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Elementos No. 82, Vol. 18, Abril - Junio, 2011, Página 3

Cómo Ibn Sina
se convirtió en Avicena


Salvador Gómez Nogales                 Descargar versión PDF


    El influjo de Avicena en Occidente es de primera magnitud, hasta el punto de haber creado un movimiento que lleva su nombre: el avicenismo latino. A tres campos se puede reducir principalmente esa proyección: al de la filosofía, al de las ciencias (sobre todo al de la medicina), y al de las letras.

    En la filosofía abarca todas las ramas de la aristotélica: lógica, física y psicología, metafísica, moral, economía y política, filosofía y religión. Y en el aspecto ideológico es un gran especialista en la teoría sobre el misticismo.

    En ciencias vamos a ver que casi todas las materias sobre las que escribió influyeron en la posteridad. Comenzando por la medicina y siguiendo por las matemáticas, astronomía, alquimia, astrología, geología, geografía, mineralogía, herbolario, zoología, ciencias naturales, apenas si hay una zona científica que no tratase y en que no despertase el interés de científicos posteriores.

    En la rama de las letras, además de la sensibilidad artística de su estilo en sus obras científicas y filosóficas, sobre todo en los tratados místicos, tiene varios poemas didácticos sobre lógica y medicina que encontraron eco en pensadores posteriores, algunos de ellos de la talla de Averroes.

    Y en esta faceta artística y humanística hay que incluir a la música, sobre la que escribió cosas de verdadero valor para su tiempo y que dejaron su huella en teorizantes posteriores.

Para celebrar el milenio de Avicena creo que no puede faltar el tema que es objeto de nuestro trabajo. Como occidentales, necesitamos saber en qué somos deudores de este gran genio del Oriente. Sobre todo si es un español el que aborda el asunto. En seguida se va a comprender por qué.

    En cuanto a su influencia en el Occidente de lengua árabe, es decir la España musulmana o al-Ándalus, me voy a reducir aquí a los rasgos más sobresalientes. Sin que se sepan con exactitud las causas, hay que reconocer que Avicena aparece en al-Ándalus con muy mala prensa. La actitud de los pensadores andalusíes, en sus comienzos y salvo contadas excepciones, es más bien hostil. Aún no se sabe con precisión la fecha exacta de su entrada en al-Ándalus. El primero que pudo conocer su pensamiento es el gran pensador español Ibn Hazm (m. 456/1064). Es verdad que no viajó nunca al Oriente. Pero Asín Palacios nos refiere de él que conoció las obras de los autores orientales en las bibliotecas del al-Ándalus. Es en algunos años contemporáneo de Avicena (m. 428/1037).

    Pero para encontrar un influjo directo y claro del pensamiento de Avicena en al-Ándalus hay que remontarse a Ibn Tufayl, o Abentofay (1100-1185). El conocimiento que tiene de sus obras indica que Avicena era ya en su tiempo conocido de los sabios de al-Ándalus. Sabe que Kitab al-Shifa o Libro de la curación sobresale por haber en él un Comentario de las obras de Aristóteles, y que además compuso otra obra original según el sistema de los neoplatónicos, en la que se separa de Aristóteles, y que el mismo Avicena denomina “filosofía de los orientales”. Pero además reconoce que no todo lo que hay en Kitab al-Shifa proviene de Aristóteles. Dato que es importante, no sólo por el gran conocimiento que supone de la obra sino porque nos da ya la clave de la enemiga con que le va a recibir más tarde Averroes. Pero además de estas dos obras conoce Ibn Tufayl los tratados místicos de Avicena. Y precisamente para completar este aspecto esotérico distinto del de Aristóteles es para lo que se propone escribir la novela que le ha hecho célebre ante la historia, El filósofo autodidacto. Tanto el título árabe, Hayy bn Yaqzan (El vivo, hijo del despierto), como los dos personajes principales de la novela, Absal y Salaman, están tomados de Avicena. Todo ello nos prueba que hacia la mitad del siglo XII todas las obras de Avicena eran ya familiares a los andalusíes.

