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Elementos No. 85, Vol. 19, Enero-Marzo, 2012, Página 25

La tierra prometida

Beatriz Gutiérrez Müller                Descargar versión PDF


Para Artemisa Magaña de la Huerta, con cariño

No es tarde, tampoco temprano. Igual da. El reloj, aquí, pareciera no existir. Son las luces las que avisan si comienza a amanecer o, ya puesto el sol, si es hora de disponerse al sueño o... partir.
    Por estos días, lo que entusiasma a los yaquis es el inicio de la cuaresma. Son cuarenta días que anteceden a la Semana Santa, periodo en el cual los párvulos viven emociones divertidas e intensas: son vestidos como chapayekas (a semejanza de los fariseos en tiempos de Jesús) y brincotean en las calles de sus pueblos pidiendo “apeso”. 

—Hijo, ¿qué es apeso? —le pregunto a un chiquito de unos ocho años (aún no vestido de fariseo), afuera de la casa de María Matuz.

    El niño se me queda mirando. No habla “castilla”. Repite: “Apeso”. Pablo le dice “no tengo” pero el chamaco mira las galletas que llevamos y que esperan convertirse en regalo para María Matuz.

—No, esas no. Son para doña María.

    El niño no comprende y se marcha resignado.

    Ellos no se llaman yaquis. Ese nombre se lo dieron los españoles. En concreto: los jesuitas, establecidos allí desde el XVII. El nombre que ellos se otorgan es yoreme (a veces me suena a yoeme): “el que nace” o “el recién nacido”. Y yaqui, que proviene de la voz ia’qui’mi es, en realidad, “el sonido del agua de aquí”.
    “¿Dónde es aquí?”, pregunto. Aquí es su agua. Porque todo en estos pueblos gira en torno a los cuatro elementos: agua, aire, fuego y tierra.
    El número cuatro, me parece, es sagrado. No he podido preguntárselo a Juan Silverio porque mientras conversamos, hay interrupciones, voces ajenas, ruidos, distracciones: unas van desde las más simples como es buscar la casa de unas viejas matronas −si es ésta o aquella, si hay que dar vuelta a la izquierda o mejor de frente.
    Otras, intuyo, son desviaciones que Juan Silverio propicia con deliberación, ora para evadir un tema, ora por pensar cómo debe responder. A veces lo logra. Otras insisto hasta que obtengo una respuesta.
    Entre las muchas idas y venidas que damos a lo largo del único camino pavimentado de la zona, alcanzo a ver pintada sobre la pared de un deportivo, la bandera de la nación yaqui. Tiene franjas de tres colores: azul, blanco y verde.

—Como la mexicana —insinúo a Silverio.
—No, más bien como la francesa. Porque el verde en realidad es azul.


    En la franja blancuzca aparecen tres símbolos: el primero está en el medio; es la cruz cristiana. Hacia arriba, una luna en cuarto creciente (¿o decreciente?) y hacia abajo, un sol con ocho rayos. Sobre la guarnición de pintura azul, dos estrellas amarillas de cinco puntas. Sobre la verde, lo mismo. Otra vez el cuatro.

•   •   •


    Por la mañana, el maestro Silverio narra las tres hermosas historias acerca de la fundación de su pueblo. La más añeja es que en su nación nacieron creados por el Io (Dios o la entidad divina), quien les dio el agua y la tierra para sobrevivir. “Nada de que venimos del mono y esas cosas”, dice.
    La segunda historia es, por el contrario, la del nómada que busca un lugar de asiento: los antiguos yaquis “caminaron y caminaron durante siglos” hasta que, por instrucciones del más anciano, detuvieron la búsqueda. En ese punto geográfico, el sabio extendió un pergamino, sacado de entre sus pertenencias.
    Silverio dice que así le llamaban pero que, en realidad, el folio era un petate de carrizo. Cuando lo hubo extendido sobre la tierra −prosigue− el agua brotó de allí, en ese instante, para regalar a los nuevos inquilinos la posibilidad de vivir como humanos.
    El viejo ordenó, a continuación, que cuatro grupos de jóvenes guerreros se dirigieran hacia los cuatro puntos cardinales para definir el territorio. Pregunto a nuestro guía si cada uno de ellos se distingue por algún elemento, no sé, el fuego; o por colores...

