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Elementos No. 86, Vol. 19, Abril-Junio, 2012, Página 59

La casa de Minerva
Arte e historia en el patrimonio edificado de la BUAP


Martha Fernández              Descargar versión PDF


 

 

LA CASA DE MINERVA
ARTE E HISTORIA
EN EL PATRIMONIO EDIFICADO DE LA BUAP
Montserrat Galí Boadella
Fotografías de Ángela Arziniega González, Elizabeth Castro Regla, 
Javier González Carlos, Everardo Rivera Flores 
y Enrique Soto Eguibar 
Acuarelas de Ambrosio Guzmán Álvarez

Ediciones de Educación y Cultura
México, 2011

…aunque inaccesible al neófito, las matemáticas manifiestan criterios de belleza en un sentido exacto y demostrable… las lenguas orales, engañan y ofuscan a cada paso. A menudo su impulso es la ficción y lo efímero…

                                                                                                                                                                                                             George Steiner (The Poetry of Thought)


Si algo ha caracterizado a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, además de su alto nivel educativo, ha sido su interés por el rescate del patrimonio arquitectónico del Centro Histórico de Puebla, lo que junto con la Universidad Nacional Autónoma de México, la convierten en un ejemplo a seguir por otras instituciones de educación superior. La diferencia, que espero se conserve, es que mientras la UNAM emigró con todas sus actividades académicas a Ciudad Universitaria, la BUAP las mantiene en el mismo Centro Histórico, lo que sin duda le facilita la buena conservación de los inmuebles, pues como es bien sabido por los arquitectos restauradores, un uso adecuado garantiza larga vida a cualquier edificación. La UNAM, en cambio, lucha continuamente por dotar −a veces de manera artificiosa− de actividades a sus muchos y muy valiosos inmuebles del Centro Histórico de la Ciudad de México para mantenerlos vivos y en buen estado de conservación.
    De la labor de la buap a favor del patrimonio poblano, era natural que surgiera un libro que la mostrara, cuyo título hace referencia al escudo de la Universidad y que nos remite precisamente al sitio donde habita Minerva, la diosa de la sabiduría, pero también patrona de las artes, de manera que tenía que ser un libro que al mismo tiempo nos deleitara con la riqueza arquitectónica de esta hermosa ciudad a través del patrimonio universitario.
    Montserrat Galí lo dice de manera más clara: este libro nos enseña “a ver, a disfrutar la arquitectura como una de las artes más completas, en la que se combinan líneas, planos, volúmenes y juegos espaciales, texturas y color” y también nos enseña a apreciar el trabajo que llevaron a cabo los artistas poblanos, de los siglos XVI al XIX en la construcción y decoración de esos monumentos, que dotaron a Puebla de una personalidad propia, con un colorido único. La doctora Galí las enumera de manera precisa: “la austera piedra gris, el estuco blanco, el petatillo rojo, las tonalidades rojizas y pardas de la piedra de Santo Tomás, combinadas con la laja gris, el blanco de villerías y la belleza multicolor de los azulejos”. Por ello, para mejor lucimiento de la riqueza arquitectónica y cromática del patrimonio universitario, el libro se divide en dos partes: la primera es un texto de Montserrat Galí bien estructurado y con un lenguaje accesible, en el que explica la historia y las principales características de los edificios que constituyen el patrimonio universitario; la segunda parte, es una muy rica galería de fotografías que lo ilustran. Lo más interesante posiblemente sea que el texto se supedita precisamente a las imágenes, lo que lo hace un libro original y sobre todo visual.
    Como he dicho, con este libro recorremos parte de la historia arquitectónica de Puebla a través el patrimonio artístico de su Universidad. De los monumentos virreinales, Montserrat Galí destaca tres centrales: el edificio Carolino, la Casa de las Bóvedas y la Casa de los Muñecos. Todos muestran a Puebla como una ciudad de vanguardia en el desarrollo arquitectónico, de modelos novedosos que incluso se anticiparon a Europa; es el caso concreto de la Casa de las Bóvedas, construida por el arquitecto Diego de la Sierra a finales del siglo XVII; en ella, el salomónico apilastrado se adelantó no solamente a la ciudad de México, sino también a España; de sus características, dan buena cuenta las fotografías reproducidas en el libro. Sus modelos ya se conocían en Puebla, como bien lo muestra la portada principal de la iglesia de San Cristóbal, edificada