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Elementos No. 69, Vol. 15, Enero - Marzo, 2008, Página 11
Mi vida con Gordon Wasson

Masha Wasson Britten                 Descargar versión PDF


La invitación para participar en esta recopilación de ensayos en tributo a R. Gordon Wasson removió en mí sentimientos encontrados. A pesar de lo mucho que amé y respeté a mi padre, la tarea de escribir sobre él in memoriam es dolorosa y difícil. Además, siempre tuve la fuerte convicción de que la investigación de los hongos, llevada a cabo por él y mi madre, les “pertenecía”, y que mi perspectiva personal sobre el tema era, en verdad, irrelevante. Por esta razón nunca escribí sobre ello. Sin embargo, habiendo sido invitada a participar en esta rememoración, escribo este ensayo en honor a ambos.
    Primeramente quisiera aprovechar esta oportunidad para agradecer a Tom Riedlinger haber concebido este tributo a mi padre y por todo el trabajo que eso implicó. De parte de mi padres y mi hermano Peter, quisiera agradecer a todos los que contribuyeron a esta edición. Sepan, por favor, que sus esfuerzos son muy apreciados. Estoy segura de que mi padre se habría sentido muy honrado e igual de agradecido que yo.
    Mi vida con RGW nunca fue monótona. Tuve el privilegio no sólo de haber crecido bajo su tutela sino de haberlo conocido. Si él disfrutó o no las travesuras hogareñas de sus hijos, no lo sé. En el hogar a nosotros se nos exigió ser vistos, pero no oídos. Creciendo a su lado, mi hermano y yo sentimos también la presión de otro reto en particular: continuar en el camino trazado por él, algo que ninguno de los dos podíamos o queríamos como destino. Los padres se inclinan por querer que sus hijos emulen sus pasos y su profesión, o por lo menos que compartan sus intereses. Pero Peter y yo teníamos intereses distintos a los de nuestros padres (de hecho nuestros padres tampoco compartían entre ellos intereses profesionales. Cuando mi padre comentaba sus asuntos bancarios, mi madre se ponía verde. Mi madre, pediatra, al hablar de medicina provocaba la misma reacción en mi padre). A mí me gusta la música, pero a mi padre no. A mi madre tampoco; a ella le interesó mucho más el arte. Sin embargo, ellos apoyaron mi interés por la música al mismo tiempo que cada uno continuó ejerciendo su profesión; y conjuntamente llevaron a cabo la investigación de los hongos.
    La presión sobre mi hermano Peter para que él siguiera los pasos de mi padre, en particular la profesión bancaria, fue mucho mayor. Sin embargo sus intereses, así como su temperamento, fueron también muy distintos a los de mi padre. Peter no nos acompañó durante las primeras expediciones a México; él demostró poco interés por los hongos. No fue sino muchos años después, al final de la vida de mi padre, cuando la relación entre ambos se volvió más estrecha. Mi padre aceptó y respetó finalmente la individualidad de Peter así como sus talentos e intereses particulares.
    En todo caso mi madre fue más comprensiva ante el hecho de que sus hijos debían seguir, cada quien, su propio camino. Recuerdo con claridad cuando ella le dijo a mi padre: “Sólo hay uno como tú. Y uno como tú ¡es suficiente!”.
    No titubeo al constatar que las búsquedas intelectuales de mis padres enriquecieron mi vida. Importantes pensadores y personas fascinantes, como los poetas Robert Graves y Octavio Paz, llegaron de visita a nuestra casa o mis padres los visitaron a ellos. Las discusiones que presencié estimularon y agudizaron mi capacidad de comprensión. Mi padre podía discurrir por horas sobre una enorme cantidad de temas y en distintos idiomas. De esas discusiones, siempre recordaré su inquieta curiosidad, sus amplios y variados conocimientos, su entusiasmo y gusto por la vida.
    Él dedicó mucho tiempo a compartir sus ideas conmigo y yo, por supuesto, aprendí mucho de su ejemplo. Me trasmitió vívidamente su reverencia y asombro por los hongos y su interés por el lugar que éstos ocuparon en las culturas de distintos pueblos. Su respeto por los hongos y por los pueblos que los utilizaban, su entusiasmo por sus descubrimientos y sus resultados, eran contagiosos. Fue también meticuloso en su investigación, en sus notas y en su atención a los detalles. Él compartió conmigo el respeto que sentía por otros investigadores cuyas investigaciones enriquecieron la suya, así como su desdén por aquellos cuyas conclusiones e investigaciones eran poco prolijas y rigurosas. Como es bien sabido, él era muy impaciente y tenía mala disposición ante aquellos que consideraba hippies.
    En otras palabras, los métodos y el comportamiento de mi padre en sus investigaciones me dieron la idea de una búsqueda, casi una misión, sobre el sentido del hongo. A mi hermano y a mí nos impresionaron como excepcionales su disponibilidad y habilidad para probar nuevas y distintas interpretaciones y relaciones entre diversas disciplinas para lograr esa meta. Sus indagaciones no se redujeron al trabajo de escritorio. Él fue muy audaz probando cosas nuevas que pudieran acrecentar sus conocimientos. Un ejemplo demuestra esto, pero también su sensibilidad a los valores de otros: en una ocasión, mientras paseaba por un puerto asiático cuando el barco que lo transportaba se detuvo para descargar mercancías, mi padre se encontró con un hombre que llevaba un frasco repleto de escarabajos vivos. Mi padre, siempre curioso, preguntó por ellos. El hombre le explicó que se comían vivos con algún propósito que ya no recuerdo, quizás para lograr la longevidad. Entonces el hombre le dijo a mi padre: “¿Quiere probarlos?”, y le ofreció algunos escarabajos vivos con la instrucción de que debían ingerirse enteros. Precisamente eso fue lo que hizo. Creo que sintió que no tenía otra opción. No quería ofenderle.
    Por más que respeté siempre la integridad de mi padre, recuerdo que por muchos años no le creí cuando me dijo que se interesó por primera vez en los hongos durante su luna de miel en 1927. Esa explicación me pareció un cuento, es decir, algo fuera de carácter. Con el tiempo, sin embargo, concluí que la historia era verdadera porque la contó siempre de la misma manera y con sinceridad.
    En relación con el libro Hongos, Rusia e Historia, recuerdo cuando mis padres empezaron a escribirlo a mediados de los años cuarenta, ¡como un libro de recetas! La búsqueda del hongo que finalmente los llevó a México comenzó con una nota a pie de página. Ellos así lo admiten explícitamente, aunque de modo breve, en el prefacio a Hongos, Rusia e Historia con estas líneas en la página xvii:

