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Elementos No. 82, Vol. 18, Abril - Junio, 2011, Página 11

El canon de la medicina.
Monumento del arte de curar


Mohammed Said Hakim                 Descargar versión PDF


La medicina griega llegó al mundo islámico antes que la filosofía por intermedio de la escuela de medicina de Jundishapur. Ya en los tiempos del Profeta encontramos a Harith ibn Kalbah que había estudiado en la escuela nestoriana. Luego, en la época de los omeyas, un judío persa, Masarjawaih, tradujo al árabe las Pandectas de Ahrón, monje cristiano que vivió en Alejandría poco antes de la conquista árabe. Luego vinieron “Las características esenciales de las drogas simples” (Jawahir al-Tibb al-mufrada) de Mesue Padre y las traducciones que en la época de los abásidas hizo Hunain, quien pretendía haber traducido todas las obras de Galeno y de Hipócrates (incluso sus Aforismos) y algunos de los comentarios de galeno sobre éste.    

    La “era de las traducciones” produjo algunas de gran importancia para la medicina. Al ibn-Sahl al-Tabari (que alcanzó la cima de su gloria en el año 850) escribió su “Paraíso de la sabiduría” (Firdaws al-Hikmah). Al igual que el Canon de Avicena, esta obra abarca en parte la filosofía y otras disciplinas tales como la astronomía, pero sienta nuevas bases de la medicina en el sentido de que incluye no sólo las fuentes griegas de esta ciencia sino también las de origen indio.

    Al-Tabari tuvo un sucesor, más grande aún, en la figura de al-Razi (865-923), conocido en Occidente con el nombre de Razés y considerado “el más grande y más original médico musulmán y uno de los autores más prolíficos”. Su obra al-Hawi, a diferencia del Canon, no es de carácter teórico sino que consigna sus experiencias clínicas. Aunque versado en filosofía, al-Razi escribió preferentemente tratados de índole práctica, como Las viruelas y el sarampión, Sobre el hecho de que ni siquiera los médicos expertos pueden curar todas las enfermedades y Sobre la razón de que la gente prefiera los curanderos y charlatanes a los médicos expertos.

    Existía pues toda una tradición de doctrina médica en el Islam cuando apareció el Canon de Avicena. El sentido literario de Canon (Qanum) es el de regla o precepto. De ahí que Ibn Sina no concibiera su obra como una enciclopedia de los conocimientos de su época sino como un resumen del saber basado en el razonamiento y los principios de la lógica. Según un especialista en la materia:

numerosos pasajes del Canon muestran que se trata de una serie de notas o de apuntes sucintos, no demasiado largos a fin de que puedan ser memorizados por sus discípulos.

    El Canon consta de cinco volúmenes. El primero trata de los principios generales: define la medicina y su campo de acción; se ocupa luego de la constitución humana, la naturaleza de los órganos, la edad y el sexo, naturaleza y variedad de los humores, origen de éstos, enfermedades de los órganos, los músculos, los nervios, las arterias y las venas; facultades y funciones; las enfermedades y su etiología; signos y síntomas; el pulso; la orina; dietas para las diferentes edades; medicina preventiva; cuidado de las anormalidades temperamentales; efectos del clima, y tratamiento.

    El segundo volumen consta de dos partes. La primera trata de la manera de determinar la naturaleza de los remedios mediante la experimentación y los efectos. Se fijan en ella las condiciones para la investigación relativa a los medicamentos, tales como experimentos en el cuerpo humano, carácter constante de los remedios frente a las alteraciones extrínsecas e intrínsecas, experiencias de tipo alopático o sobre enfermedades simples, y determinación de si un medicamento es cualitativa y cuantitativamente apropiado a la naturaleza y la gravedad de la enfermedad, etcétera. Asimismo se describen los principios generales relativos a la acción de los remedios y a los métodos de acopio y preservación de diversos productos medicamentosos. En la segunda parte se enumeran alfabéticamente 760 fármacos.

    El tercer volumen se ocupa de la etiología, síntomas, diagnóstico, prognosis y tratamiento sistemático de las enfermedades. En él se describen enfermedades de la cabeza, tales como conformaciones anormales  en el cerebro, cefalea, epilepsia, etc.; enfermedades de los ojos, la nariz, los oídos y la garganta; enfermedades de los sistemas digestivo y genitourinario; enfermedades de los músculos, las articulaciones y los pies.

