Con
la primera edición de su
Systema
naturae1
en 1735, Carlos Linneo proveyó a los estudiosos el
instrumento
para clasificar a los seres vivos y sentó,
involuntariamente,
las bases de la controversia que en el siglo siguiente
revolucionaría al mundo científico. Este germen
de
controversia se encuentra en la parte inicial de la obra de Linneo,
donde en un mismo orden perteneciente a la clase de los
Quadrupedia
–el de los
Anthropomorpha–
asocia al
hombre con los simios y con el perezoso.
2
Por primera vez en la literatura
científica
se indicaba así lo que Thomas Henry Huxley
definiría como
“el lugar del hombre en la naturaleza”, y se
subrayaban de
modo inequívoco las semejanzas morfológicas entre
el
hombre y los simios.
“
Simia, quam
similis turpissima bestia nobis!”
3
escribió casi veinte siglos antes el poeta latino Ennio,
manifestando las motivaciones que, de manera más o menos
consciente y más o menos confesa, siempre han estado en la
base
de la repugnancia hacia los simios y de la hostilidad hacia las
investigaciones sobre el origen del hombre y su posición en
el
reino animal.
Las reacciones a la
clasificación de los
primates propuesta por Linneo se tuvieron pronto, sobre todo por parte
del naturalista alemán Johann Georg Gmelin. De hecho, la
carta
de respuesta de Linneo constituye un documento de admirable objetividad
y de rectitud en el uso del método científico.
Escribía Linneo al escandalizado Gmelin:
Le pido a usted, y a todo el mundo, que me muestre un
carácter
genérico que consienta operar una distinción
entre el
hombre y el simio antropomorfo. Seguramente no conozco ninguna y
quisiera que se me fuera indicada alguna. Pero si hubiera nombrado
hombre a un simio, o viceversa, habría sido puesto en el
bando
por todos los eclesiásticos. Puede ser que como naturalista
no
haya podido proceder de modo distinto de como lo hice.4
Era inevitable que la
polémica sobre las
semejanzas entre el hombre y los simios iniciara de manera concreta
hacia la mitad del siglo
XVIII.
De hecho, en el siglo
XVIII,
las noticias sobre criaturas antropomorfas, ya desde hacía
tiempo referidas en Europa por los viajeros y mercantes, empezaron a
ser lo suficientemente precisas. En un clima de creciente
interés por la historia natural, estos relatos, junto a los
restos de algún ejemplar y a la observación de
los pocos
individuos vivos hospedados en encierros europeos ya desde la mitad del
siglo
XVII,
proveyeron la base para las primeras
representaciones no demasiado fantásticas de estos animales
y
dieron inicio a las dudas y polémicas que se
arrastrarían
por más de un siglo.
La historia de la iconografía
de los simios
antropomorfos demuestra cuán difícil, lento y
controvertido ha sido su conocimiento y en qué medida los
prejuicios de naturaleza diversa –científica,
moral,
religiosa, política– han interferido en un
capítulo
de la zoología que habría a su vez influenciado a
otras
disciplinas, como la paleoantropología, y el mismo
desarrollo de
las ideas evolucionistas.
Las más antiguas
representaciones de simios
identificables como antropomorfos son muy vagas y ciertamente no
permiten reconocer una especie precisa. Una estatuilla de terracota de
Tanagra (600-500 a.C.) y un grabado sobre una taza de plata de Preneste
(670 a.C.) demuestran que ya en época antigua el mundo
grecorromano había tenido noticias, probablemente
indirectas, de
la existencia de grandes simios representados con actitud humana.
5
Por otra parte, alrededor del año 470 a.C. un almirante
cartaginés, Hannon, fue encargado de explorar la costa
africana
para identificar localidades adecuadas para la fundación de
nuevas colonias. El
Periplus Hannonis6
relata el desembarque en una isla a lo largo de la costa africana
occidental. Sobre la isla había un lago y, sobre una islita
al
centro de aquél, Hannon y sus hombres encontraron
“muchos
salvajes”.
La mayor parte de ellos
eran hembras con el cuerpo rugoso y peludo, que nuestros
intérpretes llamaban gorilla.
Los perseguimos. Tres de sus mujeres, que no querían por
ninguna
razón seguirnos, se rebelaron contra nuestra gente
mordiéndola y arañándola al grado que
tuvimos que
matarlas. Las desollamos y llevamos las pieles a Cartagena.7
Según Plinio todavía en 146 a.C., cuando la
ciudad fue
destruida por los romanos, dos de las pieles recogidas por Hannon se
conservaban en el templo de Astarté. No está muy
claro
cuál fue la localidad alcanzada por los cartagineses: tal
vez la
isla de Sherbro a lo largo de la Sierra Leona, o la de Fernando Poo,
mucho más al sur. Tampoco está claro
qué especie
de simio haya matado Hannon. Dada la posición
geográfica
de aquellas islas, es improbable que en verdad se tratara de gorilas;
se ha sugerido que pudieron haber sido simplemente babuinos, pero
éstos no habrían sorprendido a los cartagineses
puesto
que ya los conocían. En cambio es más probable
que Hannon
haya llevado a Cartagena pieles de chimpancé.
8
Aparte de estas noticias que nos
dejó Hannon,
el mundo de la antigüedad casi ignoraba a los grandes simios.
Las
obras de Aristóteles, Plinio, Eliano, o Galeno no hablan en
modo
preciso de animales de este tipo. En la
Naturalis Historia9
de Plinio se alude sólo a un gran simio con manos y pies de
aspecto humano, proveniente de Etiopía y expuesto en Roma
durante los juegos organizados por Pompeyo. Aristóteles y
Galeno
insistieron en la semejanza anatómica entre el
pithecus
y el hombre, pero la
identificación del
pithecus
como simio antropomorfo parece poco probable.
Las obras medievales no aluden la
existencia de
simios antropomorfos, pero con el inicio de la era moderna los grandes
viajes con fin exploratorio, comercial y militar regresan la
atención de los europeos hacia los relatos de los
extraños animales de aspecto y estatura humana, variadamente
indicados con nombres exóticos:
pongo,
engeco,
insiego,
quoias-morrou,
drill,
barris.
Así comparecieron
ilustraciones muy ingenuas, como la de un libro estampado en Bolonia y
en Venecia a principios del siglo
XVI,
10
en la cual un simio sostiene por la brida a un dromedario (Figura 1).
El animal está indicado como
babuin,
pero parece tratarse de un simio antropomorfo; las
características humanas están exageradas: la
forma del
cuerpo, la postura erguida perfecta, el pelo concentrado sobre la
cabeza, la mano izquierda que aferra un bastón y la derecha
que
sostiene la brida. El grabador quiso evidentemente representar, sin
haberlo visto personalmente, un animal del cual tuvo noticia por el
relato de algún viajero.
FIGURA 1.
Simio
humanizado que lleva por la brida a un dromedario. Frate
Noè, Viaggio da Venitia al
Sancto
Sepulchro..., Bolonia 1500.
Figuras fantásticas de este
tipo, que
representan vagamente simios antropomorfos sin permitir una
identificación más precisa, serían
frecuentes
todavía en el siglo sucesivo e incluso más
allá.
Los simios humanizados publicados en las ediciones de los siglos
XVI
y
XVII
de los tratados de historia natural de Conrad
Gessner
11
y de Ulisse Aldrovaldi
12
(Figuras 2 y 3 respectivamente) y después retomados por
otros
autores
13
son un ejemplo y revelan un mismo
origen, probablemente el mismo que utilizara el grabador veneciano.
