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Elementos No. 86, Vol. 19, Abril-Junio, 2012, Página 49

El retrato de Trotsky


Anamaría Ashwell              Descargar versión PDF


 

 

UN RETRATO PARA TROTSKY:
DE LOS RECUERDOS DE JOSEFINA ALBISUA
Julio Glockner
Colección Siglo XX, BUAP
México, 2011

…aunque inaccesible al neófito, las matemáticas manifiestan criterios de belleza en un sentido exacto y demostrable… las lenguas orales, engañan y ofuscan a cada paso. A menudo su impulso es la ficción y lo efímero…

                                                                                         George Steiner (The Poetry of Thought)

1. En los momentos cumbres del siglo XX, en tierras ensangrentadas, la Europa entre Hitler y Stalin reveló el horror. O más bien, desplegó un escenario privilegiado para comprender “la locura humana”, como dijo Czeslaw Milosz.1
    En las décadas alrededor de los años treinta el genocidio del campesinado, los campos de trabajos forzados, el asesinato de millones de “opositores” a la línea política oficial, la clausura de libertades y derechos humanos elementales, es decir, “el terror en todas sus formas”2 como un río sin cauce manchó con sangre la tierras desde el Asia soviética hasta la Europa central;3 mientras, los bolcheviques hacían creer al mundo la versión de Stalin: que la carnicería que impulsaba una siniestra limpieza étnica, sacrificaba a millones de ciudadanos soviéticos, eran mentiras del “enemigo de clase” dentro un vasto complot mundial contra la construcción del socialismo en las tierras de los soviets. Nada prepara a uno ante la realidad de la hambruna que promovieron en Ucrania entre 1932-33, ni la macabra contabilidad de los millones de muertos, cuando no solo se alentó el fusilamiento arbitrario de millones de campesinos que se resistieron a las políticas primero de “deskulakisación” y después de colectivización promovidas por el partido bolchevique, sino que cuando el canibalismo cundió (documentado puntualmente por los mismos burócratas del partido bolchevique), el Comité Central del Partido Comunista nunca rectificó sus políticas genocidas. El Holocausto, la Shoah de la judería europea por los nazis alemanes, es en escala e intención solo sombra y continuidad del genocidio implementado anteriormente en Ucrania por los bolcheviques, así como en vastos territorios de Bielorrusia, Lituania, Letonia, Estonia y en Polonia después de 1939.4
    La Alemania nazi deliberadamente asesinó a más de 11 millones de personas pero antes, los bolcheviques, en territorio soviético y bajo directrices de Stalin, provocaron la muerte violenta de entre seis y nueve millones de sus propios ciudadanos. Así, millones de personas cayeron víictimas bajo las deliberadas políticas económicas y geopolíticas del Partido Comunista bolchevique una vez que Stalin selló su pacto con la Alemania nazi y se repartieron ambos el territorio de Europa del Este.
    Las cifras de Timothy Snyder muestran el genocidio en las tierras de sangre, pero sobre todo la limpieza étnica que los números encubren: 3.3 millones de ciudadanos soviéticos (la mayoría ucranianos) deliberadamente obligados a morir de hambre por su propio gobierno en la Ucrania soviética entre 1932 y 1933; 300 mil ciudadanos soviéticos (mayormente polacos y ucranianos) fusilados por los bolcheviques en la Unión Soviética occidental entre los aproximadamente 700 mil que fueron víctimas del Gran Terror estalinista entre 1937 y 1938; 200 mil ciudadanos polacos fusilados por el ejército alemán y soviético cuando la ocupación de Polonia entre 1939y 1941; 4.2 millones de ciudadanos soviéticos (rusos, bielorrusos y ucranianos en su mayoría) muertos por hambre provocada por la ocupación alemana entre 1941 y 1944; 5.4 millones de judíos (la mayoría ciudadanos polacos y soviéticos) gaseados o fusilados por los alemanes entre 1941 y 44; y 700 mil civiles (principalmente de Bielorrusia y Polonia) fusilados por los alemanes en represalia, la mayoría en Bielorrusia y Varsovia entre 1941 y 1944.5
    A partir de un ejercicio de investigación puntual, recogiendo nombres y apellidos de las víctimas –hasta donde fue posible darle un rostro a la víctimas–, Snyder concluyó que fue el tirano Stalin quien ganó la guerra que perdió Hitler en la Segunda Guerra Mundial; porque aliado al final también con los poderes occidentales, Stalin y los bolcheviques se apropiaron no solo de grandes extensiones de Europa del Este, sino que controlaban fronteras infranqueables, territorios soviéticos barridos de “etnias” incómodas, para implementar a marchas forzadas el socialismo en “un solo lugar”: la Unión Soviética.
