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Elementos No. 82, Vol. 18, Abril - Junio, 2011, Página 51

De ballenas y Lévi-Strauss
Instinto y Cultura

Manuel
Esperón Rodríguez           Descargar versión PDF



Ballenas, tortugas y mariposas, todas ellas tienen algo en común: realizan travesías de miles de kilómetros para reproducirse, alimentarse o incluso morir. El cómo, los motivos y el incentivo que hace que viajen a través del planeta aún son inciertos. La ciencia aún no logra explicar con exactitud cómo lo hacen, cuáles lazos invisibles unen a estos animales con la Tierra, qué fuerzas desconocidas los obligan a actuar y a responder ante la naturaleza de esa manera, el por qué algunos animales lo hacen y otros no. El instinto, en el que intervienen diversos mecanismos neurofisiológicos heredables y adquiridos mediante selección natural, parece ser lo que mueve a estos animales a emprender sus viajes. Y es de estos viajes de donde surgió la inquietud para escribir este análisis.

    Así como la ciencia se pregunta sobre las migraciones, sus mecanismos y a quién responden dichas travesías, Lévi-Strauss se preguntaba sobre las fuerzas que hacían que los hombres actuaran de manera similar, sujetos a algo superior, a una Cultura (el Otro, o el inconsciente de Lacan), que obliga al individuo a responder instintivamente hacia el mundo.

    Para Binford,1 la cultura es todo aquel medio cuyas formas no están bajo control genético directo, y que sirve para ajustar a los individuos y los grupos dentro de sus comunidades ecológicas. Así, se concibe la cultura como el mecanismo evolutivo para la supervivencia de los individuos y los grupos; entendiendo los usos, costumbres, creencias, etcétera, como el sistema que sirve para aumentar las probabilidades de supervivencia del grupo estudiado.

    Otro concepto que me permite acceder más a mi planteamiento, proviene de Hawley, quien menciona que la cultura es un modo de referirse a la técnica predominante por medio de la cual una población humana se mantiene en su hábitat. Y además, menciona que todas las partes componentes de la cultura son idénticas, en principio, a la atracción que siente la abeja por la miel, las actividades de las aves para construir nidos, y los hábitos de cacería de los carnívoros.2 Sería una petición de principio debatir que estos últimos son instintivos mientras que la primera no lo es.

    Por su parte, Lévi-Strauss concibe las culturas como sistemas simbólicos compartidos, que son acumulativas creaciones de la mente, y estas imponen un orden culturalmente pautado, una lógica de contraste binario de relaciones y transformaciones en un mundo continuamente cambiante y frecuentemente caótico.3

    Independientemente de la definición, o lo que pueda anteceder a la cultura [ya sea un conjunto de condiciones trascendentales de posibilidad (Kant), la voluntad de poder (Nietzsche), la historia material (Marx), una serie de procesos primarios (Freud), o lo Real (Lacan)], el hombre vive, se mueve, e incluso respira cultura. Pero después de todo, el hombre es un animal, un vertebrado, un mamífero. Compartimos el mismo origen ontológico con los otros animales, y en términos de clase y más aún de especie, nuestra aparición es prácticamente reciente en la Tierra. Pero, ¿habrá algo más allá que nos una con nuestros compañeros del planeta? ¿Será esta respuesta desconocida (cultura para el hombre o instinto para los animales) hacia el mundo algo común? Si es así, seguramente se ha perdido, o mejor dicho, se ha ocultado o sepultado en lo profundo del hombre. No todos los animales migran, pero sí todos los animales responden a instintos, ya sean de supervivencia o de reproducción, por mencionar algunos ejemplos.

    Pero será que el hombre, al lograr el máximo dominio en la Tierra y al dejar de preocuparse por la supervivencia (dejando de lado la reproducción como una necesidad en la que hay que dar perpetuidad a los genes de los más aptos), sustituyó este instinto natural por una respuesta construida, elaborada caprichosamente en complejidad, por una cultura que, a pesar de ser dinámica, es muy similar entre sociedades en el planeta. ¿El instinto animal humano puede llamarse o denominarse ahora cultura?

    Son las formas de cultura que adoptan los hombres en todas partes; sus maneras de vivir, tal como prevalecieron en el pasado o lo siguen haciendo en el presente, las que determinan, en muy amplia medida, el ritmo y la orientación de su evolución biológica.3

    A través de la unión entre la naturaleza y la cultura del hombre, Lévi-Strauss nos dice, que la naturaleza se supera y crea la cultura (a pesar de que esta sigue permaneciendo bajo el cobijo de la naturaleza) y, como resultado, el hombre ha perdido su naturaleza animal y se ha convertido en una entidad cultural.