FIGURA 2.
Simio
humanizado. C. Gessner, Historiae
animalium lib. I, Tiguri
(Zurich) 1551. (Milán, Museo de
Historia Natural.)
FIGURA 3. Simio
humanizado, Cercopithecus formae
rarae.
U.
Aldrovandi, De quadrupedibus
digitatis viviparis libri tres,
Bolonia 1637. (Turín,
Academia de las Ciencias.)
Para finales del siglo
XVI
las
noticias sobre la existencia de criaturas antropoides se volvieron
más precisas, y así algunas de sus
representaciones. En
1598 Filippo Pigafetta mandó a las imprentas de Frankfurt un
libro,
Regnum
Congo,
14
en el cual se reportan los relatos de viaje de un marinero
portugués, Duarte Lopez. El décimo
capítulo de la
obra,
De
animalibus quae in hac
provincia reperiuntur, cuenta
que en el país de Songan,
sobre las playas de Zaire, viven multitudes de simios de comportamiento
humano. Un grabado de los hermanos De Bry representa a dos de estos
simios mientras se calzan botas e intentan escapar de la captura por
parte de un indígena. Éstos sin duda tienen el
aspecto de
simios antropomorfos y aparentemente se trata de
chimpancés. La representación es mucho
más
fidedigna que la del
babuin
del texto veneciano, por lo que resulta verosímil que Duarte
Lopez haya visto personalmente a los simios y haya dejado una
descripción precisa, la cual posteriormente
utilizarían
los grabadores. Más detallado, pero falto de figuras, es el
relato de un soldado inglés, Andrew Battell, “que
servía bajo Manuel Silvera Perera, gobernador del rey de
España, en la ciudad de San Pablo, y con el cual
empujó
muy avante en el país de Angola”. El relato
está
referido en un libro estampado en Londres en 1613,
Purchas his pilgrimes;
15
el autor, Samuel Purchas, relata que Battell “enseguida de
alguna
disputa tenida con los portugueses vivió ocho o nueve meses
en
los bosques”. Battell en aquel periodo tuvo modo de ver
algunos
grandes simios, si
así pueden llamarse, de la altura de un hombre pero dos
veces
más grandes en la forma de sus miembros, con fuerza
proporcionada, todos peludos, en suma enteramente similares a hombres y
mujeres en toda su forma corpórea.16
Una versión ampliada de la
obra, aparecida en
1625,
17
contiene noticias más
precisas. En un capítulo intitulado “De las
provincias de
Bongo, Calongo, Mayombe, Manikesocke, Motimbas; del simio-monstruo
llamado
pongo
y de la caza de
éste” se lee:
[...] hay
también dos especies de monstruos que son comunes en estos
bosques y peligrosísimos. El más grande de estos
dos
monstruos es llamado pongo
en
su lenguaje, y el más
pequeño es llamado engeco.
Este pongo
es por todas las
proporciones semejante a un hombre aunque por la estatura es
más
semejante a un gigante que a un hombre ordinario, porque es
grandísimo. Él tiene cara humana, ojos sumidos
con largos
pelos sobre las cejas. Su cara y sus orejas son sin pelo y sus manos
también. Su cuerpo está cubierto de pelo, pero no
muy
denso; y tiene un color moreno oscuro. No difiere de un hombre
más que en las piernas, porque éstas no tienen
pantorrilla. Camina siempre sosteniéndose sobre sus piernas,
y
lleva las manos en la nuca cuando camina sobre el terreno. Duerme sobre
árboles y se fabrica refugios para la lluvia. Se nutre de
frutos
que encuentra en los bosques, o de nueces, ya que no come ninguna
especie de carne. No habla y no tiene una inteligencia mayor que la de
otra bestia.18
Parece indudable que en el
pongo
descrito por Battell se deba
reconocer al gorila. Sobre el segundo “monstruo”,
el
engeco,
Battell olvidó
proveer particulares, pero es probable que se tratara del
chimpancé, ya que todavía hoy en la zona el
chimpancé es indicado con el vocablo
n’schiego.
Pocos años después
de la
publicación de estos relatos, el príncipe
Federico
Enrique de Orange recibió en regalo un chimpancé
vivo,
capturado en Angola. Es ésta, por cuanto sabemos, la primera
noticia segura de la presencia de un simio antropomorfo en un encierro
europeo. Y a esta circunstancia se debe la primera
representación precisa de un animal de este tipo. Nicolaas
Tulp
–el anatomista holandés famoso, entre otras cosas,
por
haber sido retratado en una de las “lecciones de
anatomía” de Rembrandt–
publicó una
descripción de este simio en el tercer volumen de sus
Observationes medicae,
19
aparecido en Amsterdam en 1641. Tulp indica al simio como “
satyrus indicus,
llamado por los
indios
orang-outang,
o sea
hombre de los bosques, y por los africanos
quoias-morrou”.
La figura de
Tulp, evidentemente extraída del verdadero es muy realista,
y
muestra un joven chimpancé “grande como un
muchacho de
tres años y vigoroso como uno de seis, con la espalda
cubierta
de pelo negro”. El texto publicado por Tulp es interesante
también porque demuestra que ya a principios del siglo
XVI
los holandeses sabían que en sus colonias de las
islas de
Sonda vivían simios con forma de hombre, que los nativos
llamaban
orang-outang.
Una confirmación de ello se
tiene en la
relación escrita en Batavia en 1658 por el médico
holandés Jakob De Bondt.
20
“
Vidi
ego cuius effigiem hic exibeo”
afirma De Bondt describiendo un orangután hembra y
representándolo, como habría comentado dos siglos
después Thomas Henry Huxley, “bajo la forma de una
peludísima mujer, de aspecto bastante gracioso con
proporciones
y pies enteramente humanos”
21
(Figura
4). Sin embargo, la distinción entre simios antropomorfos
africanos y asiáticos quedaría clara
sólo hasta
finales del siglo
XVIII;
mientras tanto los nombres
pongo,
engeco,
orang-outang
y
pigmeo
serían usados
indiferentemente por largo tiempo para indicar al chimpancé,
el
gorila y el orangután.
FIGURA 4.
Orang-outang.
J. De Bondt, Historiae naturalis...,
Amsterdam
1658. (Turín, Academia de las Ciencias.)
En 1698 llegó a Europa desde
Angola otro
chimpancé. El animal murió pronto y el
cadáver fue
sometido en Londres a una cuidadosa disección
anatómica
por parte de Edward Tyson. Como afirma Huxley, “es a Tyson y
a su
ayudante Cowper a quienes debemos el primer relato de un simio con
forma de hombre que pueda tener derecho de ser considerado como una
cuidadosa y perfecta descripción
científica”.
22
Orang-outang,
sive homo
sylvestris: or the anatomy of a pygmie compared with that of a monkey,
an ape and a man23
fue publicado en
Londres en 1699 y representa una obra fundamental en la historia de las
investigaciones sobre simios antropomorfos.
El trabajo de Tyson no es
sólo una precisa
descripción anatómica de un joven
chimpancé,
adornada por excelentes figuras, sino también una
revisión crítica de las noticias hasta entonces
publicadas sobre las criaturas antropoides, desde Battell hasta Tulp y
De Bondt. Se trata de un trabajo meticuloso, sorprendente por su
modernidad. En él Tyson identifica, en otros tantos
párrafos, cuarenta y ocho caracteres por los cuales su
pigmeo
parece más similar al
hombre, y treinta y cuatro por los cuales es más similar a
los
simios comunes, pero se trata de semejanzas de carácter
físico: las “facultades nobles”, entre
las cuales se
encuentra el lenguaje, son aquellas que en realidad con su ausencia
definen la verdadera naturaleza animal del
pigmeo.