—¡Sí, claro! Porque el viejo dice a unos: “ustedes se irán hacia donde viene el frío y ustedes hacia donde va el calor,” y así...

    Aquella bandera pintada sobre una pared, ahora tiene entonces un mayor significado para mí. Las cuatro estrellas son los cuatro elementos que, como nos dijeron los antiguos presocráticos, los chinos, los hindúes, hacen posible la vida en la Tierra.
    El tercer mito, “surgido miles de años después”, es de manufactura jesuita, aclara Silverio. Aunque pronto me doy cuenta que, en realidad, aquellos misioneros no lograron modificar por entero la cosmogonía yaqui. Su religión es católica pero a su manera.
    Tampoco los franciscanos que recuperaron el territorio tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Los yaquis rezan en latín, bailan la danza del venado, tienen a sus propios sacerdotes que no están obligados al celibato ni a plegarse a ningún obispado, etcétera.
    Esta última leyenda, la que hoy cuentan a sus hijos, se llama Canto de las Fronteras: Dios envió a cuatro profetas, acompañados por cuatro ángeles para consagrar el territorio de los yaquis. Se estableció una frontera imaginaria, devota y divina.

—Eso que me cuenta me hace recordar la promesa de Yahvé a Abraham, a Moisés... —sugiero. Mientras, sigo pensando que los jesuitas nunca fueron tontos.
—Ándele —interrumpe, y se le abrillantan los ojos. Y marcharon por todo el territorio, por el arroyo Cocorake...
Fueron danzando, cantando, tuvieron ahí unas fricciones con grupos de vándalos de otras tribus, pero se impuso el peregrinar.
—Es como el evangelio de Mateo, en el cual Jesús siempre predica caminando, nunca se detiene. Hasta la llegada a Jerusalén. 
—Y ratifico la astucia jesuítica.
—Así es, sí, exactamente. Ese es el Canto de las Fronteras. Son las letanías que van haciendo.
—¿Son cantos o recitaciones?
—Sí, cantos —responde emocionado.
—¿Se sabe alguno?
—No, la verdad no.
—¿Quiénes los saben?
—Más bien los sacerdotes, sí... Mi abuelo fue sacerdote...
—¿Y le gustaría saber esos cantos?
—La verdad, sí.


    Seguimos en Vícam. Mientras Silverio responde a mis preguntas, Pablo calla. De por sí es callado, de pocas palabras. Me entero pocos días antes de nuestra visita a la zona yaqui que su abuela pertenecía a una de estas tribus.

—¿Cómo? ¿Qué no se supone que no se mezclaban?
—Pues ya ves —me dice, como confiándome un secreto. Hace un silencio. —Fue muy fuerte, imagínese —agrega, intercalando el “tú” y el “usted”, algo que me extraña. Se lleva las manos a las rodillas, como para estirarse, tomar aire y decir al fin:
—Fue muy fuerte. Incluso, tras el casamiento a mi abuelo lo desheredaron.


    Después confirmaré que los yaquis hacen los mismos movimientos cuando hablan de cosas profundas. Me quedo pensando en la rigidez del yori. Porque así nos llaman a los no yaquis, seamos morenos, más blancos o muy blancos. Pero resulta que los rejegos son los yoremes. De hecho, otra matrona, de nombre Petra Wikit, horas más adelante en este viaje, me hará voltear las manos para auscultar bien mi color de piel.

—Eres una paloma.

    Me quedo pensando si mi cuerpo o mi complexión ha sido animalizada, pero no. Soy paloma por ser blanca, “muy blanca”, me aclarará después Silverio, cuando estemos en marcha hacia otro pueblo. En casa de Martha Paredes, jefa coyota, a través de mi traductor hará el mismo comentario:

—Dice que eres muy blanca —traduce Silverio.

