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Elementos No. 74, Vol. 16, Abril - Junio, 2009, Página 55
La mentalidad sintagmática versus la tradición; reflexión sobre la mente libre

Alberto Carrillo Canán                 Descargar versión PDF


En esta presentación cuestionaremos el presupuesto acrítico de lo que el teórico de la narratividad cinematográfica Christian Metz llama la “mentalidad sintagmática”. Como la expresión “mentalidad sintagmática” lo sugiere, el problema del que nos ocuparemos aquí es un problema de filosofía de la mente. De hecho nos enfocaremos en una peculiar estructura de la mente que en realidad es la estructura de la mente occidental en tanto estructura de la libertad intelectual. Por otra parte, debemos hacer explícito el que el centro de nuestra exposición no será la crítica de Metz –tal crítica ya la publicamos en un artículo de muy reciente aparición en la revista argentina Nuevo Itinerario. Haremos referencias a Metz pero nos centraremos en el muy destacado lingüista Roman Jakobson. Nuestra crítica cubrirá tanto a Metz como a Jakobson y más allá, a una muy amplia gama de pensadores que explícita o implícitamente, también presuponen la “mentalidad sintagmática” y que, con ello, nos atrevemos a afirmar, no sólo pierden de vista el fenómno histórico de la mente en tanto mente libre sino que al mismo tiempo enceguecen frente a la especificidad de la mente en tanto mente sojuzgada por la tradición, por el mito.