Incluso desde el punto de
vista físico, el
pigmeo
no es
[...] ni hombre ni un
común simio, sino un tipo de animal intermedio entre los dos
[...], [...] así como Vuestra Excelencia [–escribe
Tyson
en la dedicatoria de la obra a Lord John Somers–] y aquellos
que
por conocimiento y sabiduría pertenecen a Vuestro alto rango
y
orden unen, por su cercanía con el género de Ser
que
está por encima de nosotros, el mundo visible con el
invisible.24
Con el inicio del siglo
XVIII
las
descripciones de simios antropomorfos se multiplicaron y se llevaron
otros chimpancés a encierros europeos. Esta especie en
particular viene a ser conocida con mayor precisión. En ese
entonces empezaron a entrar en uso los términos
chimpanzee
y
quimpézé.
Uno de
estos ejemplares, capturado en África occidental, fue
expuesto
en París y después en Londres, donde
murió en
1741. El cuerpo fue reenviado a París y embalsamado, y
parece
que después sirvió como modelo para las famosas
representaciones de Buffon y de Audebert.
25
FIGURA
5. Simios
humanizados. P. J. Buchoz, Planches
enluminées et non enluminées pour servir
d’intelligence...,
París 1777.
FIGURA 6.
Las
criaturas antropomorfas de Linneo, según C. E. Hoppius. C.
E.
Hoppius, Anthropomorpha,
quae,
praeside D. D. Car. Linnaeo...,
Uppsala 1760. (Turín,
Academia de las Ciencias.)
FIGURA 7.
Simio antropomorfo. J. C.
D. von Schreber, Die Säughtiere
in Abbildungen nach der Natur mit Beschreibungen,
Erlangen
1775-1791. (Milán, Museo de Historia Natural.)
Cuando Carlos Linneo, iniciando su
fundamental obra
de clasificación del mundo vivo, puso la atención
sobre
el hombre y sobre las criaturas antropoides, se encontró
frente
a una documentación de composición particular.
Descripciones muy precisas, como aquellas de Tulp y de Tyson, y, en
contraposición, relatos fantásticos, donde se
insiste en
la supuesta costumbre, por parte de estos simios, de raptar
jóvenes negras y de tenerlas prisioneras en el bosque.
También las representaciones eran heterogéneas,
desde las
muy fieles, reproducidas a partir de ejemplares vivos o embalsamados,
hasta otras fantasiosas o imprecisas, como aquélla de De
Bondt o
como el “mandril” –claramente un simio
antropomorfo– representado por el viajero inglés
William
Smith en 1744.
26
Pero hasta finales del siglo
XVIII
seguirían publicándose
representaciones en las cuales el autor parece simplemente haber tenido
noticia de animales similares a hombres muy peludos o de simios con el
rostro humano (Figuras 5, 6, 7, 8 y 9).
FIGURA 8.
Simio
antropomorfo. J. C. D. von Schreber, Die
Säughtiere in Abbildungen nach der Natur mit Beschreibungen,
Erlangen 1775-1791. (Milán, Museo de Historia Natural.)
FIGURA 9.
Simio antropomorfo.
J. C. D. von Schreber, Die
Säughtiere in Abbildungen nach der
Natur mit Beschreibungen,
Erlangen 1775-1791. (Milán,
Museo de
Historia Natural.)
La lenta circulación de obras
más o
menos científicas y, sobretodo, la escasez de ejemplares
disponibles justifican la imprecisión y la incertidumbre de
Linneo en la clasificación de los Primates en
comparación
con aquélla de otros animales. No hay que olvidar que Linneo
logró examinar personalmente un único simio
antropomorfo
sólo hasta alrededor de 1760, cuando el naturalista
inglés George Edwards le envió un joven
chimpancé
y cuando el
Systema naturae
ya había alcanzado la décima
edición. Los relatos fantásticos reportados por
viajeros
justifican además la perplejidad de Linneo para establecer
un
límite seguro entre simio y hombre e incluso para aseverar
la
existencia real de algunas criaturas por él descritas. Un
pasaje
de la primera edición del
Systema
naturae, de 1735, es
particularmente interesante:
El sátiro,
caudado, velloso, barbudo, con cuerpo humano, gesticulante,
extremadamente lascivo, es una especie de simio, si bien nunca haya
sido visto verdaderamente. También los hombres con cola,
sobre
los cuales existen muchos relatos de viajeros modernos, pertenecen al
mismo género.27
En las ediciones sucesivas del
Systema naturae,
hasta la duodécima aparecida en 1766 –la
última
cuidada por Linneo– la clasificación de las
criaturas
antropomorfas se hizo más compleja y tal vez
también
mutable. Parece obvio el deseo insatisfecho de Linneo por lograr
individualizar un carácter físico preciso que
permitiera
una distinción neta entre el hombre y el simio. En sus
descripciones Linneo insistió –como ya
había hecho
Tyson– sobre la superioridad espiritual del hombre y sobre la
importancia del lenguaje, pero se dio cuenta que trataba con caracteres
desdeñables en un tratado de historia natural.
También parece obvio el
embarazo de Linneo
frente a la escasez de ejemplares y a la imprecisión de las
noticias disponibles. Las frases “si podemos creer a los
viajeros” y “si bien nunca haya sido visto
verdaderamente” recorren las páginas del
Systema naturae
dedicadas a las criaturas antropoides. Un tratado sobre simios
antropomorfos escrito en 1763 por un alumno de Linneo, Christianus
Emmanuel Hoppius, concluye precisamente con una apelación al
rey
y a los gobernantes para que procuraran a los naturalistas nuevos
ejemplares de estos animales, con el fin de esclarecer su naturaleza y
sus relaciones con la especie humana. Este tratado de Hoppius,
intitulado
Anthropomorpha
y
contenido en el sexto volumen de las
Amoenitates
academicae,
28
nos puede resumir los conocimientos y las
ideas desarrolladas por Linneo sobre el argumento. El grabado adjunto
al texto de Hoppius (Figura 6) ejemplifica estos conocimientos. El
primer simio representado deriva de la figura del
orang-outang
de De
Bondt (Figura 4) considerado por Linneo –a causa de trazos
exageradamente humanizados– como una segunda especie de
hombre
(
Homo
nocturnus), distinta del
Homo
sapiens.
Linneo
trató por
largo tiempo de separar del hombre esta especie, cosa que
–como
él mismo escribe– “
adhibita
quamvis omni attentione,
obtinere non potui”
y lo describió así:
Vive entre los confines
de Etiopía (Plinio), en las cuevas de Java, Amboina,
Ternate,
sobre el monte Ofir de Malaca. Cuerpo blanco, camina erguido, tiene
estatura inferior a la mitad de la nuestra. Cabellos blancos, crespos.
Ojos orbiculares: iris y pupilas doradas. Párpados dotados
de
membrana nictitante. Visión lateral, nocturna. Los dedos de
las
manos, cuando está de pie, pueden tocar las rodillas.