    ¿El horror se habría advertido si Trotsky, el judío cosmopolita, no hubiera perdido el poder ante Stalin, el provinciano georgiano, en el Comité Central del Partido Comunista (bolchevique) después de la muerte de Lenin en 1924?
    Una respuesta afirmativa fue la que Trotsky y el trotskismo propagaron (la Cuarta Internacional se constituye finalmente en 1938 como una “corrección” marxista leninista internacionalista al partido bolchevique, en manos de Stalin, que Lenin y Trotsky consolidaron) buscando mantener vigente la teoría marxista como promesa de un reino de libertad para el proletariado mundial. Pero entre la teoría y la práctica, Lev Davidovich Bronstein (Trotsky), como escribió George Steiner, tropezó.6 Trotsky, una vez incorporado al Comité Central en 1917, adoptó la teoría y la práctica de Lenin que apuntaló el control absoluto del partido sobre la sociedad; y empezó la consolidación de un partido bolchevique que devino en una “suerte de iglesia”, como escribe Oscar del Barco, con revolucionarios fanatizados en posesión de la verdad teórica, que secuestraron una revolución esencialmente libertaria para convertir el país de su escenario en una “especie de inmenso campo de concentración”.7 Fue Trotsky quien abogó enfático por un partido “fuerte y autoritario” que dominaría el proletariado y, a través de este, a la sociedad, para asegurar el paso al socialismo;8 y propuso en 1919, justificándose en el caos reinante, que la mecánica de la movilización militar se debía adaptar a la movilización del trabajo civil. Trotsky, el virtuoso táctico de la revolución bolchevique, como lo describe George Steiner, quien en un inicio había argumentado por la plena democracia proletaria, fue quien en 1920-21 sostuvo que se debía quitar a los sindicatos su autonomía para absorberlos al aparato de Estado: “El partido está obligado a mantener su dictadura” argumentó.9 En los cortos seis años de la colaboración entre Trotsky y Lenin el partido bolchevique fue centralizando en el Comité Central todas las decisiones hasta que sus funciones y decisiones quedaron en el poder unipersonal de un solo dictador. Sin el respaldo de Lenin, Trotsky fue prontamente despreciado como advenedizo y oportunista por los bolcheviques (su origen revolucionario estuvo ligado a los mencheviques y solo en 1917, por invitación de Lenin, se unió al partido); y cuando llegó el momento de decidir los pasos de la forzada modernización (es decir, la transición desde una economía agrícola a una industrial que quedó plasmada en el primer plan quinquenal), el duelo entre Trotsky y Stalin, Secretario General del Partido, concluyó con su derrota y expulsión del partido primero, y de la Unión Soviética después.10 Por eso, una vez muerto Lenin, la pregunta pertinente, como escribió van Heijenoort, debió ser en qué sentido tuvo alguna vez “poder” Trotsky en el partido bolchevique,11 no cómo lo perdió. Su temperamento autoritario, la línea totalitaria que asumió en la consolidación del partido, su papel central en la supresión del levantamiento en Kronstadt, sus órdenes de aniquilar a los marinos amotinados en 1917… le hicieron a G. Steiner concluir que un régimen trotskista hubiera sido diferente, pero no habría sido menos autoritario, ni menos despiadado, que el que surgió cuando le venció finalmente Stalin.
    Al historiador marxista Eric Hobsbawm, en una entrevista con la BBC de Londres, le preguntaron en torno al socialismo real en la Unión Soviética: ¿si se hubiera consumado la utopía, la pérdida de 15 o quizás 20 millones de vidas, se podría justificar? Hobsbawm contestó simplemente: “Sí”.12 Si hubiera sido Trotsky el entrevistado, ante la misma pregunta, la contestación hubiera sido enfáticamente: “Sí”.