EL SINTAGMA FÍLMICO Y LA PROSA

Empecemos por decir qué es lo que Metz entiende por “mentalidad sintagmática”. Tal mentalidad sería la que pone en juego el cineasta cuando concibe u organiza su película con base en dos operaciones. La primera consistente en cortar o fragmentar su material fílmico en unidades llamadas secuencias, la segunda consiste en combinar dichas unidades en secuencias más largas, hasta obtener el filme en su totalidad. Las combinaciones de unidades o fragmentos son lo que usando una expresión de los lingüístas Metz llama los “sintagmas” cinematográficos. El filme mismo una vez terminado es una combinación de sintagmas, el sintagama máximo. De acuerdo con esto, la “mentalidad sintagmática” es una doble mentalidad o, si se prefiere, una mentalidad con dos operaciones: una la consistente en tomar un todo para fragmentarlo en unidades y la otra la consistente en combinar las unidades o fragmentos resultantes para obtener una nueva unidad o totalidad compuesta. Metz dice que así procede el cineasta y lo ubica como expresión de toda una época en la que se trabaja construyendo entidades como combinación de unidades prefabricadas. El mismo Metz nos pone los ejemplos de los andamios tubulares, de los juegos de trenes eléctricos, a lo que nosotros podríamos agregar los mecanos, los legos, etcétera, casos en los que claramente se tiene unidades para ser combinadas. En resumen, la mentalidad sintagmática es una mentalidad que procede por fragmentación de un todo para después reconstruir otro todo mediante una combinación o permutación de las partes.
    Ahora bien, con tal idea lo que Metz hace es aplicar al caso de la obra cinematográfica los modelos desarrollados por la lingüística para definir el objeto poético en tanto objeto artístico. Metz, en efecto, parte de considerar que la mera reproducción fílmica de la realidad, por ejemplo en el reportaje o en la película educativa prácticamente sin edición, es algo que no es artístico, algo que solamente es un análogo bidimensional, sobre la cinta de celuloide, del proceso real tridimensional que se filma. Tal copia fílmica de la realidad sería lo que corresponde estrictamente a la expresión “filmografía”, es decir, corresponde a un graficar algo mediante la luz sobre la película fotosensible, pero no sería arte. En este punto Metz recurre a ideas básicas desarrolladas por los lingüistas, en especial por Roman Jakobson, quien antes que Metz se había preguntado en dónde radicaba la poeticidad de la poesía, es decir, el carácter artístico de la obra de arte lingüística por excelencia. Jakobson llegó a la conclusión de que en la obra poética el lenguaje no se ocupa de algún posible referente, es decir, de la realidad fuera del lenguaje, sino, muy por el contrario, de sí mismo. El reportaje, la historia, la biografía, un tratado de biología, digamos, tienen un referente, el lenguaje está utilizado ahí de manera referencial, no de manera poética. Por el contrario, en una poesía no tiene sentido preguntar a qué realidad se refiere la poesía.
    En la poesía lo que interesa son la “musicalidad” del poema, es decir, la rima, el ritmo, que es, justamente lo que da la base de la versificación y, por otro lado, también interesa –más o menos, dependiendo del género poético– el juego de los significados, de las evocaciones y las connotaciones. La versificación y la evocación son un juego del lenguaje consigo mismo, libre de toda constricción referencial: el poema no tiene ninguna pretensión de referirse a ninguna realidad. Así, en un poema lírico, en el que se da paso a los sentimientos más íntimos, no tiene caso en lo absoluto el preguntarse si el poema está hablando de los verdaderos sentimientos de alguien real.
    Ahora bien, el cineasta juega con sus escenas y con sus secuencias en cierto sentido de la misma manera que lo hace el poeta. Así como la palabra “amor” en una poesía no tiene por qué referirse a ningún amor real, así una toma cinematográfica no tiene por qué ser ningún documento filmográfico de nada. Similarmente, las combinaciones o versificaciones en la que aparezca la palabra amor son tan libres como el montaje en el que aparece una secuencia de un cineasta. Al rechazar la obra meramente filmográfica o documental, Metz está aplicando al pie de la letra los criterios jakobsonianos del lenguaje poético como lenguaje no referencial. Lo importante aquí es, entonces, que la mente sintagmática no aparece por primera vez como la mente del cineasta, sino, en todo caso, como la mente del poeta y, para ser más precisos, en realidad sería la mente del hablante, del hablante sin más. Por lo menos así es como veremos que son las cosas para Jakobson.
    En efecto, lo que hace el poeta, la selección de palabras –él las encuentra en el lenguaje, no las crea como sí lo hace el cineasta con sus imágenes– para luego ser combinadas, en realidad tiene su base en lo que hace el hablante prosaico.
    El hablante prosaico, cuando quiere referir, digamos un suceso, echa mano de un reservorio de palabras que encuentra ya dadas en el lenguaje; por ejemplo, él puede decidir si va a hablar de un equino, de un caballo o de un corcel, entre otros posibles sinónimos, de ahí toma un vocablo considerándolo una unidad que una vez seleccionada va a combinar con otros vocablos, por ejemplo con una de las palabras veloz, raudo, rápido, ligero, o algún otro sinónimo, para llegar, digamos, al sintagma “caballo ligero” o al sintagma “corcel veloz”. En este caso el hablante está describiendo un hecho y no se preocupa mayormente de la versificación ni de los posibles juegos de las connotaciones y las evocaciones.
    No obstante él está aplicando algo muy similar a la mentalidad sintagmática de Metz con la salvedad de que el hablante no crea las unidades como el cineasta crea sus imágenes; el hablante encuentra sus unidades predispuestas como palabras del lenguaje.
    Vemos pues que dejando de lado la cuestión de la poeticidad de la poesía o del carácter artístico del cine, lo que hacen tanto el poeta como el cineasta tiene como modelo básico lo que hace el simple hablante prosaico: la combinación en algún orden de unidades lingüísticas, de palabras, para llegar a sentencias, declaraciones e, incluso, a un discurso completo, recogido, digamos, en un reporte, una crónica, un libro o hasta en una obra en varios volúmenes.
    Todos estos casos, empezando por nuestras expresiones “caballo ligero” y “corcel veloz”, pasando por el reporte, el libro y hasta llegar a la obra en varios volúmenes, se basan en la selección de unidades del léxico lingüístico y su combinación –de acuerdo con ciertas reglas sintácticas.
    Todo esto se resume en la selección y la combinación de unidades lingüísticas. Tal sería el modelo primigenio de la “mentalidad sintagmática”.
    Tanto Metz como Jakobson parten del lenguaje y suponen una mente o, si se prefiere, un estado de la mente que se expresa como la doble capacidad lingüística consistente en seleccionar los unidades lingüísticas para luego combinarlas arrojando sintagmas. Lo problemático es aquí el suponer que toda mente humana puede hacer eso, que lo normal es hablar como habla el hablante prosaico porque dicho hablante tiene una mentalidad sintagmática.
    Este supuesto no solamente es inocente sino que hay argumentos muy sólidos que apuntan en el sentido de que tal cosa como una mentalidad sintagmática es algo que solamente es propio o característico de lo que se llama el Occidente, que en realidad sólo es una parte de la humanidad y, visto, en términos históricos, una parte minúscula de la humanidad que apenas cubre con su existencia el periodo que corre de la Grecia clásica hasta nuestros días, y eso muy imperfectamente.
    Para entender la problemática con la que nos confrontamos resulta muy conveniente echar mano nuevamente de Jakobson.