Duración de la vida: veinticinco años. De
día se
esconde; de noche ve, sale, se nutre. Se expresa chiflando. Piensa,
considera que la Tierra ha sido hecha para él y que por un
tiempo será todavía el dueño, si
podemos creer a
los viajeros.29
El segundo simio representado por
Hoppius es una
copia del
Cercopithecus
formae rarae
de Aldrovaldi (Figura 3),
identificado con el
Homo caudatus
de Linneo, inicialmente considerado
una tercera especie de hombre. Pero en 1758 Linneo había
puesto
en duda que se tratase de un simio (“
utrum ad Hominis aut
Simiae
genus pertineat, non determino”),
30
y a pesar de ello Hoppius
creó para este animal,
incola
orbis antarctici, el
género
Lucifer
(
Homo
caudatus vulgo dictus),
refiriendo la opinión del
viajero Nikolaus Köping según el cual estos
“hombres
con cola” eran capaces de “comer toda la chusma de
una
nave, comprendido el timonel”.
31
Los últimos dos simios de la
figura de
Hoppius son chimpancés:
Satyrus
tulpii deriva de la
descripción de este simio hecha por Nicolaas Tulp en 1641,
mientras que
Pygmaeus edwardii
es la copia de una figura publicada en
1758 por ese mismo George Edwards que poco después
habría
enviado a Linneo un ejemplar de chimpancé.
En Francia, en aquellos años,
George Louis
Leclerc conde de Buffon continuó la publicación,
iniciada
en 1749, de los cuarenta y cuatro volúmenes de su monumental
Histoire
naturelle
générale et particulière avec
la description du Cabinet du Roi.
32
El decimocuarto volumen de la obra, dado
a las
imprentas en 1766, concierne a los simios; el texto,
acompañado
de bellísimos grabados originales, provee un cuadro
detallado de
los conocimientos de la época sobre estos animales. El
tratado
es sustancialmente diferente del de la escuela de Linneo: al igual que
en los otros volúmenes de la
Histoire
naturelle, la nomenclatura
zoológica no está en el centro del
interés, sino
tiene sólo una función de comodidad. Lo que
importa son
el aspecto y las costumbres de los singulares animales, y Buffon
demuestra haber recreado con cuidado los relatos entonces disponibles
dejados por naturalistas y por viajeros. Si bien él
describió cuidadosamente cada especie conocida de simio, su
atención fue indudablemente más viva en el caso
de los
simios antropomorfos, “ya que cada renglón es
importante
en la historia de un bruto que tiene una semejanza tan grande con el
hombre”.
33
FIGURA 10.
Jocko
u
orang-outang “de la
pequeña especie”
(chimpancé) y gran gibón Buffon, Histoire naturelle,
Deux
Ponts 1785-1791.
Las especies de simios descritas por
Buffon como
antropomorfas son cuatro: el
orang-outang
“de la gran
especie” o
pongo,
el
“de la pequeña especie” o
jocko,
el piteco y el
gibón. Las últimas dos son
relativamente poco interesantes: el piteco deriva de las observaciones
de Aristóteles y Galeno sobre un simio sin cola
particularmente
parecido al hombre, pero no más identificable; el
gibón
está descrito y representado con precisión
(Figura 10),
ya que Buffon había podido examinar un ejemplar adulto. En
cambio, las otras dos especies son más interesantes;
están tratadas en un capítulo intitulado
“Los
orang-outang,
o sea el
pongo
y el
jocko”
y están
definidas
así:
Orang-outang,
nombre de
este animal en las Indias orientales; Pongo,
nombre de este animal en
Lowando, provincia del Congo.
Jocko,
Enjocko,
nombre de este animal en
el Congo que yo he adoptado. En
es el
artículo y yo lo he omitido.34
El
pongo,
u
orang-outang
“de la
gran
especie”, del cual Buffon no tenía conocimiento
directo,
evidentemente deriva de los relatos de Battell y de De Bondt, por lo
que es el resultado de una mezcla de vagas informaciones relativas al
gorila y al orangután, y en parte también al
chimpancé. Buffon lo describe así:
Un simio alto y fuerte
como el hombre, tan ardiente por las mujeres como por sus hembras; un
simio que sabe portar armas, que se sirve de piedras para atacar y
bastones para defenderse, y que por otra parte asemeja aún
más al hombre que el pithecus,
ya que, independientemente del
hecho de que no tiene cola, que su cara es aplanada, que sus brazos,
sus manos, sus dedos, sus uñas son similares a las nuestras
y de
que camina siempre erguido, tiene un tipo de rostro, rasgos vecinos a
los del hombre, orejas de la misma forma, cabellos sobre la cabeza y
barba en el mentón y una pelambre que no es ni
más ni
menos que la que el hombre tiene en el estado natural. Este orang-outang
o pongo
no es de hecho más que
un animal, pero un
animal muy singular, que el hombre no puede ver sin reingresar en
sí mismo, sin reconocerse, sin convencerse de que su cuerpo
no
es la parte más esencial de su naturaleza.35
El
jocko,
orang-outang
“de la
pequeña
especie”, es el
engeco
de Battell, claramente el
chimpancé, que Buffon conocía por experiencia
directa y
por los trabajos de Tulp y de Tyson. La ilustración de la
Histoire naturelle
lo
representa en actitud excesivamente humanizada,
en perfecta postura erguida y con un bastón en la mano
derecha
(Figura 10). No obstante Buffon había proclamado que la
semejanza entre el hombre y los simios era “une
verité
humiliante”, la representación del
jocko
parece
voluntariamente distorsionada justo para subrayar esta semejanza.
Ciertamente Buffon no podía ignorar el real aspecto de un
chimpancé, ya que incluso había criado un
ejemplar en
casa propia durante un cierto periodo; además, el dibujo
aparece
en neto contraste con el muy verídico del gibón.
Parece
lícito pensar que con esta figura Buffon haya querido
influenciar al gran público en el sentido de las
concepciones
cautelosamente evolucionistas que estaba desarrollando. No por
casualidad en la
Encyclopédie,
cuya parte zoológica
parece haber estado inspirada por Buffon, está la misma
representación del
jocko36
(Figura 11).
FIGURA 11.
Jocko
y gran
gibón. Encyclopédie...
mis en ordre & publié
par M. Diderot & par M. Alembert,
París 1762-177.
Buffon no estaba en realidad convencido
de la
distinción entre sus dos especies de
orang-outang;
tenía
pues la sospecha de que los
jocko
fueran simplemente ejemplares
jóvenes de
pongo.
Todavía veinte años
después
37
de la publicación de
sus primeras
observaciones, probablemente influenciado por los estudios que se
estaban haciendo en Holanda, sintió la necesidad de
distinguir
la forma de las Indias orientales (por él ahora indicada
como
jocko
creando una
confusión de nomenclatura) de la africana
(
pongo)
y consideró los
ejemplares inmaduros descritos por Tulp,
por Tyson y por él mismo fueran jóvenes
pongo.
El interés suscitado en
Holanda por el viejo
relato de De Bondt y por los escritos de Linneo y de Buffon hizo
inminente que, justo en esos años, se averiguara la
existencia
de una especie de simio antropomorfo vivo en las Indias orientales.
Alrededor de 1770 llegaron a Holanda los restos de algunos de estos
simios y, en 1776, el encierro del príncipe de Orange en Het
Loo, cerca de La Haya, pudo hospedar incluso un ejemplar vivo. En
particular, el anatomista Petrus Camper tuvo modo de disecar cinco
ejemplares de este
orang-outang
de Borneo, publicando en 1779 una
descripción muy cuidadosa,
38
“un
escrito –como
observa Huxley– de igual mérito que el de Tyson
sobre el
chimpancé”.
39
FIGURA 12.
Orang-outang.
A.
Vosmaer, Natuurlyke
Historie van der
Orang-outang van Borneo,
Amsterdam
1778. (Milán, Museo de Historia Natural.)
