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Elementos No. 85, Vol. 19, Enero-Marzo, 2012, Página 15

Paper mata libro,
¿seguro?

Carlos Eduardo Maldonado                Descargar versión PDF


La discusión no es si libro digital o libro físico; digital o analógico. En el mundo académico hemos llegado a ver cómo el artículo científico (paper) mata sencillamente al libro. Todas las universidades, en el país y en el mundo, han optado por asignarle una importancia mayor a la escritura y publicación de artículos sobre las de los libros −todo en nombre del prestigio que representa que una universidad esté registrada en alguno de los rankings internacionales. El más famoso de todos, el ranking de Shanghai que cada año en el mes de agosto publica la lista de las quinientas universidades más importantes en el mundo.
    El Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación (Colciencias), una vez más, acríticamente ha optado por entrar en la tendencia mundial de valoración de artículos como más importantes −léase más prestigiosos, de mayor impacto y de la más alta calidad científica−, por encima de los libros. En el futuro inmediato la reclasificación de los grupos de investigación se hará atendiendo principalmente a la publicación de artículos, particularmente isi y scopus, y cada vez más, también atendiendo al factor de impacto de las revistas. Las demás bases de datos (SciELO, Redalyc y otras) quedarán gradualmente relegadas.
    Sirven y servirán como escalones, por así decirlo, para que, de un lado, las revistas puedan acceder a mayores y mejores estándares de calidad mundial; y de otra parte, para que los propios investigadores vayan escribiendo artículos en revistas que permiten ver, gradualmente, un mejoramiento en la calidad intelectual de los propios científicos.
    Como quiera que sea, paulatinamente todo pareciera indicar que el peso –por ejemplo, los reconocimientos e incentivos en dinero, en puntos, en escalafón, y demás en el contexto de la academia– de los libros disminuye, o tiende a disminuir frente a la importancia de los papers.
    La tendencia a priorizar y sobrevalorar los artículos científicos sobre los libros olvida que estos son el fundamento mismo de nuestra civilización. Y no me refiero únicamente a la civilización occidental. K. Clark puso suficientemente en claro los elementos civilizadores en la historia de la humanidad.
    Y los libros no ocupan precisamente el último lugar (si no, vale recordar el exiguo lugar que le asigna a España en el papel civilizador de la historia humana). A su manera, T. Cahill recuerda cómo los irlandeses lograron salvar la civilización occidental gracias a la traducción y cuidado de los libros.
    Los libros tienen una historia casi tan larga y profunda como la familia humana. Autores notables, desde S. Zweig hasta R. Vecchioni, por ejemplo, han ensalzado de manera inteligente la cultura del libro. Frente a los libros, solo la voz de Sócrates-Platón se elevó para oponerse a la escritura como registro de la memoria, desplazando la importancia y el papel de la oralidad.
    Entre tanto, hemos descubierto diversas formas de escritura, y la impresión, primero física y luego, si se quiere, también digital de libros, ha acompañado los más apasionantes momentos de renovación y revolución en la historia de la humanidad.
    Los estudios de J. Needham acerca de la sociedad y la civilización china no son tímidos acerca de la importancia de la escritura y publicación, estudio y discusión de libros y textos. R. Wenke, entre otros, ha hecho (guardadas las proporciones) lo mismo para el antiguo Egipto.
    La historia puede extenderse a voluntad sin dificultad alguna. Y en todos los casos los libros han acompañado activamente los procesos más democratizadores en la historia de la humanidad, en el sentido filosófico de la palabra. La historia de la importancia de los papers se dispara a partir de comienzos del siglo xx notablemente gracias al trabajo de lógicos y matemáticos (Peano, Dedekind, Zermelo, Gödel, Tarski, Turing por ejemplo) y ello para no mencionar el famoso “año mágico” cuando Einstein escribiría y publicaría los cinco papers que habrían de cambiar la historia de la física hasta entonces, y con ella la imagen clásica del universo y la realidad.
    Desde entonces, el progreso en el conocimiento –un fenómeno absolutamente maravilloso y lleno de vitalidad– se lleva a cabo, en ciencia en particular, en la forma de artículos científicos. Con una notable excepción: el surgimiento de la geometría de fractales, gracias al voluminoso libro que publicara en 1977 B. Mandelbrot.
    El ritmo y la aceleración del conocimiento (megas, gigas, teras, petas, exas, etcétera) constituyen sin lugar a dudas, factores desencadenantes de la importancia de los papers. La vitalidad del conocimiento más que el simple impacto es el tema de base de la producción, más que exponencial, hiperbólica, de papers en el mundo.
    China ya ocupa el segundo lugar en el mundo en producción de artículos científicos, por encima de potencias culturales tradicionales como Francia, Alemania, Inglaterra o Japón. Y Brasil no se queda atrás. Estados Unidos ya sabe perfectamente del ocaso que tiene también en este plano. Asistimos, a todas luces, al mismo tiempo y por el mismo camino de la incentivación y proliferación de papers, a la taylorización del conocimiento; es decir, a la producción rápida, especializada y fraccionada de conocimiento. Con todo y que, manifiestamente, el estado del arte (the state of the art) pasa y se funda principalmente en la serie de artículos más recientes que permiten dar una mirada acerca tanto de la historia reciente del conocimiento como de los avances y tendencias en el mundo en general.
    La verdad es que el tiempo de escritura y de lectura de un libro es completamente distinto al de un paper. El punto aquí, sin embargo, no es el ataque a los papers y a las políticas académicas, administrativas y financieras que sostienen y promueven la producción de artículos en beneficio de los rankings de las universidades. Al contrario, el motivo de reflexión es el de la desproporción que desplaza literalmente a lugares secundarios al que es, quizás, el mejor baluarte de civilización: los libros.
