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Elementos No. 75, Vol. 16, Septiembre - Noviembre, 2009, Página 61
The Road. Cormac McCarthy

Anamaría Ashwell                 Descargar versión PDF


La referencia más inmediata cuando se lee The Road1 es Faulkner, pero MacCarthy narra esta inmensa historia, sobre un padre y su hijo en un escenario ecológico y humano final, con frugal flujo de palabras, a partir de concentradas imágenes y mínimos diálogos. Yo terminé el libro de comienzo a fin, en una noche. Los diálogos avanzan con musicalidad y como en los grandes poemas, ninguna palabra está de más. Ninguna explicación, ninguna frase divaga o se cruza, o entorpece el crucial movimiento de un hijo y su padre en un tiempo que pareciera ya consumado. Cuando llegué a las últimas líneas: “...algo que no puede ser restituido. No puede ser corregido... en el profundo valle vivieron todas las cosas que fueron más antiguas que el hombre zumbando su misterio” la luz del amanecer había entrado por mi ventana anunciando otra cálida mañana en los últimos días de verano en el altiplano poblano. Solo entonces pude respirar.
    McCarthy tiene un tono tranquilo y desesperado; su manera de narrar tiene también desdén por las puntuaciones gramaticales, las comas o los punto y coma; las apostillas, quizás porque funcionan como artilugios y ocultan la resonancia trágica de una sola palabra, una mínima palabra.
    The Road trasluce, además, que su autor es un gran lector (McCarthy lee y habla, además, el español):

    La cruda realidad es que los libros están hechos de libros. La vitalidad de una novela depende de los que han sido anteriormente escritos... de los buenos escritores... Melville, Dostoyevsky, Faulkner...

    Cormac es en gaélico el equivalente a Charles o Carlos. El nombre se lo dieron sus tías irlandesas. Él nació en 1933 en Rhode Island, pero creció en las afueras de Knoxville, Tennessee, y nunca terminó una carrera universitaria: “Desde muy temprano supe que no iba a convertirme en un ciudadano respetable. Odié la escuela desde el primer día que pisé un aula”, contó en una de las raras entrevistas que concedió (a Richard Woodward, en 1992, para el New York Times, y en 2005 para Vanity Fair) dejando siempre en claro, cortésmente, que todo lo que tiene que decir está en sus libros. Quien fuera el editor de Faulkner en la editorial Random House, Albert Erskine, fue el primero que editó sus cinco novelas a partir de 1965. Varios escritores reconocieron inmediatamente la belleza de su obra y en una reseña en el New Yorker, Robert Coles resumió lo que otros pensaron: McCarthy era un escritor “destinado” a la incomprensión, escribió, y a permanecer relativamente desconocido para el público en general. Saul Bellow fue instrumental en salvarlo de la pobreza cuando sus libros no se vendieron; por su recomendación, en 1981 McCarthy recibió la prestigiosa beca MacArthur Fellowship que dedicó a investigar y redactar la novela que muchos reconocen como su obra maestra: Blood Meridian, y esa beca le acercó también hacia su sitio natural: entre la comunidad de científicos, matemáticos, biólogos, y físicos más prestigiados y galardonados en el mundo. Hasta el día de hoy McCarthy asiste a su oficina, con su máquina de escribir Olivetti Lettera 32 portátil a cuestas, en el Santa Fe Institute, en Nuevo México, donde ha sido admitido como miembro entre investigadores en física, matemáticas y biología; participa como lector y comentarista no sólo en reuniones formales del Instituto sino como lector de los “papers” que los científicos someterán a publicaciones especializadas sobre temas diversos. Su presencia allí es la de un “artista en residencia”, honrado, valorado, casi reverenciado por sus colegas científicos. “Me gusta la compañía de personas interesantes y las que asisten a este Instituto son las más inteligentes, las más interesantes en el planeta”, ha dicho:

    Serena comprender cómo se llevan a cabo investigaciones de fenómenos físicos. Le vuelve a uno más responsable al pensar. Uno va ganando menos tolerancia por las cosas que se piensan o desarrollan sin rigurosidad.