Nuestro ensayo comenzó como una mera nota al pie de página sobre el delicado arte del conocimiento del hongo según lo practicaban los eslavos nórdicos –una nota a pie de página de una obra mayor que debió abordar a los rusos y sus comidas. La nota creció y adquirió rango y cuerpo en el texto; creció como un hongo hasta conformarse en todo un capítulo y finalmente, dividido, rindió cinco más. El manuscrito terminó desbordándose por todos lados y en sucesivas revisiones.

El manuscrito al cual se referían (o alguno de los muchos manuscritos revisados) aún existe en la Ethnomycology Collection de Tina y Gordon Wasson en el Museo Botánico de la Universidad de Harvard. Este manuscrito confirma el dato del prefacio (y de mi recolección) y agrega algunos datos que vale la pena mencionar.
    El libro originalmente se llamó Hongos, Rusia e Historia: una introducción a Rusia a través de su cocina. Mi madre, Valentina Pavolovna Wasson, en un comienzo, figuró como único autor. Los seis capítulos eran:
1. Hongos, Rusia e Historia.
2. Caviar.
3. Vodka y otras bebidas rusas.
4. Elena Molokhovets y Rusia en el siglo XIX.
5. La sirena de Antón Pavlovich Chekhov.
6. El más copioso y elegante idioma del mundo.
    Mi padre agregó su nombre sólo en la introducción en la cual anotó algunos datos históricos sobre la relación ­de Occidente con Rusia y argumentó persuasivamente que la cocina de Rusia se comparaba de manera favorable con la francesa. También incluye el siguiente pasaje:

