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Elementos No. 73, Vol. 16, Enero - Marzo, 2009, Página 3
Relato, ética y corporeidad

Silvia Kiczkovsky                  Descargar versión PDF


Mucho se debate en la actualidad sobre el giro narrativo de la ética. En el campo de la filosofía, Marta Nussbaum,1 por ejemplo, habla de la necesidad de la imaginación literaria en el discernimiento moral y de las grandes novelas realistas del siglo XIX, como medios para la transmisión de valores éticos. Richard Rorty2 propone una ética narrativa, en tanto considera que sólo las formas narrativas como las novelas, los documentales, las películas, contribuyen a la ampliación de la capacidad moral, porque nos hacen más sensibles, ya que nos permiten profundizar en el conocimiento de las personas, sus situaciones de vida, sus sentimientos, sus necesidades. Estas posturas se enfrentan a las corrientes analíticas de la filosofía, que conciben a la ética sobre la base de normas prescriptivas que dictan las formas y regulan las buenas conductas.
    Uno de los dominios más importantes desde el cual se estudia la narración es el lingüístico; por lo tanto, es de interés reflexionar sobre la relación que existe entre la estructura de la narración y esta función de desarrollo de discernimiento moral. Mi trabajo se ubica en la lingüística cognitiva, una de las ramas de las ciencias cognitivas; por lo tanto, si bien centraré la atención en lo lingüístico, voy a valerme de la transdisciplinariedad, propia de esta ciencia, para reflexionar sobre las características de la estructura narrativa que hacen posible que cumplan con esta función de desarrollo de una habilidad ética.

