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Elementos No. 77, Vol. 17, Febrero - Abril, 2010, Página 47
Cruces a la vera del camino

Fabio Germán Cupul Magaña                 Descargar versión PDF


Yo espero, creo y confío en que cada vez
habrá menos flores muertas en el arcén.
Diego Caballo1

Recorrer el país por carretera durante las vacaciones escolares veraniegas, desde el noroeste hasta el sureste, fue la actividad común en mi infancia. A lo largo de esta extensa travesía, me causaba gran regocijo contemplar el paisaje y los vehículos en movimiento a través de la ventanilla. Sin embargo, entre todas aquellas imágenes que se me iban presentando en el trayecto, las cruces a la vera del camino siempre lograban captar mi atención, al grado de impresionarme tanto o más que los drásticos cambios que percibía en la fisionomía y el habla de las personas, conforme transitaba de un estado a otro de la república.
    El sobresalto que me provocaban las cruces en el camino, era alimentado por mi idea de que con ellas se señalaba el sitio específico donde, varios metros bajo tierra, se resguardaban los cadáveres de las personas victimadas en la oscura y traicionera carpeta de asfalto: algo así como un “cementerio callejero”.
    Con el pasar de los años, me enteré que debajo de las cruces no se encontraban sepulcros, sólo se trataba de mudos distintivos que recordaban los lugares donde ocurrieron trágicos y violentos percances carreteros (choques o atropellamientos) que acabaron con las ilusiones y segaron las vidas de seres humanos.
    Las cruces son colocadas, generalmente, por las personas que desarrollaron un vínculo afectivo con el fallecido y tienen como único fin honrarlo, recordarlo y mantenerlo bajo el manto protector y guía de la divinidad. Esta costumbre se encuentra ampliamente difundida en diversos países con influencia cristiana, pero no es privativa de ellos, ya que se practica también en países asiáticos y hasta africanos. Los símbolos memoriales varían de acuerdo con las creencias de los pueblos; por ejemplo, pueden ser simples lápidas o placas con nombres grabados que resaltan sus fechas de nacimiento y muerte, flores o árboles, objetos personales, fotos de los finados, rosarios, plegarias, velas o imágenes religiosas.
    Es curioso saber que la cruz que hoy nos recuerda a las almas caídas en la carretera y que simboliza el pacto divino de otorgarles vida eterna, fue un poderoso y aterrador elemento de disuasión que emplearon diversas civilizaciones del pasado. Así, cuando los ejércitos persas, romanos o los del legendario príncipe Vlad Tepes Dracul resultaban victoriosos al invadir una comarca o al repeler el ataque de los enemigos, hacían válida su supremacía militar al exhibir los cuerpos empalados o crucificados (en un poste o en la variante con travesaño) de los derrotados a las afueras de los pueblos o a las orillas de los caminos. Un espectáculo que seguramente desalentaría cualquier acto de rebelión.
    Afortunadamente, hoy en día las cruces en el camino son más bien un símbolo de consuelo, esperanza, resignación y hasta de alegre recuerdo. En algunas regiones de México, se sabe que la gente conmemora el aniversario de la muerte del ser querido al reunirse en torno al sitio del deceso marcado por la cruz; el cual limpian y embellecen con flores y listones para que sea un digno recinto donde se celebre al desaparecido con una fiesta en la que no faltará comida, bebida, música, velas encendidas y, por supuesto, gozo.
    Las cruces en el camino están elaboradas con una amplia variedad de elementos de construcción y presentan distintas formas arquitectónicas, tanto así que es posible observar desde modestas cruces de madera hasta enormes mausoleos de varios niveles, los cuales impresionan por manifestar un aire de solemne espiritualidad. De hecho, ese velo de misticismo que rodea a las cruces ha provocado que la fe de algunos pueblos las tome como ornamentos que limitan un espacio sagrado en el cual no sólo los allegados al occiso pueden reunirse, sino cualquier persona que desee utilizar este portal sobrenatural para elevar plegarias de agradecimiento o pedimento al Creador.
    En la provincia argentina de Formosa, azotada con frecuencia por las sequías, los pobladores realizan peregrinaciones desde el campo hasta las cruces que se yerguen en los caminos, con el fin de que éstas intercedan ante lo divino y se presenten las lluvias. Durante su peregrinar, los fieles buscan aquellas cruces que en el pasado dieran muestra de efectividad en el logro de los milagros. Así, al llegar a ellas, elevan rezos a la vez que proceden a bañarlas, al rociarlas con agua, y piden que ésta les sea devuelta en forma de lluvia para saciar la sed de la tierra. Si el resultado del ritual es positivo, se realiza una procesión de agradecimiento hacia la cruz, la que se completa al ofrecerle una vela encendida para venerarla.2
    Finalmente, ver una cruz en el camino, además de estimular nuestra humana curiosidad de saber quién fue el que murió, qué le pasó, quién lo lloró o quién lo extraña; nos recuerda también lo frágil y efímera que es la vida, por lo que es necesario que logremos conducirnos con sensatez e inteligencia mientras la transitamos. Asimismo, refleja la necesidad del ser humano de trascender más allá de la muerte y del inmisericorde paso del tiempo, al consumar en vida obras y acciones que enaltezcan el espíritu de sus semejantes.

R E F E R E N C I A S

1 J.I.R. Exposición de fotografías Las Cruces del Camino. Tráfico y Seguridad Vial 180, 10 (2006).
2 Pignocchi JL. “Las cruces en el camino, remedio para la sequía”. Argentina Pueblo a Pueblo II, Argentina (2006). http://weblogs.clarin.com/puebloapueblo/archives/2006/11/las_cruces_del_camino_remedio_para_la_sequia.html. [Consulta 23 de agosto 2009].

Fabio Germán Cupul Magaña
Centro Universitario de la Costa,
Universidad de Guadalajara.
email: fabio_cupul@yahoo.com.mx



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