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Elementos No. 85, Vol. 18, Enero - Marzo, 2012, Página 49

Díaz Ordaz
Disparos en la oscuridad

Julio Glockner         Descargar versión PDF

 

 

DÍAZ ORDAZ. DISPAROS EN LA OSCURIDAD
Fabrizio Mejía Madrid
Santillana Ediciones Generales 
México, 2011

Presiento que la novela que ha escrito Fabrizio Mejía se leerá durante muchos años porque ya tiene un lugar bien ganado en la constelación literaria que se ha ocupado del poder ejercido por tiranos y dictadores en América Latina, al lado de Yo el supremo, de Roa Bastos; El Otoño del patriarca, de García Márquez, El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias; La fiesta del chivo, de Vargas Llosa; Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas o El seductor de la patria, de Enrique Serna.
    Disparos en la oscuridad es una novela histórica que nos relata, en forma bien documentada, la vida de un hombre mediocre y acomplejado que supo insertarse en un sistema político corrompido y autoritario, donde fue ganando gradualmente la confianza de hombres poderosos para ir abriendo su propio camino hacia puestos cada vez más importantes, que culminaron con la Presidencia de la República.
    En este largo y siniestro trayecto, en el que siempre fue más importante la obediencia y el sometimiento al hombre fuerte que el talento, Gustavito Díaz Ordaz tuvo que soportar penosas humillaciones, como aquella que Maximino Ávila Camacho le hizo al nombrarlo Presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje, reconociendo en él a un incondicional desde el momento en que había declarado culpables de abandono de empleo a 30 mil obreros inconformes, algunos de los cuales habían marchado a la ciudad de México a protestar por un fraude electoral que declaraba vencedor a Ávila Camacho, y que los perdedores, Gilberto Bosques y Lombardo Toledano, denunciaban ante Lázaro Cárdenas sin ningún resultado.


—Muchas gracias, licenciado Gustavito —le balbuceó Ávila Camacho— y sacando un fuete lo nombró presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje de su nuevo gobierno.
—No, cómo cree —empezó a decir Gustavito—. Yo no tengo la experiencia suficiente, Ni siquiera he terminado la carrera de Derecho.

     Los ojos de Maximino relumbraron de cólera. Lo último de esa noche para Gustavo Díaz Ordaz fue aguantar el cuerpo de Maximino montándolo como a un poni, clavándole las espuelas en las costillas, sintiendo su sexo en la espalda, oliendo su sudor etílico. Era lo que realmente excitaba al Jefe: montar a sus subalternos. Cada vez que Día Ordaz se tiraba de panza al suelo o quería rodarse, recibía un fuetazo contundente, en la grupa. Era ya un caballo de esa otra revolución.


    Años después Ávila Camacho moriría envenenado en un banquete en Atlixco, aunque en la novela de Fabrizio muere en el rancho La Soledad, que tenía en Veracruz. Fabrizio Mejía describe este final en una escena grotesca que evoca los murales de José Clemente Orozco:

De pronto, Maximino se desplomó sobre la mesa. Las botellas saltaron al piso. Sólo algunos gritaron. Los demás estaban demasiado ebrios. Al cuerpo lánguido de Maximino se lo acostó su guardaespaldas, El Chorreado, en el regazo. Tiró espuma por la boca, estertoreó un poco y tendió los dedos de ambas manos hacia delante, al vacío. Gustavo lo miró de reojo. Ahí estaba el hombre que se creyó invencible, que hizo a todo un Estado venerarlo o temerlo, que acumuló cientos de miles de cabezas de vacas, ranchos, mujeres, hijos, muertos, que siempre creyó que sucedería a su hermano Manuel en la Presidencia de la República, que gustaba de patear a sus subalternos y maquillarse. Gustavo lo miró unos segundos: este es el hijo de puta que te cabalgó, te ensartó las espuelas y tuviste hasta que darle las gracias. Ni dos minutos tardó en estar muerto.