En la primavera de 1945 se nos ocurrió, a mi esposa, a mí y a nuestra cocinera, Florence Ada James (“Florrie”) que podría existir interés por parte del universo anglófono hacia una colección amplia de recetas rusas adaptadas a los mercados y los gustos de Occidente. Mi esposa nació y creció en Rusia y Florrie ha cocinado para los rusos por más de treinta años. Ellas procedieron a recopilar más de 500 recetas y estaban listas para organizarlas en un libro de cocina cuando se dieron cuenta de que las recetas, descontextualizadas, perdían mucho atractivo.

    En lo que pareciera una revisión del mismo texto mi padre retoma y elabora esta idea:

Los autores de este libro empezaron con una modesta meta: recopilar una colección amplia de recetas rusas adaptadas a los mercados y a los gustos del mundo occidental. Pronto se volvió evidente que descontextualizadas, estas recetas perdían mucho de su atractivo. Los autores se propusieron entonces suplementar las recetas de cocina con un comentario adicional. Ellas invitan al lector a adentrarse en Rusia, por decirlo así, por la puerta de la cocina; sus comentarios adicionales no pretenden ser una mirada total de la vida y las costumbres de Rusia pero sí ofrecen información directa o indirectamente relacionada con la comida rusa, que los autores esperan sea entretenida e iluminadora.

    Nótese que para cuando mi padre escribió esta nota, él ya no hacía referencia a un sólo autor sino que escribió “los autores”. Sin embargo, él todavía entendía este texto como unos “comentarios adicionales”1 relacionados únicamente con la comida rusa y acompañando las recetas de cocina. Esas recetas no fueron incluidas como parte del manuscrito aunque yo guardo las tarjetas con las recetas originales.
    En algún momento el libro Hongos, Rusia e Historia evolucionó en un libro muy distinto a como mis padres lo habían concebido inicialmente. Esto sucedió, al parecer, en algún momento después del 23 de febrero de 1949 porque mi padre, en una carta a V. Moloho­vetz, describe todavía el libro como “un volumen con seis ensayos sobre Rusia”, y antes del 14 de julio de 1950, cuando mi padre escribió esta carta a Giovanni Mardersteig que cito enteramente a continuación:

Estimado Señor Mardersteig:

Por recomendación de varios amigos le escribo para explorar la posibilidad de que usted pudiera imprimir y encuadernar un libro mío y de mi esposa.
    El libro trata sobre los hongos. Le envío a usted el prefacio y los primeros tres capítulos. El prefacio le dará una idea del tema del libro. En total serán cinco o seis capítulos, una bibliografía, notas e índice. El texto completo probablemente será dos veces la extensión del prefacio y de los tres capítulos que le envío.
    La página deberá ser de 25 cm por 32.5 cm o 22.5 cm por 28 cm y el tipo de papel debe ser “papier collé” para que pueda acomodar las ilustraciones a color que se realizarán con el proceso “pochoir” por Daniel Jacomet de París (20 bis, rue Bertrand, París 7ème). Las páginas más pequeñas requerirán de una pequeña reducción en el tamaño de dos o tres ilustraciones a página completa. Le envío a continuación un juego de las ilustraciones en blanco y negro que nos proponemos incluir. Algunas de las ilustraciones más pequeñas pueden servir también para finalizar decorativamente los capítulos, etcétera. Las fotografías que le envío también contienen números que servirán de referencia en nuestra correspondencia. Todo el proyecto requerirá de la más estrecha de las colaboraciones entre usted, Monsieur Jacomet y nosotros.
    Mi esposa y yo quisiéramos no más de 200 libros aunque quizás 100 copias serían suficientes. Sugerimos una edición de 500 copias. Me han indicado que usted tiene facilidades para vender algunas copias de los libros y que el dinero obtenido se podría aplicar hacia los costos de la publicación. Mi esposa y yo sabemos que no ganaremos dinero con este proyecto, pero quisiéramos mantener los costos en el mínimo posible. Estamos seguros que nuestras ilustraciones y nuestro texto, siendo de carácter original, apelarán al gusto de cierto número de bibliófilos.
Antes de entrar en una discusión a detalle, me gustaría recibir sus opiniones sobre este proyecto y alguna idea sobre los costos que implica. Desde luego, tendré también que saber, de parte de Monsieur Jacomet, lo que nos cobrará él por su trabajo.
    Si no tiene interés en el proyecto le pido por favor que regrese todo lo enviado. Si llegamos a un acuerdo para la impresión del libro, el manuscrito completo estará disponible en unos pocos meses.

