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Elementos No. 70, Vol. 15, Abril - Junio, 2008, Página 33
Pajaritos en la cabeza

Julio Muñoz                 Descargar versión PDF


En el número 69, volumen 15, de Elementos se publica una suerte de reivindicación de la ingestión ritual de hongos psicoactivos. El autor, Julio Glockner, antropólogo de la BUAP, presenta dos líneas de defensa. En una alude a las causas pasada y presente de la incomprensión mostrada por la civilización occidental hacia dicha ingestión. En la otra se refiere a los aspectos lingüísticos que implican adhesiones conceptuales.
    La incomprensión de las culturas indígenas se debió en el pasado, dice Glockner, a la cultura judaico-cristiana –más cristiana que judaica– cuya verdad era la única. Pues claro, digo yo, se trataba de dominarlos y no de entenderlos. ¿Podría el antropólogo Glockner darme un ejemplo de conquista en la que el propósito del conquistador sea el de entender e imbuirse de la espiritualidad de los conquistados? Puede escoger cualquier cultura. Incluso la de los aztecas, que ingerían hongos psicoactivos mientras sacrificaban prisioneros, algunos tan cercanos como los tlaxcaltecas, a los que además masacraban cobardemente en sus “guerras floridas”, o tan lejanos como los pueblos de lo que hoy llamamos Centroamérica. En cuestiones de crueldad extática, los aztecas les daban veinte y las malas a los conquistadores. El problema, respetable antropólogo, no es una cultura o una religión en particular, sino la dominación que toda cultura ejerce sobre otra en algún momento.
    Después de una muy ilustrada y relativamente larga crónica de la incomprensión que los clérigos españoles mostraban hacia los rituales de las culturas mexicanas, Glockner dice que esa incomprensión no es el problema. Después de todo, los mazatecos y los huicholes también son cristianos. La verdadera ruptura entre la espiritualidad de las culturas indígenas y la cultura occidental, nos revela Glockner, se debe a la ciencia. Tiene razón, aunque el propósito del conocimiento científico no tiene que ver con la espiritualidad. La ciencia no emprende ninguna desacralización. Pero aunque vea moros con tranchete, reitero que tiene la razón. El conocimiento científico tiende a dejar en cueros a las creencias mágico-religiosas, sean indígenas o de donde sean. Glockner parece optar con cierta nostalgia por el chamanismo que nos viene del paleomesolítico. Que lo disfrute. Ahí está Huautla. Yo me quedo donde estoy, como el dinosaurio de Monterroso. Siempre que despierto, todavía estoy aquí.
    Dice Glockner que “la sociedad moderna… deja lo imaginario en el terreno de la fantasía”. En cuanto a las ciencias y las artes, el componente más importante es la imaginación. Lo demás es técnica. La antropología es una ciencia que trata sobre los aspectos biológicos y sociales del hombre, pero en cuestiones biológicas Glockner es lego. Además, incurre en pleonasmo. Una de las acepciones de fantasía es: “Grado superior de la imaginación; la imaginación en cuanto inventa o produce”.
    El frente lingüístico y conceptual de Glockner se centra en el rechazo a que los referidos hongos sean calificados como drogas, pues esta palabra tiene mal nombre. También combate que se les llame alucinógenos por lo que esta palabra significa, pero aquí está doblemente confundido o hace trampa. Dice él que alucinógeno viene de la palabra latina allucinari, lo cual no es cierto, pues esta palabra quiere decir alucinar, y ésta, en castellano, tiene cinco acepciones. Glockner escoge la que le conviene, pero hay otra, que es la que entienden los científicos: “que padece alucinaciones”. Alucinógeno viene de hallucinogène, que en nuestro idioma quiere decir “que produce alucinación”, que a su vez significa “sensación subjetiva que no va precedida de impresión de los sentidos”. Aquí hay que matizar. Cuando un esquizofrénico alucina con visiones imaginativas, están activas las áreas del cerebro que también se activan con estímulos visuales externos. Es de esperar que en el éxtasis provocado por los hongos alucinatorios se encontrará que hay áreas cerebrales que entran en actividad y crean la experiencia interna. Y esto es muy real y objetivo. La percepción del sujeto –subjetiva– no quiere decir ahora que no sea objetiva. Se puede medir (véase Isomorfismo interactivo cerebromental. Elementos, 2007, no. 67, 19-22). La realidad, a mi juicio y al de muchos otros, consiste en la interacción de “lo que está ahí afuera” y lo que podemos percibir directa o indirectamente. La realidad se construye mediante interacciones del objeto y el sujeto con su historia de experiencias previas. En la alucinación esquizofrénica lo que falta es lo que está ahí afuera y, posiblemente se trate de un extremo de la normalidad. Al final explicaré esto. Quizá le guste al antropólogo Glockner.
    Para suprimir el término alucinógeno como descriptivo de la acción de los “niños santos” de María Sabina, o los “pajaritos” (Psilocibe mexicana) del centro de México, Glockner aboga por el término “enteógeno”que, nos dice, viene del griego en theos genos y que traduce como “generar lo sagrado”. He leído que el neologismo viene de éntheos, que significa “poseido por un dios”, y genos, que no significa generar (procrear, producir algo) sino “origen, nacimiento”. El término completo se ha traducido también como “devenir divino por dentro”. En fin, no soy helenista, sino ateo de la cultura judaico-cristiana y por ello el neologismo me es palabra hueca. De plano, estoy desacralizado. Así como enteógeno –termino académico ilustrado– no me dice nada –y quizá a los mazatecos tampoco–, alucinógeno me dice mucho, y es un término mucho más preciso que psicoactivo. La marihuana también es psicoactiva, pero no induce alucinaciones. A mí me gusta el nombre de “pajaritos” para todo hongo alucinógeno. Pajaritos en la cabeza.
    Sin ser indigenista expreso mi respeto y comprensión hasta donde ésta me da para con los rituales mazatecos y para todo ritual, sea propio del chamanismo o de cualquier religión siempre y cuando el ritual no perjudique a otros. Más aún, no repruebo al adicto a consumir sustancias psicoactivas, sea la psilocibina o cualquier otra, y mucho menos si nos entrega algún bien estético, como lo han hecho numerosos escritores. Aldoux Huxley era adicto al LSD y lo tomó hasta en su lecho de muerte. ¡Qué horror, antropólogo Glockner!, ¡una droga sintética! Porfirio Barba Jacob, poeta colombiano, borracho y marihuano perdido, deleita con versos como el que dice “…somos tan móviles, tan móviles, como la leve brizna al viento y al azar”. Y no es que crea que el canabinol le inspirase la poesía, sino que su misma exaltación lo llevaba a dos adicciones: la poesía y la marihuana.
    Glockner no solamente entiende a los mazatecos, sino que al parecer participa de su espiritualidad onírica y cree que los “niños santos” de María Sabina son oráculos de la divinidad y fuente de poder adivinatorio.