    Y yo misma, de forma juguetona, incluso volteo el antebrazo para que lo constaten. Se ríen las dos, el traductor y otro maestro, quien ha sido el “contacto” para la cita con estas dos mujeres, madre e hija. Y ahí me revelan que todavía no hace mucho, las madres enseñaban a sus hijos a desconfiar del yori, amenazándoles: “Cállate porque ahí viene un yori”. Yori como demonio, sinónimo de maldad. Como cuando le digo a mi hijito de casi cuatro años: “si me sigues pegando, le digo a la señora chimuela que te lleve a su casa”.
    Los yaquis siguen enseñando a sus hijos a desconfiar del blanco. Entrar a su territorio divino requiere afanes y gestiones. Si alguien deseara dar un paseo, tocar puertas para hablar con ellos, curiosear, turistear, ¡qué se yo!, sin duda recibiría un palmo de narices.
    Son procelosos y desconfiados. Su mirada no es esquiva ni sumisa. Miran de frente, auscultan con las pupilas y desgranan las intenciones de su visitante como quien, con poco dinero en el bolsillo, se toma mucho tiempo para decidir si ha de comprar tal o cual camisa: si le combina, si tiene algún desperfecto, cómo van los botones, la empuñadura, la solapa. Me quedo corta con la comparación. Su mirada es lo que más me ha impresionado.
    Había leído en crónicas antiguas, escritas por sus conquistadores o los científicos del Porfiriato, la admiración que les prodigaban por su fortaleza física, el vigor con el que pueden cargar o caminar. Pero a mí, en realidad, es el contorno de sus ojos y la forma como miran. De lo primero, me llama la atención los párpados caídos, aun si son personas jóvenes. Ese pedacito de piel entre las pestañas y las cejas parece un gusanito bombacho, arrebujado en la comisura exterior de aquellos fanales. De lo segundo, el color del iris, oscuro como la pupila, casi sin distingos. La vieja María Matuz me parece que ya encegueció pero, de igual forma, ausculta, siente. La matrona Petra, esa sí, desprende aguijones, lancetas envenenadas, queriendo saber si los ojos de “la paloma” que tiene enfrente caen vencidos. Yo me divierto un poco con el juego retador y le lanzo una sonrisa. Estamos en el patio techado de carrizo, afuera de su “consultorio”.
    Después del tiroteo de miradas con que me ha dado la bienvenida, sin parpadear (o eso me lo parece), comienza a recorrer mi cara, el cuello, el cuerpo todo. Se burla de mí, sonriendo extrañada. Sigo resistiendo. Tengo las manos en los bolsillos de mi pantalón y siento que ella me manda decir que debo sacarlos para mostrárselas. Lo hago. Le enseño la palma de cada una y las meneo abriendo los diez dedos. Sonríe de nuevo, ya menos burlona. Yo me siento acosada pero, también, fascinada. Sé que jamás nadie me había mirado de esa forma. Se lo comento después a Pablo −una vez que hemos dejado y despedido a Silverio en su casa− y, alternando entre el tú y el usted, me dice que eso estuvo muy mal; también sintió inhibición. Pero yo vuelvo a reír, entretenida.
    No sé qué hora es. Tampoco he llevado reloj. Es un olvido mío. Tampoco me importa mucho si aquí, en la nación yaqui, el tiempo se mide de otra forma. En ese ir y venir por los pueblos me percato de que hemos pasado ya unas cinco veces por la “Estación Ortiz”, una construcción derruida de los tiempos de don Porfirio. Cada vez que la dejamos atrás, Silverio recuerda que allí tuvieron presa a su abuela en alguna de las guerras del pasado.
    Cuando se construyó la línea ferroviaria que va de Guaymas en Sonora, en 1881, algunos caseríos se formaron alrededor de ellas. Y aquel camino de hierro, hoy en desuso, es el que marcó el trazo de la carretera federal No. 15 que va de Guaymas a Hermosillo hacia el norte, o de Guaymas a Navojoa, por el sur. Algunos de los pueblos yaquis pertenecen a Guaymas y otros, a Ciudad Obregón.

—Paradójico que la cabecera municipal tenga el nombre del presidente Obregón, ¿verdad, Silverio? —Y Pablo se incomoda. Días antes insistió en que ese nombre “ni se mencion   a”. Pero yo quiero ver la cara de mi guía. No me mira como su madre, doña Petra, sólo se ríe y dice con cierta parsimonia:
—Sí..., así es. Por eso, nosotros llamamos al municipio “Cajeme”.
—Hacen bien —digo yo, mientras Pablo muestra una cara de alivio.


