Ir a inicio de: Elementos

Buscar en Elementos:

Elementos No. 70, Vol. 15, Abril - Junio, 2008, Página 55
El paso del cangrejo de Gela García

May Zindel                 Descargar versión PDF


“Al crear mi doble, tomo distancia y muestro a los demás mi experiencia con el cáncer”. Con esta frase nos recibe la exposición de Gela García: El paso del cangrejo, montada en la sala Juan Cordero de La Casa de la Cultura, en Puebla. La dramática, impactante exhibición, integra ocho torsos, pasajes de su diario íntimo y fotografías, sonidos producidos por ballenas y un simbólico párrafo que cierra y abre la reflexión.
    Al contextualizar la inquietante “instalación” de Gela García, quizás sea imprescindible recordar que cada dos horas y veinte minutos muere una mexicana por cáncer de mama. Constituye la segunda causa de muerte por neoplasias malignas, según las estadísticas del INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática). La mortalidad por cáncer de mama ha tenido una tendencia ascendente en los últimos años. Datos de 1998 en México situaban en 3,389 las defunciones, con una tasa de mortalidad de 15.1 por 100,000 mujeres de 25 años. Entonces significaba que diariamente morían 9 mujeres en edad reproductiva. Hoy las tasas de incidencia y mortalidad han aumentado, sobre todo en los estados del norte de la República y el Distrito Federal. El cangrejo no se detiene.
    De ahí el valor testimonial –grito de alarma– que socialmente proyecta la exposición, donde cada parte se vincula estrecha, artísticamente a un todo, a un singular lenguaje que el espectador logra percibir a través del alma, de la vista y el oído... De ahí la cita de Flusser, en donde comenta que “[…] cada cosa está unida de manera invisible con todas las demás de tal manera que estas relaciones penetran en la imagen.”
    La obra de Gela perturba por su motivo temático y por la simultánea emotividad que logra proyectar, gracias a la manera inédita en que los artificios expresivos se combinan. Su obra nos transporta a los orígenes, a las preguntas primigenias, a una dimensión profunda donde afrontamos la fragilidad humana. Muestra claramente el proceso bruto y doloroso de una experiencia personal que puede ser compartida por todos, pues va más allá de ser arte de género.
    Comienza por lo particular, pero logra alcanzar lo universal al proponer un giro novedoso que surge de su experiencia única como mujer, como ser humano. Esta confrontación perturbadora de carácter moral es tal, precisamente, por la delicadeza y sensibilidad extraordinarias de la autora, por el logro estético de la obra.
    Los torsos representan las ocho quimioterapias recibidas por Gela, nacen como moldes de yeso que ella trabaja de un modo valiente, sensible y auténtico. Son una especie de réplica de sí misma, el doble del que nos habla al inicio. Muestran un anhelo por mudar su piel. Por un lado está el deseo de esconderse detrás de esas capas de yeso como protección, como capullo. Por otro, el buscar una curación, una forma de embalsamar o extirpar su dolor, su enfermedad, su desesperación: una especie de epidermis purificadora con capacidad de renovar.
    Estos torsos titulados árbol, convivencia, demonios, hospital, mar, metamorfosis, mutilación y otro lenguaje, presentan una curiosa paradoja. Están trabajados de manera orgánica, en forma de collage, cubiertos por elementos de la naturaleza, insectos, peces, conchas, caracoles, piedras..., de los que brota la sensibilidad y feminidad. Y a la vez cada torso delicado y vulnerable es atravesado por jeringas, mutilado, agredido, se queja y gime. Gemido que se convierte en eco a través del sonido del lenguaje de las ballenas que se escucha en la sala. Estas piezas son símbolos de un dualismo necesario para lidiar con la vida y la muerte como experiencia límite. Escenarios artísticos que sustituyen la situación.
    Las páginas del diario que acompañan los torsos potencian su fuerza. Al leerlas, nos identificamos con la artista, nos provocan la experiencia de lo sublime como resultado de un sentimiento ambivalente, al confrontarnos con la posibilidad del límite de la existencia. Nos afirma como seres efímeros, frágiles, innecesarios, prescindibles. La artista nos lleva a experimentar el sentimiento de lo sublime pues tras alejarse de lo cotidiano, nos sacude al impartir una perspectiva diferente. Al recordar nuestro destino inevitable, revela lo que quizás muchos reprimen, silencian. Nos saca del estado de adormecimiento en el que nos encontramos al mostrar una obra de alto contenido estético cuya expresividad estremece.
    Entre torsos y confesiones íntimas de El paso del cangrejo están las fotografías. Ahí la artista capta –como diría el fotógrafo francés Cartier-Bresson– “el instante decisivo”. En sus imágenes, el encuadre y la composición dejan de tener importancia, el tiempo es suspendido, las realidades se congelan y la deformación es resaltada, apenas hay una sugerencia de imágenes que transmiten una intensidad contagiosa. En ellas queda resumida la vorágine de la naturaleza, de su ciclo devorador. Algunas están cosidas de manera mecánica con puntadas minúsculas, íntimas, con hilo rojo. Hilo que construye bordes simulando heridas, cortes, cicatrices, piquetes y dolor de manera constante, de manera repetitiva. Lo pertinente de la fotografía es que nos hace conscientes de la verdad en cuanto al nivel del tiempo, como dice Roland Barthes: “La fotografía repite mecánicamente lo que nunca podrá repetirse existencialmente.” Nos recuerda que ese momento congelado, bidimensional, ya pasó, es único e irrepetible.
    Se podría decir que hoy más que nunca vivimos en la caverna de Platón. El constante cambio de imágenes que nos rodea es tan prolífico que llega a sustituir la realidad. Vivimos rodeados por el exceso, el cual, justamente, nos agota el tiempo, de tal manera que ante el exceso de imágenes nos vemos incapacitados para ponerles atención. De ahí el comentario de Lipovetsky acerca de que “en la sociedad posmoderna todo está permitido, hay que ir siempre más lejos, buscar dispositivos inauditos”.
    Según Lipovetsky, vivimos rodeados constantemente por un exceso de imágenes e “informaciones que nos abruman y la rapidez con la que los acontecimientos mass-mediatizados se suceden, impide cualquier emoción duradera.” Sobre el tema Gabriel Orozco comenta que los artistas son muy afortunados si los espectadores se toman el tiempo de observar su obra por algunos segundos, y afirma que lo decisivo es cuánto tiempo se quedará la obra en la memoria del espectador. En este sentido de la frágil estancia, Gela ha logrado que su obra permanezca en nuestra memoria, que nos acompañe.
    La valentía es imprescindible para afrontar la muerte, el dolor y la soledad; pero la artista ha ido más allá o más acá, ha logrado convertir la tragedia –su tragedia– en signo de amor a la vida, en poesía... Así es como recordaremos siempre la frase de Artaud que sabiamente aparece en su texto: “El arte, como la peste, debe matar sin destruir, debe invitar el espíritu al delirio.”

May Zindel
zindelperez@yahoo.com.mx



Ir a inicio de: Elementos
Ir al catálogo de portadas