Sinceramente suyo,
R. Gordon Wasson


    El manuscrito final, por supuesto, no estuvo listo sino varios años después. Se publicó finalmente en 1957. El retraso se debió al siempre creciente conocimiento de mi padre y a nuevas informaciones sobre los hongos y sus usos que incrementaron también su honda convicción de que había más sobre los hongos de lo que a primera vista se sabía. Mi madre y él notaron el hecho de que personas de diversas culturas o eran micófilos o micofóbicos. Era un dato que les pareció evidente y que ellos supusieron apuntaba a algo secreto y oculto, alguna información importante ya olvidada y relacionada con los hongos. Por eso mismo, cuando se enteraron en 1952 de que se había reportado que indios mexicanos todavía utilizaban un hongo sagrado en sus ceremonias, decidieron detener el trabajo en el manuscrito hasta que lograran investigar esa información personalmente e incorporarla al libro.
    Irónicamente, fue uno de los Mardersteig quien proporcionó esa información que retrasó la publicación de Hongos, Rusia e Historia por muchos años. En “Los hongos alucinógenos”, un ensayo de Valentina P. Wa­sson y R. Gordon Wasson publicado en enero-febrero ­de 1958 en el Garden Journal de 1958, mis padres cuentan lo siguiente:

Habíamos estado investigando, por muchos años, sobre el papel que los hongos tienen en la historia cultural del Viejo Mundo. Teníamos indicios en la etimología de los nombres de hongos en el folclor, así como en actitudes contemporáneas hacia los toad­stools,2 que nos indicaban que en algún momento los hongos tuvieron un papel en la creencias religiosas de nuestros ancestros. En este momento, en septiembre de 1952, en un mismo correo, recibimos dos comunicaciones, una de Robert Graves desde Mallorca y otra de Hans Mardersteig en Verona, que nos alertaron sobre el peculiar rol que los hongos tienen en las culturas mesoamericanas. Nada sabíamos con anterioridad de estas culturas indígenas. Inmediatamente nos comunicamos con Gordon Eckholm, del Museo Americano de Historia Natural y con Richard Evans Schulte del Museo Botánico de Harvard.