    Esta conversión hacia un ser cultural se evidencia en la idea de que las reglas por las que las unidades de la cultura se combinan, no son producto de la invención humana; y el paso del animal natural al animal cultural a través de la adquisición del lenguaje, la preparación de los alimentos, la formación de relaciones sociales, etc., sigue unas leyes ya determinadas por su estructura biológica.4 Sin embargo, no se ha perdido del todo la naturaleza animal, a pesar de estar sometida a la cultura, en el hombre hay remanentes de su instinto, de su origen animal, y en todo momento hace alarde de esta herencia.

    En la relación entre naturaleza y cultura; la naturaleza se caracteriza por la universalidad y la espontaneidad de los instintos, mientras que la cultura se caracteriza por el hecho de que los instintos están regulados por normas particulares; normas que varían de una cultura a otra. El hombre en cuanto es un ser natural, tiene en común todos los instintos espontáneos; y en cuanto seres culturales tienen en común normas particulares de cada cultura.5

    De esta manera, sostener que somos criaturas completamente culturales es como convertir la cultura en algo absoluto con una mano, mientras que con la otra se relativiza el mundo. Ferrante6 diría que es como afirmar que el fundamento del universo es el cambio; y si la cultura es verdaderamente “omni-abarcante”, y además constitutiva de mi propia identidad, entonces es difícil imaginarme como si no fuera el ser cultural que soy, aunque eso es justo lo que un conocimiento de la relatividad de mi cultura me invita a hacer.

    Para Lévi-Strauss lo propio de la cultura son las normas prohibitivas que regulan y reprimen nuestros instintos frente a la vida natural en la que los instintos son libres y espontáneos. Lévi-Strauss había mostrado que lo propio de la cultura era la sumisión y la determinación de las conductas o de los instintos naturales por las normas sociales, a diferencia del animal que vive en una relativa libertad instintiva. La vida del hombre, desde que nace hasta que muere, está fuertemente regulada por las normas y las instituciones; pudiendo decir en este sentido, que en el hombre la cultura sustituye al instinto.5

    Pero el hombre es tanto un ser biológico como un individuo social. Entre las respuestas que da a las excitaciones externas e internas, algunas corresponden íntegramente a su naturaleza y otras a su situación. Lévi-Strauss5 nos dice que todo lo que es universal en el hombre, corresponde al orden de la naturaleza y se caracteriza por la espontaneidad; mientras que todo lo que está sujeto a una norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y lo particular.

    Por su parte, los biólogos han mostrado precisamente que el ser humano nace incompleto, lo cual se evidencia en la vulnerabilidad que tiene un recién nacido ante el mundo que lo rodea, y las pocas posibilidades que tendría de sobrevivir por sí solo (a diferencia de otros animales que son independientes o casi independientes desde el nacimiento). No venimos al mundo con modos genéticamente programados para satisfacer todas nuestras necesidades; aunque sí nacemos con capacidad para adquirir una cultura, creencias, conocimientos, técnicas, uso de símbolos, por mencionar algunos.7

    Así, nacemos con instintos débiles, siendo la educación y la cultura las que sustituyen el comportamiento instintivo.
7 Aunque Eagleton8 menciona que, una vez que el recién nacido tropieza con la cultura, su naturaleza no se suprime o sustituye, sólo se transforma. Yo diría que adquiere mayor complejidad, y esta adquisición inicia con el renombramiento del instinto por el de cultura.

    El problema es que estamos cruzados por la naturaleza y la cultura. Ferrante
6 señala que la cultura no es nuestra naturaleza, sino que la cultura es algo propio de nuestra naturaleza, y eso es lo que vuelve más difícil nuestra vida. La cultura no suplanta a la naturaleza, sino que la suplementa de una forma a la vez necesaria y supererogatoria. No nacemos como seres culturales ni como seres naturales autosuficientes. Nacemos como unas criaturas cuya naturaleza física es tan indefensa que necesitan la cultura para sobrevivir.6

    Este, a mi parecer, es un juego de palabras, debido a que si nos refiriéramos a algún otro animal, diríamos que necesita de su instinto para sobrevivir. Con esto trato de recalcar que a pesar de que la cultura es un sistema más complejo que el instinto, ambos tienen o pueden tener la misma función. Al ir complejizando su vida (desarrollando un lenguaje, elaborando herramientas, volviéndose sedentario), el hombre también complejizó sus conceptos y su apreciación del mundo. El instinto pudo no ser suficiente para determinar su existencia, por lo que lo pudo transformar en cultura.