Camper y otros estudiosos holandeses,
entre los
cuales está Arnout Vosmaer,
40
demostraron que la especie Borneo
era diferente de los otros simios antropomorfos y que
todavía no
estaba descrita (Figura 12).
El orang
[–escribe Camper–] no sólo difiere del pigmeo
de
Tyson y del orang
de Tulp por
su particular color y por su largos dedos
del pié, sino también por la entera forma
externa. Sus
brazos, sus manos y sus pies son más largos, mientras los
pulgares al contrario son mucho más cortos, y los grandes
dedos
del pie proporcionalmente son más pequeños.41
Según Camper, el
orang-outang
de Borneo estaba dotado de
características mucho menos humanas que aquellas de las
otras
criaturas antropoides. Entre otros, Camper criticó
abiertamente
la figura humanizada del
jocko
de Buffon, afirmando que era incorrecta
y engañosa.
Como ya le había sucedido a
Tyson y a todos
aquellos que habían practicado la disección de
varias
especies de simios, Camper fue golpeado por el hecho de que, en la mesa
de disección, las diferencias entre el hombre y los otros
primates se tornaban extremadamente vagas. Era necesario, como ya
había subrayado Linneo, identificar algún
carácter
físico preciso que permitiera una neta distinción
entre
el hombre y las criaturas antropoides. Camper creyó haber
descubierto este carácter cuando notó que el
hueso
intermaxilar, bien visible en los simios antropomorfos, no es
identificable en el hombre.
42
Era una
distinción ilusoria, como
lo habría demostrado un naturalista diletante, Johann
Wolfgang
Goethe:
43
el hueso intermaxilar, en realidad,
está presente
también en el hombre en un estadio precoz de desarrollo,
pero
después se funde con los maxilares. Aun así, por
bastantes años más, el “hueso de
Camper”
continuó siendo el caballo de batalla de aquellos que
sostenían una decidida separación
zoológica entre
hombre y simios o, como diría después, entre
Bimanos y
Cuadrumanos.
El estudio de la organización
del esqueleto
facial condujo a Camper al establecimiento de otro criterio, esta vez
cuantitativo, de separación en el interior del orden de los
primates. Se trataba del “ángulo facial”
que,
trazado sobre el perfil de la cabeza según puntos de
referencia
precisos, expresa el mayor o menor desarrollo hacia adelante del
esqueleto facial en relación con el neurocráneo.
44
Como
observó Camper, en todos los simios la abertura del
ángulo es inferior a los 70º, mientras que en las
varias
poblaciones humanas siempre se supera ese valor. También en
este
caso la realidad es menos esquemática de lo que Camper
supuso,
pero la identificación del ángulo facial tuvo el
mérito de dar inicio a los estudios morfométricos
de
antropología física.
En las últimas
décadas del siglo
XVIII
el mundo científico estaba al tanto de la existencia de
distintas especies de simios antropomorfos en África y en
Asia
oriental. Se sabía que en África vivía
una especie
llamada
engeco
o
jocko,
para el cual empezaba a
usarse un
término derivado del local
japanzee
y que las ediciones
más recientes del
Systema
naturae de Linneo indicaban
como
Simia
satyrus. En esos momentos ya
se habían estudiado y criado
bastantes individuos y se conocían sus costumbres,
morfología y anatomía, sobre todo gracias a las
descripciones de Tulp, Tyson y Buffon y a alguna nota de Camper; por
ello, no obstante las distorsiones de Buffon, su aspecto ya fue
representado en modo correcto en la famosa figura de Audebert de 1799
45
(Figura 13).
FIGURA 13.
Chimpancé
(indicado como Pongo).
J. B.
Audebert, op.
cit.
En esos años se
suponía que en
África vivía un segundo y más grande
simio
antropomorfo, el
pongo
de la
vieja descripción de Battell
después retomada por Buffon. Sin embargo faltaban noticias
precisas y no fue sino medio siglo después cuando Thomas
Savage
resolvió el problema al descubrir al gorila en el territorio
de
Gabón.
En Asia suroriental se
conocía la existencia
de un pequeño simio de rasgos moderadamente antropomorfos,
el
gibón, que Buffon había representado en modo
realista.
Después los holandeses habían demostrado la
presencia en
Borneo de un simio con forma de hombre más grande, ya
netamente
distinto del chimpancé en la literatura
científica, y
para el cual se estaba consolidando el nombre
orang-outang,
aunque
todavía se usaban los términos
pongo
y
jocko,
generando
confusión (Figura 14). Sin embargo, la relación
de De
Bondt de 1658, parcialmente retomada por Linneo y por Buffon,
había dejado la duda de que en Borneo existiera
todavía
otra especie de simio antropomorfo, mucho más grande del
orang-outang
descrito
por los holandeses. En realidad, como se
descubrió después, no se había dado
cuenta del
hecho de que los orangutanes hasta entonces examinados eran individuos
jóvenes, que en edad adulta habrían sido mucho
más
grandes y animalescos.
FIGURA 14.
Orangután
(indicado como jocko).
J. B.
Audebert,
Histoire naturelle des
singes et
des makis, París
1799.
Alrededor de 1780 el señor
Palm, gobernador
de Rembang en Borneo, que desde hacía tiempo
“ofrecía más de cien ducados a los
indígenas
por un
orang-outang
de cuatro
o cinco pies de altura” tuvo
noticia del avistamiento de uno de estos grandes simios.
Por largo tiempo
[–relata Palm–] hicimos nuestro mejor esfuerzo para
atrapar
viva esta espantosa bestia en la densa floresta, a la mitad del camino
por el Landak. Olvidamos incluso la comida, tan ansiosos
estábamos por no dejarla escapar: era sin embargo necesario
procurar que el orangután no se vengara con nosotros ya que
rompía grandes pedazos de madera y troncos verdes y los
tiraba
en contra nuestra. Esta cacería duró hasta las
cuatro
después del mediodía, cuando determinamos tirarlo
y abrir
fuego, lo cual logré muy bien, incluso mejor que nunca antes
lo
había hecho tirando desde un bote: ya que la bala fue
precisamente a golpear un lado de su cuerpo, de guisa que el animal no
fue demasiado dañado. Lo llevamos al barco
todavía vivo,
y lo atamos fuertemente, Al día siguiente murió
por su
herida. Toda Pontiana subió a bordo para verlo cuando
llegamos.46
El animal fue estudiado preliminarmente
en Batavia
por un oficial alemán, el barón von Wurmb,
47
que lo
identificó con el
Homo
sylvestris del relato de De
Bondt y con
el
pongo
de Buffon, y que
entonces envió el cuerpo conservado en
ron al museo del príncipe de Orange. No se sabe bien
cuál
haya sido el destino de este ejemplar. Al parecer la nave en la cual
estaba cargado tuvo un naufragio, pero el hecho es que en 1784 Petrus
Camper tuvo ocasión de examinar, justo en el museo del
príncipe de Orange, un esqueleto de orangután de
más de cuatro pies de altura
48
(Figura
15). “Más
tarde –como relata Huxley– y a merced de las
usuales
costumbres depredadoras de las armadas revolucionarias, el esqueleto
del
pongo
fue llevado de
Holanda a Francia.”
49
FIGURA 15.
Esqueleto del simio
de Wurmb. Historia
natural de los
simios y de los maki...,
Milán
1830.