    Dick Schultes dirigió a mis padres con Blas Pablo Reko, cuya asistencia, conjuntamente con importante información obtenida de dos trabajos anteriores de Schultes, los puso en la pista que eventualmente llevó a mis padres a participar en las ceremonias de los hongos.
    Yo los acompañé en esas expediciones a México. La primera vez fue en 1953, cuando tenía diecisiete años.3 Compartí con él la expectante alegría de realizar ese viaje y disfruté totalmente de la oportunidad de participar y observar otras culturas.
    Mi padre ha escrito extensamente sobre los hongos en México, por lo cual yo circunscribiré mis observaciones a las impresiones que causaron en mí los pueblos y los paisajes durante nuestras varias visitas a ese lugar. Los hongos, sin embargo, siempre están presentes en mis recuerdos, por lo cual también comentaré sobre ellos ante de concluir mis observaciones.
    El viaje desde la Ciudad de México a Huautla de Jiménez lleva al viajero por el camino de hermosos volcanes en dirección hacia el único pueblo en México donde uno se siente seguro al beber el agua: el de Tehuacán. Los manantiales no contaminados son plenos y el agua embotellada de México proviene de este lugar. La alberca del hotel estuvo cargada de agua naturalmente carbonatada por lo cual zambullirse en la alberca presentó problemas. Flotar, sin embargo, era fácil debido a la natural liviandad del agua.
    Desde Tehuacán fuimos a un pueblo más pequeño y desde allí continuamos el viaje a lomo de mula. Como el vuelo de un pájaro, las distancias que avanzamos a lomo de mula no eran muy largas. Pero los senderos subían y bajaban por barrancas y rondando montañas que daban la impresión de cubrir enormes distancias. Los indios medían las distancias por el número de canastos que se podía tejer en el transcurso del camino. Si les preguntábamos cuál era la distancia hasta algún lugar, ellos contestaban “dos canastos”.
    Nos encontramos con muchos senderos de mulas y fue entonces que escuché por primera vez el lenguaje silbante que utilizaban los arrieros, o guías de mulas, para comunicarse en las montañas. Ellos silbaban cuando se aproximaban a una curva cerrada o llegaban a un sendero serpentino alertando de esta manera a los que llegaban de frente. Pronto me enteré de que las mujeres indígenas no silbaban aunque entendían su significado. En una ocasión le silbé a mi mula para que se moviera y aparentemente comuniqué algo bastante escandaloso. Nuestro arriero se dio la vuelta abruptamente, totalmente sorprendido, y ¡se cayó de su mula! Después, cuando repetí el silbido ante unas mujeres en Huautla, ellas se rieron, pero sin explicar su significado.
    El lenguaje hablado en Huautla también me fascinó. No sólo porque era tonal, sino porque aprendí que uno debía responder, para iniciar una conversación, en el mismo tono o diapasón establecido. De otra manera se comunicaba un mensaje enteramente distinto.
    Siempre recordaré con afecto al pueblo de Huau­tla, especialmente a Herlinda, en cuya casa nos quedamos y quien traducía para nosotros. Su calor humano y su curiosidad permanecen conmigo. Entre muchas remembranzas, recuerdo vívidamente los momentos cuando nos lavábamos los dientes con agua carbonatada (o quizás era cerveza) que nos producía espuma en la boca. Les parecíamos seres raros a los lugareños –ellos nunca se lavaban los dientes– y varios niños se acercaban para observarnos con interés.
    La ropa nativa, o huipiles, que utilizaban las mujeres, era colorida y hermosa. La tela era tejida en un telar de cintura, algo nuevo para mí.
    Todavía puedo oír el golpeteo de la mujeres mientras elaboraban las tortillas frescas. La comida era sabrosa aunque para mi gusto contenía demasiado ajo.
    En general, la gente que visitamos llevaba una vida dura en las montañas. Tengo recuerdos vívidos de sus milpas, o campos de maíz, sembrados en ángulos increíbles de las laderas de las montañas. También recuerdo cuando nos deslizábamos en el lodo en medio de lluvias torrenciales. Recuerdo que los indios llevaban sobre sus espaldas pesadas cargas mientras caminaban por peligrosos senderos montañosos. Estaban tan acostumbrados a este peso que cuando descargaban sus bultos, los volvían a llenar de piedras para no perder el equilibrio en el camino de regreso.
    El primer ritual del hongo al cual asistí fue conducido por Aurelio Carreras en 1953. Recuerdo la excitación de mi padre cuando quedó claro que podríamos participar en esa velada aunque no podíamos consumir el hongo. Ayudamos a prepararlo todo asistiendo a los indios en la recolección del hongo: la recolección la hicimos en silencio y con gran reverencia en una atmósfera de misterio.
    No fue sino hasta 1955 cuando yo ingerí los hongos, unos días después de que mi padre y Allan Richardson se convirtieron en los primeros no indios a quienes se les permitió comer el hongo en una velada. No estaba preparada de antemano para la experiencia, excepto por algunas lecturas: la historia de Sahagún y algunos escritos más recientes de Schultes y Jean Bassett Johnson, el finado marido de nuestra amiga Irmgard Weitlander Johnson que había atestiguado el rito mexicano de los hongos en los años treinta.
    Mi madre y yo ingerimos los hongos sagrados una tarde del martes 5 de julio de 1955 en la casa de Herlinda, en Huautla. Mi padre ha contado sobre este momento en Hongos, Rusia e Historia (p. 303):