ÉTICA Y CORPOREIDAD

El neurobiólogo Francisco Varela3 postula que la ética es una habilidad, y con esto quiere decir que se trata de una conducta espontánea, no regida por reglas: una persona sabe cuál es la acción adecuada en circunstancias determinadas y actúa en consonancia. Varela se basa en dos cuestiones para desarrollar su argumento: 1) la teoría cognitiva de la enacción, de la cual él es uno de los máximos exponentes, y 2) la concepción de los sabios orientales sobre la ética. Hablaré inmediatamente del primer punto y dejaré para el final el segundo.
    Según la teoría de la enacción, el conocimiento es conocimiento de lo concreto, de la manera en que funciona el sentido común, que es el trasfondo cognitivo de donde emergen nuestras acciones en la resolución de problemas cotidianos. El conocimiento es acción, más precisamente, es la emergencia de acciones adecuadas en contextos concretos y específicos. Esta concepción del conocimiento está reñida con la idea de representación y de procesamiento de información, tan cara a otras corrientes cognitivistas. Se trata de un conocimiento de tipo pragmático que sienta sus bases en la corporeidad. Esta corriente cognitiva rompe con la dicotomía mente-cuerpo al postular que los procesos mentales no están desvinculados de los mecanismos que hacen al funcionamiento del cuerpo en general, y del sistema nervioso en particular. La cognición para Varela no es la recuperación de rasgos preexistentes en el entorno; el cuerpo percibe y se mueve: el sistema perceptual y el sistema motor funcionan en conjunto, de modo tal que, por ejemplo, el aprendizaje de la visión no sólo depende de la formación de una imagen en la mente, sino también de los movimientos que acompañan al organismo que se desplaza en el espacio. Lo que le interesa al enfoque enactivo es cómo las acciones pueden ser guiadas por la percepción, el modo en que el sistema nervioso engarza las superficies sensorial y motora. Y la idea es que las estructuras cognitivas básicas emergen de patrones sensorio-motores. La emergencia de estas redes neuronales se produce en la interacción de nuestros cuerpos con el entorno, y no sólo nos permiten organizar nuestra experiencia del mundo, sino también actuar en él de manera adecuada. Hay acciones que están tan incorporadas a nuestra cotidianeidad que no necesitamos pensar en ellas para poder llevarlas a cabo. Por ejemplo, la acción de levantarnos, vestirnos, comer, etcétera. Somos expertos en ese tipo de acciones y eso se debe a la recurrencia de las mismas en nuestra experiencia. Considerar a la ética una habilidad, significa, para Varela, ser experto en ella, es decir, actuar de manera inmediata, sin meditar en reglas o leyes, en la circunstancia que se presenta, de la misma manera como nos vestimos o cruzamos la calle. En las comunidades tradicionales, hay ciertos hombres más expertos que los otros en ética, son los denominados sabios.
    Pero retornemos a nuestras disquisiciones neurobiológicas. La emergencia de los patrones sensorio-motores tiene como correlato mental los fenómenos de categorización. Dentro de la semántica cognitiva se ha propuesto que existen estructuras cognitivas básicas, denominadas categorías de nivel básico4 y esquemas de imagen,5 estructuras ambas que emergen de la interacción de nuestro cuerpo con el entorno. Estos mecanismos de categorización básicos tienen su correlato biológico en los mapas neuronales que se activan en los momentos en que el organismo percibe y actúa. Estas conceptualizaciones son el origen de esos mapas y la activación de esos mapas es, a su vez, origen de esas conceptualizaciones. Así se estructura la organización de nuestra experiencia más básica del vivir. En cuanto al conocimiento abstracto y de mayor complejidad, es producto de mecanismos imaginativos, resultado de la proyección de dominios concretos de experiencia, sobre dominios nuevos a conceptualizar a los que se les da el nombre de metáfora conceptual, parábola, fusión conceptual, de acuerdo con algunas características que lo diferencian.6
    Sin embargo, los seres humanos, además de organizar el mundo de nuestra experiencia en objetos, espacio y construir categorías abstractas, experimentamos emociones, que, según el neurobiólogo Antonio Damasio7 son un componente esencial para nuestra autopreservación y se ubican en el nivel más alto entre los mecanismos que la aseguran, por encima de las respuestas inmunes, los reflejos básicos, las reacciones ante el dolor o el placer, los instintos y las motivaciones. Son muy relevantes, pues proporcionan un medio natural para que el cerebro y la mente evalúen el ambiente interno y el que rodea al organismo, para responder en consecuencia. Para Damasio existe una diferencia entre emociones y sentimientos. Mientras las emociones son básicamente corpóreas, los sentimientos también tienen su residencia en el cuerpo, pero poseen un correlato en la mente. Los define como “la percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y de pensamientos con determinados temas”. Podemos sentir un estado de bienestar, que se relaciona con el “bienpensar”, o estados de malestar que tienen como correlato pensamientos de tristeza, de desarraigo, de enfermedad. En tanto el contenido de los sentimientos es la cartografía de un estado corporal determinado, su sustrato es el conjunto de patrones neuronales que cartografían el estado del cuerpo. Los sentimientos son, en esencia, una idea de un determinado aspecto del cuerpo, de su interior, en determinadas circunstancias e involucran a la mente porque implican la percepción de un estado corporal y la de un determinado estado mental que lo acompaña. Pero se trata de una doble percepción. La primera refiere a una percepción interior, la que hemos ya mencionado y que remite al interior del cuerpo; la segunda, a la percepción de un objeto externo que es la que desencadena el estado del cuerpo en cuestión. Por ejemplo, la visión de un objeto estético como un cuadro, o una escena de horror en una película de terror desencadena reacciones emocionales de distinto tipo en nosotros.
    Hay algo interesante en este planteo y es la definición de los sentimientos como una percepción del cuerpo y la conformación de una imagen del mismo en la mente. Es la posibilidad de entender que en tanto los sentimientos tienen como sustrato mapas neuronales, del mismo modo que los conceptos de los que hablamos anteriormente, los sentimientos también pueden ser categorizados. De este modo, así como categorizamos objetos, el espacio y la manera en que interactuamos con él, acontecimientos o eventos, también identificamos y categorizamos los sentimientos que acompañan a las situaciones que vivimos. En esta situación, emerge una categorización compleja, resultado de la interacción perceptual y motora del individuo con el acontecimiento, más los estados del cuerpo y sus imágenes mentales (los sentimientos) que se trata de la vivencia. Así, cuerpo, pensamientos, sentimientos y acción conforman un lazo indisoluble en el funcionamiento del ser humano. De este modo se van estableciendo rutinas que serán las bases de la constitución de los sistemas conceptuales que organizan nuestra experiencia del mundo y que, a su vez, son los modelos que nos permiten comprender y actuar en el mundo. En estos sistemas conceptuales se conjugan las estructuras cognitivas del pensamiento y las estructuras cognitivas de las emociones, de modo tal que al funcionar, lo hacen en conjunto.

