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Elementos No. 69, Vol. 15, Enero - Marzo, 2008, Página 55
Tres nudos en la gestión de proyectos urbanos en contextos de pobreza

Ignacio Cardona                 Descargar versión PDF


LA POBREZA

Una razón fundamental ha ido motivando esta investigación, el hecho de que más del 90% de los venezolanos vivimos en ciudades, una cifra similar pareciera ser la tendencia a nivel mundial. “Cada día, en el mundo, hay 18,000 personas más que viven en las ciudades: para 2008, más de la mitad de la población mundial vivirá en zonas urbanas”.1 Según la División de Población de las Naciones Unidas,2 para 2025 se prevé que el 75% de la población urbana mundial vivirá en los países menos desarrollados. Para el año 2020, la población urbana en los países en desarrollo podría alcanzar el 50%. La sostenibilidad del planeta está en la sostenibilidad de sus ciudades.
    Las nociones de “desarrollo sustentable” surgieron del aporte del Informe Brundtland para la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo titulado Nuestro futuro común3 definiéndolo como “aquel que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las capacidades de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”. Sin embargo, aún cuando las primeras aproximaciones a la problemática del desarrollo sustentable aluden a temáticas ambientales tales como la administración de los suministros de recursos naturales y la deposición de desechos para la preservación del medio ambiente, la urgencia en la búsqueda de una sostenibilidad nos obliga a entender la problemática en términos integrales.
    De allí surgen las nociones vinculadas a la sostenibilidad social, que se convierte en un tema capital en nuestros países en vías de desarrollo. No puede haber desarrollo sustentable en una región agobiada por la pobreza. Un medio ambiente urbano degradado no es el mejor escenario para que el individuo se ubique en una plataforma sólida que le permita generar prosperidad y desarrollo, y sin desarrollo no puede haber desarrollo sustentable.
    “La ciudad es la consecuencia de la agrupación de seres humanos”, pero a diferencia de las agrupaciones de otros animales, “en las ciudades el hombre realiza mejor su libertad que fuera de ellas”.4 Paradójicamente, el ser humano se agrupa en ciudades porque allí se encuentran las condiciones de vida que le permitirán, de manera aislada y soberana, lograr su crecimiento personal en búsqueda de su íntima trascendencia. Las ciudades se originan por una necesidad de un tipo de intercambio que promueva tanto el desarrollo individual como el colectivo. El trabajo productivo se convierte en uno de los motores fundamentales para el desarrollo individual y, luego, para el colectivo; generando una dinámica sistémica en la relación individio-medio urbano que apunte a la sostenibilidad.
    Pero en contextos de pobreza esta posibilidad de desarrollo se encuentra truncada. Cada vez es mas frecuente el grado de deterioro de sectores extendidos en las ciudades latinoamericanas donde la ciudad niega la dotación de servicios y espacios para el roce cívico de sus habitantes. La carencia de servicios, la contaminación ambiental, la dificultad de la fluida conectividad entre los diferentes subsectores de la ciudad, limitan la posibilidad de una sinergia de desarrollo socioeconómico para el ciudadano que se ve limitado en su cotidianidad. Parafraseando a Joaquín Sabina, se trata de habitantes que vinieron con la esperanza de devorarse a las ciudades y la ciudad se los va merendando.
    En este contexto, el habitante de contextos urbanos en situación de pobreza deambula por su ciudad en una constante supervivencia esperando el momento de poder trasladarse a otro contexto que le brinde mejores oportunidades. Los jóvenes que, por ejemplo, alcanzan logros académicos o deportivos, una de las primeras cosas que se plantean es salir de la comunidad donde residen, como comenta jr, un joven de 17 años de la comunidad de Antímano, Caracas: “Una mierda, eso no sirve, puro malandro por todos lados, yo me quiero mudar y dejar atrás ese maldito barrio, quiero superarme e irme bien lejos”,5 lo que aumenta la sensación de poca valía de los habitantes que se quedan y disminuye las probabilidades de su desarrollo endógeno. Se va creando lo que podemos denominar una “cultura de la huída”; el ser humano habita su entorno sin vivir de él, alejándose de aquello que ya habíamos dicho da sentido a las ciudades: la necesidad de intercambio. Tenemos, entonces, una ciudad sin ciudadanos.
    Intervenir en contextos urbanos de pobreza se ha convertido en una de las necesidades más imperiosas que debe afrontar el arquitecto en la sociedad contemporánea, con la esperanza de que un mejoramiento sistémico en el medio urbano podrá motorizar la sinergia necesaria para promover el arraigo del ser humano de manera que logre hacer de su entorno un espacio que promueva su propia sostenibilidad.