2. Lev Davidovich Bronstein y Natalia Sedova llegaron a México en 1937, cuando Trotsky tenía sesenta años. Desde sus cincuenta y dos años deambulaba exiliado buscando un refugio apropiado, pero sobre todo seguro. Vivió primero en la isla Prinkipo en el Mar de Mermara, en la parte asiática de Turquía, el lugar al que los emperadores bizantinos enviaban a sus enemigos muchas veces después de dejarlos ciegos. Quizás para que nunca admiraran el paisaje entre el mar y las islas que formaban “el lugar más hermoso del mundo”, según van Heijenoort. Fue allí, en 1932, donde este trotskista francés de 20 años se unió al exilio de Trotsky como su secretario, traductor y guardaespaldas, y como su sombra se mantuvo hasta 1939, cuando partió a vivir a Nueva York. Van Heijenoort tenía entonces solo algunos años menos que Liova, el hijo mayor de Lev y Natalia, quien hasta su muerte en 1938, a los treinta y dos años, había sido el infatigable compañero, confidente, aliado, mensajero y organizador del movimiento trotskista de su padre. Pero más que exilio, el de Trotsky fue una huida. De Turquía a Francia, a Noruega y México el sanguinario Stalin persiguió sin piedad ni descanso a Lev Davidovich Bronstein. Y con la misma crueldad vengativa que demostró con toda la vieja guardia revolucionaria bolchevique: salvo el caso de sus dos hijas del primer matrimonio, Stalin asesinó a los dos hijos que Trotsky tuvo con Natalia Sedova, así como a innumerables colaboradores, parientes y amigos. Stephen Cohen sumó la víctimas bolcheviques de la cruel purga estalinista: en 1934, el Partido Comunista (bolchevique) tenía 2.8 millones de afiliados, pero al menos un millón fueron arrestados, enviados a los gulags y dos tercios de ellos fusilados… 1108 de los 1966 delegados al XVII Congreso del Partido fueron arrestados y/o fusilados ese año; 110 de los 139 miembros numerarios y suplentes del Comité Central fueron ejecutados o impulsados al suicidio.13 Pero en 1927 Stalin, al decidir el destino de Trotsky, pareció en un inicio vacilar: ya con el control firme del Comité Central, muerto Lenin, primero le expulsó del partido y, un año después, ordenó su confinamiento en Alma Ata, en Kazajistán, a donde Trotsky se dirigió acompañado de Natalia y Liova, entonces con veintidós años. Pero a finales de 1928 Stalin cambió de opinión y comandó el traslado de Trotsky a Moscú; durante doce días, sin embargo, mantuvo a él y su familia en vilo, varado en un lugar intermedio, hasta que se lograron los acuerdos con Turquía; en 1929 decidió su expulsión definitiva, pero con vida, y mediante un pago de 1500 dólares así como permitiendo su residencia temporal en el consulado soviético en Estambul.14 Allí empezó la búsqueda desesperada de Trotsky y sus camaradas, en medio de una geopolítica cambiante y desfavorable al trotskismo en Europa, para encontrar un lugar seguro, hasta que gracias a las gestiones de Diego Rivera y a la política de asilo que caracterizó al gobierno de Lázaro Cárdenas15 él pudo trasladarse a suelo mexicano. Cuando Trotsky arribó a Tampico con Natalia, al desembarcar de ese petrolero noruego que Julio describe desde una foto emblemática y las memorias de Natalia Sedova, Trotsky, acompañado de funcionarios del gobierno de Cárdenas (el general Múgica, Ministro de Comunicaciones y Obras Públicas sería nombrado intermediario de Cárdenas con Trotsky), fue recibido también por George Novak y Max Schatman (al único que Trotsky y Natalia reconocieron). Pero en el grupo de recepción también le daba una bienvenida calurosa una mujer que pronto sería central en su vida emocional en México: Frida Khalo, de treinta y un años, “masculina pero como un efebo” según la descripción llena de admiración de van Heijenoort, esposa del anfitrión y gestor de su asilo en México, Diego Rivera.16
