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Elementos No. 67, Vol. 14, Julio - Septiembre, 2007, Página 59
Comentario al libro Formulario del Maestro de Farmacia don Carlos Brito

José Gustavo López y López                 Descargar versión PDF

Farmacia

FORMULARIO DEL MAESTRO DE
FARMACIA DON CARLOS BRITO
[PARA LA BOTICA QUE ADMINISTRA
Y ESTÁ A SU CARGO. HOSPITAL
GENERAL DE SAN PEDRO.
PUEBLA, 1849]
ANA MARÍA D. HUERTA JARAMILLO
(INTRODUCCIÓN)
ADABI de México, México, 2006


Ya desde la imagen de la portada –un mortero con su pistilo–­ ­el lector es invitado a un viaje de la memoria, a visitar el tiempo en que la elaboración de medicamentos era parte del trabajo de un experto en la materia de origen mineral, vegetal y animal, y en sus efectos terapéuticos, cosméticos o placebos. Y una primera “hojeada” al libro despierta de inmediato la necesidad imperiosa de conocer el contenido del formulario, posiblemente para ver si ahí se encuentra alguna receta mágica que aleje algunos “malos espíritus” o que cure ciertos “dolores del corazón”; o bien para comprobar si alguna de las fórmulas allí asentadas refiere a componentes que se encuentran también en la mitología; o si en la preparación de algún elíxir se describe que debe elaborarse a la luz de la luna llena.
    Pero es sólo con la lectura del libro como nos enteramos de la intención que orilló a los autores para publicar este formulario que, desde mi punto de vista, pone en dimensión espaciotemporal la obra de don Carlos Brito, un prominente farmacéutico egresado del Colegio Carolino de la ciudad de Puebla. Y por cierto, este libro no puede ser más oportuno, ya que estamos celebrando el 475 aniversario de la fundación de la ciudad de Puebla, y el presente trabajo brinda un merecido homenaje a la labor de un ciudadano que ha aportado elementos que forman parte ya de la grandeza de esta ciudad.
    En el estudio introductorio los autores dejan al descubierto el compromiso social, el profesionalismo, así como los valores éticos del ejercicio de la profesión farmacéutica de la época. Describen, además, las relaciones profesionales y amistosas del maestro Brito con otros farmacéuticos mexicanos y extranjeros de espíritu liberal, entre los cuales podemos mencionar a Antonio de la Cal, farmacéutico burgalés autor de la primera Materia Médica del México independiente. En esta sección también se describe de forma breve, pero puntual, algunos aspectos de la logística de la actividad farmacéutica del siglo XIX en Puebla, específicamente los relacionados con la reglamentación de las boticas por parte de la Dirección de Sanidad, y con la docencia en materia químico-farmacéutica, poniendo énfasis en la participación del maestro Brito en la botica del Hospital de San Pedro. Es en esta institución hospitalaria donde, en el ejercicio de la profesión farmacéutica, el maestro Brito redacta el formulario que hoy se rescata gracias al trabajo de la doctora Huerta Jaramillo.
    El manuscrito cuenta con fórmulas magistrales y oficinales con usos terapéuticos para el tratamiento de diversas enfermedades; sin embargo, también podemos encontrar formulaciones con fines cosméticos. Basándose en la Farmacopea Mexicana de 1846, el maestro Brito retoma fórmulas de diferentes épocas y de diferentes partes del mundo, pero hay que mencionar que también evidencia un profundo conocimiento etnobotánico de la región y del México de la época.
    Cada una de las pociones, bálsamos, cataplasmas, elíxires, emplastos, jarabes y demás formas farmacéuticas, refleja un claro conocimiento de las propiedades terapéuticas de las sustancias de origen mineral, vegetal y animal. Ejemplos hay muchos: la “opiata para las muelas”, la cual se elaboraba con polvos de quina, goma arábiga, alcanfor, opio puro, aceite esencial de tomillo y clavo; o el “ungüento del soldado”, que se elaboraba con polvos de azufre, pomada oxigenada, manteca, trementina, mercurio vivo y cera calquini. También podemos mencionar al “jabón para el rostro” elaborado con jabón de Castilla, miel de abejas, sal de tártaro, agua de azahar, hiel de toro inspirada, polvos de lirios de Florencia, esencia de toronjil y alcanfor. Y así podemos seguir mencionando diversas formulaciones con propiedades terapéuticas o cosméticas, sin dejar de lado la pertinencia de los medicamentos mencionados en el manuscrito que cubrían las necesidades