LA NECESIDAD DE ACTUAR

La problemática del deterioro progresivo del espacio urbano, conjuntamente con la disminución de las posibilidades de desarrollo del ciudadano, es tan creciente, que se hace urgente la búsqueda de acciones que produzcan resultados inmediatos. Si se espera a tener claridad sobre la totalidad del conflicto, quizá sea muy tarde.
    ¿Cómo promover soluciones técnicas vinculadas a las “necesidades sentidas”6 de las comunidades en contextos de pobreza? ¿Cómo incentivar la construcción de “necesidades normativas”7 impregnadas del germen sociocultural del sector intervenido? La construc­ción de puentes, puntos de encuentro, entre las disciplinas vinculadas al área con el contexto sociocultural sobre el que ellas intervienen, se convirtió en el eje fundamental del trabajo.
    En sus Diálogos sobre el poder, Guilles Deleuze le comenta a Michel Focault cómo “ninguna teoría puede desarrollarse sin encontrar una especie de muro y se precisa de la práctica para perforar ese muro”.8 De allí que, para poder hacer explícita la investigación de una aproximación a la gestión de proyectos urbanos en contextos de pobreza, resulte más sencillo ejemplificarlo con un caso de estudio; para ello utilizaremos un proyecto urbano de desarrollo turístico para la población de El Morro de Puerto Santo, Estado Sucre, Venezuela. Seguros de que, como comenta Calvino: “la ciudad existe porque la memoria repite redundantemente sus gestos”,9 la experiencia ejemplificada en este caso podrá ser transferible a otros casos e, incluso, a la generalidad de la gestión del proyecto urbano.


Figura 1

FIGURA 1. Vista aérea, El Morro de Puerto Santo. Foto: I. Cardona.


    El Ministerio de Turismo de la República Bolivariana de Venezuela, tras sobrevolar el territorio que alberga a la población de El Morro de Puerto Santo, descubre en él un lugar con enormes potencialidades turísticas. Un istmo divide la costa venezolana rematando en un gran morro posado sobre el Mar Caribe, y aparece una delgada franja habitada en medio de dos costas con tan sólo 100 metros de separación. Como si esta belleza escénica geográfica fuese poco, la aproximación de los vientos alisios del noreste produce dos condiciones de costa totalmente diferenciadas: una con gran oleaje al Este, usualmente utilizada como balneario, y otra calma al Oeste, que sirve de embarcadero para albergar la vocación de pueblo pesquero que da sentido al asentamiento humano.
    Pero si aterrizamos la mirada, encontramos una población cuya dinámica urbana se encuentra en franco deterioro, repitiéndose el diagnóstico que caracteriza a los contextos de pobreza en nuestro territorio: la falta de servicios, los problemas de accesibilidad, la confusión en los regímenes de tenencias de la tierra y la carencia de espacios públicos para el roce cívico, limitando la construcción del arraigo comunitario.


Figura 2

FIGURA 2. Vista peatonal, El Morro de Puerto Santo. Foto: I. Cardona.