3. Trotsky fue, en cada momento de su fuga y exilio, un disciplinado pero sobre todo excepcional escritor, narrador, testigo e intérprete de su vida e ideas en las tribulaciones de su tiempo. Christopher Hitchens sostiene que los ensayos de Trotsky para un periódico ruso, desde el frente de guerra en Serbia, Rumania y Bulgaria durante las guerras balcánicas de 1912-1913, son los “mejores despachos periodísticos de guerra de todo los tiempos”.17 Steiner, por su lado, no dudó en señalar que Trotsky concentró y apostó su supervivencia al apasionado recurso de la palabra. Le mantuvo así, dijo, una constante e inquebrantable disciplina de escritor en su exilio político, incluso cuando las tragedias personales fueron abrumantes.18 Dictaba su correspondencia, según atestiguó van Heijenoort, en alemán, inglés y francés, reservando el ruso para los artículos; y al poco tiempo de su arribo a México manejó suficientemente bien el español para poder leer el periódico y comunicarse con unos pocos, principalmente maestros y trabajadores, que conformaban entonces la Cuarta Internacional Comunista mexicana. Metódico, ordenado, exigió disciplina y horarios estrictos a sus acompañantes cada vez que se sentó en su escritorio a escribir. Cada uno de sus dictados, además, debían mecanografiarse impecablemente mientras Natalia Sedova ordenaba las copias de todo lo que escribía –o recibía por escrito– dentro un archivo que día con día se volvió más voluminoso. Quizás G. Steiner tuvo razón al señalar que su pasión por la palabra era expresión de su cultura judía, venida de una tradición antigua que depositó en el libro, en la palabra escrita, el arma y grito de todo observador privilegiado de su tiempo. Esa cultura judía también se mostró en él, pensó Steiner, por la integridad que exhibió, inquebrantable e indomable, disciplinada, documentada hasta en el último detalle, cuando argumentó contra las acusaciones de Stalin ante la Comisión Dewey en abril de 1937. Quizás también se mostró su judaísmo en su temperamento cosmopolita que se tradujo en su obstinada lealtad a una política marxista internacionalista para la revolución proletaria. Acompañar a un hombre así, obsesivo, autoritario, dogmático, en una misión cuasi profética, en un exilio o una huida que por más optimismo solo apuntalaba y acercaba el derrotero final debió ser tarea solo de fanáticos, conversos o devotos; dispuestos, además, a sacrificar la vida propia no solo para mantener a Lev Davidovich Bronstein con vida, sino para mantener vitales sus ideales, su escritura de la historia y utopía. El Viejo era difícil de trato, además, porque sufría de insomnio y de lumbago; y porque mantenía un régimen alimenticio estricto al cual sometía a todos en su entorno, así como a sus horarios y regímenes de trabajo. Y había que sobrellevar también sus cambiantes estados de ánimo, incluyendo sus periódicas depresiones (Jan Frankel, el secretario que se trasladó a México para asistirlo, abandonó la Casa Azul de Coyoacán en abril de 1937 incapaz de continuar soportando sus crecientes y violentos exabruptos).
    Trotsky exhibió también un temperamento irascible, violento y autoritario, incluso en disputas con Natalia Sedova y, especialmente, con Liova, sobre todo a partir del momento en que Liova se volvió amante de Jeanne Martin des Pallieres, esposa de Raymond Molinier y miembro prominente del partido trotskista francés.19 Estuvo siempre sobreentendido que parte de la disciplina que exigían Trotsky y las circunstancias políticas de la vida en el exilio (con la misión de incidir y construir partidos cuyos pocos miembros estaban siempre en constantes disputas y divididos en facciones) era que la vida emocional o existencial de los miembros de su círculo inmediato no podía incidir ni vulnerar la misión y el compromiso político. Van Heijenoort se separó de su primera esposa, Gabrielle Brausch, porque estuvo aceptado por él y su mujer que la “causa trotskista” y los servicios que van Heijenoort prestaría a Trotsky estaban por encima de sus vidas personales. Sucedió entonces que nadie más que a van Heijenoort habría de afectarle el comportamiento del Viejo cuando, en medio de lo que fue la preparación documental, en varios idiomas, para que Trotsky pudiera testificar su inocencia ante la Comisión Dewey entre el 10 y el 17 de abril de 1937 –presionados por legalismos en la recopilación de documentación y el trabajo frenético e intenso de la preparación de la defensa de Trotsky y Liova ante las acusaciones de Stalin–, Trotsky se enamoró de Frida Kahlo. Sus ojos azules filosos, su barba peinada, su vestimenta más pulcra y cuidada que de costumbre mostraban al Viejo en una libertad de trato íntimo con Frida Kahlo que puso a todos incómodos. “All my love”, todo mi amor, eran las palabras de despedida que intercambiaban ambos en inglés para que Natalia Sedova no pudiera entenderlos, y Trotsky empezó a dirigirle cartas de amor que le entregaba a Frida en libros