    Henri Poincaré sostenía con acierto que los grandes gobiernos y gobernantes pasan a la historia gracias a la producción de ciencia, arte y filosofía que han promovido. Lo demás queda únicamente, en el mejor de los casos, como anécdota. Si es así, los buenos gobiernos promueven el pensamiento, la ciencia, la filosofía y el arte por medio de la promoción misma de una cultura de libros. Sí, al lado de las cada vez más importantes y necesarias bases de datos.
    En el caso colombiano, con contadísimas excepciones, todas las universidades han determinado valorar en incentivos académicos, puntos, económicos y administrativos, más y mejor a los papers que a los libros. Esto se ve reforzado negativamente por la edición casi clandestina de libros y la circulación local, léase nacional, de los mismos, cuando ello tiene lugar.
    Me refiero a tirajes limitados acaso con el argumento de la digitalización de los libros. El crecimiento de la importancia de los papers es inversamente proporcional a, digamos, la “clandestinización” de las ediciones de libros por parte de las universidades.
    Al respecto, es conveniente recordar un contraste fuerte en el siguiente sentido: mientras que en Estados Unidos y Europa la consagración de un autor (académico) tiene lugar cuando publica libros en prestigiosas editoriales universitarias (Cambridge, Oxford, mit, Harvard, Chicago), en nuestros países sucede lo contrario. Se es reconocido cuando se publica con editoriales comerciales, y no con universitarias. À la limite se trataría, entre nosotros, de coediciones entre universidades y casas comerciales. La dificultad estriba en los tiempos enormes que tardan las más prestigiosas editoriales comerciales desde que reciben, en evaluar, admitir, corregir y finalmente publicar un libro.
    La celeridad de las ediciones universitarias es, comparativamente, favorable para los autores académicos. El costo: la poca o muy limitada circulación de los libros universitarios. En este estado de cosas son sorprendentes dos fenómenos. De un lado, el espíritu acrítico de la academia en general hacia esta tendencia, nacional e internacional, que favorece a los papers sobre los libros. Todos, sencillamente, “están haciendo la tarea”. Empero se olvida que el prestigio de las universidades no se traduce necesariamente en el prestigio de los profesores e investigadores, y lo contrario sí sucede: profesores e investigadores destacados le aportan prestigio a las universidades.
    Por otra parte, es asombroso el silencio de los académicos hacia su hacer diario. Y entonces, el acatamiento, acrítico y pasivo, que favorece la producción de papers en deterioro de la escritura, estudio y debate de libros por parte de los académicos. Paper mata libro.
    En el campo de las ciencias sociales y humanas, particularmente, se acusa el hecho de que esta tendencia obedece al desplazamiento de las humanidades en general. M. Nussbaum ha puesto recientemente el dedo en las humanidades (como estudios y conocimientos sin fines de lucro) y su importancia para la democracia (una vez más, en sentido filosófico), a diferencia de las ciencias y las tecnologías (es decir, las ingenierías). La voz crítica de C. P. Snow no parece haber sido suficientemente escuchada, y las dos culturas parecieran distanciarse cada vez más.
    Los libros constituyen la memoria de la civilización. El debate acerca de si papers o libros parece cobrar, a todas luces, el aire de un debate generacional. Los jóvenes más acostumbrados a una lectura digital y a lecturas rápidas y ritmos cada vez más vertiginosos, conocedores de dispositivos como el Kindle, el iPhone, el iPad y las “nubes”. Los más viejos, al disfrute de bibliotecas físicas, al amor por los libros y la historia que pasa por los incunables, los códices, las librerías de segunda y los anticuarios, las ediciones y traducciones diversas.
    La academia en general, y las universidades en particular, pueden y deben promover la cultura de la escritura, el debate y la publicación de artículos científicos. Qué duda cabe.
    Pero la tozudez de desplazar a lugares secundarios los libros le hacen un flaco favor a los vínculos universidad-sociedad, para no hablar de sociedad-empresa o universidad-gobierno.
    La industria de producción de papers es robusta y creciente, y ha desbordado a la industria de producción de libros. Los académicos leen cada vez más artículos especializados que libros y, manifiestamente, escriben cada vez más papers que libros. Pero, entre otras cosas, esto ocurre porque deben responder a las presiones selectivas que así lo favorecen o lo imponen. Se salvan de estas tendencias la poesía, la literatura, el ensayo y las artes (incluso la estética). Las demás ciencias y disciplinas se han terminado por acomodar a la taylorización mencionada. O por lo menos, tal es el estado de la situación, hasta ahora, en la corriente principal de la academia. Sin los libros nuestra civilización puede perecer.
    Salvo por contados y sumamente importantes artículos científicos, no puede decirse lo mismo, necesariamente, de la ingente producción de papers. Sin alarmismos, Fahrenheit 451 –tanto en la versión original de R. Bradbury como en la película de Truffaut– es como una espada de Damocles que pende sobre todos. El tema, sensible, acerca de la lectura de libros a raíz, por ejemplo, de cada feria anual del libro, no es ajeno al del consumo de los libros, con todo y la experiencia del trueque de libros en algunos lugares y momentos.
    La cultura de papers en general se asemeja, en el mejor de los casos (y no obstante buenos logros como los de Jstor), a una memoria RAM de la humanidad; esto es, memoria de corto plazo, efectista y de impacto. Los libros, en contraste, constituyen la memoria de largo plazo y, por consiguiente, la imaginación y la fantasía de largo alcance, sin los cuales no hay historia ni vida ni futuro.



Carlos Eduardo Maldonado
Profesor Titular
Universidad del Rosario, Colombia
carlos.maldonado@urosario.edu.co



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