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Elementos No. 67, Vol. 14, Julio - Septiembre, 2007, Página 62
Carta al director

Marcelino Cereijido                 Descargar versión PDF


Querido Enrique:

Te felicito por la calidad de Elementos, y porque constantemente se supera a sí misma (es decir, tú te paras de pestañas para conseguir que se supere). Quiero referirme al artículo de Héctor Cerezo Huerta Publicar o morir [Elementos 66 (2007) 21-25].
    Me parece muy promisorio que los filósofos detecten y discutan problemas concretos de nuestro medio y, más específicamente, de nuestra profesión. Pero me hubiera gustado que el análisis de Cerezo Huerta fuera más profundo. Te ruego leas “¿Qué demonios le sucede a la ciencia mexicana?” que publiqué en el último número de Ciencias, la revista de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Mi punto en ese artículo es que México está sumido en el más desesperante analfabetismo científico, incluido el de Estado. Explico que el analfabetismo científico tiene una primera lacra, que consiste en carecer de ciencia en un mundo en el que ya no quedan problemas de envergadura que se puedan resolver sin ella, pero una segunda desgracia es que, al revés que la carencia de alimentos, agua, energía, en la que la víctima es la primera en señalar la falta con toda precisión, la ciencia es invisible para el analfabeta científico, y una tercera calamidad, es dar por sentado que sí sabe, que conoce muy bien qué es la ciencia y sus mecanismos. Nuestra comunidad se manejaba en un principio con normas que emanaban de la epistemología, y de la práctica y sociología particular de nuestras disciplinas. Pero luego (a través de varias etapas en las que no me extenderé) pasó a regirse por normas administrativas, con las inevitables consecuencias. Una de ellas es que el analfabeta científico administrador cree que la producción científica se puede homologar a la producción de salchichas y muebles, y tiene el tupé de exigir que en nuestras solicitudes de donativos precisemos, por ejemplo, qué vamos a estar haciendo en el primer trimestre del segundo año. Aparentemente no está enterado de que la investigación es una tarea creativa y, si alguien puede satisfacer dicha solicitud, yo no le otorgaría el donativo, porque se propone hacer una ciencia previsible, chata, “más de lo mismo”. Pero luego señalo que si uno grafica la producción de cualquiera de los grandes sabios de la historia, desde Galileo a Newton y desde Pasteur a Einstein, jamás dibuja una recta continua en el tiempo.
    En resumen: Cerezo Huerta parte de una pifia ética del investigador. Sin desconocer que el mero prestarse a ese publica-o-muere se debe en parte a nuestra falta de responsabilidad social (porque no lo denunciamos), trato de ir al agente etiológico: el tremendo analfabetismo científico de un Estado científicamente analfabeta, que pone la ciencia nacional –de la que por otra parte no tiene la menor idea de qué es, para qué le serviría– en manos de tenedores de libros, que después exigen una forma de producir ajena a la ciencia, de la que luego la primera víctima es la calidad y los proyectos de envergadura, porque un profesional de la ciencia no puede correr el riesgo de no llegar a tener papercitos para informarle al burócrata.
    Un abrazo.
MARCELINO CEREIJIDO



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