cerrados. Frida asistía, además, a las sesiones de la Comisión Dewey vestida en sus galas indígenas, collares y pulseras adornándola, y buscaba un asiento lo más cercano posible a Trotsky. Entre los camaradas trotskistas creció la tensión y preocupación porque Diego Rivera, “mórbidamente celoso” como lo describió van Heijenoort, podía enterarse y era él quien costeaba la estadía de Trotsky en la Casa Azul así como los gastos de la Comisión Dewey y casi todas las operaciones y publicaciones del partido trotskista mexicano. Eran tiempos en que el Partido Comunista mexicano, además, había autorizado a sus miembros a entrar en “acción directa” contra Trotsky y había en las calles manifestaciones con consignas antisemitas promovidas por los comunistas y la CTM. Pero el “Piochitas”, como le llamaba Frida, se comportaba a sus sesenta años ridícula y abiertamente enamorado, y correspondió a Jan Frankel, quien se había mudado de la Casa Azul en Coyoacán, confrontar a Trotsky con las consecuencias políticas de su relación adúltera. Su intervención significó la ruptura final entre ambos: el camarada Trotsky enfureció al ser cuestionado. Natalia Sedova, toda su vida e hijos sacrificados a la vida política de su marido, sufrió una crisis nerviosa y moral a consecuencia. Las tensiones y recriminaciones que nadie podía expresarle al Viejo volvieron imposible la vida en la Casa Azul hasta que Antonio Hidalgo, amigo de Múgica y liaison del gobierno con Trotsky, medió para que el 7 de julio Trotsky se pudiera mudar temporalmente a otra residencia. Estuvo separado de Natalia Sedova tres semanas, pero Frida le visitó una o dos veces en su otra residencia y, alrededor del 11 de julio, antes que Trotsky estuviera dispuesto a desprenderse de ella, Frida, cansada del Viejo, como le contó textualmente a Hayden Herrera, terminó el amorío sin que Diego se enterara y para tranquilidad de los camaradas trotskistas.20 Van Heijenoort explicó a su biógrafa que, “sin hacer juicios morales”, Trotsky entonces había traicionado a sus camaradas, poniendo a todos en peligro, por dar rienda suelta a su pasión por Frida y también por su “hermosa hermana Cristina”.21 Van Heijenoort decidió por eso que era momento para él de reunirse con su esposa Gabrielle Brausch y su hijo Jeannot, de dos años, y previa autorización de Trotsky en noviembre de 1937, ambos desembarcaron en el puerto de Veracruz y se incorporaron a la casa en Coyoacán. El reencuentro duraría poco. Trotsky, mediante un juicio con doble rasero, a pocas semanas de que Gabrielle se instaló en la Casa Azul, ante un reclamo de Gaby a la manera como Natalia Sedova trataba con manotazos a una cocinera mexicana, intervino precipitando la vuelta de Gabrielle y Jeannot a Francia, así como el final del matrimonio de van Heijenoort.
    Se sucedieron después acontecimientos dolorosos (Liova muere asesinado en febrero de 1938 y, en ese tiempo también, Serge, el hijo menor, es fusilado después de ser deportado a Siberia); se suman desavenencias, desencuentros, reclamos y finalmente llegaron las rupturas que cercenaron o contaminaron la relación de Breton, Diego Rivera y Frida Kahlo con Trotsky. Vino además la sucesión presidencial en México y Trotsky y Rivera se encontraron en campos opuestos. Y el 1 de enero de 1939 Diego Rivera renunció a la Cuarta Internacional y la ruptura con Trotsky fue final. Van Heijenoort, en julio 23, presto a cumplir veintisiete años, reflexionó en silencio sobre el proyecto político trotskista en México y concluyó entonces que si alguna vez hubo razones para abrigar la posibilidad de un retorno de Trotsky a Rusia, con el escenario de una Europa donde se avecinaba la guerra, no podía albergarse ya ningún optimismo ni para el futuro del trotskismo en la Unión Soviética, ni en ningún otro lugar.22 Y decidió su traslado a Nueva York, pero empezó en ese momento también, o sobre todo, su alejamiento paulatino y razonado del movimiento trotskista y del marxismo en general. Este es el escenario complejo, acosado, con tensiones políticas, complicaciones y revisiones ideológicas, labores políticas intensas y fútiles, servilismos asumidos con resentimientos, en medio del fracaso de una visión política para echar raíces en la realidad que se desgarraba también por las traiciones políticas y pasionales de los camaradas y amigos del círculo íntimo y del propio Lev Davidovich Bronstein.