    Y aun así, todos los avances de la cultura se han apoyado en cambios que ha forzado la disposición instintiva del hombre. La sublimación de sus instintos permitió el desarrollo intelectual, fundamental para el desarrollo de las civilizaciones, donde se debe equilibrar la represión de los instintos que imponen las necesidades colectivas, y la necesidad que tiene el individuo de satisfacerlos,9 creando para sí barreras culturales y biológicas.

    Para Lévi-Strauss, las barreras culturales son de la misma naturaleza que las biológicas.3 Las prefiguran de un modo más verídico que todas las culturas que imprimen su marca en el cuerpo: por estilos de vestidos, peinados y adornos, por mutilaciones corporales y por comportamientos gestuales, imitan diferencias comparables a las que pueden existir entre razas, prefiriendo ciertos tipos físicos; los estabilizan y, eventualmente, esparcen. En la naturaleza, igual vemos distintas razas, adornos, comportamientos complejos y más herramientas de las que se hace uso para lograr la reproducción y la supervivencia, al igual que un ave arregla y usa un plumaje colorido, un individuo se arregla y busca la atención de otros de su especie, una evidencia más de que a pesar de nuestros esfuerzos por diferenciarnos del resto del mundo animal, seguimos cargando con patrones y conductas similares.

    Sin embargo, es casi imposible explicar las pautas del comportamiento humano en términos de instintos, o aún más, de tendencias naturales heredadas. A diferencia del regreso de las tortugas a las playas donde nacieron para desovar, o la construcción de los nidos de las aves (todos estos instintos, conductas y aprendizajes heredados y transmitidos por los padres a sus descendientes), el comportamiento del hombre se debe, en gran medida, al aprendizaje y la experiencia.

    Pero si retomamos la idea de las grandes migraciones animales, los mecanismos varían de una especie a otra. Se cree que varias especies de aves y tortugas marinas siguen rutas invisibles creadas por el campo geomagnético terrestre. Otros animales se basan en marcas naturales como cordilleras, bordes costeros, el Sol o las estrellas; mientras que el olfato parece guiar a animales como el salmón, capaz de reconocer el río en el que nació; también se piensa que las tortugas pueden percibir olores diferentes entre islas.

    Así pues, parece que en muchas especies el sentido de la dirección es hereditario, fijado en el genotipo. Una demostración complementaria de esta afirmación va implícita en el hecho observado de que en muchos casos las crías inician la migración antes que sus padres. No obstante, las formas juveniles vuelven sólo de modo aproximado al lugar de nacimiento, mientras que los individuos viejos vuelven exactamente a sus antiguos nidos.

    Para el caso del ser humano y de sus culturas, los enigmas y misterios también prevalecen. Los genetistas se declaran incapaces de unir de manera plausible conductas muy complejas como las que pueden conferir sus caracteres distintivos a una cultura, a factores determinados hereditarios y localizados, que la investigación científica pueda captar ahora o en un futuro previsible.3

    En cuanto a la evolución cultural específica, se entiende como la adaptación de una cultura a su entorno, siguiendo un proceso filogénico, entendiendo a este como la historia evolutiva en un proceso único. Es la modificación de los “rasgos culturales” en un proceso de adaptación direccional, ya sea por la influencia del entorno o por difusión de otras culturas, lo que produce esta especificación de los rasgos culturales propios. A diferencia de la evolución específica biológica, donde estos rasgos culturales pueden ser transmitidos entre diferentes líneas evolutivas por difusión.10

    Así, los patrimonios culturales evolucionan mucho más rápidamente que los genéticos: un mundo separa la cultura que conocieron nuestros antepasados de la nuestra, y no obstante, perpetuamos su herencia.3 Muy diferente a los patrones de comportamiento animal heredados entre generaciones, los cuales perduran de generación en generación, y se fijan incluso en el genotipo, como algo funcional que favorece la supervivencia.

    Es evidente que la existencia de la cultura requiere de la de los organismos portadores como el hombre.7 Lévi-Strauss5 señala que la cultura no está simplemente yuxtapuesta a la vida ni sobreimpuesta a ella, sino que en cierto modo sirve como sustituto de la vida, y por otra parte la usa y la transforma para producir la síntesis de un nuevo orden.