    El recorrido continúa. Pasamos por Tórim, Huírivis,
Lomas de Guamúchil... Siempre al fondo se ve la cordillera sagrada de los yaquis: la sierra del Bakatete. Allí sucedió una perversión inolvidable hace más de cien años: asesinato, persecución, sitio, crimen, inmolación, rapto, violación de mujeres.
    Las guerras del Yaqui, como se le conocen. Pero la distancia en el tiempo es la cercanía en la memoria de estos pobladores de piel tostada. Le pregunto a Silverio por sus afamados guerreros. Y, para sorpresa mía, me dice que su gente prefiere a Tetabiate.
    No es que Cajeme (”el que no bebe agua”) tenga demérito si él inició la defensa del territorio en el voraz Porfiriato. Pasa que Cajeme fue, al final, un torocoyori, un traidor: sirvió al yori en su ejército. En efecto, nos dicen los historiadores, José María Leyva se inscribió en las fuerzas federales en 1853 y por sus méritos, fue nombrado “alcalde mayor” del pueblo yaqui por el entonces gobernador Ignacio Pesqueira.
    A Pesqueira le salió el chirrión por el palito, pues Cajeme unió a los yaquis para emprender la guerra contra el gobierno en 1875 y lo mataron en 1887.

—Nosotros pensamos que Tetabiate es más un guerrero como nosotros.
—¿Porque no se unió a los federales nunca?
—Exactamente. Y además, que no tiene ningún mérito de qué creerse. Era su misión y la cumplió. Así como cada yaqui tiene la suya.


    Tetabiate (llamado en castilla Juan Maldonado) era discípulo de Cajeme. Encabezó la siguiente guerra hasta que se consumó la “Paz de Ortiz” (15 de mayo de 1897).
El armisticio duró poco. Le comento a Silverio que Francisco del Paso y Troncoso escribió que ese día los yaquis entregaron sus armas.

—No, eso no es cierto, se las quedaron.
—O sea que por ahí quedaron.
—Sí, pues, claro..., no se sabe.
—¿Y es verdad que lo mató su segundo, José Loreto y Villa?
—Lo mataron los federales pero Loreto le pegó el tiro de gracia.
—Era un torocoyori...
—Sí. Aunque él era yaqui genuino, no estaba mezclado con los blancos.

    Hablamos de los torocoyoris y las traiciones. Los yaquis usan a menudo estas palabras.
    De hecho, cuando he entrado con doña Petra a su “consultorio”, le explico que he venido a visitarla, etcétera, y le pido permiso para grabar. No hay que fiarse siempre de la memoria, le explico, aunque veo que los yaquis la tienen similar a los elefantes. Es impresionante constatar cómo saben la historia de sus pueblos, aun con las versiones y correcciones que sean posibles. Y doña Petra, tan altanera como al principio, me mira de reojo y sus ojos punzantes son ya un proyectil que ha lanzado flechas envenenadas.

—Me has traicionado —espeta, y se queda silenciosa, sin dejar de mirarme.

    “¿Qué se hace en estos casos?” me pregunto. En segundos cruzan varias posibilidades por mi cabeza: una, levantarme y marchar, incluso, requerir de Silverio una explicación si el encuentro se había arreglado de antemano y otros entrevistados accedieron a dejarse grabar. Otra, esperar su siguiente reacción; una más: reír. Opto por esta última. Admito que es una solución nerviosa.
    Le sonrío y ella, entre molesta e intrigada, respira profundo, cierra los ojos y se concentra. Me parece que está estableciendo contacto con algún espíritu con los que suele hablar. Exhala, inspira de nuevo, abre la boca y salen los efluvios espirituales. Entretanto, observo las imágenes de su “consultorio”: los santos Cipriano, Ramón Nonato, Bárbara, Charbel...
    Levanta las manos que posaban en sus rodillas, en señal de resignación. Pienso que aquél le ha dicho que puedo ser confiable, no lo sé; porque ella no me dice nada sobre aquella consulta. Y yo me quedo en el borde de la camita de sábanas blancas, sentada, a la expectativa.