    El lugar se presenta como conflicto tanto como oportunidad. El objetivo propuesto implica promover proyectos urbanos que permitan posicionar la población en el circuito turístico de las costas venezolanas, se decide además solapar esta estrategia con el proyecto del mejoramiento de la dinámica social del lugar a través de la conformación de una red de espacios públicos que no sólo permita al temporadista apropiarse de la ciudad, sino al lugareño tener el espacio requerido para su consolidación como centro de intercambio.

LOS TRES NUDOS

Buscando estrategias de actuación proyectual, tanto arquitectónica como urbana, que logren su adaptabilidad a la realidad cultural del lugar, aparece un primer nudo: la necesidad de una conciencia por parte del diseñador sobre la importancia de incorporar las necesidades sentidas de la comunidad a las ideas de proyecto. Este aspecto se hace más dramático en contextos de pobreza como éste, donde la carencia de servicios y espacios para el roce cívico, fortalece lo que habíamos denominado como una “cultura de la huída”.
    Este aspecto se hizo evidente en El Morro de Puerto Santo donde indagaciones sobre el tipo de proyecto requerido por la comunidad –intentando que afloraran las necesidades más profundas de sus habitantes–, evidenció la percepción, por parte del lugareño del mar, como una amenaza. En repetidas ocasiones los habitantes, en talleres de contacto psicosocial comunitario realizados transdisciplinarmente por el equipo de trabajo, manifestaban el temor de una inundación e incluso sumergimiento total del pueblo ante una crecida del mar. La sensación de vivir rodeado de un cuerpo amenazante que se escapa de tu control hacía más intensa la esperanza de un traslado hacia otro lugar lejano a su población.
    Sin duda, este temor tiene un fundamento real adjudicable tanto a las condiciones topográficas, donde algunos lugares del asentamiento llegan a estar por debajo del nivel del mar, hasta aspectos que tienen que ver con la dinámica cambiante que están teniendo los niveles de las aguas a nivel mundial producto del cambio climático. Sin embargo, estos temores estaban exageradamente cargados de un contenido fatalista, produciendo en el habitante del poblado una actitud de agresión hacia el lugar que se traduce en viviendas que dan sus espaldas al mar, llevándolo a dos conflictos socioeconómicos: por un lado, el rechazo hacia la fuente natural de sustento de la ciudad, en este caso, la pesca; por otro lado, la modificación de la topografía del lugar bajando el nivel de la tierra al borde de la costa, aumentando con ello las posibilidades de inundaciones en momentos de crecidas del nivel del agua.
    Ocurre entonces un círculo vicioso en la relación entre el hombre y su medio ambiente: mientras más se percibe éste como una amenaza, más agresión se le imprime, con lo cual el medio se vuelve aún más amenazante. En el caso de El Morro de Puerto Santo, esta relación conflictiva entre el morrero10 y el mar va acrecentando su necesidad de huir; esto último se ve incentivado por la presencia cercana de poblaciones (Carúpano y Río Caribe) que significan polos de desarrollo más prósperos, bien sea por su vocación pesquera o por la turística, en el sistema regional de la costa oriental venezolana.
    Estas nociones son equiparables a lo que suele ocurrir en las relaciones socioeconómicas de las urbes a escalas continentales. Las ciudades compiten entre sí, y el deterioro de un medio urbano fortalece el crecimiento y mejora de las ciudades vecinas.
    Las primeras aproximaciones de un arquitecto hacia un lugar se dan desde la observación de sus características físico-espaciales. En este caso, la visión transdisciplinar permitió ampliar la comprensión del técnico de las necesidades sentidas de la comunidad, produciéndose lo que podemos denominar como un ensanchamiento ecuatorial entre estas necesidades sentidas y las necesidades normativas que surgen de la observación arquitectónica y urbana.
    Una vez superada esta etapa, la del reconocimiento del habitante por parte del proyectista, surge un segundo nudo difícil de superar: el proyectista ve en el lugar unas potencialidades para el mejoramiento de la calidad de vida del medio ambiente, y propone soluciones que, aunque ligadas a las necesidades sentidas del habitante, éstas no son aprehensibles para la comunidad.
    Este aspecto se volvió dramático en la experiencia de El Morro de Puerto Santo. Los proyectistas nos encontramos con una comunidad con muchos años de abandono, con una fuerte carga de desesperanza; en una de las primeras visitas, la Directora Local de Turismo comentó con escepticismo el hecho de que “el morrero no quiere salir de abajo”, apuntando al hecho de que nunca colabora con su propio desarrollo. ¿Cómo puede tener esperanza una población que ha sufrido numerosas ofertas de mejoras que siempre quedan en el olvido? La degradación ambiental forma parte del “imprinting cultural” del habitante de El Morro de Puerto Santo.



