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Elementos No. 87, Vol. 19, Julio-Abril, 2012, Página 62

De bicéfalos tunicados*

 
Autor anónimo
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¡Efraín! –dijo el catequista con voz gruesa transmutada en dedo flamígero–, ¡los instrumentos musicales no se tocan solos, siempre hay quien los ejecuta, quien los dirige! De inmediato sentí que ese “quien” iba con mayúsculas, al tiempo que me sentía frustrado pues no había posibilidad alguna de réplica. Era el dictum, la sentencia.
    Tenía razón, él; mi ejemplo para explicar la teoría monista de la relación cerebro/mente había tenido alguna falla. Como siempre, la dificultad de palabra me había ganado. Pasé largo rato rumiando cómo corregir y, por fin, se me ocurrió la cosa, o el cómo:

Imaginemos que el cerebro humano es como un objeto musical que se ejecuta solo; algo infinitamente más complejo que una computadora. Cuando tiene que “emitir su música”, o comunicarse con otros, emplea un dispositivo que le da sonido a lo que piensa. De tal modo surge de lo material una propiedad nueva que ahora pertenece al tiempo, como la música. Es el sonido de nuestros pensamientos a través del habla. Y este objeto maravilloso, cuando está silente, a solas, trabaja para sí mismo, piensa sin emitir sonido alguno –aunque a veces gruñe, ríe, o canta–, y también lo hace  cuando duerme, pero con otras características. Así, la mente no es ajena al cerebro, es algo que surge de su actividad compleja y organizada, luego de unos millones de años de saltos evolutivos.

Ahora recuerdo haber terminado mi explicación hablada apropiándome de un símil poético, o de un axioma geométrico, ya no sé, pero dije algo así como: la mente surge del cerebro como la música del instrumento.
    Aún me sorprende la determinante aseveración del barbado catequista. ¿Acaso no era ese un espacio para leer y debatir ideas? Una vez más, creo haberme equivocado de lugar y de momento, o de espacio y tiempo. Si ya concilié la complicada relación de la mente con el cerebro –creo–, ¿por qué nunca puedo estar en el lugar y en el momento adecuados? ¿O es que topé con la Iglesia, otra vez?

*Profesor Soto: te adjunto un breve relato que un paciente psiquiátrico me lanzó a la cabeza como proyectil hecho bola de papel. Quizá podría ser de interés, de ahí que lo someto a la consideración del consejo editorial de Elementos. Por obvias razones omito el nombre del autor. En el remoto caso de que aceptaran publicarlo, sugiero dejarlo tal cual, ya que la sintaxis dice mucho acerca de la disgregación conceptual de los psicóticos y entretiene a los patopsicolingüistas. Saludos.

Efraín Aguilar, aguilar01@gmail.com




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