Los sueños son una fuente de mensajes y de premoniciones… Cuando se consumen ritualmente plantas sagradas se tiene acceso a una dimensión espiritual en la que se revelan verdades y es posible comunicarse directamente, cuando se está preparado para ello, con seres cuya voluntad incide en el curso de las cosas de este mundo.

    Creo que preparado debe entenderse como predispuesto.
    Los hongos Psilocibe no crean dioses ni devienen divinamente, sino el cerebro de quienes los ingieren, y también de algunos que no los ingieren: los esquizofrénicos. Podría hacer la crónica de los opiáceos endógenos, pero sería demasiado largo (véase Rosario Vega, Opioides: neurobiología, usos médicos y adicción. Elementos, no. 60, 11-23). El caso es que hay una molécula (receptor) en la membrana de algunas neuronas a la que se liga la morfina. Si no fuese así, ésta no produciría efectos. Pensar en esa posibilidad fue muy imaginativo. Después se postuló y se demostró que hay moléculas endógenas que se ligan al mismo receptor (opiáceos endógenos). El LSD, la psilocibina, el canabinol, la mescalina , etc., van por el mismo camino. Las evidencias apuntan a una generalización: toda sustancia que modifica la actividad neuronal se une a un receptor al que también se unen sustancias endógenas, que podrían ser incluso alucinogénicas (esquizógenos), las cuales estarían en baja concentración en la mayoría de los individuos. La alta resistencia a la psilocibina de María Sabina podría manifestar una baja cantidad de receptores a esta sustancia, y la esquizofrenia podría resultar de una gran producción de esquizógenos, de sus receptores o de ambos. Cabe mencionar que la concentración de toda molécula varía entre individuos de la misma especie. La mayoría tiene concentraciones muy parecidas o iguales, unos tienen menos y otros tienen más. A esto se le llama distribución normal. Los esquizofrénicos estarían en un extremo de la distribución.

Julio Muñoz
Investigador Titular, Departamento de Fisiología del CINVESTAV
jmunoz@fisio.cinvestav.mx




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