LA MENTE SINTAGMÁTICA Y LA AFASIA

En un famoso artículo titulado Dos aspectos del lenguaje y dos tipos de perturbación afásica (1956) Jakobson hace corresponder dos tipos de incapacidad verbal con dos tipos de deficiencias mentales, estas deficiencias son la incapacidad o perturbación de la similitud y la incapacidad o perturbación de la contigüidad. En la primera de estas deficiencias verbales, la perturbación de la similitud, dada una palabra, por ejemplo, caballo,el paciente es incapaz de seleccionar un sinónimo por el cual substituirla, por ejemplo, corcel o equino; incluso, si se señala hacia un objeto o se muestra un imagen del mismo, el paciente es incapaz de nombrarlo. De hecho, el paciente es incapaz de preferir una palabra aisladamente. Por ejemplo, no puede decir la palabra lluvia a menos que realmente esté lloviendo. De hecho el paciente utiliza las palabras solamente en algún contexto real o verbal. Así, un afásico de similitud no puede, por ejemplo, decir cuchillo, sino que tiene que decir “cuchillo para pan” o “afilador de lápices”, “pelador de manzanas” o “cuchillo y tenedor”. Se reporta un caso especialmente significativo en el que al pedido de que el paciente dijera “no” él respondía “no, no puedo decir no”. Lo realmente importante para nosotros de esta situación es que en el caso de la afasia de similitud resulta imposible substituir una palabra por otra similar porque el paciente no puede utilizar palabras sueltas, las tiene que utilizar, necesariamente en un contexto. Nótese que un paciente tal tiene una mente que carece de la capacidad de fragmentación que es el primer rasgo de la “mente sintagmática”. Un paciente tal no tiene mente sintagmática simplemente porque no posee la primera de las capacidades que la distinguen, a saber, no puede manejar unidades lingüísticas aisladas. Pasemos ahora a la otra perturbación afásica, la de la contigüidad.
    En el caso de la perturbación verbal de la contigüidad lo que el paciente no puede hacer es combinar las palabras, no puede organizar unidades lingüísticas simples en unidades mayores. Presenta agramaticismo, es decir, tiene dificultades para ordenar las palabras. Esto se expresa en que las palabras con una clara función sintáctica tales como las conjunciones o las preposiciones, los pronombres y los artículos, desaparecen de su vocabulario, de tal manera que pierde la capacidad de construir oraciones y de conjuntarlas en un discurso.
    El resultado son oraciones de tipo infantil consistentes en una palabra, las más de las veces ni siquiera declinada. Por ejemplo, en vez de decir “estoy comiendo” un paciente tal diría “comer”. En general no puede distinguir formas verbales derivadas, por ejemplo, de “café” no puede pasar a “cafetera”, de “la” no pude pasar a “las”. El lenguaje de tal paciente se queda en sonidos simples, como “la”, en expresiones de una palabra como “comer” y en declaraciones que solamente consisten de una oración, es decir, no pueden construir ni una cláusula ni menos aún un discurso. Nótese que un paciente tal tiene una mente que carece de la capacidad de permutación o de combinación que es el otro rasgo distintivo de la “mente sintagmática”. Un paciente tal no tiene mente sintagmática porque no posee la segunda de las capacidades que la distinguen, a saber, dada una unidad lingüística aislada no puede combinarla.

