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Elementos No. 67, Vol. 14, Julio - Septiembre, 2007, Página 56
I Am a Strange Loop

Anamaría Ashwell                 Descargar versión PDF

Loop

I AM A STRANGE LOOP
DOUGLAS HOFSTADTER
Basic Books, New York, 2007



El matemático Douglas Hofstadter dirige el Centro de Investigaciones de Analogías Fluidas (FARG) de la Universidad de Indiana. Su conocido y multipremiado libro anterior Gödel, Escher, Bach se publicó en 1979 cuando Hofstadter apenas cumplía 27 años. El tema de su investigación en el FARG Hofstadter lo explica así:

[…] me dedico a pensar sobre el pensar. Yo pienso sobre conceptos y palabras que se relacionan, qué quiere decir “pienso en francés” por ejemplo, qué hay detrás de los exabruptos y otros errores lingüísticos, cómo es que sin esfuerzos mentales un evento nos refiere a otros eventos, cómo reconocemos las letras escritas y las palabras, cómo comprendemos un lenguaje descuidadamente parloteado, el argot… Yo no pienso casi nada sobre el cerebro: dejo esa húmeda, turbia e intricada telaraña que es el cerebro a los neurofisiólogos.

    Veintiocho años después de Gödel, Escher, Bach, luego de

[…] casi treinta y cinco años de trabajos con modelos computacionales sobre la creación lingüística de analogías y creatividad y asistido por estudiantes de posgrado, observando y catalogando errores cognoscitivos, coleccionando ejemplos de categorizaciones y analogías, estudiando la centralidad de analogías en la física y las matemáticas […]

Hofstadter publica ahora su segundo libro, este que reseñamos, cuyo tópico es, como lo explica él, el concepto del “Yo”. La revista Scientific American cuando reseñó este libro destacó el estilo original y único que tiene Hofstadter para desarrollar y explicar sus hipótesis filosóficas y científicas. Ciertamente el libro está escrito, o más bien sus ideas están narradas (en honor al famoso comic Peanuts Hofstadter bautiza su estilo como de “caballitos y perritos”) en un estilo que quiere trasmitir con claridad, simplicidad y de manera directa, a un lector inteligente, una reflexión intricada y enormemente sugerente –así como original– y en cuyo argumento la teoría matemática de Gödel es central. A continuación me permito la traducción de algunos párrafos en los cuales Hofstadter discute con neurofisiólogos el tema de la consciencia y de paso enfatiza una hipótesis que desarrolla en detalle en otra parte de su libro: que los humanos experimentan el mundo a nivel macroscópico simplificando drásticamente las situaciones a sus esencias abstractas y no en términos ni nociones microscópicas.

[…] en el comienzo cuando el cerebro adviene a su existencia, es un aparato para retroalimentaciones triviales menos sofisticado que el mecanismo del flotador dentro de un escusado o que el termostato en la pared; y a la manera de esos aparatos este cerebro selectivamente orientó al organismo primitivo hacia algunas cosas (comida) y lo apartó de otras (peligros). Gradualmente estímulos evolucionistas, sin embargo, hacen que las selecciones del medioambiente percibidas por el cerebro sean cada vez más complejas y múltiples y eventualmente (hablamos de miles de millones de años) el repertorio de categorías a las cuales el cerebro reacciona se vuelve tan rico que el sistema, igual que una cámara de televisión con cables suficientemente largos, es capaz de “apuntar para atrás”, hasta cierto punto, hacia sí mismo. Este primer vislumbre de “sí mismo” es el germen de la consciencia y del “Yo”, aunque todavía persiste un gran misterio por aclarar.
    Sin importar qué tan complicado o sofisticado se desarrollará el cerebro, ultimadamente éste se mantiene como un conglomerado de células que se “disparan químicos” ida y vuelta (parafraseando al pionero en robótica y provocativo escritor Hans Moravec), un poco como si fuera una gigantesca refinería en la cual los líquidos se bombean incesantemente de un tanque a otro. ¿Cómo es posible que un sistema que dispara líquidos pueda albergar un locus de causalidad en reversa, en el cual los significados parecieran ser infinitamente más importante que los objetos físicos y sus movimientos? ¿Cómo es que la felicidad, la tristeza, el amor por un cuadro impresionista, cierto sentido del humor habita en este frío e inanimado sistema? Uno mejor debería ponerse a buscar ese “Yo” dentro de una fortaleza de piedra, en el tanque del escusado, en el papel del baño, en un televisor, en un termostato, en un misil sensible al calor, en una pila de latas de cerveza o en una refinería de petróleo.
    Algunos filósofos ven nuestras luces internas, nuestros “Yos”, nuestra humanidad, nuestra alma, emanando del substrato de la naturaleza misma; es decir, de la química orgánica del carbón. Yo personalmente creo que eso equivale a colgar de un árbol muy peculiar, como un adorno, la consciencia. Básicamente esto pareciera un recurso místico que no explica nada. ¿Por qué la química del carbón posee una propiedad mágica enteramente distinta a cualquier otra sustancia? ¿Y cuál es esa propiedad mágica? ¿Cómo nos convierte en seres con consciencia? ¿Cómo es que sólo el cerebro tiene consciencia y no la rodilla o los riñones si sólo se requiere de esa química orgánica? ¿Por qué nuestros primos los mosquitos también emanados del carbón no tienen nuestra consciencia? ¿Por qué las vacas no tienen nuestra consciencia? ¿Acaso la organización y las secuencias no juegan un rol en esto? Seguramente que sí. Pero si es así ¿por qué no pueden jugar todo el rol?
    Si nos enfocamos en la transmisión y no en el mensaje, en la cerámica y no en las secuencias, en el tipo de letra en vez del cuento, los filósofos que sostienen que algo inefable relacionado con la química del carbón es indispensable para que exista la consciencia, yerran completamente. Como alguna vez lo dijo con ironía Daniel Dennett replicando a John Searle: “No se trata de la carne sino del movimiento” (hago aquí una sutil referencia al título de la no tan sutil canción erótica escrita en 1951 por Lois Mann y Henry Glover que la cantante Maria Muldaur hizo famosa muchos años después). Yo apuesto a que la magia que sucede dentro de la carne de los cerebros sólo tiene sentido si uno sabe mirar los movimientos que allí habitan… los cerebros toman un cariz radicalmente distinto si en vez de enfocarnos en los “disparos químicos” uno cambia su perspectiva hacia arriba y abandona la mirada del nivel inferior […]


    Hofstadter describe en este libro el más central y complejo símbolo de nuestra consciencia: el Yo, y nos lo explica como un extraño bucle que habita un cerebro en el cual los símbolos parecieran tener una voluntad libre además de la habilidad de poner en movimiento a las partículas mismas que componen físicamente al cerebro mismo. Se trata de una explicación del pensar en el hombre que es a la vez ingeniosa y hermosamente poética.

Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com



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