por Carlos García Durango años antes, lo que confirma la importancia de la ciudad de Puebla para el desarrollo de la arquitectura novohispana. Lo mismo ocurre con la muy famosa Casa de los Muñecos, cuya iconografía, de estirpe netamente ilustrada muestra, como bien dice Montserrat Galí, que los “artesanos de Puebla contaban con un vasto repertorio de motivos y temas iconográficos”; que en los talleres “se manejaban estampas y libros que conectaban al artesanado de la angelópolis con los repertorios de la cultura universal”. Y todo ello fue posible gracias a la inmejorable ubicación geográfica que tiene la ciudad, entre Veracruz y México, lo que garantizaba que todos esos modelos llegados de Europa, se conocieran antes que en la capital del virreinato y muchas veces se quedaran aquí para aprovechamiento de los artistas locales. Y es justamente el trabajo de esos artesanos con los azulejos lo que la hace distintiva, de lo que dan buena cuenta las fotografías que encontramos en el libro.
    El Edificio Carolino, por su parte, es monumental y eso lo refleja muy bien el lente de los fotógrafos. Responde a la típica construcción de los claustros de la Compañía de Jesús, con enormes patios arcados en el primer piso y con ventanas en los pisos superiores; en el poblano se destacan pilastras galibadas y ventanas con marcos moldurados, apoyados en repisas con decoración planiforme y rematadas con elegantes frontones abiertos, todo lo cual se encuentra muy acorde con el barroco en cantera que se desarrolló en la ciudad, siempre sobrio y que produce un intenso contraste con aquellos edificios cubiertos de azulejos y yeserías. Un elemento enlaza este edificio con la Casa de las Bóvedas y son precisamente las cubiertas vaídas. En el libro se destacan, con fotografías, dos bóvedas del Carolino que tienen decoración a base de figuras geométricas, pero diferentes en cada una. En la Casa de las Bóvedas sus cubiertas son diferentes también, dependiendo de los espacios que cubren. Esto las hace construcciones originales y muy interesantes. Sus modelos pudieron derivar de la propia cultura de origen de Diego de la Sierra (por ser el autor de la Casa de las Bóvedas, anterior al edificio Carolino), que era sevillano de nacimiento, lo que nos remite a los edificios árabes o mudéjares o mozárabes que pudo conocer en aquella ciudad, donde cada salón y cada corredor lucen techumbres distintas que otorgan a cada espacio una personalidad propia y un enriquecimiento individual. Es una hipótesis, sin duda, pero posible; después de todo, el gusto por la decoración geométrica también es compartida por la cultura musulmana. Pero además de esos tres interesantes edificios, la BUAP custodia y utiliza otros edificios virreinales. Puebla tiene el privilegio de conservar fachadas y algunos interiores de los siglos 
XVI al XVIII ; especialmente los que corresponden a los siglos XVI al XVII son de gran importancia, pues en la mayor parte del país se comenzaron a perder en el siglo xviii, primero por el auge económico de la Nueva España que impulsaba a sus propietarios a modernizar sus casas; después, por la llegada del neoclásico, luego por las modas del siglo XIX y, finalmente por el vandalismo y la especulación de los siglo XX XXI, de manera que para la historia de la arquitectura poblana y mexicana (en general) resulta muy relevante el rescate y la conservación de las casas habitación (así sea solo de su fachada) construidas en los dos primeros siglos virreinales. Es el caso de la llamada Casa del Alguacil Mayor, en la que, como bien dice Montserrat Galí, se observan elementos que bien nos pueden llevar al siglo XVII y quizás hasta el siglo XVI, como los arcos del patio y las columnas que los apoyan, lo que la hace un edificio de capital importancia. La Casa de las Diligencias, por su parte, también puede presumir elementos de semejante antigüedad, entre los que destaca su escalera.
    Me llama la atención especialmente la Casa del Arco, por ser de finales del siglo 