    Un caso especial lo constituyen las relaciones entre Avicena y el cordobés Ibn Rushd o Averroes (520/1126-595/1198). Las diferencias son mucho más numerosas que las coincidencias. Aprovecha Averroes todas las ocasiones que puede para atacar ferozmente a Avicena. Y aquí es donde comienza a sentirse con más fuerza la leyenda de la venida a al-Ándalus. En seguida vamos a exponer la justificación de esta leyenda.

    Dos son los motivos principales de esta fobia de Averroes. Uno es bastante común a los filósofos musulmanes. Y es su enemistad contra los “Mutakallimun” (o teólogos que filosofan sobre los datos de la fe islámica). Según Averroes, de ellos tomó Avicena algunas de las pruebas que hicieron que se separara de Aristóteles. Como por ejemplo, las pruebas de la existencia de Dios por el contingente. Esto coloca a Avicena en un término medio entre los Mutakallimun y los filósofos, que desvirtúa la fuerza de los argumentos apodícticos estrictamente filosóficos. Pero hay algo que quizá irrite más a Averroes, porque le parece mucho más fundamental. Y es que, al mezclar ciertas tesis neoplatónicas con las aristotélicas, habría adulterado el aristotelismo puro. El ejemplo más flagrante es el axioma neoplatónico aceptado por Avicena de que de lo uno sólo puede proceder lo uno. Y así cuando Averroes coincide con Algacel en la refutación de las pruebas de Avicena, su salida en defensa de la filosofía es bien fácil: las pruebas de Avicena no son de Aristóteles ni de ninguno de los filósofos antiguos. Con ello el que cae es Avicena, y no la filosofía, como pretendía Algacel. De ahí que el lema de la filosofía de Averroes como réplica a la de Avicena sea el de una vuelta al aristotelismo puro, sin las adulteraciones místicas de al-Farabi y Avicena.

    Pero hay un campo nada más en el que Averroes reconoce la superioridad de Avicena: el de la medicina. La estima de Averroes suele mostrarse en sus críticas. Son muy contados los autores cuyas obras comenta. El más comentado, y también el más apreciado, es Aristóteles. Esto le valió el apodo con que fue conocido en la Edad Media. Bastaba decir simplemente “el Comentador” para que todo el mundo entendiese que se trataba de Averroes. Pero así como en filosofía hay que colocar a Averroes a la misma altura, y aun por encima de Avicena, en medicina hay que reconocer que el valor de éste y su suerte ante la posteridad fueron muy superiores a los de Averroes.

    En la segunda mitad del siglo XII de tal manera había tomado Avicena carta de ciudadanía en al-Ándalus que su presencia llega a preocupar a las autoridades religiosas. Así aparece reflejado en unos dísticos del valenciano Ibn Yubayr (540-614), quien se queja de la aparición de una secta acaudillada por I-Farabi y Avicena, que según él no se ocupaba más que de sandeces y sustituía la verdadera sabiduría de la religión por la falsa de la filosofía, no reconociendo otra causa de los acontecimientos que la naturaleza.

    Por último he dejado para el final el acceso de Avicena a al-Ándalus por la vía de su doctrina mística. Este conocimiento de las ideas místicas de Avicena llegó a al-Ándalus por la vía indirecta de los místicos orientales, influenciados por Avicena, como son, por ejemplo, Algacel y Suhrawardi. Pero al mismo tiempo consta que sus obras místicas fueron leídas directamente tanto por los filósofos como por los místicos españoles de lengua árabe, como el místico murciano Ibn Arabi. Al llegar a este punto es hora ya de descubrir la penetración de Avicena en el Occidente latino. Y en este sentido es donde cabe resaltar el papel de puente que le cupo a España. El comienzo de esta introducción fue espectaular, en contraste con lo que había sido su ingreso en al-Ándalus.

    Durante los siglos XIIXIII se realizaron en España una gran cantidad de traducciones del árabe al latín, que fueron luego reproducidas reiteradas veces a lo largo de los siglos XVXVI. Los humanistas y científicos europeos se formaron una idea tan elogiosa de lo que había sido la ciencia árabe en España que muchos no dudaron en dar la categoría de españoles incluso a algunos sabios orientales. Entre estos está Avicena, quien jamás llegó a pisar tierra española.