En 1798 George Cuvier llevó a
las imprentas
de París el
Tableau
élémentaire de
l’histoire naturelle des animaux,
50
primer esbozo del fundamental
Le
règne animal
que veinte años después
habría representado una síntesis de los
conocimientos
zoológicos de la época. En el
Tableau,
entre los simios
antropomorfos están considerados el
orang-outang,
el
chimpancé, el gibón y el
wouwou
(otra especie de
gibón). Sin embargo, el
pongo
de Wurmb, que Cuvier debió
haber tenido ocasión de ver, está clasificado
entre los
babuinos, a causa del fuerte desarrollo del esqueleto facial.
Sólo en la segunda edición de 1829 de
Le règne
animal,
51
Cuvier lo consideró,
con alguna duda, un
orangután adulto.
52
Fue Richard Owen
quien aclaró
definitivamente, en 1835, que los grandes simios de Borneo no eran
más que individuos de
orang-outang.
53
El conocimiento de los simios
antropomorfos en las
primeras décadas del siglo
XIX
estuvo
indudablemente dominado
por la obra y la autoridad de George Cuvier.
Le règne animal
se
impuso como tratado de consulta en las instituciones
científicas, mientras que en ambientes mucho más
vastos
de toda Europa se difundían continuamente nuevas ediciones
de la
Histoire
naturelle de
Buffon, más adecuada al gran
público. Pero justamente en la parte concerniente a los
simios,
el contenido de la obra de Buffon está alterado
sensiblemente.
Sobre todo con el inicio de la Restauración –y en
gran
parte como reacción a las ideas sugeridas por Lamarck sobre
la
evolución del hombre desde antecesores simiescos–
se
impuso una fuerte tendencia a destacar lo más posible al
hombre
de los otros primates, corrigiendo las representaciones humanizadas de
simios y poniendo el acento sobre caracteres distintivos
físicos
y conductuales. Esta tendencia se formalizó con una
variación en la clasificación
zoológica, ya
propuesta por Cuvier
54
en 1798 y
después retomada por
Blumenbach.
55
El orden de los Primates,
creado por Linneo, se
subdividió en dos órdenes distintos: Bimanos, en
el cual
entraba el hombre, y Cuadrumanos, del cual formaban parte todos los
simios, antropomorfos y no. Estas alteraciones de la obra de Buffon
están reflejadas también en las ilustraciones. En
particular el
jocko,
cuya
figura exageradamente humanizada había
suscitado escándalo en algunos ambientes y había
atraído las críticas de Petrus Camper,
56
se
representó en actitud completamente diferente, con aspecto
sensiblemente más simiesco y sentado sobre una rama o, si de
pie, con las rodillas flexionadas y sin el bastón en mano
(Figuras 16 y 17).
FIGURA 16.
Jocko
u Orang-outang
de raza
pequeña, versión
no humanizada. Buffon (Œuvres
complètes),
París
1774-1804.
FIGURA 17. Versión
no
humanizada del jocko,
aquí indicado como orang-outang.
Buffon, Abrégé
de
l’histoire naturelle des singes,
Aviñón 1820.
En 1820 se imprimió en
Aviñón
una obra interesante desde este punto de vista:
l’Abrégé de l’histoire
générale
des singes par M. Leclerc de Buffon.
57
Es un libro dedicado exclusivamente a
los
Cuadrumanos, en el cual el tratado de Buffon está integrado
–como advierte el editor– con nuevas observaciones
de
Cuvier, Geoffroy, Lacepède, Audebert y de varios viajeros,
pero
en realidad también está profundamente retocado.
El
capítulo que concluye el volumen significa el modo de pensar
del
momento y suena como una áspera crítica
moralizante hacia
quien todavía cultivaba concepciones evolucionistas e ideas
sobre el origen animal del hombre.
Hemos llegado al final
de la historia de estos animales [–se lee–] cuya
vista
desde el primer instante hizo nacer en nuestro espíritu un
sentimiento de humillación. Antes que nada, nos
pareció
entrever en el bruto un rival de nuestra especie, pero reingresando en
nosotros mismos esta idea se desvaneció
súbitamente y nos
dimos cuenta que el simio no tiene sino la forma material del hombre,
no es más que un animal de instinto apenas superior al de
los
otros cuadrúpedos, y no tiene más que una
máscara
de la especie humana. Llenos de reconocimiento nos postramos frente a
este Ser Supremo que nos compenetró de un soplo divino, y
que no
ha donado más que a nosotros de una pequeña
porción de su sublime inteligencia. ¡La
razón! Esta
palabra impone silencio a todos aquellos miserables que, olvidando la
dignidad de su augusto carácter, o más bien
fingiendo
desconocerla, quisieran con todas sus fuerzas nulificar esta majestad
que recibimos del Autor de la Naturaleza. Que pare de rementarnos las
semejanzas de organización, las superioridades de fuerza;
nosotros hemos admirado la arquitectura de estos dos edificios
construidos según el mismo plano; pero uno de ellos
está
casi despojado en el interior, mientras que el otro está
espléndidamente adornado. ¿Puede tal vez la
fuerza del
animal más vigoroso competir con la superioridad moral de
los
medios que la razón procura al hombre? Y así,
siempre
existirá entre nosotros y el simio, que se nos presenta como
una
excelente copia de nosotros mismos, una distancia inmensa de la cual
ningún razonamiento podrá nunca evaluar la
identidad, y
el simio no podrá más que remedar nuestra especie.58
Esta actitud corresponde a una general
disminución de interés, popular y
científico, por
los grandes simios. No obstante, algunos conocimientos importantes se
adquieren justo en esos años.
En 1835 Richard Owen publicó
la primera
descripción de un esqueleto de chimpancé adulto.
59
Se
perfeccionó así la definición de esta
especie,
demostrando que, como en el caso del orangután,
también
el chimpancé desarrolla con la edad caracteres
más
animalescos. Además alrededor de 1845 ocurrió un
descubrimiento fundamental. Thomas Savage, quien acampaba a la
orilla del río Gabón, vio en la casa de un
misionero
“un cráneo que los indígenas
atribuían a un
animal similar a un simio, notable por su tamaño, su
ferocidad y
sus costumbres”.
60
Savage logró
recoger en la zona
algún material osteológico y muchas informaciones
acerca
de las costumbres de la que consideró “una nueva
especie
de orangután”. Savage se dio cuenta de que el
animal
debía ser el
pongo
descrito por Andrew Battell en 1613. Sin
embargo, dado que el término
pongo
ya había sido usado
demasiadas veces de modo impropio para indicar un poco a todos los
simios antropomorfos, eligió para la nueva especie el nombre
gorilla,
obtenido del
Periplus
del almirante
cartaginés Hannon.
En 1847 Thomas Savage y Jeffries Wyman publican una
Notice of the
external characters and habits of Troglodytes gorilla, a new species of
Orang from the Gaboon River,
61
aclarando así definitivamente la
existencia de una especie de simio antropomorfo africano diferente del
chimpancé.
62
FIGURA 18.
Orang-outang
(Simia
satyrus). G. Cuvier, Le
règne
animal..., París
1829-1830.
FIGURA 19. Chimpancé
(Simia
troglodytes). G.
Cuvier, Le
règne animal...,
París
1829-1830.
Con el descubrimiento del gorila, hacia
la mitad del
siglo
XIX,
el conocimiento de los simios antropomorfos
se liberó
de las graves imprecisiones y de las dudas que lo caracterizaron
durante casi tres siglos y que favorecieron la difusión de
noticias erradas y de representaciones falseadas. Las descripciones, y
las figuras que las acompañan, devienen ya muy fieles
(Figuras
18, 19 y 20) y la anatomía comparada, aplicada a un
número suficiente de ejemplares de varias edades, alcanza a
precisar aquellas analogías con la especie humana que
representarían uno de los más vivos puntos de
polémica suscitados del naciente darwinismo, encontrando una
primera exposición sintética en
Evidences as to
man’s place in nature de
Thomas Henry Huxley.