—Eres un ser de luz —dice al fin.

    Y, si mi percepción quiere ver lo que es y no lo que no es, con su tono y actitud me da a entender que no puede expulsarme de aquella choza. “Eres luminosa, muy blanca. Una paloma”.
    Yo le pregunto si ella es un animal. Se sorprende. Responde con un “no” rotundo. Le digo que, cuando pienso que soy un animal, me veo como un conejo. Se ríe compasiva y se acomoda el paliacate azul marino que usa para tapar sus cabellos. Me da una sobada en hombros y brazos.
    Luego me pide que cruce mis antebrazos, uno sobre otro, con las palmas de las manos hacia arriba. Ella se apergolla con sus propias palmas, como si saludara, conservando también sus antebrazos en la misma posición que yo. Pienso que hemos armado una cruz. Me aprieta fuertísimo.
    Siento su brava energía. Al salir, le cuento a su hijo Silverio y él me narra que esa fue la señal que recibió de Jesús-Cristo cuando fue consagrada como chamana. Porque el hijo de Dios, en persona, acudió a la comida que ella organizaba para tan importante acontecimiento en su vida y de este modo la bendijo.

•   •   •


    El rechazo al blanco sigue firme. Algunos entrevistados se quejan de que las nuevas generaciones hayan perdido el sentido de defensa de su territorio. Pero el fetiche de que el yori es nocivo, queda.
    Mientras aguardamos ser recibidos por María Matuz, en una espera que no desespera, decido conseguir agua. Justo donde nos hemos estacionado hay una “tienda”. Entro por el patio de tierra y a unos dos metros, la puerta de una casa.
    No hay nadie, sólo dos o tres niños, jugando. Saludo con un “buenas tardes”, me ven yori y huyen despavoridos. Entiendo el mensaje y retrocedo. Se oye cómo cierran la puerta de aquella casita. Vuelvo a la calle y localizo otra tienda pero esta es un local.
    Me despacha una señora que me mira de mal modo. Compro mi botella de agua y regreso a la espera. Estamos en la localidad de Casas Blancas. María Matuz es, contraria a doña Petra, algo así como una sacerdotisa, una monja. Es luz, ternura, una voz suave. Apenas entreabre los ojos pues, ya con la edad, aquel gusanito arrebujado que me parece ver en los ojos de los yaquis, ya es un envoltorio.
    Es una mujer a la que visitan de todas partes para tener alivio en la enfermedad. Su casa es sencilla y ella, cariñosa. Dice Silverio, una vez que hemos dejado Casas Blancas, que esta mujer es capaz de emitir energías muy aliviadoras pero cargadas de una gran humildad. Son “sutilezas”, resume. Y quiere hacer notar que ella es una de las facetas de la mujer yaqui, “las yacas, como las llamaban los yoris”. Doña María, de 96 años, percibe el aura de sus visitantes, a veces es clarividente y siempre, curandera.
    Pablo está muy emocionado pues la conoció hace más de cuarenta años. Así me lo contó días atrás, cuando estuvo en mi departamento en México. Resulta que Darío, su hermano menor, fue llevado allí por la abuela Francisca, a fin de curarlo “de espanto” luego de un accidente. Doña María, rozando los cincuenta años tal vez, apenas lo vio, le auguró al niño que de grande sería obispo.

—¡Y mira nada más! Cumplió la señora María porque Darío es sacerdote. No fue obispo, pero...
—Pero Darío no ha muerto, así que puede ser obispo más adelante...
—¡Nombre! —exclama Pablo, contento, esquivo como es.


    Así que Juan Silverio ha contado a María esta historia. Ella, es obvio, no recuerda nada pero ello da pie para que hable, en su lengua, sobre sus inicios como sanadora.
    Es un don de Dios, repite con insistencia. Con el tiempo aprendió a sobar al dolorido, cómo leer las manos, conocer las propiedades de las hierbas, descifrar los enigmas de la orina de sus pacientes como lo hace hoy un laboratorista.
    La virgen María la visita a menudo y se la lleva en los sueños, siempre haciéndose acompañar por el canto de unos pájaros que vuelan alrededor suyo. Incluso, nos dice, a través de estos viajes oníricos ha comenzado a percibir que tal vez muera pronto y por eso está preparando el relevo con su nieta, ahí presente.