    El norteamericano George Sarton considera a la España musulmana como el centro cultural más importante en la Edad Media. A tal altura brilló la cultura de al-Ándalus a los ojos de los europeos del siglo xv que llegaron a creer que la luz no provenía del oriente sino de España. Ya desde muy antiguo se venía comentando este error. Y así Lucas de Tuy (h. 1236) considera español al mismo Aristóteles. Todos los nombres que figuraban juntos en las traducciones latinas eran españoles para muchos. Los italianos de la época hacían cordobés al mismo Avicena. Y es interesante saber que el nombre propio que en árabe oriental es Ibn Sina se inmortaliza en Occidente con la forma occidental, que es tan andalusí como la de los demás españoles: Abenhazam (Ibn Hazam), Avempace (Ibn Bayya), Abentofayl (Ibn Tufay), Avenzoar (Ibn Zuhr) y el celebérrimo cordobés Averroes (Ibn Rushd).

    Para calibrar el interés que los árabes, y en concreto Avicena, despertaron en el mundo latino y hebreo medievales, hay que atender al movimiento de las traducciones. Sería muy prolijo fijar ahora la fecha y la historia de las obras de Avicena conocidas en traducciones latinas. Los especialistas han subrayado la importancia que tuvo España en esas traducciones. Se ha hablado mucho de la Escuela de Toledo. Pero, aun reconociendo la importancia de esta ciudad, sería inexacto reducir a ella el movimiento de las traducciones. A todo lo largo y lo ancho de la península se fueron formando equipos de traductores, o traductores aislados, que fueron lanzando a Occidente obras de los árabes traducidas al latín o al hebreo. Avicena llega a Europa principalmente a través de España en un momento en que su presencia le vino a la filosofía medieval como anillo al dedo. Se puede afirmar que la renovación de la escolástica se debe principalmente a dos factores: la formación del aristotelismo como soporte de un pensamiento religioso, y la renovación del agustinismo por medio de un contacto directo con el neoplatonismo tanto griego como iranio. Pues bien, Avicena es una de las piezas claves en la modelación de ambos movimientos.

    No hay ningún filósofo en la Edad Media que no haya conocido a Avicena, o para dejarse influenciar por él o para refutarlo. Y aquí se puede decir aquello de “calumnia que algo queda”. Los que le refutan asimilan no poco de los valores que encuentran en su lectura. Los autores medievales no sólo se inspiran en él sino que lo convierten en una de las grandes pruebas de autoridad para confirmar una doctrina cualquiera. Después de San Agustín, Aristóteles, Boecio y San Juan Damasceno, la autoridad de Avicena es quizá la más aducida. Tan grande llega a ser su influjo que no dudaría en afirmar que sin él el pensamiento filosófico medieval hubiera tomado un giro distinto.

    Por lo pronto, cuando se conocían en el Occidente latino muy pocas obras de Aristóteles, irrumpen en Europa las traducciones de las obras de Avicena, que les ofrecen tres cosas: un conocimiento de Aristóteles mucho más completo que el que hasta entonces poseía la cristiandad, un Comentario de las principales obras de Aristóteles y una sistematización filosófica de su problemática, que hasta les brindaba una síntesis entre filosofía y religión. Los árabes, y en concreto Avicena, influyen directamente en la escolástica, no como una variación del aristotelismo griego, sino añadiendo puntos de vista originales y no sólo en los filósofos heterodoxos sino también en el aspecto ortodoxo de los grandes pensadores cristianos. Hasta tal punto que Rogelio Bacon (1215-1292) llega a presentar a Avicena en la línea de los grandes profetas.

    En el área del aristotelismo influye Avicena en la formación del tomismo, del escotismo (Duns Scoto) y a través de ambos, en el suarismo (del teólogo español Francisco Suárez). Está presente dentro de la escuela dominicana en la primera síntesis metafísica original de Tomás de York (m. 1260). Pero sobre todo la presencia de Avicena se acusa en las dos grandes figuras dominicanas forjadoras del tomismo: San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, y en sus grandes comentaristas Cayetano y Juan de Santo Tomás. En la línea opuesta al tomismo está también el aristotelismo de la escuela franciscana capitaneada sobre todo por Duns Scoto (1265-1308).