LENGUAJE Y CORPOREIDAD

¿Qué relación guarda lo anteriormente expuesto con la ética y los relatos? Dejemos un momento a la neurobiología y entremos al ámbito de la narración, no desde la perspectiva de género textual, sino desde una perspectiva conceptual. Para el psicólogo Jerome Bruner,8 por ejemplo, la narración es una forma de pensamiento que entrama las vicisitudes de las intenciones humanas y está relacionado con la animicidad. Entrama la experiencia básica del vivir y le da sentido, no sólo a esa experiencia, sino también a nosotros mismos como individuos, en tanto interviene en la conformación del “Yo”. Postula asimismo la existencia de una predisposición pre-lingüística en los niños hacia el pensamiento narrativo, que se centra en el ámbito conceptual. Es una forma de representación mental detonada por las acciones y expresiones de las otras personas y por los contextos humanos básicos en que los individuos interactúan. A su vez, los individuos asumen determinados roles sociales en cada uno de estos contextos y actúan en consonancia con dichos roles en la trama de relaciones con sus semejantes. Esta estructura conceptual es lo que hará posible con posterioridad la emergencia de las estructuras gramaticales, que surgen desde la necesidad del narrar.
    De manera coincidente, Mark Turner,9 desde la lingüística cognitiva, propone que los seres humanos comprendemos nuestra experiencia como pequeños relatos espaciales porque estamos construidos evolutivamente para aprender a distinguir objetos y eventos y combinarlos en micro-relatos, que son estructuras básicas de categorización a la manera de los esquemas de imagen postulados por Johnson , a los que consideramos más arriba como estructuras básicas del conocer y que se correlacionan con las estructuras sensorio-motoras de Varela, o los mapas neurales, en términos de Damasio. De esta forma, si seguimos con el argumento que hemos venido desarrollando, estos micro-relatos, poseen un estatuto corpóreo. Por ejemplo, tomamos un vaso incontables veces en diferentes situaciones. Nuestro cuerpo está en diversas orientaciones en relación con el vaso, pero reconocemos el evento de tomar el vaso como perteneciente a una categoría porque todos estos eventos comparten un esquema que depende de un patrón. Este patrón, a su vez, depende de un programa motor y de la percepción. Dividir el mundo en objetos implica necesariamente dividirlo en estas unidades de micro-relatos porque reconocemos entidades relacionadas con otras y formando parte de eventos. Como se puede inferir por lo antes visto, al hablar de narración aquí, nos referimos a la narración como un mecanismo cognitivo, esto es, nos ubicamos también en el plano de lo conceptual, de la misma manera que lo hizo Bruner al hablar de pensamiento narrativo, y constituye la estructura de un evento que se expresa en una oración.
    Ahora bien, el evento es una categoría lingüística que se ubica en el plano del significado, y está conformada por objetos, individuos, acciones y relaciones entre todos esos elementos: esto es, el mundo que percibimos y con el cual interactuamos. Langacker10 lo explica por medio de dos metáforas: el modelo de escenario y el modelo de las bolas de billar. El escenario emerge de nuestra habilidad para interactuar con otras entidades e instaurarnos como observadores adoptando un punto de vista desde una determinada perspectiva. Sobre el escenario las cosas transcurren a la manera de campos de fuerza donde hay entidades que se relacionan a partir de esa dinámica que involucra energías. Estas energías atribuyen los roles a esas entidades, como las bolas en movimiento sobre una mesa de billar, dependiendo de ocupar el lugar desde donde emerge la energía, o el objeto que recibe la energía, por ejemplo, adoptando roles de agente, paciente, instrumento, etcétera. Esta estructura de evento de Langacker, también es considerada una unidad narrativa mínima, donde las entidades tienen como atributo roles que se establecen en la recurrencia de un determinado patrón que asienta sus bases en lo corpóreo.
    Para los tres autores mencionados, las estructuras narrativas descritas se inscriben en el marco de lo conceptual y partimos de la base de que los significados lingüísticos son los conceptos mismos. Este plano conceptual es la base de la gramática, cuya función es organizar los significados y posibilitar que los conceptos sean expresados por medio de sonidos o grafías. Para Turner, los micro-relatos, son también la base desde la cual, por medio de la proyección, uno de los mecanismos cognitivos imaginativos más importantes, surgirá la gramática de una lengua. La proyección o mapping arrastra todos los procesos cognitivos involucrados en el relato: la estructura de esquema espacial, las capacidades motoras, las modalidades sensoriales, la categorización gramatical y perceptual. Yo añadiría también los sentimientos involucrados en la situación. Esta proyección crea una estructura gramatical que organiza los conceptos que serán, a su vez, expresados en sonidos. Si esto es cierto, el lenguaje asume un carácter corpóreo e imaginativo y puede ser comprendido como parte del sistema cognitivo humano global. La narración como fenómeno conceptual, asume las mismas características en relación con lo corpóreo.
    Ahora bien, hasta ahora hemos definido la narración como estructura conceptual básica. Pero hay otra concepción de la narración que es la que la hace texto, relato, esto es, las historias que nos cuentan o que contamos. Estos relatos se manifiestan en un discurso que tiene un nivel conceptual: la historia que contamos y un nivel de enunciación: la manera en que expresamos y organizamos esa historia, que es una sucesión de eventos. Por lo tanto, podemos trasladar esta idea de corporeidad de las estructuras narrativas también a los relatos como historias que contamos. Y este es un argumento que nos va a ser de utilidad para comprender más adelante la relación que establecemos entre relato, ética y corporeidad.
    Lo que hasta aquí hemos expuesto sobre la narración como mecanismo cognitivo ha dejado de lado los sentimientos. Más arriba declaramos que los sistemas conceptuales, de origen corpóreo e imaginativo, incluyen también una estructura cognitiva de los sentimientos, de modo tal que cuando emerge una estructura conceptual narrativa, también hay un sentimiento que acompaña a dicha conceptualización. A lo largo de la vida nos vemos involucrados en diversas situaciones que conceptualizamos a la manera de narraciones y al hacerlo, ésta va acompañada por un sentimiento que es el que emerge en esa situación y que se manifiesta en las valoraciones que hacemos de los individuos, de los objetos, de las situaciones. Estas evaluaciones expresan sentimientos y surgen de una estructura cognitiva que es la que nos hace sentir de determinada manera ante las situaciones, objetos o individuos, y también se expresan en estructuras lingüísticas. Por ejemplo, estoy triste y enojada si mi equipo de fútbol perdió el partido. Eso responde a un sistema de valores en el que “perder” es un hecho negativo y frustrante, que produce los sentimientos antes mencionados. Las rutinas de las distintas vivencias, tal como las hemos definido, se afianzan en los patrones neuronales y forman parte de nuestra disposición para comprender las situaciones en las que nos vemos involucrados, evaluarlas, emocionar de determinada manera en ellas, y actuar en consecuencia.