    The Road se leería solo superficialmente si el lector antes no asumió consciente lecturas que describen el ecocidio del planeta por nuestra manera de habitarlo: MacCarthy tiene reverencia por lo silvestre y sus historias obligan a mirar de frente al hombre, que mediante la técnica, y en el proceso evolutivo, logró ocultar pero no atemperar su naturaleza predatoria. McCarthy no escribe sobre sexo, ni relaciones amorosas, ni sobre asuntos cotidianos, y si Hollywood (No Country for Old Men ha sido llevado a la pantalla por los hermanos Cohen; Riddley Scott se propone filmar Blood Meridian) ha descubierto en sus novelas guiones, el cine ha sabido solo explotar la exploración del mal y la violencia que son las acciones centrales en la vida de sus personajes. Pero McCarthy tiene, como escritor, a la muerte o el morir como su punto de llegada y partida. Sus novelas desarrollan personajes –universos casi enteramente masculinos– en constantes peligros, inmersos siempre en la violencia más extrema porque él no considera “seria” ninguna literatura o escritor (mencionó a Proust) que evada el tema de la muerte. “La mayoría de las personas hoy nunca ven a alguien morir”, ha dicho:

    Antes, cuando se crecía en familia, se observaba la muerte de todos. Morían en su cama, en la casa y todos los familiares estaban a su alrededor. La muerte es central. Para ti, para mí, para todos. Es así. No hablar de eso me resulta muy extraño.

    Y no hay vida, dijo también, “sin derramar sangre”.

    La idea que la especie ha evolucionado y mejorado de alguna forma, que todos podemos vivir en armonía, es una idea realmente peligrosa. Las personas aquejadas por una noción así son las primeras que renuncian al alma, a la libertad. El deseo esperanzador de que así sea te esclaviza y tu vida se vuelve vacía.

    Esas personas que McCarthy refiere son las que no quieren enterarse cuando paleontólogos describen, por ejemplo, en Hawai –o entre Maoríes–, entre los “buenos salvajes” que fueron sus antepasados, cómo exterminaron, al poco tiempo de la aparición del Homo sapiens en ambos habitats, la mitad de todas las especies aviares que allí habían evolucionado. Ni que entre los Anasazi –pueblos y culturas originarias en el territorio que abarca Texas, Nuevo México, Arizona, Chihuahua, Sonora y Coahuila, donde McCarthy ubica la mayoría de sus novelas– los arqueólogos documentaron cómo éstos llevaron a cabo una deforestarción tan rápida como irracional incluso al costo de provocar el colapso demográfico y la desaparición de sus culturas. Ni que la primera colonización de humanos en el continente australiano, hace más de 46 mil años, implicó la extinción premeditada, ordenada y quirúrgica, por la acción del hombre, en unos pocos años, de la mayoría de los grandes marsupiales del continente (J. Diamond, Colapse: how societies chose to fail or succeed, 2005). McCarthy se refiere a las personas que no quieren saber sobre la teoría de un paleoecologista como Paul Martin, el llamado “padre” de la teoría de la aniquilación (overkill) en el Pleistoceno que lleva décadas investigando en el Sur de Arizona el impacto del hombre en el desierto. Martin ha podido documentar cómo hace más o menos trece mil años se consumó lo que él describe como una “extinción explosiva” de los grandes mamíferos. Para finales del Pleistoceno y el inicio de Holoceno–la siguiente y actual época– casi 40 especies, todas de grandes mamíferos terrestres, habían desaparecido del continente. Mamuts, algunas variedades con más de diez toneladas; mastodontes que habitaron América del Norte por más de treinta millones de años; caballos, así como múltiples variedades de camellos, venados, armadillos gigantes, osos y lobos (entre muchas especies más), todos aniquilados por el hombre ¡en menos de mil años! Para Martin no hay dudas: los sitios de cultura humana que se desarrollaron hace 13,325 años en América del Norte fueron los perpetradores de esta matanza indiscriminada de más de tres cuartas partes de toda la fauna del Pleistoceno tardío en el continente americano. Primero para alimentarse, y después porque “podían”: el Homo sapiens con sus famosas puntas de piedra clovis inició este genocidio sistemático de todos los grandes mamíferos (Twilight of the Mammoths, 2005).