    Es curioso notar que en el trabajo sobre el ser, tanto Santo Tomás como Duns Scoto refuerzan su doctrina antagónica, el primero de la analogía y el segundo de la univocidad del ser, con textos de Avicena. Pero donde principalmente se puede observar la existencia de un avicenismo latino es en la línea agustiniana. Uno de los puntos claves de la corriente agustiniana, sobre todo en la teoría del conocimiento, es el iluminismo. Por eso, toda la sabiduría iluminativa de Avicena venía a entroncar perfectamente con el agustinismo, dándole una armazón sistemática que le venía de perlas.

    Pero no se crea que el influjo filosófico de Avicena quedó recluido en la Edad Media. En la medida en que el pensamiento cristiano medieval está presente en la filosofía y la teología de nuestros días, el avicenismo sigue ocupando un puesto que le consagró la historia. Hay dos puntos en los que el pensamiento de Avicena sigue pesando en la actualidad: en el subjetivismo filosófico moderno, desde Descartes hasta Kant; y en todas las pruebas de la existencia de Dios por el argumento ontológico o a simultaneo posteriores a Avicena desde Enrique de Gante hasta nuestros días, en que su pensamiento supone retoques fundamentales con respecto al planteamiento de la prueba. Finalmente, en el campo de la lógica se adelanta ocho siglos a Occidente. Hace falta llegar a la época del Renacimiento para encontrar argumentos sobre los que ya había reflexionado Avicena.

    Y con esto abordamos el segundo de los capítulos en los que nos proponíamos estudiar el influjo de Avicena en Occidente. Me refiero a las ciencias. Cuando los occidentales acuden a España para conocer la esplendorosa cultura islámica, lo que vienen buscando es la ciencia nueva de los árabes. Y en Avicena ciertamente la encuentran. Fue éste un gran aficionado a las matemáticas, más como filósofo que como técnico, a manera de un tardío neoplatónico. Dedicó varias de sus obras a materias y observaciones astronómicas, que influyeron en universidades europeas. 

    Consta que en las universidades de Bolonia, Padua y Ferrara se exponían doctrinas astronómicas de los filósofos Avicena y Averroes. Lo que estas reflexiones supusieron para la revolución coperniana es algo que acaba de estudiar el profesor español Juan Vernet. Relacionada con la astronomía está la astrología. En general, los filósofos árabes no le mostraron gran simpatía, sobre todo en sus derivaciones alquímicas. Está comprobada la introducción de la alquimia árabe en la latinidad. Y aquí Avicena impone una actitud de equilibrio entre los sabios europeos ante otras tendencias más fantásticas y milagreras, incluso de autores árabes menos responsables y objetivos en estos puntos. 

    Avicena ayuda a Occidente a conservar su espíritu crítico ante las imposturas de la alquimia. El segundo tratado sobre alquimia traducido del árabe al latín fue el dedicado por Avicena a esta materia en su Kitab al-Shifa. La traducción fue hecha por el inglés Alfred de Sareshel hacia la mitad del siglo XII. En su tratado auténtico sobre alquimia y mineralogía, traducido al latín y que pasaba como apéndice al cuarto libro de Aristóteles, expone Avicena su teoría repetida por los autores latinos más sensatos. En este tratado condena la alquimia, sobre todo lo referente a la transustanciación de los minerales, todo ello en contra de la opinión más generalizada de la época. 

    Lo único que admite como posible es la labor de algunos artesanos hábiles que a base de tinturas especiales obtienen las falsificaciones de oro y plata a partir de otros minerales. Esa transformación, según Avicena es imposible e insostenible científica y filosóficamente. Estas opiniones de Avicena son citadas en casi todos los tratados del siglo XIII, y aún más tarde, en el mundo latino. Vicente de Beauvais, aunque creyó en la posibilidad de la transustanciación, no dejó de señalar algunas reservas, influido por Avicena.