—Los que obramos de buena fe nos vamos directo al cielo —dice María en voz de nuestra lengua. —Los malos se quedan aquí en la Tierra porque aquí es el infierno. Los buenos son pocos; hay mucho más malos.

    Si entiendo bien, no penan los difuntos sino los que estamos vivos. O, al menos, eso es lo que dice Juan Silverio al traducir.
    El maestro ha hecho gala todo el día de su educación bilingüe pero, además, de una capacidad impresionante para transmitir el mensaje de sus iguales. No traduce enunciados sino ideas.
    Y tengo la impresión de que, mientras lo hace, va clasificando aquella información que debe quedarse entre ellos y la que sí puede trascender al mundo de los yoris. Pablo, cuando de ello hablamos, dice que son sus secretos. “Los yaquis tienen muchos secretos,” sentencia. Discrepo al decirle que no los considero tales sino tan solo porciones de verdad. No sé si me entiende y, al final, no sé tampoco por qué he afirmado eso. Estamos por irnos de Casas Blancas para pasar, de nuevo, por la estación Ortiz. Agradecida por el recibimiento, me acerco a María Matuz y le pido que me bendiga. Sonríe.
    Me pongo de pie. Pablo me sorprende porque, piadoso, se coloca en mi flanco izquierdo. Y la nieta de María invita, a su vez a nuestra lengua, quien se quita ceremonioso el sombrero.
    Cierro los ojos y solo escucho su apacible voz, rezando en un idioma que a tantos me parece castellano, luego yaqui, después latín. “Jesús, María, Jesús”, “Santa María Madre”, “pecadora”, “Santa María”. “Tres palabras”, “doce palabras”, “Virgen María”, “divino Jesús”, “cúrame señor Sucristo”, “ayúdame señor Dios”... Seguimos de camino hacia Tórim, donde se pueden encontrar los restos de una antigua misión jesuita.
    Silverio contesta una llamada por el teléfono celular. Le pregunto si tienen un árbol sagrado y me dice que el mezquite. Para cada ceremonia cortan uno y hacen cuantas cruces salgan de él, mismas que plantan en el lugar de la celebración. La más importante, la Semana Santa.

—¿Más que Navidad?
—Sí, porque Navidad es cuando nació el niño Dios, pero nosotros celebramos la designación de los nuevos gobernantes.


    Son ocho, uno por cada pueblo: Vícam, Pótam, Tórim, Rahúm, Huírivis, Lomas de Guamúchil, Bácum y Belén. El 25 de diciembre se lee el Protocolo tradicional en donde se hace juramentar al nuevo dirigente que cuidará de la tierra prometida que, en este mortal mundo, recibieron por decreto del presidente Lázaro Cárdenas, el 27 de octubre de 1937.

—¿Los gobernantes de ustedes deben cumplir algún requerimiento? —pregunto.
—Sí. Por ejemplo, deben conocer la historia de nosotros, hablar bien, conocer el lenguaje que se usa para los asuntos de gobierno.


    Silverio nunca ha sido gobernante, él es maestro y dirige el Museo del Yaqui, en Cócorit. Pero habla con mucha claridad, su cultura es amplia y el conocimiento de la historia local y nacional no le pide nada a nadie.
    Es amable, orgulloso padre de un hijo quien pronto será médico y que recién llegó de Cuba adonde fue a estudiar. En la isla conoció a una cubana, ahora su esposa y madre de su hija, Andrea.

—¿No que los yaquis no se juntan con otros? —pregunto a Silverio, en tono de broma.
—Pues ya ve que sí, jajajaja...