    En mi tiempo de vida millones de personas han sido asesinadas en campos de concentración –desde el Holocausto europeo hasta Dafur– como prueba de lo que es capaz nuestra especie. Mi carrera de 50 años ha estado concentrada en absorber la pérdida extraordinaria de enormes animales... todos fueron exterminados simplemente porque los hombres pudieron hacerlo. (citado en A. Weisman; The World Without Us. 2007)
 
    McCarthy el escritor y Martin el paleontólogo saben que la habitación humana del planeta ha sido a cada paso de su evolución acompañada por la deforestación, la extracción desmedida, la salinización y erosión de suelos, el desperdicio de agua dulce, cacería y pescas excesivas, introduciendo flora y fauna nocivas, alentando la sobrepoblación y la violencia irracional sobre el mundo orgánico e inorgánico que el hombre nunca supo ni quiso compartir, administrar, y menos dejar crecer silvestre. Cuando le preguntaron por la historia casi idílica que cuenta en All the Pretty Horses, sobre dos jóvenes cowboys que se adentran en territorio mexicano, McCarthy contuvo al entrevistador y suavemente le dijo: “No has llegado al final. Esa parte no es sino un lazo, un engaño para atrapar al lector, para hacerle creer que todo resultara bien al final”.
    McCarthy es un pensador y escritor de escenarios finales, de situaciones límites que cuando le preguntan por qué escribe lo que escribe responde con la frase críptica de Flannery O’Connor: “Porque soy bueno haciéndolo”.2
    McCarthy, dicen sus amigos, tiene un temperamento aristocrático y sólo se muestra impaciente con los que celebran los “progresos” del hombre en la modernidad; así también parco –aunque siempre cortés– cuando le preguntan por el “significado” de su obra literaria. Dos hijos: Cullen, que nació de su primer matrimonio, y John Francis McCarthy, que nació cuando él tenía 70 años son centrales en su vida, y The Road está dedicado a John. McCarthy explicó que el niño es en realidad el coautor de esta obra y que sin su presencia frágil mientras dormía a su lado en un desolado hotel en El Paso (en una entrevista dijo:”John es la mejor persona que conozco; es por lejos mucho mejor que yo”) él no hubiera podido poner en palabras lo que en el horizonte se avecinaba.
Escabullendo cuerpos momificados, pilas de huesos cubiertos de piel chamuscada y negra, mientras pasan, en silencio, por un paisaje de cenizas, más cenizas, lodo, agua y nieve, el padre se detiene y le dice al hijo:

Cuando tus sueños son de un mundo que nunca fue o de algún mundo que nunca será y vuelves a ser feliz entonces te habrás rendido. ¿Me entiendes? Y no puedes rendirte. No dejaré que te rindas.

    Ese es Cormac hablándole a John del mundo que los humanos hemos creado, insistiéndole “quédate cerca”, “no te alejes”, porque para salvarte y amarte, a tí que eres un ángel, tendré yo que ejercer el mal.
    The Road es una obra en la cual cada frugal palabra condensa la condición del hombre en un mundo oscuro y de su hechura. Atravesado por el mal, MCarthy desviste al hombre, lentamente, suavemente de cualquier ocultamiento, ilusión, esperanza y autoengaño.

26 de abril de 2009

N O T A S

1 Existe edición en español: La Carretera, Mondadori, Barcelona (2007).
2 “Because I’m good at it”.

Anamaría Ashwell. 
email: aashwell@gmail.com



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