momentos son aquellos en los que Krauze parece someterse a la condición de compañero de viaje de sus personajes, haciéndonos cómplices de ese mismo viaje, como en el caso de los textos sobre Mariátegui, Samuel Ruiz y el subcomandante Marcos; los mejores momentos del libro son aquellos en los que, como en la referencia de Heidegger al cuadro de Van Gogh, desde un detalle, podemos reconstruir o participar de la vida entera de un hombre. En fin, cuando Krauze deja abiertos espacios para que nosotros podamos transitar libremente por el libro, y mantener, imaginariamente, un intercambio de ideas con el autor.

8. Por último: no voy a repetir aquí el debate entre Javier Sicilia y Enrique Krauze en torno a Redentores, pero me parece importante retomar algunas de sus consideraciones para ahondar en las raíces del propio libro. Tiene razón Krauze al distinguir entre liberalismo político y liberalismo económico; Sin embargo, la clara demarcación hecha por él únicamente puede funcionar en términos ideales; en la realidad histórica, el liberalismo político y el liberalismo económico no marchan como dos líneas paralelas que jamás llegan a tocarse. Por el contrario, sus imbricaciones son complejas, al grado de confundirse entre ellos y desfigurarse. Hay que reconocerlo, en términos históricos, el liberalismo económico ha terminado por devorar al liberalismo político, dejando ver, por un lado, el peor rostro del primero y, por otro, la fragilidad del segundo. Entonces, la pregunta que hay que hacernos es la de si es inherente o no al liberalismo político la semilla de su propia destrucción. Sicilia afirma que sí, concentrándose en señalar las condiciones del mercado capitalista y sus consecuencias para la condición humana. A la tesis de Sicilia sobre la relación entre liberalismo y totalitarismo, yo añadiría que el puente entre uno y otro no es solo el mercado sino, y fundamentalmente, el de los mecanismos disciplinarios que atraviesan el desarrollo del propio liberalismo en Occidente, desde aquellos dirigidos al individuo –la escuela, la cárcel y el manicomio–, hasta la política de poblaciones y la consolidación del biopoder. Una sociedad libre, pensaron los liberales, está amenazada por doquier; paradójicamente, los instrumentos que la aseguran acaban por destruirla. Pienso, también, en la teoría de la historia como confabulación que se desarrolla desde mediados del siglo xviii y alcanza su máxima expresión en Marx, y que de ningún modo es ajena al propio liberalismo; toda la teorización sobre el enemigo externo y el enemigo interno, que a la postre definirá uno de los principios ideológicos más importantes del nazismo, se desarrolla en el ámbito del pensamiento liberal. No es gratuito que haya sido Jeremy Bentham uno de los principales animadores del liberalismo, al tiempo que el artífice del panóptico; tampoco podemos pasar por alto, o considerarlo una mera inversión de los términos, el ideal hobbesiano de liberalismo económico y el Leviatán político.
    Por otra parte, es cierto, la democracia moderna es, desde muchos aspectos consecuencia del liberalismo, bajo una condición, dice Norberto Bobbio, en ese ya clásico del pensamiento político, Liberalismo y democracia: que se tome el término “democracia” en su sentido jurídico-institucional y no en su significado ético, o sea, en un sentido más procesal que sustancial. A mi modo de ver, es precisamente esa condición que marca el liberalismo a la democracia su mayor amenaza: al vaciarla de contenidos éticos concretos, la democracia se ha convertido en tierra fértil tanto de la degradación de la vida humana, como del crecimiento de las más variadas formas de autoritarismo. Por eso, a diferencia de lo que cree Enrique Krauze, y aunque entiendo el contexto en el que se produjo el libro y el destinatario del mismo, a la democracia hay que ceñirla con algunos adjetivos y pugnar por disminuir la fractura entre libertad e igualdad, aunque el intento mismo implique riesgos, tantos como los que implica mantener esa fractura. Al respecto, el propio Berlin, en esa extraordinaria entrevista con Ramin Jahanbegloo, afirma: En ocasiones –dice Berlin–, la democracia puede ser opresiva con las minorías y con los individuos. La democracia no necesariamente es pluralista; puede ser monista: la mayoría hace lo que quiere, por cruel, injusto e irracional que sea. En una democracia que admite la oposición uno tiene siempre esperanzas de convertirse en mayoría. Pero puede haber democracias intolerantes. La democracia no es pluralista ipso facto. Tampoco creo que el liberalismo sea garante de la pluralidad, aunque es cierto, puede que sea el sistema de ideas que mejor pueda sostenerla: en la construcción de una determinada forma de sujeto y ciudadanía, el liberalismo ha avasallado otras formas de subjetividad y de organización social, como ha sido el caso de México a lo largo de los siglos XIX y XX, en los que, precisamente, han sido los proyectos liberales los que han anulado o minado nuestra condición plural. Por ello creo importante que Krauze especifique, mucho más, lo que algunos de sus personajes entendían por liberalismo, a qué corriente liberal se adscribían –máxime, cuando lo sabemos todos, no hay un liberalismo: hay liberalismos. Quién era, para uno u otro de esos personajes que atraviesan la obra de Krauze, el sujeto político; qué lugar ocupa el problema de la representación y la soberanía, cuáles son los límites del Estado, en relación al mercado o la vida privada, etcétera. También creo importante demandar esa especificidad a la que he aludido, en el caso mexicano, entre liberales y conservadores, dada la imposibilidad de sostener una maniquea polaridad entre unos y otros, cuando sabemos que el espectro político fue más complejo y que los puntos de contacto entre los bandos rivales fueron muchos, o bien, las diferencias hacia el interior de un mismo grupo marcaron múltiples desplazamientos. Por supuesto, no pretendo que Redentores cambie su faz por la de un denso y atropellado libro académico; si algo hay que agradecerle a Enrique Krauze es la fluidez de su escritura.

9. Por último, podemos acotar nuestra crítica a problemas singulares de Redentores; incluso, a la falta de una posición más contundente frente a la realidad histórica del liberalismo y la democracia en América Latina, en general y, particularmente, en México, pero como objeto integral, hay que reconocerlo, Redentores es un libro que fascina por su discreta erudición, por el entramado que consigue, por su extraordinaria capacidad narrativa.

*Texto leído en la presentación del libro Redentores, ideas y poder en América Latina, de Enrique Krauze, el 15 de junio de 2012, en la librería del Complejo Cultural Universitario de la BUAP.


Juan Carlos Canales F.
Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP
jcanales.ffyl.buap@gmail.com



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