    Cuando casi accidentalmente se introdujeron en él, como caídas del cielo, dos hermanas poblanas llamadas Josefina y Esperanza Albisua. En un momento, además, entre la primavera de 1938 y comienzos del año 1940, de los más críticos, tensos y definitorios para el trotskismo y para Trotsky. Josefina era conocida como Pepita porque, como nos dijo su hermano Fernando ese día que nos invitó a pasar a su casa, ella era “pequeñita como una pepita”. Pepita, en 1937, había pintado un retrato en miniatura de Trotsky (que Julio reproduce en el libro) y que el general Múgica se lo regaló. Por ese retrato las hermanas Pepita y Esperanza, llamada La Pera, llegaron a la casa y a la intimidad de la calle Viena a donde, en marzo de 1939, se trasladaron a vivir Trotsky y Natalia Sedova. Como le cuenta Pepita a Julio, estrenando sombreros y zapatos, ellas se trasladarían varios fines de semana al D.F., visitando parientes y los sábados en la tarde para merendar con Trotsky y Natalia Sedova. La Pera tocaba la guitarra y cantaba. Cuando terminaba la merienda, Jean van Heijenoort las acompañaba a su hotel. Y el domingo, antes de su regreso a Puebla, ellas iban primero a misa y después, en compañía de van Heijenoort, al encierro de toros. Trotsky con su profunda mirada azulada, de rostro no simétrico, de quijada y nariz chuecas, mediana complexión y poderoso pecho –aunque de poca musculatura–23 rondaba los sesenta años y pasaba entonces por lo que van Heijenoort describió como “una resurgencia de deseo sexual”. El Viejo se había reencontrado sexualmente con su esposa Natalia Sedova después del affair con Frida, y de ese periodo se conservan cartas con descripciones gráficas no solo de su pene sino de sus fantasías sexuales. Pepita, la pintora poblana, quizás también le recordó a Trotsky a la joven artista y escultora Clare Sheridan, quien en 1920, mientras tallaba su busto, se rindió romántica a él. Pero lo que no se puede dudar es que ambas hermanas debieron deslumbrar a Trotsky con sus vivezas, ingenuidades y frescura, pero sobre todo por sus bellezas. Pepita y la Pera eran entonces, cuando conocieron a Trotsky y van Heijenoort, dos jovencitas poblanas, rondando los veinte años, deslumbrantes de hermosas. Una foto reproducida en el libro de Julio muestra a las dos hermanas vestidas de blanco, en la azotea de la casa en Coyoacán, el viento moviéndoles las faldas, con sombreros y tacones negros y a un lado Trotsky, quien pareciera agradeciendo al cielo por ambas.
4. Jan van Heijenoort era rubio, alto, musculoso y de una belleza honda y masculina. Tenía veintiséis años y Frida treinta y uno cuando se volvieron amantes justo después que Frida anunció que se había cansado del Viejo. Van Heijenoort reveló a su biógrafa, Anita Burdman Feferman, que la relación entre ambos fue intensa y discreta. Entrevistado con más de setenta años, él aún la recordaba con intensa pasión, describiendo su cálida sensualidad, la rara mixtura de cualidades masculinas y femeninas que poseía, su espíritu libre, su rebeldía, pero sobre todo su lenguaje vulgar y su total ausencia de inhibiciones: “Frida podía decir cualquier cosa por lo cual uno le podía confiar todo. Me decía que su idea de una buena vida era hacer el amor, tomarse un baño y volver a hacer el amor”.23 Frida le confió a van Heijenoort los nombres de todos sus amantes, de ambos sexos, le describió su tiempo con Trotsky, sus amoríos con Isamu Noguchi y sus intimidades con Diego. La relación duró desde enero de 1937 hasta octubre de 1938, cuando Frida dejó México para asistir a la exhibición de sus obras en Nueva York y París. Fueron amantes solo un año después que ella terminó el affair con Trotsky y terminaron seis meses después del retorno a Francia de Gaby y Jeannot. Tiempo coincidente con la visita de André Breton a México en la primavera de 1938. Trotsky intuyó entonces que existía una relación íntima entre ambos porque van Heijenoort se ausentaba noches enteras, haciendo las rondas con Frida y Cristina Kahlo al Salón México, después al bar Tenampa, hasta que el sol mañanero daba por concluidas unas fiestas que van Heijenoort describió como “sibaritas”. Pero en abril de 1939 arribó a Coyoacán una hermosa jovencita neoyorquina, judía, simpatizante trotskista, llamada Loretta “Bunny” Guyer, y van Heijenoort se volvió a enamorar. Frida, en ese abril también había retornado de París, pero van Heijenoort y “Bunny” se casaron el 16 de julio de 1939. Con ella, van Heijenoort partió a Nueva York. La vida emocional y sentimental de Van Heijenoort fue tan discreta como promiscua.
