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Elementos No. 88, Vol. 19, Octubre-Diciembre, 2012, Página 45

Redentores*

Julio Glockner
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REDENTORES
IDEAS Y PODER EN AMÉRICA LATINA
Enrique Krauze
Random House Mondadori
Barcelona, 2011

Redentores es un libro indispensable para quien se proponga reflexionar sobre el pensamiento y la actividad política en América Latina, un libro en el que Enrique Krauze explora, con aguda inteligencia y escritura transparente, la lógica y las interconexiones del pensamiento reformista y revolucionario en la región, de la segunda mitad del siglo XIX a la primera década del siglo XXI. Lo hace escudriñando la vida individual y familiar de figuras emblemáticas y descubriendo los vínculos que sus historias personales tienen con las ideas y el ejercicio del poder de su tiempo. El resultado es, entonces, un fino entramado en el que cuenta tanto la sensibilidad de los actores como sus afinidades ideológicas, su formación teórico-política como sus rasgos psicológicos, que van de la abnegación y el autosacrificio de un José Martí, a la megalomanía grandilocuente de un Hugo Chávez. En medio de ellos, que abren y cierran el libro, van apareciendo, o mejor dicho, compareciendo ante el lector, convocados por una trama de historia política que se deja leer como si fuese una novela, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, José Carlos Mariátegui, Octavio Paz, Eva Perón, el Che Guevara, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Samuel Ruiz y el subcomandante Marcos. Doce personajes de una gran significación intelectual y política entre los que se extraña una figura clave, la de Fidel Castro, que de una u otra forma tiene que ver con todos ellos.
    A lo largo de estas páginas Krauze hace visible un hilo que atraviesa la vida tan disímil de estos personajes, un hilo que resultará inadmisible para algunos, que no sé si llamar pensadores revolucionarios, estudiosos revolucionarios o simplemente revolucionarios, aunque no me queda claro qué es exactamente lo que han revolucionado; ese hilo inadmisible es la idea de redención. Una vieja idea que en la tradición occidental proviene del pensamiento judeo-cristiano.
    Hace ya algunas décadas que George Steiner escribió un pequeño y valioso libro, Nostalgia del absoluto, en el que esboza la silueta de los mesías seculares. En ese texto, Steiner dice algo que me parece fundamental para comprender el sentido del trabajo de Enrique Krauze: La muerte de Dios –dice– dejó un inmenso vacío en la existencia intelectual y moral de Occidente. Dejó en blanco las percepciones esenciales de la justicia social, del sentido de la historia humana, de las relaciones entre la mente y el cuerpo y del lugar del conocimiento en nuestra conducta moral.
    La historia política y filosófica de Occidente en los últimos 150 años –concluye Steiner– se ha encausado a llenar ese vacío central dejado por la erosión de la teología. En ese esfuerzo por proporcionar una explicación totalizadora han surgido el estructuralismo, el psicoanálisis y, lo que aquí me interesa subrayar, el marxismo. No la teoría de Marx, sino ese gigantesco corpus que llamamos marxismo-leninismo, una de cuyas formas fue el materialismo dialéctico, asumido por la entonces Academia de Ciencias de la URSS como: La-Explicación-Materialista-Objetiva-y-Científica-de-La-Realidad, que circuló por el mundo entero en millones de manuales que proclamaban la buena nueva: el descubrimiento –por el materialismo histórico– de ciertas leyes del desarrollo social que permitían predecir, con precisión científica, el sentido del desarrollo histórico. Esa teleología esperanzadora anunciaba que después de un doloroso y violento enfrentamiento entre las clases sociales, se arribaría finalmente a una sociedad de transición en la que las clases y el Estado instrumentado por ellas desaparecerían para que la humanidad entera se instalara finalmente en una sociedad igualitaria, libre y fraterna que operaría bajo un armonioso lema: “De cada quien según sus capacidades, y a cada cual según sus necesidades.”
    En nombre de una verdad objetiva la ideología marxista-leninista pronto tuvo un profeta y la promesa de un paraíso terrenal; eligió un texto sagrado, El capital, e infinidad de escritos se derivaron de él, provocando discusiones talmúdicas en todos los idiomas; varios grupos de apóstoles propagaron la idea de un hombre nuevo e innumerables discípulos y fieles interpretaron, discutieron y pelearon entre sí, fundaron iglesias y practicaron con mayor o menor fortuna la doctrina, de donde surgieron distintas ortodoxias con sus correspondientes herejías, tribunales condenatorios, miles de mártires y millones de sacrificados en nombre de la fe en la revolución. Este fue el trasfondo ideológico que se alzó en el siglo XX después de la revolución rusa y hasta la caída del muro de Berlín, trasfondo que a pesar de haberse desvanecido a fuerza de las monstruosas evidencias y del persistente ejercicio de la crítica, aún dispone de artificios míticos que fascinan a quienes continúan viendo en el horizonte posibles redenciones.