LAS SOCIEDADES ARCAICAS Y LA AFASIA 

Ahora bien, lo importante de la discusión anterior es que el uso del lenguaje en las sociedades arcaicas presenta rasgos similares a los de la afasia. Justamente una de las principales tesis de lo que se conoce como la teoría de la oralidad primaria, es decir, de la comunicación verbal en condiciones prealfabéticas, consiste en que la comunicación verbal arcaica, dada la carencia de registros escritos, requiere del uso eficiente de la memoria, lo cual exige que las palabras siempre se utilicen en combinaciones o “fórmulas”, es decir, en un contexto verbal. Por ejemplo, nunca se dice “guerrero” sino siempre se dice “oh, noble guerrero” o “valeroso guerrero”; similarmente, en un comunicación verbal cualquiera nunca se habla del guerrero sin más sino que la expresión siempre aparece en una combinación fija de fórmulas, una referida al guerrero, otra al ejército, otra a la batalla, etcétera, de tal manera que bajo ningún concepto se utilizarían las expresiones “guerrero”, “ejército” o “batalla” aisladamente, sino en una combinación fija de fórmulas tal como “el valeroso guerrero dirigía al gran ejército hacia la batalla formidable”. El lenguaje arcaico se basa en fórmulas como esta, que se repiten de manera incesante, ritualizada. Como en el caso del afásico que declaraba que no podía decir “no”, el hombre arcaico no podría decir “guerrero” así, simplemente, ni tampoco “ejército” ni “batalla”. Aclaremos que en el caso del hombre arcaico no se trata de una perturbación mental, en el del afásico tal como lo conocemos nosotros sí, ya que este recorre el camino inverso al que recorrió como niño, pasando de poder utilizar una palabra a poder utilizar sus sinónimos, pasando de utilizar la expresión en un contexto existencial definido, por ejemplo cuando veía llover, a poder hablar de lluvia en ausencia de la lluvia e, incluso, a decir la palabra de manera totalmente aislada. En otras palabras, en la sociedad moderna estamos entrenados para poder utilizar las palabras aisladamente, para poderlas fragmentar de cualquier discurso en el que aparezcan con el objetivo de llegar a concebirlas como unidades aisladas totalmente autosubsistentes. Eso es lo que hacemos no tanto al hablar sino especialmente al escribir. Muy por el contrario, el uso de la memoria para preservar los mensajes verbales en la sociedad arcaica –no había otra manera de hacerlo ya que no había registros escritos– impedía el posible desarrollo de la capacidad de manejar las palabras aisladamente, fuera de las fórmulas ritualizadas del habla mnemotécnica.
    Resumamos lo anterior diciendo que para el hombre moderno, entrenado en la escritura alfabética, toda palabra aparece como lo que Jakobson mismo llama una “forma libre”, pero para el afásico de similitud no hay tal cosa, toda palabra se convierte en una “forma ligada”, a saber a otras palabras en fórmulas de diferente tipo y longitud. Con esto mismo podemos pasar al segundo aspecto del habla arcaica que aquí nos interesa.
    Si bien el hombre arcaico no utiliza palabras sueltas sino siempre fórmulas ritualizadas, tampoco estas fórmulas son, siguiendo la terminología de Jakobson, “formas libres”. También las fórmulas carecen de posibilidades combinatorias libres como las que tienen el hablante en prosa, el poeta y el cineasta contemporáneos. Ciertamente, en las sociedades arcaicas –prealfabéticas– la gente utiliza muchas fórmulas combinadas, pero estás fórmulas en general no se refieren a situaciones novedosas. Sucede, a saber, que la vida en las sociedades arcaicas es obsesivamente repetitiva, todo se hace todos los días de la misma manera, tal como está codificado por el mito, que es un conjunto de tradiciones expresadas verbalmente. El antropólogo y estudioso de las religiones Mircea Eliade da ejemplos de esto mostrando que en las tribus o comunidades arcaicas normalmente están codificadas por la tradición cosas como la manera en la que se debe orinar, la manera en la que hay que matar a un animal determinado con un palo, los colores y los adornos que se deben utilizar en cada situación, etcétera. En otras palabras, todo lo que los miembros de una comunidad arcaica dicen queda articulado en un conjunto de “relatos” repetitivos que son sus mitos en tanto expresión verbal de la tradición. Y el cumplimiento de la tradición no es algo que sea una opción para el individuo; es, por el contrario, una obligación. Esto quiere decir que si bien en las sociedades arcaicas no hay agramaticismo, lo que sí hay es un gran conjunto de fórmulas fijas en relatos igualmente fijos como tradición verbal. Es decir, a diferencia del afásico afectado por la perturbación de contigüidad, el hombre arcaico no usa palabras aisladas, sino solamente palabras en combinaciones mayores o menores, pero tales combinaciones no son libres, es decir, no son sintagmas en un sentido propio porque dicho hombre no decide qué y cómo combina. Las combinaciones están dictadas por las verbalizaciones de su tradición, es por esto que aunque para nosotros dichas combinaciones aparezcan como sintagmas y combinaciones de los mismos, en realidad no lo son.
    La verdadera mente sintagmática supone la capacidad de aislar las unidades y de combinarlas libremente; las unidades son, insistimos en ello, “formas libres”, que es justamente lo que no son las palabras en condiciones de oralidad pura. El hombre arcaico utiliza las combinaciones que son los relatos tradicionales y que cubren todos los aspectos de su vida, pero dichas combinaciones no son sintagmas.