    El cuarto volumen se refiere a las enfermedades generales. La primera parte trata de las fiebres y su tratamiento y la segunda de forúnculos e hinchazones, lepra, cirugía menor, heridas y su tratamiento general, lesiones, úlceras e inflamaciones glandulares; la tercera de los venenos; y la cuarta del “cuidado de la belleza”.

    El quinto volumen es un aqrabadhin, palabra árabe que significa formulario. Notable predecesor de esta compilación es el formulario de al-Kindi. El de Ibn Sina contiene una descripción y prescripciones especiales y triacales, métodos para la preparación de píldoras, pesarios, polvos, supositorios, cocciones, confecciones, jarabes, elíxires, etc.; prescripciones para diversas enfermedades; pesos y medidas.

    El éxito del Canon fue inmenso. Traducido al latín por el italiano Gerardo de Cremona un siglo después, gozó de tanta popularidad que en los treinta últimos años del siglo XV fue editado dieciséis veces y más de veinte en el siglo XVI. Todavía se imprimía y leía en la segunda mitad del siglo XVII y lo consultaban regularmente los facultativos. Hasta 1650 siguió siendo texto de estudio en las universidades de Montpellier y de Lovaina. En Viena y en Fráncfort del Oder el programa de estudios de medicina en el siglo XVI se basaba principalmente en el Canon y en el Ad Almansorem de Razi. El notable especialista en Ibn Sina, Soheil M. Afnan, refiriéndose a la popularidad del sabio persa, dice:

A la traducción del Canon por el italiano Andrea Alpago (muerto en 1520) siguieron otras posteriores que se enseñaban en diversas universidades europeas, particularmente de Italia y Francia.

    Uno de los rasgos más notables del Canon es la amplitud y universalidad con que está concebido. Hoy día puede afirmarse que en el siglo VII se conocían en árabe los libros sobre medicina ayurvédica* y que Salih ibn Dunn y Mankah fueron quienes transmitieron ese sistema tradicional durante el periodo de los abásidas. Por otra parte, algunas descripciones del Canon como las que se refieren al pulso, recuerdan los procedimientos chinos.

    Entre los principales aportes de Ibn Sina a la medicina figuran los relativos a la etiología. Basándose en uno de los principios aristotélicos, afirmaba que sólo es posible conocer completamente algo si se tienen en cuenta la materia de que está hecho, la “causa eficiente” que lo conforma, la “causa formal” que determina su forma y su calidad y la “causa final” o función para la cual ha sido creado. Realizó una teoría en la cual el concepto de los elementos simboliza las cualidades de masa y energía al mismo tiempo y la interacción entre las cuatro causas anteriormente citadas. Así establece no sólo la unidad entre los órganos y las funciones del cuerpo sino además la adecuada relación espacio-temporal entre el organismo y el mundo exterior.

    Ahora bien, el cuerpo humano es material pero está vivificado por una fuerza vital que se origina en los humores del organismo; e Ibn Sina define la psique como la materia en un nivel cognoscitivo y como las emociones en el corazón, siendo aquella, por tanto, parte integrante del cuerpo. Partiendo de ese principio, los órganos internos comunican entre sí más allá de los límites anatómicos. La anatomía considera al corazón como un órgano perfectamente circunscrito, mientras que para Ibn Sina es la parte de aquella fuerza vital que se halla instalada en todo el cuerpo. Y si combinamos los conocimientos antiguos con los modernos, podríamos decir que los vasos arteriales con la sangre que por ellos circula y el sistema nervioso autónomo con el hipotálamo son un gran componente del corazón cuyas funciones se propagan al cuerpo entero.

    Para Ibn Sina, la nafs, o alma, es la que, de acuerdo con la naturaleza del organismo, actúa como determinante definitivo o factor formativo de su crecimiento y actividad. Su tesis fundamental es la siguiente: el todo es mayor que la suma de sus partes, el hombre es un organismo dinámico y cada individuo tiene un temperamento único y propio. Su dinamismo no puede ser explicado por el análisis.

    Basándose en estos conceptos, Ibn Sina desarrolla la teoría de que la enfermedad debe explicarse de acuerdo a la estructura genética de cada individuo, su constitución y conformación, la fuerza y las facultades que posee, los factores del medio ambiente y el esfuerzo mismo de la naturaleza para restaurar o conservar sus funciones vitales.