    Se casó cuatro veces (dos veces con su última mujer) y sostuvo siempre relaciones extramaritales porque Van Heijenoort era un hombre embotado si no vivía al filo de las emociones que la seducción de mujeres le provocaban. Van Heijenoort solo “enamorado” parecía que podía sentir emociones. Pero nunca pudo sostener ni demostrar amor constante, ni siquiera a sus hijos (primero Jeannot y después Laure, quien nació de su relación con Bunny en 1950, cuando ese matrimonio ya estaba desintegrado). Van Heijenoort poseía un temperamento taciturno, depresivo, y era asceta, nómada, solitario (todas descripciones recogidas por su biógrafa entre personas, incluyendo esposas e hijos, que le conocieron) y portaba cierta melancolía que se fue acentuando en los periodos largos cuando se abstraía, se aislaba, en silencios casi eternos. Mostró, además, creciente incapacidad o imposibilidad para abrirse comunicativamente en su relación con otros. Una disposición mental ideal para el largo tiempo de concentración obsesiva que dedicó a la investigación de la lógica matemática. Es significativo que cuando abandonó el marxismo o una interpretación verbal e ideológica del mundo, es en la lógica formal, en el lenguaje de las matemáticas, donde se refugió y encontró satisfacción en su criterio de verdad o falsedad de lo real. Su contribución no resultaría estrictamente en matemática formal, sin embargo, sino para la historia de la ciencia con el libro From Ferge to Gödel: a source book in mathematical logic1879-1931 que publicó la Universidad de Harvard en 1967. Una obra brillante y laureada. En su vida emocional, sin embargo, solo las mujeres le otorgaban un estímulo para salirse del embotamiento, de un estado pasmado de emociones que caracterizó a su cerebro ordenado. A su biógrafa le expresó con claridad que para él la vida sin “sentirse enamorado” era una vida imposible. En el tiempo que conoció a las hermosas hermanas Albisua en Coyoacán, él estaba enamorado de Bunny y apasionado con Frida. Pero la belleza de La Pera y Pepita no le debió ser indiferente, ni su disponibilidad sexual a ellas. Sería una mujer, también mexicana, lo último que van Heijenoort sintió en vida. Cuando cumplió cincuenta y siete años, durante un viaje a México, se enamoró de la hija de Adolfo Zamora, el abogado que participó en la Comisión Dewey con Trotsky y quien protegió a su nieto, Sieva Volkow, después de su muerte. Anne Marie Zamora, veinte años menor que él, no solo era una abogada rica, con un hijo de un previo matrimonio, sino una mujer bellísima dueña de una voluminosa cabellera rojiza pero con un temperamento frágil, dañado, siempre al borde del desequilibrio. Se casaron en 1969 y Anne Marie intentó arraigarlo construyéndole una casa en Tlacayacapan. En 1981 se divorciaban, sin embargo, porque el nomadismo de van Heijenoort, sus silencios prolongados, su hipocondría, aunados a los desequilibrios emocionales de Anne Marie hizo la vida entre ambos imposible. Anne Marie entre tanto se casó con un instructor de buceo que había conocido en Cozumel, y van Heijenoort, de regreso en EEUU, tuvo amoríos con su casera, entre otras. Pero en diciembre de 1984, cuando van Heijenoort cumplía setenta años, se reconciliaron, se volvieron a casar y partieron a otra luna de miel, esta vez a Costa Rica. Pronto se volvieron a separar y van Heijenoort entretanto tuvo varios amoríos. Pero en 1986 la salud mental de Anne Marie alarmó a su padre y Alfredo Zamora le pidió a van Heijenoort regresar a México. A poco tiempo de estar en México, mientras dormía un atardecer en el estudio, su ropa y papeles pulcramente acomodados cerca de la cama, Anne Marie entró con una Colt .38 en la mano y le disparó tres veces a la cabeza antes de meterse ella misma una bala en la boca.
    ¿Sabrán las hermanas Albisua que aquel guapo y galán van Heijenoort que las enamoraba mientras se divertían en el encierro de toros está hoy enterrado en la cripta de la familia Zamora, al lado de su última esposa, Anne Marie, en el Panteón Francés del Distrito Federal? ¿No merecería él también un poco de esa agua bendita que Pepita roció sobre la frente de Trotsky?

Referencias

1    La referencia inquietante y constante, a lo largo de este ensayo, será el libro de Timothy Snyder, Bloodlands: Europe between Hitler and Stalin. Perseus. New York. 2010 (existe traducción al español).
El poeta Milosz atestiguó la crueldad y el horror en las riberas del Vístula hasta 1939; se exilió de su tierra natal después del 23 de agosto cuando la Unión Soviética de Stalin y la Alemania nazi firmaron el pacto Molotov-Ribbentrop de no agresión y se dividieron Polonia. Ver sus memorias: Proud to be a mammal. Penguin Classics. 2001. Agradezco a M. Ashwell la ayuda en la recopilación bibliográfica para redactar este ensayo.