    Estas son las enternecedoras escenas de la gran familia revolucionaria que gobernó a lo largo del siglo XX y que hoy quiere volver a recuperar la Presidencia de la República con un elenco renovado por Televisa. El trabajo de conciliación entre obreros y patrones que Díaz Ordaz debía desempeñar en la oficina de la Junta, en realidad consistía en declarar “inexistentes” las huelgas y las votaciones favorables a líderes que no eran convenientes al gobierno, poco después los disidentes serían acusados del delito de “disolución social”, y con ello se cerraba el círculo dictatorial: 


Sólo lo que yo digo que es legal existe y lo reconozco como tal; lo que yo digo que es ilegal es inexistente, delincuencial y en consecuencia lo persigo y lo reprimo hasta desaparecerlo.

    Este es el razonamiento político que imperaba en la voluntad de gobernar de Gustavo Díaz Ordaz y el régimen presidencialista que lo engendró. Los resultados los padeció el país entero y en particular los movimientos sociales de los médicos, los maestros, los ferrocarrileros y los estudiantes universitarios en 1968.
    Durante su época de estudiante, la novela da cuenta de la amistad que Gustavo Díaz Ordaz mantuvo con Julio Glockner Lozada. Más tarde la vida los distanció física y políticamente:


En 1961 −dice Fabrizio Mejía− ya estaban en los polos opuestos del país: Díaz Ordaz era secretario de gobernación de López Mateos y Glockner había sido aclamado por una mayoría de estudiantes liberales que tenían tomado el edificio Carolino de la Universidad de Puebla. El arzobispo Octaviano Márquez y Toriz volanteaba sus pastorales incendiarias contra él en estos términos:
     “Tenemos argumentos para afirmar que muchas de las cosas que están sucediendo en nuestra ciudad de Puebla, como la toma de la Universidad, están profundamente ligadas a conjuras internacionales, a todo un plan mundial de destrucción de nuestra civilización cristiana, a un titánico esfuerzo de los poderes del mal para adueñarse de nuestra patria. La monstruosidad del comunismo es arrancar a los padres de familia los sagrados derechos que tienen sobre sus hijos y sobre la educación de los mismos. Esa abominación son los libros de texto gratuitos. Os decimos, con toda la fuerza de nuestro espíritu: mirad la táctica diabólica del enemigo. Desde la Rusia soviética nos mandan sus emisarios”.


    La histeria anticomunista de este arzobispo, mejor conocido como Centaviano Márquez y Toriz, por su afición al dinero, logró que en la Puebla de entonces se realizara la mayor manifestación que ha conocido la historia de la ciudad, calculada en 100 mil personas convocadas al grito de ¡cristianismo sí, comunismo no! en volantes entregados de puerta en puerta o lanzados desde la avioneta de un conocido comerciante, Avelardo Sánchez, que financiaba al Frente Universitario Anticomunista y que veía afectado su negocio de venta de libros escolares con la aparición del texto gratuito.
    Lo cierto es que el movimiento de estudiantes y profesores que logró expulsar al sector más conservador de esta universidad organizado en un Consejo de Honor integrado por Caballeros de Colón (a los que pertenecía Díaz Ordaz), Hijas de la Vela Perpetua y lindezas por el estilo, fue un movimiento que exigía el respeto al artículo 3º constitucional que garantizaba una educación laica y que la educación superior beneficiara a cualquier estudiante competente, sin importar su clase social, y no exclusivamente a los señoritos hijos de empresarios y comerciantes.
    El rector Glockner le respondió al arzobispo el 15 de mayo con un discurso que celebraba el triunfo del movimiento y que, entre otras cosas, decía lo siguiente:


“Es indudable que el mundo vive en la más oprobiosa desigualdad económica y que es urgente una mejor repartición de la riqueza” Estas palabras –decía el rector– pertenecen a Juan XXIII y desafiamos a quienes nos tachan de comunistas a que también digan que el Santo Pontífice es comunista. Nuestro movimiento nada tiene que ver con el comunismo, hemos recibido la felicitación y adhesión de agrupaciones religiosas y diariamente nos visita un sacerdote que, como él dice, se siente un liberal frente a los mochos.