    Lo que quizá sea algo desconocido para muchos es que Avicena es una de las fuentes principales de los medievales latinos en geología. La obra que estos manejan es la traducida por Alfred de Sareshel. Las líneas maestras de la geología de los grandes enciclopedistas del siglo XIII, tales como Vicente de Beauvais y Alberto Magno, están tomadas sobre todo de Avicena. Cuando exponen los movimientos del mar, las erosiones, la generación de las montañas, repiten simplemente a Avicena. En el mismo campo de los herbolarios y la botánica, en el mundo cristiano la fuente sin duda más rica fue Avicena.

    Pero es que, si pasamos a la zoología, nos encontramos con este párrafo sorprendente de George Sarton que nos resume así el asunto:


La fuente real principal de la zoología aristotélica, al Este y al Oeste, desde el siglo XI en adelante, fue el sumario árabe de los 19 libros de Avicena. En cierto sentido, podemos decir que Avicena fue indirectamente la fuente principal de la zoología medieval. 

 

    Y para terminar este capítulo de las ciencias, la enciclopedia de Avicena traducida al latín hizo familiares en Occidente muchas de las ideas de la física árabe. Sus profundos estudios sobre el movimiento, el contacto, la fuerza, el vacío, el infinito, la luz, el calor, la velocidad finita de la luz y sus investigaciones respecto a la gravedad específica de los cuerpos, se transmitieron, a través de Avicena entre otros, a la física medieval. La teoría de la gravedad y las tablas de densidad no sólo de los sólidos sino también de los líquidos llegaron a Europa a través de los árabes.

    Basta como muestra el caso de Dino del Garbo, que escribió una obra “Sobre los pesos y las medidas” cuya fuente principal fue el Qanun de Avicena. Y Pedro de Albano o de Padua, durante su estancia en París en 1295, completa su Liber compilationis de Physiognomia, aduciendo nuevas autoridades, entre ellas la de Avicena. Este último y Averroes intervienen en las teorías de los medievales sobre los colores.

    Llegamos finalmente al capítulo de la medicina, quizá el más brillante de la vida de Avicena. Fue el que le convirtió en el gran maestro de Occidente hasta tiempos muy cercanos. Dos son las obras principales de Avicena que fundaron su magisterio en Occidente. Una es el Qanun que, como el mismo nombre indica, es el Canon o principios que regulan la medicina en general. La segunda obra es la Aryuza o poema didáctico sobre la medicina. El Qanun pervive hasta nuestros días y tiene su vigencia en la enseñanza durante siete siglos. Desde el siglo xii hasta el siglo xvi toda la enseñanza y práctica de la medicina en Occidente se basan en la obra de Avicena. Entre 1150 y 1187 es traducido íntegramente por Gerardo de Carmona. Recibió luego el honor de ser traducido 87 veces. La mayor parte de las traducciones fueron al latín, pero muchas fueron hebreas. Todas ellas realizadas en España, Italia (sobre todo Sicilia) y el sur de Francia. Se puede decir que su magisterio estuvo vigente mientras la medicina siguió una orientación predominantemente teórica, y que este influjo decae con la introducción de la ciencia experimental en fecha reciente.

    El Qanun de Avicena se fue convirtiendo paulatinamente en la base de la enseñanza médica en todas las universidades. Figura en el programa más antiguo que se conoce de la docencia en la Escuela de Medicina de Montpellier, en una Bula de Clemente V, fechada en 1309, y en todos los programas posteriores hasta el año 1557. Es verdad que diez años más tarde se prefiere a Galeno, pero todavía se le sigue enseñando hasta el siglo XIII. El que se le edite en árabe en Roma en 1593 indica la estima en que se le tenía.
    La medicina árabe en sus comienzos es más teórica que práctica. Y quizá uno de los defectos del influjo de Avicena es que con su brillantez teórica frenó un poco las investigaciones prácticas. Pero esto no impide el que, aun en un terreno tan experimental como el de la cirugía, Avicena sirviese de guía a cirujanos célebres. Guillermo de Salicet, médico y cirujano italiano de Piacenza, escribió un tratado general de medicina cuyo título recuerda el de la gran enciclopedia de Avicena: Summa conservationis et curationis. Entre los autores más citados en esta obra se encuentra Avicena. Todos los tratados generales sobre medicina contienen frecuentemente una introducción sobre anatomía. Se acudía al Qanun para copiarlo ya que todos lo consideraban como la biblia médica de la cristiandad hasta tiempos muy recientes, como lo había sido del Islam y aún lo es hoy día.