    Es en Aristóteles donde encontramos la concepción que Ibn Sina tenía de los elementos según la cual el calor y el frío son dos tipos opuestos de energía; y la sequedad y la humedad dos calidades opuestas de masa. He aquí como desarrolla Ibn Sina la tesis aristotélica:

La verdad es que los principios elementales que se encuentran detrás de todas las substancias generables y corruptibles son energías primarias, activas o cinéticas, y se encuentran ya sea aisladas o en el fuego, el aire, el agua y la tierra, ya unidas en un temperamento compuesto.

   El doctor Mazhar H. Shah observa que, según Ibn Sina, la organización de diversos objetos en la naturaleza es el resultado de una acción recíproca de las cuatro calidades de masa y energía, y que los cuatro elementos citados en el Canon son meramente símbolos empleados para comprender las diversas acciones y reacciones del organismo y de su medio ambiente en términos cualitativos.

    Según la medicina ayurvédica existen tres temperamentos: Vata, Pitta y Kafa. También Hipócrates distinguía tres: el sanguíneo, el flemático y el melancólico. Galeno señalaba cuatro temperamentos: sanguíneo, bilioso, flemático y melancólico. Según Ibn Sina eran también cuatro: cálido y húmedo, cálido y seco, frío y húmedo y frío y seco.

    Desde entonces se han formulado diversas hipótesis, entre ellas las de Eppinger y Hess (1917 y 1931, respectivamente) y la de Pavlov. Los primeros se limitaban a dos temperamentos, el simpaticotónico y el vagotónico, mientras que Pavlov sostiene la existencia de cuatro: activo, impetuoso, tranquilo y débil, clasificación que corresponde exactamente a la de Galeno.

    Para Ibn Sina el “corazón” no es simplemente el corazón “estructural” descrito por los anatomistas sino el corazón “funcional” que como centro de las emociones, de la regulación térmica, del sueño y del metabolismo del agua está situado en el prosencéfalo, parte del cerebro que en la filogenia de la especie es la primera en desarrollarse. La glándula pituitaria que sirve también para regular las funciones de esta región del cuerpo debe ser incluida igualmente en la noción de “corazón”. En De Viribus Cordis (párrafo 172) dice Ibn Sina:

La base o comienzo de todas estas facultades puede rastrearse hasta el corazón, como reconocen incluso aquellos filósofos que creen que la fuente de las capacidades visual, auditiva y gustativa radica en el cerebro.

    El Canon abunda en observaciones originales hechas por Ibn Sina a lo largo de su práctica médica, tales como la distinción entre la mediastinitis y la pleuresía, la índole contagiosa de la tisis, la contaminación de enfermedades por el agua y el suelo, las enfermedades y perversiones sexuales, las enfermedades nerviosas, la minuciosa descripción de las enfermedades de la piel. El capítulo sobre ingredientes médicos describe unos 760 medicamentos e Ibn Sina esboza algunos métodos farmacológicos. En el mismo capítulo existe un pasaje sobre la experimentación que, según el especialista francés A.-M. Goichon, establece ya los méritos –concordancia, diferencia y variaciones concomitantes– que suelen emplearse en la ciencia moderna.

    El Canon es más accesible que los trabajos de Hipócrates, aun cuando Arnaldo de Villanova (1235-1312) califique a Ibn Sina de “escritorzuelo profesional”, cuya errónea interpretación de la obra de Galeno asombró a los médicos europeos. El español Ibn Zuhr (Abenzoar) calificaba al Canon de “papel de desperdicio”. Tales expresiones ofenden más a los críticos que al Shaij al-Rais, “el primero de los sabios”. Porque, si éste pasmó a los médicos europeos, ¿por qué era estudiado en Europa, y por qué los eruditos europeos no hacían su propia interpretación de la obra de Galeno? Y tampoco es justa la afirmación del historiador de la ciencia George Sarton cuando dice de Avicena que “su triunfo fue demasiado grande: desalentó las investigaciones originales y esterilizó la vida intelectual”, puesto que después de Ibn Sina hubo muchos médicos cirujanos y científicos notables en el mundo islámico.


Texto tomado de El Correo de la UNESCO,
XXXIII, 10, 1980,  pp. 13-17.



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