RELATO Y ÉTICA

Retomemos ahora el punto que dejamos en suspenso al inicio: la concepción de los sabios orientales sobre la ética. Se trata en realidad de una reflexión que hace Varela desde algunas filosofías orientales como el taoísmo, el budismo, el confusionismo. En las culturas tradicionales existían personas que eran más expertas en ética que otras. Esas personas eran los sabios. En el siglo IV antes de Cristo vivió en China un sabio confusionista, cuyo nombre era Mencio. Para Mencio, la disposición natural del ser humano, junto a condiciones de desarrollo adecuadas, determina las respuestas emocionales en los individuos. La virtud está relacionada con tres nociones: la extensión, la atención y la conciencia inteligente.

Las personas desarrollan vívidamente la virtud cuando extienden su conocimiento y sentimientos desde situaciones en las que una acción determinada se considera correcta hasta otras en las que la acción correcta no está tan clara. El proceso da por sentado que los individuos poseen una capacidad para prestar atención a aquello que se debe hacer empleando la conciencia inteligente. Para extender sentimientos es necesario tanto percatarse de que una situación se parece a otra como lograr que los sentimientos “irrumpan” en la nueva situación.11

    Pareciera absolutamente factible trasladar las ideas de Mencio a los conceptos que se manejan dentro de las ciencias cognitivas y, tal vez, porque conciernen a mecanismos que hacen al conocimiento en general. Ya nos hemos referido a la concepción corpórea e imaginativa del conocimiento. Corpóreo porque el conocimiento de lo concreto se debe a los patrones sensorio-motores que se expresan en las categorizaciones de objetos, acciones, eventos, que emergen de nuestra interacción con el mundo; imaginativo por la existencia de mecanismos de proyección (mapeos) que nos permiten establecer analogías, trasladar estructuras de dominios concretos hacia otros dominios a conceptualizar. También los sentimientos, como ya lo hemos mencionado, poseen una estructura cognitiva que acompaña a los objetos, agentes, y acontecimientos categorizados. Prestar atención, percibir una situación, se corresponde con los mecanismos de categorización; extender la situación a otras similares se corresponde con los mecanismos proyectivos imaginativos que nos permiten trasladar características de un dominio, el de la situación bien conocida, hacia el dominio de la situación que no se conoce muy bien. Recordemos que la proyección arrastra no sólo la estructura conceptual del dominio que puede contener agentes, acontecimientos, sino también los sentimientos involucrados. Para el enfoque enactivo, la acción es guiada por la percepción. Si esto es así, entonces, del percibir y extender “irrumpe” o emerge la acción apropiada para el contexto en cuestión, situación nueva que ha sido comprendida sobre el trasfondo de la conocida.
    La mayor parte de las redes comunicativas en las que participamos son tramas narrativas en las que nos vemos involucrados como protagonistas o como narradores, o ambas cosas a la vez. Estas tramas narrativas van conformando un trasfondo de conocimiento sobre el actuar y emocionar humanos en los diversos contextos: qué roles asumimos, qué sentimientos producen los acontecimientos que vivimos, cómo reaccionamos en función de esos marcos conceptuales que nos conforman, que nos hacen ser lo que somos dentro de la cultura a la que pertenecemos. Son nuestras formas de estar en el mundo.