Esta es la primera ocasión en que gente blanca comía los hongos con fines puramente experimentales, sin el aura de una ceremonia nativa.

    Lo primero que recuerdo de esta experiencia es que los hongos sabían muy mal. Esto se debe a la psilocibina, el ingrediente activo, que tiene un sabor muy peculiar. Más tarde, en el campo, comprobábamos que los hongos eran alucinógenos quebrándoles un pedazo y probándolos por medio del olfato o el sabor. La presencia de la psilocibina era inconfundible. Sabían tan mal que cuando los comí por primera vez mastiqué sólo uno y me tragué enteros –de cuatro en cuatro– los demás. Su efecto fue inmediato.
    Lo que sucedió siempre lo mantuve como una experiencia muy personal. Nunca conté esa experiencia excepto a mis padres. Las visiones fueron mayormente multicolores y con dibujos geométricos, extremadamente vívidas. Parecían originarse en la parte trasera de mi cabeza a pesar de que podía verlos de frente y con los ojos abiertos. En ese momento no sabía nada de fisiología o de anatomía, pero más tarde, cuando me hice enfermera, supe que mi impresión era correcta. El nervio óptico termina en el lóbulo occipital en la parte trasera del cerebro, que es donde se procesan los estímulos visuales.
    Los dibujos geométricos eran agudamente definidos, pero si intentaba concentrarme en cualquier otro lugar de la choza y de mis visiones, todo se nublaba. Esto era así porque un efecto de los hongos es que dilatan las pupilas. El sentido de distancia se distorsionó mientras que las visiones se veían con absoluta y prístina claridad.
    El lector se puede imaginar entonces cuál fue mi reacción cuando mi padre insistió en preguntarme cosas como “¿Quién fue el rey de Inglaterra durante este o aquel tiempo?” Inicialmente me desprendía de las visiones para contestarle. Hasta que finalmente le dije que me estaba molestando (mi madre escribió después en “Yo comí los hongos sagrados”, un ensayo publicado el 9 de mayo de 1957 en la revista This Week lo siguiente: “A la distancia oí a mi hija Masha decir impacientemente “Oh papá, estoy demasiado divertida como para ponerme a hablar contigo”). Yo podía contestar sus preguntas, pero prefería mis maravillosas visiones.
    Clínicamente hablando, cuando los hongos hacen su efecto, al comienzo uno siente náusea y frío. La temperatura del cuerpo baja y el pulso se vuelve lento. También hay un efecto diurético que puede ser problemático especialmente cuando uno no puede abandonar el cuarto donde se lleva a cabo la velada. Mi cuerpo se sentía “acortado”. Tuve curiosidad sobre el efecto del hongo sobre el dolor, por lo cual me mordí el dedo: sentí la presión, pero no el dolor.
    Las visiones duraron unas cinco horas y pasaron demasiado rápido. Después dormimos por un corto tiempo. Cuando desperté me sentí descansada y refrescada como nunca antes.
    Algunas veces me han preguntado si no tuve miedo, esa primera vez, al ingerir los hongos. La respuesta es no. Yo sabía que mi padre los había ingerido y estaba bien, igual que los indios, que los usaron por siglos. Ni la aprensión ni la ansiedad cruzaron por mi mente.
    Volví a comer los hongos en varias ocasiones, en forma natural o como píldoras preparadas por Albert Hofmann. La experiencia pareció más cargada de sentido cuando la velada la condujo María Sabina, quien fue una gran mujer en esta tierra. Las palabras son insuficientes para describir su presencia.
    En una ocasión, durante mis visiones, yo parecía poder brincar por el mundo entero. Podía descender y visitar a mis amigos en lugares lejanos. La experiencia tuvo cierta cualidad verdadera. Sin embargo, nunca dije nada a nadie, porque no sabía cómo explicármelo. Mis padres y yo nos dimos cuenta de que los hongos parecían tener un potencial extrasensorial. Pero no queríamos publicitarlo. Mi padre lo razonó así en su último libro: Persephone’s Quest: Entheogens and the Origins of Religion (1986) en la página 33:

