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Elementos No. 83, Vol. 18, Julio-Septiembre, 2011, Página 33

Una reflexión sobre el arte primitivo

Christophe
Ducoin
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El 20 de junio de 2006, fecha de la inauguración por el presidente de Francia, el señor Jacques Chirac, del museo de Quai Branly, marca seguramente el apogeo de una relación tumultuosa entre los defensores de un punto de visto estetizante y los defensores de una visión etnológica. Los primeros quisieron sacar las piezas del “polvoroso” Museo del Hombre para darles un entorno neutro, considerando que el arte obedece a nociones de pureza y de universalidad que el objeto expuesto contiene en sí mismo, incluso sin que lo sepa su propio creador. Para los otros, el arte, como lo consideramos, no existe para los pueblos que crearon los objetos, el concepto de lo bello no se entiende, y para ellos son objetos que no se pueden descontextualizar, extraer de los rituales a los cuales están asociados. Al fin de cuentas estas dos visiones son totalmente idealistas y no se pueden reconciliar.


Pensar que podemos aislar totalmente un objeto para comprender su esencia es un mito. Todo objeto carga consigo un montón de atributos que el espectador no puede evitar recibir. Ver un cuadro de Picasso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, o ver un cuadro de un desconocido en un mercado de pulgas cambia la mirada. Pensar que podemos entender una estatua Dogon como un dogon porque está puesta en un altar reconstruido con un pequeño texto explicativo es otra mentira. Los coleccionistas, aficionados o vendedores de arte “primitivo” lo saben bien y desde siempre el valor de una pieza mezcla íntimamente las dos perspectivas. 

    Mientras que los museos colectaban los objetos de las sociedades “exóticas” como curiosidades, en el principio del siglo XX un grupo de artistas en Francia y Alemania, sobre todo, vieron en el arte de África y de Oceanía una revolución estética que cambió para siempre la historia del arte occidental. 

    Este movimiento llamado Primitivismo, del cual Picasso es la figura emblemática, no se preocupaba por el origen y la función de las piezas, sino por sus valores puramente estéticos que llevaron al cubismo. Sin embargo, cuando vemos el mercado del arte, y eso desde hace mucho tiempo, los criterios de valoración están lejos de ser puramente estéticos.

    El primer criterio es la “pureza” del objeto, es decir, su no contaminación por Occidente. Una pureza étnica que es muy difícil de satisfacer y que pocos objetos de museos pueden validar; aquí la rareza es un criterio común del valor.

    Después el objeto debe haber sido creado por un miembro de un clan o una etnia específica, fabricado para un uso exclusivamente local, con unos materiales procedentes de la región en cuestión y, sobre todo, haber sido utilizado como mínimo una vez en una ceremonia o un ritual.

    Estos criterios definen la autenticidad de una pieza y son puramente etnológicos. Una máscara tiene que haber sido bailada, y entre más bailó, más auténtica es y más valor tiene. La belleza de los objetos viene de su uso y de sus marcas, que son las pátinas en la mayoría de objetos en madera. Estas pátinas de uso pueden ser fabricadas por fricción, frotamiento o por la utilización de líquidos sacrificiales, sangre, aceite, etcétera. Eso implica que para ser experto en arte primitivo hay que conocer los rituales ligados a los objetos para poder autentificar las pátinas como reales y no creadas artificialmente por falsificadores. Así, expertos, vendedores y coleccionistas obtienen gran parte de su placer en este arte por su necesidad de investigación, de conocimiento de las culturas que lo han producido.

    Mi padre compró tres pequeñas estatuas senufos a un galerista, y un especialista muy renombrado en París no quería venderlas separadamente. Estas esculturas pertenecieron a otro gran coleccionista y arqueólogo británico, Timothy Garrard, que fue iniciado durante seis años en la sociedad secreta del poro de los senufos, cosa totalmente inédita para un occidental. Murió a los 64 años, en estado de demencia.

    El arte “primitivo” es de índole antropológico, más que estético al valorar los objetos, y no porque sus objetos no fueran fabricados a fin de ser objetos de arte como los consideramos en Occidente –que no se pueden ver así. Durante siglos el arte occidental también fue religioso, pero podemos apreciar una Pietà por sus puros valores estéticos en la galería de un museo. Aislar elementos del todo para estudiarlos mejor pertenece al pensamiento racional y científico moderno, opuesto al pensamiento globalizante mágico. Poner una estatua sobre una columna negra, delante de una pared blanca para que el ojo pueda dialogar con la obra es una visión moderna del arte.

    No podemos decir que los Mumuye de Nigeria, por ejemplo, esculpen sus estatuas para hacer una obra de arte como se entiende ahora, pero tenemos el derecho de querer verlas como obras de arte, como ellos tienen el derecho de considerar una fotografía o una botella de coca como objeto de culto.


Christophe Ducoin
infos@2studio.com




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