Ir a inicio de: Elementos

Buscar en Elementos:

Elementos No. 75, Vol. 16, Septiembre - Noviembre, 2009, Página 49
Paracelso: Textos seleccionados

Descargar versión PDF


HOMBRE Y MUJER

Dios no quiere que hombre y mujer sean como un árbol en el que siempre crece el mismo fruto... Tampoco quiere que cada hombre sea un multiplicador de su estirpe, sino que ha dotado a algunos de semillas y a otros no, a todos de distinta manera.
    Dios ha dejado al hombre el libre albedrío de reproducir su especie; puede engendrar un hijo a su voluntad, transmitir su semilla o no hacerlo. Ha hundido profundamente la semilla, en toda su realidad y esencia, en la fantasía del hombre... Si el hombre tiene la voluntad, surge en su fantasía el deseo, y el deseo engendra la semilla... Sin embargo, él no puede prenderlo en sí mismo, sino que es atizado por un objeto. Cuando un hombre ve a una mujer, ella es el objeto, y solo depende de él retenerlo o no... Dios ha dado al hombre la razón para que supiera lo que significa el deseo. Él sólo tiene que decidir si cede o no a él, si lo deja actuar o no, si sigue su entendimiento o no. Porque Dios ha confiado por eso la semilla a la consideración del hombre, porque implica de la misma manera tanto el entendimiento como el objeto que inflama su fantasía.
    Pero no todo esto ocurre solo cuando él lo quiere; de lo contrario no hay semilla en él... Con la mujer no ocurre de distinta manera. Cuando ve un hombre, significa para ella el objeto, y su imaginación empieza a girar en torno a él. Esto lo hace ella con la capacidad que Dios le ha dado... Está en su mano sentir deseo o no. Si cede a él, brotará en ella la semilla; si no lo hace, no habrá en ella semilla ni placer. Así que Dios ha confiado la semilla a la libre decisión del hombre, y la decisión depende por entero de su voluntad. Puede hacer lo que quiera. Y como existe esta libre decisión, es de ambos, del hombre y de la mujer. Como determinen por su voluntad, así ocurrirá. Así es el nacimiento de la semilla.
    Como el hombre procede del Gran Mundo y está indisolublemente unido a él, así la mujer ha sido creada del hombre, y tampoco puede abandonarle. Porque si nuestra señora Eva hubiera sido formada de otro modo que del cuerpo del hombre, nunca hubiera surgido de los dos el deseo. Pero como son una misma carne y una misma sangre, de ello se desprende que no se puedan separar el uno del otro.

INSTINTO Y AMOR

Igual que hay amor entre las bestias, que se aparean pareja por pareja, hembra y macho, así también entre los hombres existe tal amor de naturaleza animal, y es una herencia el animal. De esta herencia no podemos conseguir otra cosa que ganancia, utilidad y amor animal; y este amor es perecedero, inconsistente, y solo sirve para la razón y las aspiraciones del hombre dominado por los instintos. No conoce objetivos más altos. Es él que convoca que los hombres sean amables u hostiles, buenos o malos entre sí, igual que los animales son rencorosos e iracundos, envidiosos y hostiles entre sí. Igual que los sapos y las serpientes se comportan siempre conforme a su naturaleza, así también los hombres. Y como se odian el perro y el gato, así también los países se enfrentan entre sí. Todo esto proviene de la esencia animal. Cuando los perros se ladran, se muerden, ello es por envidia, por codicia, porque cada uno quiere tenerlo todo para sí quiere comérselo todo él y no dejar nada para el otro; esta es la manera de las bestias. En esto el hombre es hijo de los perros. También él carga con envidia e infidelidad, con un carácter ardiente, y el uno no conoce de nada al otro. Como los perros se muerden por una perra, así también la rivalidad humana es de naturaleza canina. Porque tal modo de actuar se halla también en los animales, y como en ellos, así es en los hombres.
    Cuando se unan un hombre y una mujer que se pertenecen y han sido creados el uno para el otro, no habrá adulterio, porque en su estructura forman una esencia que no puede romperse.
    Pero si estos no se unen, no habrá amor resistente, sino que ondeará como la caña al viento. Cuando un hombre galantea con muchas mujeres, es que no tiene una auténtica esposa que le complete, igual que la mujer que galantea con otros hombres no tiene tampoco el hombre adecuado. Pero Dios creó a cada hombre con su instinto para que no tenga por qué ser adúltero. Por eso para aquellos que están hechos uno para el otro reza el mandamiento de preservar el matrimonio como si se pertenecieran. Porque hay dos matrimonios: aquel que Dios ha dispuesto, y aquel que el hombre se dispone a sí mismo. Los primeros se atienen voluntariamente al mandamiento, los otros no; se ven forzados por él.