    En profilaxia y fármacos también fue Avicena maestro de los europeos. Cardone de Milán, físico de la segunda mitad del siglo XIV, compone una obra, Régimen para la pestilencia, en la que resume las medidas profilácticas empleadas en la época. Una de sus fuentes principales es Avicena. Por la misma época, Collignano, médico florentino, escribe un tratado sobre la peste, utilizando como autoridad principal a Galeno y Avicena. En un tratado De venenis se cita a éste como la fuente principal.

    También en oftalmología hay que tener en cuenta a Avicena. En un tratado anónimo sobre la oftalmología de la segunda mitad del siglo XIII el autor más citado es Avicena. Casi todos los tratados oftalmológicos del siglo XIV están inspirados en fuentes árabes, y entre ellas una de las principales es Avicena.

    Hasta en ginecología y obstetricia hay que señalar a Avicena como uno de los grandes maestros de la Edad Media. Con Avicena ocurre como con los grandes genios: la mayor alabanza que se le puede hacer a un médico de la época es decirle que es otro Avicena. Y así el físico italiano Gentile de Foligno es denominado “I´anima di Avicena”. Cino da Pistoia le hace una consulta sobre un caso de paternidad de un sietemesino. El “alma de Avicena” le responde con una serie de autoridades: Aristóteles habla de un caso de 11 meses, Avicena de uno de 14. 

    Este mismo fue el que escribió un comentario a “Sobre las fiebres” del Qanun de Avicena. Otro de los puntos en los que pudo influir Avicena en los autores españoles de esa época y en autores medievales anteriores fue la semiología o diagnóstico de los pacientes por signos exteriores, como es la observación del pulso. Sarton no duda en afirmar que se puede considerar a Avicena como el fundador de la semiología.

    Finalmente, uno de los puntos en que Avicena se adelanta a su época es el de la psicoterapia y de la parapsicología. Cuando en la Edad Media se quiere teorizar sobre la curación por medios psicológicos, se ilustran los pasajes con anécdotas de las curas notables realizadas por Avicena. Nicole Oresme (h. 1323-1382), uno de los mayores hombres de ciencia del siglo xiv, reconoce con Avicena la posibilidad de la transferencia del pensamiento, pero rechaza la sugerencia del mismo de que el pensamiento humano pueda mover los objetos exteriores sin contacto material. 

    Pero hubo un momento en que el influjo de Avicena como gran maestro llegó a su ocaso. Precisamente en el Renacimiento se produce una gran reacción en contra. Se quiere ir a los griegos directamente sin pasar por los árabes. Leonardo da Vinci rechaza ya la anatomía enseñada por Avicena. Pero, como le faltaba vocabulario adecuado, no tenía más remedio que seguir utilizando los términos árabes. Paracelso llega a quemar el Qanun en Basilea para dar público testimonio de sus sentimientos de rechazo. Harvey le dio un golpe terrible publicando en 1628 lo que él consideraba como su gran descubrimiento: el de la gran circulación de la sangre ignorada por Avicena. Lo que ignoraba Harvey es que este descubrimiento lo había hecho cuatro siglos antes que él, incluso antes que Miguel de Servet, otro árabe: Ibn al Nafis a principios del siglo xiii en un comentario crítico a la teoría de Avicena y precisamente con el mismo argumento de Harvey del grosor de la pared separatoria de los ventrículos del corazón.

    Poco a poco la medicina filosófica y teórica va cediendo terreno a la práctica y experimental de los tiempos modernos. Con todo, un curso sobre medicina de Avicena se dio en la Universidad de Bruselas hasta 1909. Hoy se puede enseñar la medicina sin tener que recurrir a los libros árabes de Avicena; pero lo que no se puede hacer es ignorar el gran papel del pensamiento humano tanto en Oriente como en Occidente a través de los siglos, y que la cultura europea es en gran manera deudora de Avicena en los campos de la filosofía, la mística, las ciencias y la medicina.


Texto  tomado de El Correo de la UNESCO,
XXXIII, 10, 1980,  pp. 32-39.



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