    Lévi-Strauss sugiere que, a diferencia del resto de los animales, los seres humanos, predestinados por su patrimonio genético a no adquirir nada más que una cultura determinada, tendrán descendientes con singular desventaja, ya que las variaciones culturales a las que se verán expuestos sobrevendrán con tanta celeridad que su propio patrimonio genético no podrá evolucionar ni diversificarse en respuesta a las exigencias de estas nuevas situaciones.3 Muy parecido a lo que sucede en la naturaleza con individuos que tienen menor variabilidad genética.

    Hasta el momento, no se puede explicar a la cultura por medio de las leyes de la genética o patrones hereditarios. La cultura es aprendida y compartida; los hábitos adquiridos por los niños siguen las pautas de sus padres y adquieren patrones de conducta, transmitiéndose así a cada nueva generación los conocimientos, habilidades, valores, creencias y actitudes de la vieja cultura. Desde este punto de vista, la cultura está obviamente sujeta a sus propias leyes y no puede explicarse por medio de las leyes que gobiernan los procesos biológicos y físicos.7

    Sin embargo, si nos detenemos a reflexionar sobre las mutaciones, estas favorecen a ciertos individuos a adaptarse a nuevas condiciones, y por lo general, estas adaptaciones pueden ser muy rápidas (de una generación a otra). Pero, ¿podría considerarse a la diversidad de respuesta cultural un tipo de mutación? Individuos que pueden adaptarse o que pueden tomar condiciones culturales más rápido que otros ¿tendrán una “mutación” dentro de su genotipo o dentro de su función social que permite una adaptación mejor a su entorno? Y de ser cierto esto, ¿qué tipo de ventaja tendrían estos individuos con mejor capacidad de adaptación cultural sobre otros que no la tengan?

    Childe11 sugiere que la invención de una cultura no es una mutación accidental del plasma germinativo, sino una nueva síntesis de la experiencia acumulada, de la que es heredero el inventor sólo por tradición.

    Por otro lado, aunque la selección natural favorece algunas mutaciones, ésta también permite que las especies vivientes se adapten a ecosistema o resistan mejor a sus transformaciones; cuando se trata del hombre, este medio deja de ser en primer lugar natural. Extrae sus características distintivas de condiciones técnicas, económicas, sociales y mentales, que con la intervención de la cultura, crean a cada grupo humano un entorno particular. Por ello se puede dar un paso más y considerar que las relaciones entre la evolución orgánica y la evolución cultural no son solamente de analogía, sino también de complejidad.3 Podría decirse que el hombre, siendo un ser complejo, debe recurrir, por lo tanto, a condiciones evolutivas más complejas (aunque esto podría cuestionarse si mencionamos que las condiciones evolutivas de todos los organismos que ahora viven deben ser iguales, ya que todos han logrado sobrevivir exitosamente en nuestro planeta).

    Pero tanto la evolución como el cambio cultural pueden ser considerados como adaptaciones al medio ambiente. Desde luego, el medio ambiente significa el conjunto de características bajo las cuales tiene que vivir una organismo. No abarca únicamente el clima (calor, frío, humedad, viento) y las características fisiográficas (como montañas, mares, ríos o lagos), sino también factores tales como la provisión de alimentos, enemigos naturales y, en el caso del hombre, aun las tradiciones, las costumbres, las leyes sociales, los factores económicos y las creencias religiosas.11

    Lévi-Strauss nos dice que los rasgos culturales no determinados genéticamente pueden afectar la evolución orgánica.3 Pero la afectarán en tal sentido que provocarán acciones retrospectivas. Todas las culturas no reclaman de sus miembros exactamente las mismas actitudes; y si, como es probable, algunas tienen una base genética, los individuos que las poseen en grado más alto se encontrarán favorecidos. Otra forma de decirlo es que a mayor variabilidad genética, mayor es la posibilidad de adaptarse a cambios y sobrevivir, parte de la selección natural de las especies.