    El libro de Krauze circula a contracorriente de este gran mito aquí apenas esbozado, llevando a cabo, justamente, una tarea desmitificadora que consiste en contraponer a la imagen mítica del redentor, su propia biografía, muchas veces relatada por él mismo o por gente cercana que compartió sus experiencias.
    Esta confrontación entre lógica mítica y razón histórica no persigue el propósito de postular una “verdad”, sino más bien la construcción de una interpretación distinta a aquella que del mito se puede derivar. La intención no es convencer al lector de una verdad desconocida, sino proporcionarle información que le permita enriquecer el juego de lecturas e interpretaciones de acontecimientos que en realidad tienen múltiples sentidos.
    No quisiera dejar de mencionar que el capítulo sobre Octavio Paz ocupa un lugar especial: es prácticamente un libro, bellamente escrito, dentro de otro libro. Es especial porque el mito de Paz es de signo distinto a los demás, es el mito del escritor derechista que ha inventado un sector de la izquierda que simple y sencillamente no lo ha leído. Un mito alimentado de prejuicios y banalidades intolerantes. Ese sector tampoco se atreverá a leer el libro de Krauze (su religión no se los permite), si algunos lo hicieran, jóvenes sobre todo, quizá se darían cuenta de que se ha construido un fantasma inexistente y, en cambio, se ha perdido la posibilidad de dialogar con un interlocutor inteligente.
    Dos grandes mitos han predominado en la historia moderna: el mito del progreso y el mito de la redención. El primero, vinculado más al pensamiento liberal y al desarrollo del capitalismo a partir de la revolución industrial; el segundo, más al pensamiento socialista que se propuso redimir a esas multitudes, que se cuentan por millones, de desheredados, marginales y explotados por el desarrollo mismo del capitalismo. El despliegue de estos grandes mitos en la historia no ha sido mutuamente excluyente, sino más bien combinatorio, y sus variadas formas han tenido como consecuencia crear espejismos de bienestar que han culminado en el ahondamiento de la desigualdad y la injusticia social, o en la instauración de estados totalitarios.
    El lector queda situado al final del libro ante una disyuntiva: fortalecer la democracia liberal o atender a las propuestas redentoras. Democracia o Redención, es el dilema que nos plantea Enrique Krauze. No estoy tan seguro de que las opciones estén así de extrapoladas en México, teniendo a la vista el próximo proceso electoral, en el que Andrés Manuel López Obrador podría compartir algunos rasgos de la figura del redentor, pero también de la del demócrata (mientras que los otros dos candidatos no atan ni desatan).
    Para terminar quisiera referirme muy brevemente al intercambio de ideas que Krauze tuvo con Javier Sicilia en las revistas Proceso y Letras Libres, diálogo que es ya un complemento del libro. Una polémica interrumpida que debió continuar pues pocas veces se tiene en México discusiones tan sustanciosas y serenas como esta. En ese diálogo Sicilia colocó en el centro de sus argumentos un aspecto que Krauze admitió haber soslayado por la amplitud del tema, pero sobre el cual sería muy interesante que volvieran en algún momento, me refiero al problema de la técnica en general y específicamente a lo que Sicilia llamó la “sociedad de sistemas digitales”, en la que advierte una nueva forma de totalitarismo en las modernas democracias.
    El tema de la técnica es ineludible porque permea todas las opciones que la humanidad tiene, ya no solo para organizarse socialmente, sino como especie, como los simples seres vivos que somos.
    Si pensamos el momento actual como un parteaguas civilizatorio, el desarrollo técnico-científico es un asunto de primera importancia para dilucidar si en su profundización hay alguna solución, o si, como plantean Iván Illich y otros, la salida está en la búsqueda de alternativas energéticas que no propicien lo que Heidegger llamaba el develar provocante de la técnica moderna.

*Texto leído en la presentación del libro Redentores, ideas y poder en América Latina, de Enrique Krauze, el 15 de junio de 2012, en la librería del Complejo Cultural Universitario de la BUAP.


Julio Glockner
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, BUAP
julioglockner@yahoo.com.mx



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