SOBRE EL MATRIMONIO

La castidad otorga un corazón puro y la capacidad de aprender las cosas de Dios. Dios mismo, que ordenó hacerlo así, dio a los hombres la castidad. Pero si uno no puede ser dueño de sí mismo es mejor que no esté solo.
    Imaginemos que solo hubiera cien hombres, pero mil mujeres en el mundo, y que cada mujer quisiera un hombre y no quisiera privarse del suyo. Pero solo hay cien hombres, y solo cien mujeres resultarán tan pesadas a los hombres que de ello naciera el adulterio... ¿No sería mejor dar a un hombre diez mujeres como esposas y no solo una, con lo que las otras nueve se convertirían en rameras? Porque Dios ha mandado observar el matrimonio, pero no le ha puesto cifra, ni alta ni baja; Él ha ordenado: ¡respetarás el matrimonio y no lo quebrantarás!
    Pero ocurre que Dios ha creado desde siempre muchas más mujeres que hombres, y hace que la muerte se dé más fácilmente entre los hombres que entre las mujeres y siempre hace que sobrevivan las mujeres y no los hombres. Por eso sería razonable que en el matrimonio no tres hombres tuvieran una mujer, pero sí tres mujeres un hombre, para que no se abriera puerta alguna a la prostitución. Y si hay tal exceso de mujeres ordénese dentro del matrimonio, para hacer así justicia al sentido del mandato divino... Si no se hace con una mujer, hágase con dos, mientras lo requiere el exceso. Y esto se puede hacer de manera justa, y no en disputa partidaria; sino obrando con los demás como quisieras que obraran contigo... ¿Para qué pues dictar normas sobre costumbres, virtudes, castidad y similares? Nadie más que Dios puede dar mandamientos permanentes e irrevocables. Porque las leyes humanas han de adaptarse a las necesidades de los tiempos y ser revocadas consecuentemente, y se puedan poner otras en su lugar.

HOMBRE. MUJER, MUNDO

El hombre es el Pequeño Mundo, la mujer en cambio... el Mundo Mínimo, y es por tanto distinta del hombre. Tiene otra anatomía, otra teoría, otras claves y causas, otras escalas y preocupaciones... Porque el mundo es y fue la primera criatura, el hombre la segunda y la mujer la tercera. Así también el Cosmos es el Mundo Máximo, el mundo del hombre y el segundo en magnitud y el de la mujer el Mínimo y más pequeño. Y cada uno de ellos tiene su propia “Filosofía” y “Arte”: el Cosmos, el hombre y la mujer. En el mundo, como en el hombre y en la mujer, roe el diente del tiempo, y en su fugacidad las tres criaturas poseen a pesar de su diferencia la misma Filosofía, Astronomía y teoría. También lo que produce es perecedero, y en eso no se diferencian. Pero la forma trata de otra forma y modo, también resulta de ello otra configuración... Aunque estos tres dominios están separados entre sí, están soportados por el mismo espíritu... porque este los comprende en sí a todos.



Ir a inicio de: Elementos
Ir al catálogo de portadas