XVII, o sea, más o menos contemporánea a la Casa de las Bóvedas. Es una lástima que haya corrido con menos suerte y que su patio se haya modificado tanto, pero tiene razón Montserrat Galí al esperar una pronta restauración que rescate su fachada. Por esa razón, es de felicitarse la restauración de la Casa de la Aduana Vieja, que aunque no era casa habitación, sino un edificio oficial, también es importante. Se conserva la planta del patio del siglo XVII, pero solo por los arcos mixtilíneos de su escalera y la fantástica columna salomónica que los soporta (neóstila, por cierto) ya del siglo XVIII, se justifica y se agradece su restauración. Y se agradecería también la del edificio Antonio del Rincón; su cornisa ondeante y mixtilínea compite en belleza con la de la Casa de los Muñecos. En otros edificios, los fotógrafos destacan elementos distintivos que finalmente los hace únicos, como los botaguas en forma de cañones del Edificio Arronte, que recorren la que fue la cornisa que remataba la casa, característicos de los altos grados militares del poseedor original y que nos recuerdan los del Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya de la ciudad de México. En el libro también se resalta el balcón de esquina del Edificio Melchor de Covarrubias, tan característico de la arquitectura dieciochesca de la ciudad de Puebla. Como lo hace notar Montserrat Galí, nuestro entrañable amigo, el ingeniero Dirk Bühler, se ocupó de ellos ampliamente y su importancia radica en que desde el interior amplía la visión de las calles del entrecruce al punto de producir el efecto visual de una plaza. En el Colegio de San Jerónimo, además de su hermoso patio, una de las fotografías nos muestra un antiguo reloj de sol, pieza indispensable en la época virreinal para seguir el curso de la vida diaria y, sobre todo, de las oraciones. Ahora bien, mucho se ha dicho y se ha destacado siempre a “la Puebla virreinal”, sin embargo, la arquitectura decimonónica de la ciudad es de especial importancia, sobre todo aquella que se inscribe en la llamada arquitectura porfiriana. Sin duda alguna, uno de los edificios de aquella época más hermosos de México es su Ayuntamiento. La “Puebla decimonónica” también ha sido tomada en cuenta por la BUAP y no ha descuidado el rescate de muchos edificios de ese momento, como bien se hace notar en el libro que presentamos. Tres casas destacan entre ellas: la Casa Presno, la Casa de la Palma o Casa del Gobernador y la Casa de la Reina. Todas de primera categoría, revelan el gusto por la cantera gris y sobre todo, por la ornamentación, característica de la llamada arquitectura porfiriana. En aquel momento se le concedió especial importancia a los motivos decorativos de los edificios por lo que junto de los arquitectos italianos y franceses, también se solían traer maestros decoradores; fue el caso concreto, por ejemplo, de la familia Copedé (padre e hijos) que vinieron de Florencia especialmente para decorar los Palacios de Comunicaciones y de Correos de la ciudad de México. Me llamó, por lo tanto, la atención que Montserrat Galí mencionara el nombre de dos pintores que trabajaron para la burguesía poblana: el italiano Felipe Mastellari y el sevillano José Arpa Perea. Con ellos y otros más, trabajarían los artesanos de la ciudad, pero la tradición poblana en el trabajo de yesería, que tenía al menos cuatro siglos de existencia, seguramente facilitó la abundancia decorativa en los edificios; neo renacentista en la mayoría de los casos y neo plateresca en algunos otros, en la que abundan capiteles corintios, ovas, guías de hojas y flores; a eso se añaden los cielos rasos, algunos de los cuales conservan todavía algunas de sus pinturas y, por supuesto, las vidrieras de colores en ventanas y domos, con motivos art nouveau. Desde luego, es importante mencionar también el trabajo de hierro forjado en balcones, antepechos, ménsulas y canceles, bien documentado por las fotografías del libro, que muestran nuevamente la larga experiencia que tenían los maestros herreros de la ciudad.
    Mi intención con todo lo que he dicho, ha sido en primer lugar, resaltar la importancia de un libro que pone el valor del patrimonio arquitectónico de la BUAP, pero también he querido poner en relieve la importancia que tiene la arquitectura poblana para la historia edilicia de México, por tales razones, invito a la universidad a seguir trabajando en ese mismo sentido, en beneficio de la ciudad de Puebla, a la que no se le deben permitir demasiados cambios en aras de una discutible “modernización”, porque no únicamente perdería su personalidad y su belleza, sino especialmente su calidad de vida. Sería deseable que este libro sirviera para mostrar al mundo la valiosa labor de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en el rescate de su patrimonio, como valioso ejemplo para otras instituciones culturales y de educación superior, así como para las dependencias gubernamentales de la ciudad, del Estado y del país, encargadas de salvaguardar nuestra memoria histórica, artística y cultural.


Martha Fernández
Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM
marfer@unam.mx



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