    Poco antes el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios había publicado un desplegado dirigido a López Mateos en el que quedaba claro que para ellos el comunismo consistía en que existiera el derecho de huelga y la intervención del Estado en la economía. Si estas dos situaciones no terminaban, amenazaban con sacar su dinero del país. En esa lógica demencial el encargado de poner orden fue, como Secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz. De ahí se desató la represión al movimiento ferrocarrilero, la detención de Vallejo, la represión al magisterio, el asesinato de Rubén Jaramillo y su familia y otras acciones altamente patrióticas. Su buen desempeño como represor inflexible le valió que más tarde la CIA lo considerara, a él y a Luis Echeverría, como informante de primera importancia de la agencia estadounidense. Su clave de identificación con la CIA, hoy lo sabemos, era Litempo-1, siendo Litempo el grupo de autoridades mexicanas dispuestas a informar sobre las actividades de los ciudadanos simpatizantes de la Unión Soviética y la revolución cubana.
    La relación con el jefe de la 
CIA en México, Winston Scott, era tan estrecha, que el 20 de diciembre de 1962 López Mateos y Díaz Ordaz fueron los principales testigos de su boda. Los beneficios que ambos obtenían de esta relación no se limitaban a estar en la nómina de la cia, en ocasiones recibieron autos para sus respectivas amantes sin que los ciudadanos mexicanos lo sospecharan siquiera. Como bien dice Fabrizio: “El decoro en política es que la indecencia permanezca en secreto”. La mancuerna con López Mateos le permitió en realidad a Díaz Ordaz gobernar durante diez años. Uno tenía fama de ser tolerante, abierto, generoso y hasta guapo y seductor, era el hombre bueno en el poder; al otro le tocaba ser, simultáneamente, el malo y el feo. Estas dos cualidades se conjuntan, él lo sabía, en el miedo. Así se lo dijo a un fotógrafo que le pidió un ángulo de tres cuartos para una foto oficial:


No tengo ángulo –le dijo– soy feo. Soy lo suficientemente feo como para que me tengan miedo. A un Secretario de Gobernación hay que tenerle, sobre todo, miedo.

    Pero por malo y feo que fuera los estudiantes del 68 no le tuvieron miedo y lo combatieron con risas, caricaturas y sarcasmos en las aulas y en las calles. El resultado trágico de ese gran movimiento que le dio un giro a la historia del país, todos lo conocemos, y lo llevamos en la memoria, al recordar la plaza de Tlatelolco y el 2 de octubre. Alguien que tampoco le tuvo miedo, o se lo supo aguantar, fue su esposa Lupita, que en la novela aparece besándose con él:


Fue un beso extraño –dice la voz que relata–, dada la anatomía convexa de Gustavo, de su trompa llena de dientes salidos que interrumpieron el trabajo que debe ser sólo de los labios y las lenguas. Chocaban más que besarse...

    Termino diciendo que la novela está estructurada de tal forma que tenemos, al comenzar cada capítulo, una especie de primer plano que transcurre entre julio y septiembre de 1977, en el que se describe con detalle y en un tono sarcástico, la decadencia física y mental del personaje hasta su muerte. Estos párrafos, quiero decirlo, son una delicia para el lector que ha juzgado la calidad moral de Díaz Ordaz y encuentra en ellos una suerte de venganza silenciosa, de callado regocijo al ver sufrir a un viejo decrépito y paranoico que imagina (y muchas veces no sólo imagina, sino tiene enfrente) enemigos por todos lados y gente que lo desprecia. Fabrizio nos regala un desquite psicológico y eso se le agradece. Luego, el relato transcurre en el pasado, en el que vamos presenciando tanto la vida familiar como social y política del protagonista, mediante un recuento de lo ocurrido históricamente, pero realizando también una aguda inspección psicológica de lo que sucede en su personalidad. Tenemos entonces un retrato completo de Gustavo Díaz Ordaz, por dentro y por fuera.


Julio Glockner
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades
“Alfonso Vélez Pliego”, BUAP



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