Siempre sentí horror por aquellos que predicaban algún tipo de pseudorreligión telepática, para mí se trataba de personas inestables; por nuestros descubrimientos en México llamamos su atención... y estuvimos en peligro de ser adoptados por esos indeseables.

    Entre esos descubrimientos, o más bien experiencias, en una ocasión mi madre vio una ciudad a la distancia y nos la describió vívidamente. Más tarde, mientras regresábamos por un sendero distinto, a través de la montaña, de pronto divisamos la Ciudad de México y mi madre dijo: “Allí esta mi visión”. Era exactamente como la había descrito.
    Me es muy difícil decir cuál ha sido el efecto duradero que tuvieron los hongos en mi vida porque no me puedo imaginar mi vida sin esa experiencia y la búsqueda del conocimiento sobre los hongos en las culturas de otros pueblos. Hasta el día de hoy me doy cuenta de que busco hongos en cuadros y en textiles. Y a pesar de que no hago el esfuerzo de salir a buscar hongos salvajes, siempre estoy atenta a ellos cuando salgo a dar un paseo con mis amigos: yo soy la única que siempre está observando el suelo.
    Mi padre nunca me dijo por qué él pensó que sería bueno que yo probara los hongos sagrados. Pero siempre quiso compartir su vida y todas sus experiencias genuinas conmigo. Al final, compartió también su muerte. Ahora contaré, para aquellos que se preocuparon por él, la parte más difícil de este ensayo: mis recuerdos de sus últimos días y la manera como murió.
    Fue una suerte de accidente que él estuviera conmigo en sus últimos días. Acostumbrábamos más bien reunirnos en el Año Nuevo, para el aniversario de la muerte de mi madre que ocurrió en 1958. Pero no en ­la Navidad. Teníamos la intención de ajustarnos a esta rutina también en 1986, un año en que la Navidad cayó en jueves. Yo ya tenía otros compromisos relacionados con la Escuela de Enfermería de la cual soy administradora (la directora se encontraba ausente debido a una enfermedad de un familiar y debía suplirla). Fue toda una sorpresa cuando Ivonne, la ama de casa de mi padre, llamó por teléfono el jueves o viernes antes de la Navidad para avisar que tenía planes de pasar las vacaciones en Florida. Esto me obligó a traer a mi padre desde su casa en Dandury, Connecticut, a la mía en Binghamton, Nueva York –un viaje de tres horas y media en auto. No podía dejarlo solo en Dandury y él no me permitió contratar a una enfermera para que lo acompañara (ya lo había hecho en otras ocasiones, pero él las despedía tan rápido como yo las contrataba). Viajé entonces hasta Dandury el domingo 21 de diciembre, recogí a mi padre y regresé a mi casa el mismo día.
    El lunes fui a trabajar a la escuela y esa noche mi padre me invitó a cenar a un restaurante. Yo prefería quedarme en casa, pero él insistió. Pasamos una hermosa noche juntos. Ya tarde, en la noche del lunes, sin embargo, mi padre se sintió enfermo con síntomas que indicaban problemas cardiacos. En la mañana del martes insistí en que debía ser revisado por un doctor y concerté una cita, aunque ese día, más tarde, mi padre pidió que la cita se cancelara. Él me dijo que se sentía mucho mejor y que prefería ver al médico después de la Navidad. Yo protesté, pero él se mantuvo firme. Finalmente obedecí y solicité una futura cita con el médico.