   
    Todos reímos. Es verdad que los yaquis sí se han mezclado y cada vez más. Claro, hace siglos era muy difícil. Pero no por lo que pensé en un principio, cuando hube entrado en el maravilloso mundo indígena de estos sonorenses.
    Es al revés: no se mezclan porque los renuentes son los yoreme o yoeme, como ellos se llaman. Mientras hacemos antesala en la casa de Petra Wikit, su madre curandera, Juan Silverio Jaime nos relata la mítica historia de Torcuato de la Huerta.
    La Independencia se hallaba recién consumada y este mozo, español y huérfano, trabajaba en Huírivis para la misión que habían retomado los franciscanos. En la ribera del Yaqui conoció a Josefina (o Josefa) Armenta Castro. Se enamoraron pero casarse no era negocio que pudiera prosperar entre ambos. Ella avisó a sus padres quienes lo impidieron.
    Rogando, logró que la decisión fuera sometida al juicio de todo el pueblo. Reunidos sus miembros dijeron que no procedía, pero un viejo sabio propuso que se consultara a los siete pueblos restantes. Así fue.
    En pleno concejo, con los muchachos sentados al frente y teniendo como intermediario a un sacerdote, se resolvió que no. Pero otro anciano formuló, en salomónica decisión, que Torcuato fuese sometido a una prueba: sin ayuda de nadie, debía conseguir un marrano, unas flores o hierbas, un venado y unos peces, y entregarlos al domingo siguiente.
    Obvio: cada prenda estaba lejos y había que trabajar mucho para conseguirlas. Llegó el día, pasaron las horas, y Torcuato, sin aparecer. Se burlaban del sacerdote que, cual celestino, quería facilitar el matrimonio.
    Al atardecer, de forma milagrosa, el joven apareció desfalleciendo con todo lo que le habían pedido. Los peces estaban podridos. Él cayó en el piso como una plomada. Los gobernantes y todos se admiraron por el valor de Torcuato, mientras el sacerdote le auxiliaba y daba gracias a Dios por haberlo regresado con vida. Tuvieron que aceptar el casamiento pero, de nuevo, un anciano viejo requirió una última prueba: se habrían de casar hasta que el español (se dice que era granadino) terminara de construir la casa en que vivirían. Y así fue.

—Torcuato es el abuelo de Adolfo de la Huerta Marcor. ¿Cómo les fue con él?
—Bien, muy bien.
—¿Como gobernador (1916-1917) o como Presidente de México (1920)?
—De las dos maneras —dice contento.


    La bella anécdota me hace recordar los Doce trabajos de Hércules de la mitología grecolatina. Pienso también en la buena prenda de amor que demostró Torcuato. Pablo dice que había oído la misma historia contada por don Lolo, otro yaqui a quien conoció décadas atrás, y a quien sí le tocaron los tiempos de las guerras a principios de siglo. “Pero la historia era diferente”, dice. “Ah, pero así es la tradición oral”, comento. Nos reímos emocionados por lo que acabamos de escuchar.

—¿Y cómo les fue con Francisco I. Madero (1911-1913)?
—No bien.
—¡Ay, Silverio! Yo creo que estaba muy preocupado por otros asuntos, como el de que lo querían asesinar —replico y el maestro... asiente.

   
    Le sintetizo mis lecturas de los Cuadernos espíritas (1900-1908) y comparto con él mi punto de vista sobre don Pancho: que me sorprendí al descubrir que su lanzamiento como candidato contra Porfirio Díaz, el Plan de San Luis y el inicio de la Revolución fueron inspirados y, aun más, implícitamente aconsejados por los espíritus de sus hermanos Raúl y José, fallecidos.
    Silverio está más callado que nunca. No interrumpe. Pablo sigue conduciendo el automóvil rentado. Incluso, le digo, La sucesión presidencial lo redactó Madero bajo la supervisión de su “hermano” Raúl.

—Sí, en ese libro menciona el problema del yaqui.
—Yo pienso, Silverio, que no le dio tiempo de atenderlos. A lo mejor si hubiera durado más años en el poder...
—Puede ser, sí —externa con cierta compasión.
—Y lo mataron. La última comunicación de su hermano Raúl es de 1908 y, desde entonces, él le advierte que es probable que pierda la vida en esa lucha. Y mire, así fue. Yo creo que tenía muchas cosas en la cabeza, ¿verdad?
—Ahora que vaya con mi mamá, pregúntele sobre lo que habla con los muertos.


•   •   •


    Y sí, sí se han mezclado los yaquis. Silverio refiere que en tiempos del Porfiriato, sobre todo, con franceses.