del grupo médico del Hospital de San Pedro. El formulario describe la forma de elaboración de cada uno de los medicamentos, y deja ver el amplio conocimiento que tenía el autor acerca de las propiedades fisicoquímicas de lo que actualmente conocemos como principios activos y excipientes, así como de los procesos tec­nológicos necesarios para la elaboración de dichos medicamentos. También se puede apreciar que en la preparación de las formulaciones se incluyen elementos importantísimos que le dan al medicamento cualidades asociadas a sus efectos terapéuticos; es decir, los preparados incluían componentes que facilitaban su transporte de forma segura, una fácil dosificación, una mayor vida de anaquel, así como una buena presentación para el médico y el paciente.
    Por todas estas razones, para el gremio médico y farmacéutico actual, el formulario del maestro Brito representa un documento invaluable para los estudios epidemiológicos, tecnológicos y de farmacia clínica.
    El trabajo de la doctora Huerta Jaramillo incluye dos apartados que favorecen la comprensión del formulario: el léxico y las equivalencias. En el primero se enlistan algunas definiciones como “cataplasma”, que es la masa húmeda y caliente que se aplica sobre la piel para conseguir los efectos terapéuticos del calor húmedo; o “linimento”, solución medicamentosa que se aplica por fricción sobre la piel. Por su parte, el apartado de equivalencias describe el valor de la “libra”: 459.762 gramos; o del “manojo”, que define la cantidad que se toma con toda la mano. También presenta una serie de abreviaturas y signos utilizados por los farmacéuticos de la época. Al final del libro se presenta el índice de fórmulas, sección que facilita la búsqueda puntual por parte del lector.
    Para terminar esta breve reseña haré algunos comentarios con relación al Reglamento de Boticas para el Estado de Puebla, año 1845, glosado también en el magnífico trabajo de investigación de la doctora Ana María Huerta.
    Actualmente, la Secretaría de Salud, así como las asociaciones y colegios farmacéuticos, han sumado esfuerzos para mejorar la normatividad de los servicios farmacéuticos que proporcionan el gobierno y la iniciativa privada. En el año 2006, el secretario de salud en turno propuso una serie de objetivos, metas y estrategias para mejorar el servicio de farmacia hospitalaria y comunitaria; en ellos se menciona que para la distribución, administración y dispensación de los medicamentos se debe incluir a un profesional farmacéutico. Y como todos sabemos, actualmente estas actividades las realiza, si bien nos va, un estudiante de preparatoria, excepto en las farmacias Alexander Fleming de la BUAP, donde los medicamentos son dispensados por químicos farmacobiólogos o por licenciados en Farmacia. Pues bien, en el artículo primero del reglamento presentado en este libro se menciona que el administrador de la botica deberá ser un profesor aprobado en Farmacia, mientras que en el artículo segundo se menciona que, en ausencia del farmacéutico titular, debe quedar a cargo de la botica otro “profesor aprobado”, y en caso de no haberlo se podrá dejar a un “práctico de notoria instrucción”. Por otra parte, en el artículo 6º se menciona que no se devolverá a los pacientes las recetas de medicamentos que contengan narcóticos. Esta normatividad se encuentra en nuestra actual Ley General de Salud.
    Dichos artículos dejan clara la posición de la autoridad sanitaria de la época en relación con el manejo cuidadoso y ético de los insumos para la salud. Estos ejemplos normativos nos indican que tal reglamento, a pesar de haber sido redactado en 1845, puede ser un ejemplo para las autoridades correspondientes, colegios y asociaciones farmacéuticas, para argumentar que los medicamentos no son sólo una mercancía de consumo, sino un bien para la salud.
    Finalmente, quiero felicitar a todas las personas que hicieron realidad este libro, y en especial a la doctora Ana María Huerta Jaramillo y su grupo de colaboradores. Invito al público en general, pero principalmente a los profesionales del área de la salud, así como a los estudiantes, a leer esta obra que, de muchas maneras, resulta altamente instructiva.

José Gustavo López y López
Depto. de Farmacia, Facultad de Ciencias Químicas, BUAP
jglopez@siu.buap.mx



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