CONCLUSIÓN

La conclusión de todo esto para el problema de la mente es que la “mentalidad sintagmática” presupone un hombre que puede hablar en prosa gracias a que es capaz de utilizar las unidades lingüísticas por separado y también de combinarlas libremente. Según la teoría de medios –que es el marco conceptual más amplio en el que se ubica la teoría de la oralidad primaria a la que nos hemos referido– los hombres arcaicos, al no haber pasado por el entrenamiento psicológico de la escritura alfabética, no desarrollan realmente las capacidades verbales de fragmentación y de libre combinación verbal. Pero esto quiere decir que no las desarrollan en absoluto, ni para la verbalización ni para nada más. En el fondo de esto está el problema de la libertad en su nivel más básico, a saber, el del individuo intelectualmente libre frente a la inercia mental constituida como la tradición del grupo.
    En síntesis, el hombre sintagmático es una forma histórica especial de la conciencia, propia de Occidente, generada con base en el desarrollo y la mayor o menor profundización de la alfabetización, ya que ésta es el entrenamiento fundamental para tomar un todo, fragmentarlo en unidades y, luego, recombinar o recomponer estas unidades libremente, al margen de cualquier inercia mental.
    El hombre sintagmático del que parten tanto Metz como Jakobson es un supuesto injustificado fuera del contexto de la occidentalización, es decir, del contexto de la libertad intelectual, que empezó con el paso de la Grecia arcaica a la Grecia clásica gracias al desarrollo del alfabeto. Platón y Aristóteles, los escritores de narraciones y de tratados, son los primeros exponentes de la mente sintagmática, creadora de la filosofía, de la democracia, la introspección o autoconciencia, el arte y la imaginación por oposición a la alucinación y el rapto míticos.
    Por lo demás, hay que ser conscientes de que el Occidente acaba ahí donde la gente es analfabeta, ahí donde superviven condiciones arcaicas que hacen que la gente aún organice su comunicación y su conocimiento con base en dichos y refranes, canciones y mitos de todo tipo, ahí donde el ser humano es presa de la tradición como estructura de la mente, donde no existe la mente como estructura básica de la libertad.

Alberto Carrillo Canán, Instituto de Ciencias
Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, BUAP
cs001021@siu.buap.mx



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