63
FIGURA 20.
Gorila de Savage
(Gorilla
savagei), Dictionnaire
universel
d’histoire
naturelle,
dirigido por Charles d’Orbigny, París 1842-1849.
Las grandes obras zoológicas
de la segunda
mitad del siglo
XIX
recogerían las noticias
sobre los simios
antropomorfos, ya en buena parte disponibles sólo en la
literatura especializada. Entre éstas, en particular,
La vida de
los animales de Alfred Edmund
Brehm,
64
con sus sucesivas ediciones
traducidas a muchas lenguas, difundiría estos conocimientos
también hacia el gran público, mientras que las
obras de
Darwin, Huxley, Wallace, Vogt y Haeckel contribuirían a
atraer
la atención sobre las implicaciones evolucionistas de la
existencia de simios antropomorfos. Y en 1883 Robert Hartmann, con su
obra
Die
menschenähnlichen Affen,
65
puntualizaría en modo
preciso y moderno los conocimientos relativos a estos animales, a casi
trescientos años de la publicación de los relatos
fantásticos de Duarte Lopez y de Andrew Battell.
N O T A S
1 C.
Linneo, Systema
naturae, sive regna tria naturae systematice proposita per classes,
ordines, genera & species,
T. Hook, Leiden 1735.
2
En
las ediciones
sucesivas del Systema naturae,
a partir de la décima (Estocolmo
1758), el término Quadrupedia
es sustituido por Mammalia,
y Anthropomorpha
por Primates.
El orden
de los Primates
incluía
entonces, además del hombre, también a los
simios, los
lémures y los murciélagos; el perezoso fue movido
al
orden de los Bruta.
3 El
verso de Ennio
(240-169 a.C.) es citado por C. Linneo, Systema naturae...,
X ed., vol. I,
Estocolmo 1758, p. 35 (nota al capítulo de los simios) y por
C. E. Hoppius, Anthropomorpha, quae,
praeside D. D. Car. Linnaeo,
proposuit Christianus Emmanuel Hoppius, petropolitanus
(Uppsala
1760.
Septiemb. 6.), en C. Linneo, Amoenitates
Academicae, seu dissertationes
variae physicae, medicae, botanicae, antehac seorsim editae, nunc
collectae et auctae cum tabulis aeneis,
VI, L. Salvii, Estocolmo
1763,
p. 76.
4 Carta
de Linneo a
J. G. Gmelin (1747), cit. por E. L. Greene, Linnaeus as an
evolutionist, en
“Proceedings of the Washington Academy of
Sciences”, XI,
1909, pp. 25-26. La carta está
reportada
también por J. C. Greene, La
morte di Adamo, trad. it. de
L.
Sosio, Feltrinelli, Milán 1971, p. 221.
5 Para
noticias
más detalladas véase W. C. O. Hill, The discovery of the
chimpanzee, en “The
chimpanzee” (ed. cuidada por G.
H.
Bourne), vol. I, Karger, Basilea 1969, pp. 1-2.
6 Periplus Hannonis,
ed. cuidada por J. Blomqvist, Lund 1979-1980.
7 Ibidem,
p. 65.
8 Para
la
discusión véase W. C. O. Hill, op. cit.,
pp. 2-3.
9 C.
Plinius
Secundus, Naturalis
historia,
ed. cuidada por L. Jan y K. Mayhoff,
Stuttgart 1967.
10 Frate
Noè,
Viaggio da Venitia al Sancto Sepulchro et al Monte Sinai più
copiosamente descrito de li altri con disegni de paesi: citade, porti,
et chiesie et li santi loghi con molte altre santimonie che qui si
trovano designate et descrite come sono ne li luoghi lor proprji,
Bolonia 1500 y Venecia (varias ediciones entre 1518 y 1533). El texto
aparece primero anónimamente, luego con el nombre de Frate
Noè, y luego bajo el de Frate Noè Bianchi. Las
raíces de la obra se encuentran en el texto y las
ilustraciones
de B. von Breydenbach, Peregrinatio
in Terram Sanctam, Maguncia
1486, y
de Fra’ Nicolò da Poggibonsi, Libro
d’oltramare,
1346.
11 C.
Gessner, Historiae
animalium lib. I,
De quadrupedibus viviparis,
C.
Fraschovirum, Tiguri (Zurich) 1551.
12 U.
Aldrovandi, De
quadrupedibus digitatis viviparis libri tres,
N. Tebaldinum,
Bolonia
1637.
13 Cfr.,
por ejemplo,
la figura publicada por Hoppius, op.
cit., en 1763 (p.17) en la
cual la
segunda criatura antropoide está retomada por los textos de
Aldrovandi y Gessner.
14 Regnum Congo: hoc
est vera descriptio regni africani, quod tam ab incolis quam Lusitanis
Congus appellatur, per Philippum Pigafettam, olim ex Edoardo Lopez
acroamatis lingua Italica excerpta, num Latio sermone donata ab August.
Cassiod. Reinio. Iconibus et imaginibus rerum memorabilium quasi vivis
opera et industria Joan. Theodori et Joan. Israelis De Bry fratrum
exornata, Frankfurt 1598.
15 S.
Purchas, Purchas
his pilgrimes,
Londres 1613.
16
Ibidem,
p. 179.
17 S.
Purchas, Hakluytus
Posthumus, or
Purchas his pilgrimes,
Fetherstone, Londres
1625.
18 Ibidem,
vol II,
pp. 981-982.
19
N.
Tulp, Observationes
medicae libri
tres, Amsterdam 1641.
20 J.
De Bondt
(Iacobi Bontii), Historiae naturalis
et medicae Indiae orientalis libri
sex, en Guglielmi Pisonis, De Indiae utriusque re naturali et medica
libri quatuordecim, Ludovicum
et Danielem Elzevirios, Amsterdam
1658;
la figura del orango está en la p. 84 del texto de De Bondt.
21 T.
H. Huxley, Evidences
as to Man’s
Place in Nature, Londres
1863, p. 19 (trad.
it. de P. Marchi, Prove di fatto
intorno al posto che tiene
l’uomo nella natura,
Treves, Milán, 1869).
22 Ibidem,
p. 19.
23 E.
Tyson, Orang-outang,
sive homo
sylvestris: or the anatomy of a pygmie compared
with that of a monkey, an ape and a man.
Osborne, Londres 1699.
Una
segunda edición apareció en 1751.
24 La
frase fue
extraída de Epistle dedicatory
(s.p.) del trabajo de Tyson
(reportada también por J. C. Greene, op. cit.).
25 Según
la
opinión expresada por I. Geoffroy Saint-Hilaire, Catalogue
méthodique de la collection des Mammifères,
Gide
et
Baudry, París 1851.
26 W.
Smith, A
new
voyage to Guinea describing likewise an account of their animals,
minerals & c.,
Londres 1744. En lo que respecta al
significado del
término “mandril” véase la
discusión
en T. H. Huxley, op. cit.,
pp. 21-22.
27 C.
Linneo, Systema
naturae..., Leiden 1735, p. 5
(Paradoxa).
28
C.
E. Hoppius, op.
cit., pp. 63-76.
29 C.
Linneo, Systema
naturae..., XIII ed., vol. I,
Viena 1767, p. 33.