    La cultura es quien consolida rasgos diferentes a los que surgieron gracias a la evolución biológica (posición erguida, habilidad manual, sociabilidad, comunicación) como la resistencia al frío o al calor, las disposiciones agresivas o contemplativas, la ingeniosidad técnica, etcétera. Cada cultura selecciona aptitudes genéticas que por retroacción influyen sobre la cultura con que habían contribuido de antemano a su fortalecimiento.
3 En el caso del reino animal, la selección natural es la encargada de seleccionar a los más aptos y los que tendrán descendencia. Pero en cualquier caso, una fuerza, como queramos llamarla, es la encargada de fijar o seleccionar características favorables para los organismos. Concebir la cultura como un mero fruto de la naturaleza es algo absurdo, pero también lo es concebir a la naturaleza como una mera construcción de la cultura.8

    Para Lévi-Strauss la humanidad evoluciona en el plano cultural, pero sin duda alguna, también evoluciona biológicamente y está condicionada a los mismos mecanismos evolutivos de todas las especies.3 Lévi-Strauss estaba muy consciente de esto y de los delicados balances naturales del planeta, y menciona que la selección natural no puede ser únicamente juzgada por la mayor ventaja que ofrece a una especie de reproducirse; porque si esta multiplicación destruye un equilibrio indispensable con un ecosistema (y que es necesario siempre encarar en su totalidad), el crecimiento demográfico puede llegar a ser hoy desastroso para la especie en particular que veía ahí la prueba de su éxito. Con la introducción del término ecosistema, se evidencia que a pesar de que el hombre podría sustituir su instinto animal por la cultura, sigue atado a un mundo que no depende de él y es más que él mismo, un mundo que le preexiste y que tiene leyes de conservación y regeneración, y que aunque pueden ser alteradas y quebrantadas, no pueden ser modificadas, y cuyo abuso y falsa pretensión de estar por encima de ellas, provoca lo que hoy vemos como la degradación y destrucción de los ecosistemas. En la humanidad, la evolución cultural y la orgánica son solidarias.3

    La cultura ha proporcionado al hombre una flexibilidad ecológica mayor que la que disfruta cualquier otra especie, donde algunas sólo han podido desarrollarse en uno o unos cuantos tipos de ecosistemas.7 De esta manera, hemos tomado a las culturas como los medios por los cuales las poblaciones humanas se mantienen en los sistemas ecológicos. Y hemos así colocado a la cultura en una categoría que también incluye los sistemas de supervivencia de otras especies. Pero son grandes las diferencias entre los mecanismos culturales de supervivencia y los de otro tipo, y no deben subestimarse estas diferencias ni las dificultades que presentan para aplicar las consideraciones ecológicas generales a los fenómenos culturales.7

    Lévi-Strauss insistía en si era deseable que las culturas se mantuvieran diversas, o si debían renovarse en la diversidad, concluyendo que cada cultura se desarrolla gracias a sus intercambios con otras culturas, manteniendo cierta resistencia a este intercambio.12 De igual manera, la naturaleza se ha mantenido y se ha regenerado constantemente gracias a los intercambios biológicos y genéticos (como mutaciones), y de igual manera impone resistencia a dichos intercambios, para asegurarse que aquellos que se lleven a cabo sean los más convenientes para las especies.

    En respuesta a cambios ambientales, las culturas deben transformarse (de modo análogo a la transformación genética en respuesta a condiciones ambientales cambiantes), de otra forma pueden desaparecer o ser abandonadas por los organismos que las porten. La cultura ha evolucionado como un medio por el que ciertas poblaciones se sostienen y transforman en ambientes cambiantes. Los antropólogos y los ecólogos generalmente sostienen el punto de vista de que la supervivencia y el bienestar de los organismos portadores de cultura, continúan siendo hasta nuestros días el papel principal de la misma.7 Al igual que la cultura, el instinto es, en los animales, el que les permite adaptarse a cambios ambientales, o cuando menos es el que da respuesta a dichos cambios y cómo puede afectarlos.

    La modificación de las culturas en respuesta a los cambios ambientales, no es un proceso simple en el que los rasgos de cultura se especifiquen mediante el carácter del medio ambiente. La forma en que el hombre participa en cualquier ecosistema depende no solamente de la estructura y composición del ecosistema, sino también del bagaje cultural de quienes entren a él, de las exigencias impuestas desde el exterior a la población local, y de las necesidades que debe satisfacer la población local con elementos traídos desde fuera. Hay una gran variación en las culturas aún en medios muy semejantes, y puede decirse que las culturas se imponen a la naturaleza del mismo modo como la naturaleza se impone sobre las culturas.
7

    En un enfoque etnológico o historiográfico, cada cultura tiene que hacer frente a necesidades de la vida como la producción (trabajo) y la reproducción (alimentarse y procrearse). En la misma línea están situadas funciones como aprovechar los recursos naturales, reglamentar las interacciones sociales, etcétera14. Sin embargo, estas necesidades no solo se aplican para el caso del ser humano: todos los organismos de este planeta, abarcando más allá de los animales, requieren hacer frente a las mismas necesidades de producción, reproducción y aprovechamiento. Sin estas respuestas, no habría forma de que estuviéramos en este momento conviviendo todas las especies.