    Durante la cena del martes por la noche a mi padre le dio unos de esos terribles ataques de tos que le aquejaban constantemente en los últimos años de su vida. Me sentí muy mal y deseé que no tuviera que sufrir tanto. Conversamos sobre sus planes para los siguientes meses, incluyendo un viaje que tenía planeado a Belice y que debía realizar en las primeras semanas de 1987. Con ciertas reticencias, pero sinceramente, le dije que no debía ir a ese viaje; su salud no estaba bien. Apenas podía levantarse sin ayuda de la silla y yo no podría acompañarlo. Su tos persistió, por lo cual le sugerí que dejara de comer hasta que estuviera más tranquilo. Después lo acompañé hasta su cuarto. Dos horas más tarde mis hijos regresaron del aeropuerto. Mi hijo había ido a recoger a su hermana que había viajado desde California para pasar con nosotros las fiestas. Unos momentos después de la llegada de ambos, alrededor de las once de la noche del martes 23 de diciembre, me fui al cuarto de mi padre para ver cómo evolucionaba. Me dijo que sentía frío y me percaté de que su piel se tornó muy gris –signos de una posible falla cardiaca. Me apresuré y me dirigí al otro cuarto para llamar una ambulancia. Mientras, mi hijo, con entrenamiento médico, se quedó acompañándolo. Al terminar de hablar por teléfono mis hijos me llamaron a su cuarto. Mi padre sufría una crisis convulsiva generalizada. No había nada que pudiera hacer por él excepto abrazarle. Murió en mis brazos.
    Cuando llegó la ambulancia, los médicos quisieron intentar una resucitación cardiopulmonar que mi padre, explícitamente, había advertido no se le practicara. Tuve dificultades para detenerlos. Una vez más el deseo de mi padre prevaleció.
    Mi padre murió de un ataque cardiaco o de un infarto cerebral masivo o ambas cosas. Fue muy doloroso permanecer junto a él al final –aunque también maravilloso porque de otra manera habría muerto solo.
    De acuerdo con sus deseos, mi padre fue cremado y enterrado cerca de su hermano en el columbario de la catedral de Washington el 2 de enero de 1987, después de una ceremonia hermosa y sencilla en la Capilla de Belén, con la participación de un coro a capella que cantó Nunc Dimitis, según él mismo había solicitado.
    Estos son mis recuerdos que ahora registro en este ensayo en honor a mi padre y mi madre. Me siento agradecida porque ambos me enseñaron a apreciar la vida como una aventura y porque implantaron en mí el valor para explorar la vida, como lo hicieron ellos, como una búsqueda sin fin en aras de mayores conocimientos.

N O T A S

1 El texto dice “comentaries for the drawing room”. Lo he traducido simplemente como “textos adicionales”. Se trata de textos adicionales a las recetas que son para leer fuera de la cocina, es decir, en el estudio, la sala o la biblioteca de la casa. Se omiten así mismo las recetas incluidas en el texto. (NT)
2 Toadstool es el nombre dado a las setas venenosas, su nombre quiere decir literalmente “cagada de sapo”. (NT)
3 En su libro The Wondrous Mushroom; Mycolatry in Mesoamerica, McCraw Hill Book, New York (1980), p. 29, Gordon Wasson escribió erróneamente que su hija tenía trece años en 1955.


Tomado de “The Sacred Mushroom Seeker: Essays for R. Gordon Wasson”, Ethnomycological Studies 11, Historical, Ethno and Economic Botany Series, vol. 4, Theodore R. Dudley, Ph.D. (general editor), edited by Thomas J. Riedlinger, Dioscorides Press, Portland, Oregon (1990).
Trad. Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com



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