30
C.
Linneo, Systema
naturae..., X ed., vol. I,
Estocolmo 1758, p. 33, nota.
31
C.
E. Hoppius, op.
cit., p. 72.
32
J.
L. Leclerc,
conde de Buffon, Histoire naturelle
générale et
particulière avec la description du Cabinet du Roi,
vol.
XIV,
Imprimerie du Roi, París 1766.
33
Ibidem,
p. 45.
34
Ibidem,
pp. 59-60,
notas.
35
J.
L. Leclerc,
conde de Buffon, Œuvres
complètes, ed.
cuidada por M.
Flourens, París 1853-1855, vol. IV, p. 2.
36
La
figura
está publicada en Pl. XIX del vol. VI de Recueil de planches sur
les sciences, les arts libéraux, et les arts
méchaniques,
avec leur explication,
adición a la Encyclopédie
ou
dictionnaire raisonné des sciences, des arts, et des
metiérs, recueilli des meilleurs auteurs par une
société de gens de lettres, mis en ordre
&
publié par M. Diderot & par M. Alembert, Briasson,
David et
Le Breton, París
1762-1777.
37
J.
L. Leclerc,
conde de Buffon, Histoire
naturelle..., suppl. vol.
VII, París
1789. En las ediciones póstumas de la Histoire naturelle
aparece
un Anexo al artículo de los orang-outang
en el cual se lee:
“Dado que han pasado más de veinte años
desde que
yo escribí la historia natural de tales simios, no estaba yo
entonces bien instruido como hoy en día, y dudaba en aquel
tiempo si las dos especies de las cuales hablé fueran
realmente
la una de la otra diferentes por otros caracteres que el del
tamaño” (citado de la versión italiana,
Storia
naturale di Buffon, nuevamente ordenada y continuada por obra de c. de
Lacepède, tomo XX,
Vignozzi, Livorno 1830, p. 557).
38
P.
Camper, Account
of the organs of speech of the orang-outang,
en
“Philosophical
Transactions of the Royal Society”, LXIX, 1779, pp. 150-159.
39
T. H. Huxley, op.
cit., p. 27.
40
A.
Vosmaer, Natuurlyke
Historie van den
Orang-outang van Borneo, en Beschryving van
de zo zeldraame als zonderlinge aap-soort genaamd Orang-outang, van het
eiland Borneo, P. Meijer,
Amsterdam 1778, pp. 3-23.
41
P.
Camper, Natuurkundige
Verhandelingen,
Amsterdam 1782, p. 56.
42
Ibidem;
véase también, del mismo autor, Naturgeschichte des
Orang-Utang und einiger andern Affenarten,
J. C. Dänzer,
Düsseldorf 1791.
43
J.
W. Goethe, Dem
Menschen wie den Tieren ist ein Zwischenknochen der obern Kinnlade
zuzuschreiben, Jena 1786.
44 P.
Camper, Dissertation
sur les
varietés naturelles qui
caractérisent la physionomie des hommes de divers climats et
des
différentes âges (ouvrage posthume),
París
1792.
45
J.
B. Audebert, Histoire naturelle des
singes
et des makis, Desray,
París
1799-(1800).
46
Carta
citada por
T. H. Huxley, op. cit.,
p.
29.
47
F. Baron von Wurmb, Description of
the large
orang-outang of Borneo, en
“The
Philosophical Magazine”, I, 1798, pp. 225-231.
48
Para ulteriores
detalles véase J. C. Greene, op.
cit., pp. 232-234.
49
T.
H. Huxley, op.
cit., p. 32. En lo que
concierne a la descripción de un
esqueleto similar (tal vez el mismo), examinado en Francia,
véase E. Geoffroy Saint-Hilaire, Observations on the
account of
the supposed orang-outang of the East Indies, published in the
Transactions of the Batavian Society in the Island of Java, from the
Journal de Physique, 1798, en
“The Philosophical
Magazine”, I, p. 324. Para una discusión sobre la
identificación del
“pongo de Wurmb” véase
también J. C. Greene, op. cit.,
pp. 231-234.
50
G. Cuvier, Tableau
élémentaire de l’histoire naturelle des
animaux,
París 1798.
51
G.
Cuvier, Le
règne animal, distribué
d’après son
organisation, II ed.,
París 1829-1830, vol. I, pp. 88-89.
La
primera edición de la obra había aparecido en
París en 1817.
52
“Un simio de
Borneo, hasta ahora conocido sólo con base en su esqueleto,
y
que ha sido llamado pongo,
es
tan similar al orang-outang
por las
proporciones de todas sus partes y por la disposición de
todos
los forámenes y las suturas del cráneo, que, a
pesar de
la prominencia del hocico, la pequeñez del cráneo
y la
altura del ramo de la mandíbula, se lo puede considerar un
adulto, si no de la especie del orang-outang,
por lo menos de una
especie muy cercana.” (Ibidem,
p. 109).
53
R.
Owen, “On
the osteology of the chimpanzee and orang-outang”,
en Transactions
of the
Zoological Society of London,
I, 1835, pp. 343-379.
54
G.
Cuvier, Tableau...,
op.
cit.
55
J.
F. Blumenbach, Manuel
d’histoire
naturelle, Collington, Metz
1803.
56
“El
señor De Sève hizo al jocko
el honor de acercarlo al
hombre en todo lo que pudo” (de P. Camper, Natuurkundige...,
op.
cit., p. 53; De
Sève es el autor de los grabados
publicados por
Buffon).
57
Abrégé
de
l’histoire générale de
singes par M. Leclerc de Buffon,
Berenguier,
Aviñón 1820.
58
Ibidem,
pp. 240-241.
59
R.
Owen, op.
cit.
60
Citado
por T.
Huxley, op.
cit., p. 35.
61
T.
S. Savage y J.
Wyman, Notice
of the external
characters and habits of Troglodytes
gorilla, a new species of Orang from the Gaboon River,
en
“Boston
Journal of Natural History”, V, 1845-1847, pp. 417-441.
62
Para otras
publicaciones de la época sobre el gorila véase: G. L.
Duvernoy, Mémoire sur les charactères que
présentent les squelettes du Troglodytes tschego duv. et du
Gorilla gina isid. geoffr.,
en “Comptes Rendus de
l’Academie des Sciences de Paris”, XXXVI, 1853, pp.
925-933; P. B. du Chaillou, Descriptions
of fine new species of mammals
discovered in Western Equatorial Africa,
en “Proceedings
of the
Boston Society of Natural History”, VII, 1860, pp. 296-304;
R.
Hartmann,
Der Gorilla,
zoologisch-zootomische untersuchunge,
Leipzig
1880.
63
T.
H. Huxley, op.
cit.
64
A.
E. Brehm, Illustriertes
Tierleben,
Hildburgheusen, Leipzig 1863-1864. La obra fue
traducida al italiano con el título de La vita degli animali,
descrizione generale del regno animale,
UTET, Turín 1871.
65
R.
Hartmann,
Die
menschenähnlichen Affen und ihre Organisation im Vergleich zur
menschlichen, Leipzig 1883.
La obra fue traducida al italiano: Le
scimmie antropomorfe e la loro organizzazione in confronto con quella
dell’uomo,
Dumolard, Milán 1884.
Tomado
de
Giacobini G. y Giraudi R. “E l’uomo
uincontró la
scimmia”, KOS 23
(1986) 14-37.
Trad.
de
Pilar Chiappa. chiappac@imp.edu.mx. Reproducido con
autorización
de Giacomo Giacobini.