    La ética sienta sus bases en las conductas que promueven el buen vivir. El buen vivir depende de un estado de bienestar y de “bienpensar”. Sucede que somos seres sociales, por lo cual, no sólo el bienestar como individuos es importante; el bienestar del otro también lo es, en la medida en que el daño al otro nos daña a nosotros mismos. Hemos actuado y aprendido conductas en interacción con el mundo que nos rodea y con los otros. Hemos tenido sentimientos asociados a esas conductas y hemos experimentado los estados del bienestar o del malestar asociados a las mismas. Nuestra memoria de las conductas existe gracias a las narraciones que entraman gran parte de nuestra experiencia de vida. Pero al mismo tiempo, todas las narraciones que oímos, que leemos, que vemos, también van pasando a formar parte del sentido común, del conocimiento encarnado, del lugar desde donde comprendemos nuestro vivir. Este trasfondo narrativo, con todo lo que involucra en cuanto a acciones, sentimientos y valoraciones, es el que conforma una experiencia ética desde la cual emergen las acciones adecuadas en cada momento del vivir. Las culturas tradicionales, aquellas en las que existían los sabios, sabían mucho sobre el valor de los relatos; tan es así, que no existe ninguna que no tenga un vasto acopio de cuentos cuyos protagonistas principales son los sabios. Éstos eran los poseedores de una ética encarnada, a la manera en que la hemos explicado; una ética corpórea. Esta corporeidad hace que no sea necesario hablar de reglas de conducta, sino de conductas que emergen en la espontaneidad del vivir. Hay un cuento jasídico, de la tradición mística judía, que ilustra maravillosamente bien lo que hemos planteado; no son las reglas que se enuncian las que hacen a la eticidad del sabio, sino sus conductas más simples y cotidianas.

Rabí Leib, hijo de Sara, el tzadik oculto, que erraba sobre la tierra siguiendo el curso de los ríos a fin de redimir las almas de los vivos y los muertos, dijo esto: “Yo no voy a lo del maguid para escucharle decir la Torá, sino para ver cómo desata los zapatos de fieltro y los vuelve a atar”.12

    Estamos muy lejos de pertenecer a sociedades como las tradicionales en las que existían los sabios. Sin embargo, conocer los mecanismos que hacen al aprendizaje de los sentimientos y las conductas sociales pareciera ser un imperativo cuando necesitamos reflexionar sobre las narraciones que conforman nuestro vivir.

R E F E R E N C I A S

1 Nussbaum M. Love’s Knowledge. Essays on Philosophy and Literature, Oxford University Press, New York/Oxford (1990).
2 Vázquez Roca A. Rorty: el giro narrativo de la ética o la filosofía como género literario. A Parte Rei. Revista de Filosofía 42 (2005). Disponible en:
.
3 Varela F. La habilidad ética, Ed. Debate, Barcelona (2003).
4 Varela F, Thompson E y Rosch E. De cuerpo presente. Las ciencias cognitivas y la experiencia humana, Ed. Gedisa, Barcelona, España (1992).
5 Johnson M. The Body in the Mind, The University of Chicago Press, Chicago (1987).
6 Fauconnier G. Mapping in Thought and Language, Cambridge University Press, Cambridge (1997).
7 Damasio A. En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Ed. Crítica, Barcelona (2005).
8 Bruner J. Realidad mental y mundos posibles, Ed. Gedisa, Barcelona (1982).
9 Turner M. The Literary Mind, Oxford University Press, New York/Oxford, (1996).
10 Langacker R. The Cognitive Basis of Grammar, Mouton de Gruytier, Berlin/New York, 1991.
11 Varela F. La habilidad ética, Ed. Debate, Barcelona (2003) 52.
12 Buber M. Cuentos jasídicos, Paidós, Orientalia, México (1989).


Silvia Kiczkovsky
Posgrado en Ciencias del Lenguaje
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, BUAP
skiczkov@siu.buap.mx





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