Figura 3

FIGURA 3. Trazos elaborados durante el taller de trabajo en la comunidad de El Morro de Puerto Santo. Proyecto: Grupo OI-taller de arquitectura.


    En su texto El método, las ideas..., Edgar Morin aborda los conceptos de una cultura que está organizada y es organizadora de todos los conocimientos e ideologías del ser humano. Lo que Morin denomina “el capital de lo conocido” por las personas conforma un “imprinting cultural” difícil de modificar. La cultura en la que vives te condiciona, de allí que el morrero decida darle la espalda al mar que le puede proveer de desarrollo (pesquero o turístico), y al mismo tiempo esa misma cultura es condicionada por el simple hecho de que es el hombre quien hace la cultura.
    En este mismo sentido, Montero11 habla de la existencia de un sistema de creencias que produce un sistema ideologizante derivado de los conceptos definidos por Marx y Engels en el siglo XIX, en que ciertos intereses o experiencias culturales definen unos parámetros en el pensamiento colectivo dominante que ocultan determinadas posibilidades de desarrollo social. De allí que se haga fundamental establecer estrategias transdisciplinares de desideologización, para poder activar las posibilidades de cambio en contra de la influencia conservadora que imprime la cultura dominante.
    Y es allí donde aparece el proyecto urbano como un elemento de transformación psicosocial, como una herramienta para problematizar situaciones naturalizadas en función de que la comunidad asuma las necesidades normativas del lugar.


FIGURA 4

FIGURA 4. Propuesta para El Morro de Puerto Santo. Grupo OI-taller de arquitectura.