—¿A poco sí?
—Ah sí. Y los hijos no parecen de franceses, pero pasan las generaciones y de repente sale un güerito y decimos “a ver, ¿qué pasó aquí?”, y resulta que el abuelo o el bisabuelo era francés.
—¿Se mezclaron con los chinos?
—Sí, también.
—¿Y qué carita tienen los descendientes? —pregun-to, sin dejar de observar a mi compañero de viaje que dice sonriendo:
—¿Pues cómo va a ser? Así, con los ojos rasgados... Ellos son una raza muy dominante.


    El punto final de nuestro día se coloca en Tórim. Hemos ido allí al panteón porque Pablo insiste en que hace no menos de diez años “yo vi un panteón con tumbas chinas. Pero no vayas a pensar −y voltea a verme− que eran tumbas simples, ¡noooo! ¡Muy grandes, llenas de oro, con signos chinos!”
    Llegados al cementerio, en efecto, apreciamos los sepulcros de los orientales.

—Pero este no es el panteón que yo vi —considera Pablo. —Ha de ser otro.
—No, es este.
—No, aquí están mezcladas tumbas de yaquis y chinos, y en aquel que yo vi nada más eran de chinos.
—Pues no conozco de otro —parece mentir Silverio. Me dice Pablo, ya solos, que ello se debe a su alto sentido de la superstición.


    Camino con respeto por entre medio de las tumbas yaquis que están a ras de piso. Observo que algunas tienen flores (marchitas o de plástico), botellas de refresco, platitos vacíos. Son modestas. Apenas una cruz al centro y el nombre del difunto.
    Silverio me dice que a sus muertos los entierran frente a la iglesia y con la cara mirando hacia el templo. Las tumbas de los chinos, o lo que queda de ellas, son, por el contrario, construcciones de ladrillo de un metro de altura, rectangulares. Algún día estuvieron recubiertas de oro con caracteres chinos pero fueron profanadas “por vándalos”, precisa Silverio. El día ha terminado. Tenemos que partir hacia Hermosillo.
    Me quedo mirando el cielo porque una nube en cirro me deja alelada por su color: es muy rosada en un principio; segundos después, se va tornando fucsia y el cirro, a su vez, va asemejándose a un brochazo de pintura que un artista ha impreso, desenfadado.
    Sobre ese fondo que, al poco tiempo, ya es violeta, la cruz de una tumba se alza majestuosa, sobre el horizonte. Vibro, agradezco al pueblo yaqui la bienvenida. Partimos. Silverio llega a su casa y nos despedimos por penúltima vez.
    Ahora tengo ocasión de conocer al futuro médico, su hijo, de nombre también Silverio. Un primo de Andrea, de la edad de mi hijo, tiene un par de tenis de Cars. Y como mi Jesús Ernesto también, lo recuerdo feliz. Se los chuleo pero él está mucho más entretenido mirando la caricatura de los Backyardigans. Volvemos a despedirnos.
    Recorremos por enésima vez la carretera federal No. 15. Camino a Hermosillo alcanzo a ver, ya con la vista y el cuerpo cansados, un letrero de carretera señalando que Las Guásimas está hacia la izquierda. Pienso en ese cuartel adonde fueron a parar miles y miles de yaquis capturados durante el Porfiriato para exiliarlos en Yucatán, Oaxaca o Veracruz, en calidad de esclavos.
    No dejo de pensar con tristeza en su casi total exterminación (quedaron vivos solo cinco mil indios hacia 1910) ni tampoco de admirar la forma como cientos, miles de ellos, lograron la proeza de huir de aquellos confines y regresar a su tierra caminando durante meses.
    Me acuerdo, ya por último, que las concesiones para la exploración de minas en Sonora abarcan más de 3.5 millones de hectáreas, ¿andarán los mineros hurgando en tierra yaqui, como en el Porfiriato? ¿Lo sabrán estos hombres y mujeres tostados? Ya no pienso más. Cierro los ojos y trato de descansar. Me parece ver en el reloj del automóvil que casi darán las veintiún horas.


Beatriz Gutiérrez Müller
Doctorante en Teoría Literaria en la Universidad Autónoma Metropolitana, Plantel Iztapalapa
cuca599@hotmail.com



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