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Elementos No. 72, Vol. 15, Octubre - Diciembre, 2008, Página 9
Los cuervos, urracas y amores pájaros de Candance Savage

Anamaría Ashwell                 Descargar versión PDF


Candace Savage se declara entre esas “extrañas personas” que replican a los graznidos, arrullos y chasquidos de cuervos, cornejas y grajillas. Admite, además, que esos diálogos sonoros con estas aves cantoras de plumaje negro la llenan de felicidad. Y sabiduría.
    Ella vive en Saskatoon, Saskatchewan, Canadá y es autora de numerosos y premiados libros de historia natural; sus libros dedicados a estas aves de plumaje negro, ilustrados con dibujos y fotografías que abarcan a todas las variedades de aves de la familia Corvina –cuervos, urracas, arrendajos, cornejas, grajos, grajillas– son el resultado de las decenas de años que ella ha dedicado a contemplarlos y admirarlos.
    Lo primero que Savage se pregunta es ¿por qué estas aves desagradan o fascinan, casi siempre sin modulaciones, a los humanos? La literatura y la mitología, las leyendas de origen de pueblos disímiles a lo largo y ancho del planeta casi siempre tienen alguna referencia a ellos. Savage recoge en sus libros algunos dichos, mitos, poemas y observaciones que refieren los poderes mágicos o míticos de estas misteriosas aves de plumaje negro. En México, las leyendas negras sobre las urracas son legión: que roban nidos, que roban todo lo que brilla, que ahuyentan a otros pájaros cantores, que son agoreras de la muerte y los malos pensamientos o que anuncian sueños cargados de pesadillas. Todas estas calumnias las he escuchado cuando he salido en su defensa porque yo, como Candace Savage, siento sólo entusiasmo y admiración por sus “salvajes alas negras”.
    En México no nos visitan los cuervos nórdicos –esos de gran tamaño, con narizota ganchuda y hendiduras en sus alas– que ostentan una cola en forma de diamante. Sobre ellos escribió Edgar Allan Poe “Once upon a midnight dreary…”. En una tarde lluviosa y fría en los jardines del Museo Tate Modern, en las riberas del río Támesis, ponderando con admiración las mismas aves, descubrí la luminosidad del Sol que se apodera del negro de la noche con el sólo batir de sus alas. Somos también muchos los que con Savage hemos quedado prendidos para siempre de esta negra luminosidad voladora.
    Savage nos explica que a los cuervos, quizás porque son carroñeros y de plumaje negro, los hombres modernos los asocian con su miedo a la muerte. En la India, específicamente, existen culturas que tienen a las urracas y los cuervos como aves de duelo. Sin embargo, en estos siglos de depredación de la naturaleza, las urracas y los cuervos parecieran más bien vitales y exitosos sobrevivientes en nuestras ciudades: se han adaptado a alimentarse de nuestros desperdicios, anidan en los rascacielos e invaden los jardines arbolados recogiendo todo aquello que nosotros desechamos; se reproducen ruidosamente y de manera eficaz también, mientras otras aves sucumben a la contaminación. Si el cuervo es oportunista y desconsiderado, si ciertamente roba la comida del perro, nos espía por las ventanas y convulsiona el alba con sus agudos graznidos, nos explica Savage, nadie ha podido documentar que su habilidad para sobrevivir en este planeta contaminado haya sido a costa de la declinación de la población de otras aves. De eso somos responsables sólo los humanos. Únicamente en el desierto suroeste de Estados Unidos, documenta Savage, se le puede atribuir a los cuervos la declinación de una especie de tortuga que encontró allí una zona de refugio. De muerte tienen poco y de vida tienen mucho. Y vestidos, además, de luto.
    La documentación científica es además abundante sobre la inteligencia de estas aves. Ingeniosas e imaginativas inspeccionan plantas y árboles con la curiosidad de un científico para procurarse gorgojos, ciempiés o larvas. Elaboran instrumentos simples y eficientes, incluso ganchos, para conseguir alimentos que están escondidos en los troncos de los árboles. El Corvus moneduloide que sólo habita las islas remotas de Grande Terre y Maré (Nueva Caledonia) es hábil poseedor de “un sofisticado dominio de herramientas” –como lo describió un biólogo. Para los que los han estudiado no cabe la menor duda: “para su tamaño los cuervos se cuentan entre los organismos más inteligentes de la Tierra, no sólo por delante de otros pájaros –con la posible excepción de los loros– sino también de casi todos los mamíferos”; éste es el consenso al cual llegan lentamente ornitólogos y biólogos, aunque pareciera sabiduría de Perogrullo para los que observamos admirados su vuelo diario.
    La conducta social de estas aves también sorprende incluso a quienes por décadas han estudiado sus hábitos cotidianos: estas aves se ayudan altruistamente, protegen a las crías, algunas especies integran parejas de por vida, forman grupos cooperativos y sociedades en las cuales existen servidores o ayudantes del nido. Tienen también vidas cortas: no suelen superar los siete años. Son aves que traman y conspiran, que modulan sus cantos para comunicarse y que saben servirse de otros –incluso de lobos (éstos limpian el grueso pellejo de los cadáveres)– porque también saben compartir la mesa. Simplemente: son seres admirables.
    “Grim, ungainly, ghastly, gaunt and ominous”, sin embargo, dijo de ellos Edgar Allan Poe. La mitología escandinava lo contradice. Odín, padre de todos los dioses, tenía dos oídos de cuervo. Odín oía y reinaba a través de ellos; dos cuervos negros, Hugin y Munin, sobrevolaban los nueve mundos trayéndole noticias de cuanto sucedía en su reino. Los cuervos vaticinaban el futuro, predecían victorias y derrotas, y decidían entre la vida y la muerte de los guerreros del dios.
    Portentosas aves envueltas en su traje de plumaje negro, urracas y cuervos que vuelan, velan e iluminan la eterna noche de los hombres: ¿qué no hay de belleza en ellos?

Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com



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