    La cultura pertenece en sí a la naturaleza. Emergió en el curso de la evolución mediante procesos de selección natural, diferentes sólo en parte de aquellos que produjeron los pulmones de los anfibios, o los sistemas gregarios de algunas especies, por mencionar algunos. Aunque la cultura, se encuentra altamente desarrollada entre los hombres, estudios etológicos recientes han indicado alguna capacidad simbólica entre otros animales, particularmente en los primates;13 y a pesar de que su operación puede estar sujeta a sus propias leyes, la cultura no es autónoma. La cultura, a través de las relaciones entre los organismos que la portan, permanece obediente a las leyes que gobiernan las cosas vivientes. Aunque las culturas pueden imponerse a los sistemas ecológicos, hay límites para esas imposiciones, ya que las culturas y sus componentes (los hombres) están sujetos a su vez a procesos selectivos y leyes de supervivencia.7

    Es bastante curioso el hecho de que el hombre busque tan insistentemente la libertad, pero que a su vez tenga la necesidad de crear una entidad superior que controle y regule su existencia. De esta manera, mi intención no es desligar al ser humano de la cultura, sino simplemente enfatizar el hecho de que a pesar de estar sujetos y sometidos a esta entidad superior, seguimos siendo la misma especie animal que hace miles de años se encontraba sometida a su instinto y a las fuerzas de la naturaleza.

    La cultura surgió de la naturaleza, así como el hombre lo hizo. Cierto es que el hombre logró un nivel intelectual superior sobre las otras especies, y este nivel lo obligó a elevar su instinto a una nueva categoría más incluyente y de complejidad mayor. No debemos olvidar de dónde venimos, y debemos reconocer que sin nuestro instinto no estaríamos aquí ahora. Tal vez no deberíamos decir que el hombre sustituyó al instinto con la cultura, sino que enriqueció dicho instinto con otros elementos que dieron lugar a la cultura. Y así como la idea de cultura emergió sobre el instinto natural, me parece interesante reflexionar qué idea o pensamiento podría ocupar el lugar de la cultura en el futuro.


 
referencias 

 
1       Binford LR. Archaeology as anthropology. American Antiquity 28 (1962) 217-225.
2       Hawley, Amos. Ecology and Human Ecology. Social Forces 22 (1944) 308-405.
3       Lévi-Strauss C. Raza y cultura. Altaya, Madrid (1999) 105-142.
4       Lévi-Strauss C. El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica, México (2006) 416.
5       Lévi-Strauss, C. Las estructuras elementales del parentesco. Editorial Paidós, Barcelona (1969) 577.
6       Ferrante, C. De Mauss a Lévi-Strauss: La concepción de lo social como doble verdad en Pierre Bourdieu. Intersticios: Revista Sociológica de Pensamiento Crítico 2(2008).
7       Rappaport, R.A. “Naturaleza, cultura y antropología ecológica” en Shapiro, H. (edit.), Hombre, cultura y sociedad, Fondo de Cultura Económica, México (1985) 261-292.
8       Eagleton, T. Cultura y naturaleza. Editorial Paidós, Barcelona (2001).
9       Freud, S. “El malestar en la cultura” en Braunstein, N. (edit), A medio siglo de El malestar en la cultura de Sigmund Freud. Siglo xxi Editores, México [(1930) (4ª 1986)] 13-116.
10     Sahlins, M.D. y Service, E.R. Evolution and Culture. Chicago. The University of Michigan Press, USA (1960).
11     Childe, G. Los orígenes de la civilización. Evolución orgánica y proceso cultural. Ciencia popular (2007).
12     Lévi-Strauss C. Antropología estructural: Mito, sociedad, humanidad. Editorial Siglo xxi, México (2000) 352.
13     Altamann, S. A. “The Structure of Primate Social Communication”, S. A. Altamann (edit.) Social Communication among the Primates, University of Chicago Press, Chicago (1967) 325-362.
14     Leiser, E. La estructura del tiempo en histografía: sobre algunas aportaciones de Lévi Strauss. LLULL 17 (1994) 61-74.


Manuel Esperón Rodríguez
ICMyL, UNAM
orcacomefoca@yahoo.com.mx


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