    Los proyectistas teníamos en la cabeza un sistema de redes urbanas para el logro físico-espacial del objetivo de reordenamiento urbano planteado, en acuerdo con el Ministerio de Turismo contratante. Como resultado de la intervención transdisciplinar se logró una negociación entre técnicos, entes gubernamentales y la comunidad para construir tan sólo una prueba de diseño, justo al lado del módulo policial de la población, que sirvió para la comunidad como una suerte de figura paterna de autoridad que los protegería ante posibles inundaciones.
    Con este objetivo logrado, la aceptación por parte de la comunidad de la incorporación de un espacio público que relacionara al pueblo con el mar, se logró a partir de largas y discutidas sesiones de trabajo transdisciplinario, donde los habitantes incorporaban sus conocimientos para aprehender la idea de un proyecto que permitiera “mirar al mar” al mismo tiempo que trabajar los niveles de los suelos para evitar las inundaciones.
    Una vez llegado a un acuerdo de necesidades entre los dos actores principales (las proyectistas y la comunidad), aparece un tercer nudo: el tiempo requerido para la concepción, desarrollo y construcción del proyecto urbano, cuyas extensas dimensiones suelen darse en períodos lentos en comparación con la velocidad del deterioro urbano que se enmarca en contextos de pobreza. Más aún cuando relacionamos al proyecto urbano con su poder de generar cambios culturales, los cuales se dan enmarcados en la “larga historia”,12 mientras el deterioro ambiental y la pobreza crecen a ritmos agigantados. Para evitar un retroceso en el proceso de desideologización comunitaria, se hace obligado acompañar el plan con la búsqueda de cambios en el “tiempo coyuntural” percibido por los miembros activos de las comunidades participantes del proceso.
    Una vez definidas las trazas estratégicas de la intervención urbana, en un acuerdo negociado entre todas las partes, el proyecto arquitectónico –más acotado– viene a jugar un rol fundamental para brindar al ciudadano soluciones inmediatas abordando “necesidades sentidas” pero enmarcadas en un plan macro de diseño urbano. La comprensión de este punto obligó, en el proyecto de El Morro de Puerto Santo, a un proyecto arquitectónico cuyos límites de intervención se adaptaran al cumplimiento de las dos necesidades (sentidas y normativas), de allí que se extendiera la propuesta hacia uno de los lugares más queridos para los pobladores, un terreno de considerables dimensiones, totalmente desocupado, pero cuya vocación de juego para niños lo podía convertir en una plaza-parque para el uso colectivo, el gran espacio público aglutinador de intereses de la población. Fue éste el que se proyectó como el primer frente de obra del plan.13
    Finalmente, se propone la concepción del proyecto arquitectónico como núcleo de una óptica transdisciplinar que aborda los conceptos de la psicología social comunitaria, con actos que van desde lo puntual hasta las consideraciones territoriales del proyecto (más ligadas al diseño urbano o diseño ambiental). A través de esta estrategia, se busca la aparición de “la necesidad entendida con (un) sentido liberador que oriente al cambio en beneficio de quienes sufren los efectos de la influencia conservadora”14 que se resiste a las posibilidades de un desarrollo sustentable. De allí que se entienda el proyecto más allá de su actuación puntual que se traduce en un hecho construido, sino más bien como una estrategia de formación ciudadana, de construcción de ciudad en su sentido más integral.

B I B L I O G R A F Í A

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N O T A S

1 2003 International Year of Fresh Water (2003). Recuperado en febrero 17, 2007, de http://www.wateryear2003.org
2 World Population in 2030, Proceedings of the United Nations Expert Meeting on World Population in 2300, United Nations Headquarters, New Cork (2004). Recuperado en febrero 18, 2007, de http://www.un.org/esa/population/publications/longrange2/WorldPop2300final.pdf
3 Brundtland H. Our Common Future. Oxford University Press, for the World Commission on Environment and Development, Oxford (1987).
4 Nuño J. ¿Por qué existen ciudades? Fundarte, Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas 6, Caracas (1995) 9.
5 Izquiel MC. Resiliencia y adolescencia. Un estudio acerca de la vivencia de un grupo de jóvenes exitosos en contextos de pobreza, Especialización en Psicología Clínica Comunitaria UCAB, Caracas (2006).
6 Se refiere a la necesidad en el encuentro de estas dos necesidades “sentidas/venidas de las comunidades” vs. “normativas/producto de la aproximación del técnico”. Montero M. Concientización, conversión y desideologización en el trabajo psicosocial comunitario, AVEPSO, Caracas (1991) 4.
7 Idem.
8 Delleuze G, Focault M. “Un diálogo sobre el poder” en Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, Alianza Editorial, Madrid (1981/2000/2001) 24.
9 Calvino I. Las ciudades invisibles, Editorial Hermes, México (1972/1974/ 1983) 63.
10 Se refiere al gentilicio del habitante de El Morro de Puerto Santo.
11 Montero M. Op. cit., 6.
12 Braudel F. “La larga duración” en La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial, Madrid (1968) 62.
13 Para la fecha de escritura de este trabajo, la plaza-estadio de El Morro de Puerto Santo se encuentra en fase de construcción, luego de diez meses de comenzados los trabajos de intervención transdisciplinar arquitectónico-urbano-social.
14 Montero M. Op. cit., 11.


Ignacio Cardona
Departamento de Arquitectura, Diseño y Artes Plásticas, Universidad Simón Bolívar, Caracas, Venezuela
iacardona@usb.ve



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