2    La referencia –nuevamente inquietante y constante– a lo largo de este ensayo (porque fue más que un esbozo una denuncia demoledora ya en 1980 de quien fuera maestro en la BUAP; Julio lo tiene presente en su libro) es el libro de Oscar del Barco Esbozo de una crítica a la teoría y práctica leninista. BUAP. 1980.
3    El territorio que T. Snyder bautizó como “Bloodlands”, tierras con sangre, circa 1933, comprende a Rusia occidental, Bielorrusia, Ucrania, Polonia, Lituania, Letonia y Estonia. A partir de los archivos liberados después de la disolución de la Unión Soviética T. Snyder muestra como allí se concentró el genocidio mayor perpetrado por Stalin y Hitler. Lámina XVI, Prefacio: T, Snyder. Op. Cit.
4    Ver James, Kirchick, “The Butchery of Hitler and Stalin”. Policy Review. Hoover Institution. No 167, Junio, 2011.
5    T. Snyder. Op. Cit. Pág. 411.
6    George Steiner, “Trotsky and the Tragic Imagination” en Language and Silence. Yale U. Press. 1970. Pág. 366. (Existe edición en español: Lenguaje y Silencio. Gedisa. 1976.)
7    Oscar del Barco. Op. Cit. Pág. 30.
8    Trotsky sostuvo la posición de Lenin. Del Barco concluyó que una vez que Lenin logró imponer la idea que la teoría funda la práctica política, que el partido bolchevique debía existir por encima de la sociedad –como depositario de los intereses de la clase obrera–, el “leninismo” no podía desembocar sino en la tiranía de Stalin, o en el horror que fue el “socialismo real”.
9    George Steiner. Op. Cit. Pág. 366.
10  Isaac Deutscher, The prophet armed: Trotsky 1879-1921. Verso. 2004 (publicado originalmente en 1954; existe traducción al español).
11  Jean van Heijenoort, With Trotsky in exile: from Prinkipo to Coyoacán. Harvard U. Press.1978. Pág.58.
12  Citado en James Kirchkick, “The butchery of Hitler and Stalin”. Policiy Review. Op. Cit.
13  Stephen Cohen, Bukharin and the bolshevik revolution: a political biography 1888-1938. Knopf. New York, 1973. Existe traducción al español, Editorial Siglo XXI. España. 1976. Oscar del Barco cita las principales argumentaciones de Cohen en su libro. Op. Cit.
14  A finales de 1929 Stalin asumió las políticas que a Trotsky le valieron la expulsión. Ver T. Synder. Op. Cit. Pág 13. Van Heijenoort, Pág. 34 Op. Cit.
15  Es un periodo, 1933-1945, en que México externó su simpatía hacia las víctimas de los fascismos europeos y quizá fue el periodo más generoso que el país ha tenido con extranjeros, como explica Daniela Gleizer; sin embargo, entre el discurso gubernamental de apertura lo que se dio fue una práctica inmigratoria selectiva y discrecional. El acento se puso en la persecución política y en el caso de Trotsky como perseguido político, pero la política de asilo fue, a su vez, en extremo discriminatoria con la comunidad judía que también buscó asilo en México y a la cual no se le acogió de igual manera que a los republicanos españoles. El libro de D. Gleizer es un parteaguas en el análisis de las políticas de inmigración de México en este periodo. Gleizer, Daniela, El exilio incómodo: México y los refugiados judíos. 1933-45. Colegio de México. UAM. 2011.
16  Mis fuentes son principalmente Jean van Heijenoort, pp. cit. Pero también, o sobre todo, Anita Burdman Federman, From Trotsky to Gödel: the life of Jean van Heijenoort. A.K. Peters. 1993.
17  Christopher Hitchens, “The old man”. The Atlantic. July-August, 2004.
18  G.Steiner, Op. Cit. Pág. 378.
19  Jean van Heijenoort. Op. Cit. Págs. 24 y 58.
20  Van Heijenoort. Op. Cit. Págs 110-113; Anita Burdman Feferman. Op. Cit. Págs. 140-146.
21  Van Heijenoort no especificó si la infatuación de Trotsky con Cristina Kahlo evolucionó en una relación de amantes como sucedió con su hermana Frida. Anita Burdman Feferman. Op. Cit. Pág. 149.
22  Entrevista con Van Heijenoort de Anita Burdman Feferman. Op. Cit. Pág. 160.
23  La descripción es de van Heijenoort. Op. Cit. Págs. 169-170.


Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com



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