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Elementos No. 67, Vol. 14, Julio - Septiembre, 2007, Página 51
El arte tradicional del Nacimiento

Julio Glockner                 Descargar versión PDF

Artes de México

EL ARTE TRADICIONAL DEL NACIMIENTO
ARTES DE MÉXICO 81
CELIA CHÁVEZ DE GARCÍA TERRÉS (COORDINADORA)
México, 2006


A la memoria de mi querida hermana Minerva.

El nacimiento del Niño Dios que se relata en el segundo capítulo del Evangelio de san Lucas es uno de los acontecimientos mítico-religiosos más importantes de la humanidad y, sin duda, el más significativo en la cultura occidental. El mito del Niño Dios nacido de la Virgen María es uno de los mitos fundadores de la civilización moderna, porque el cristianismo no es sólo una doctrina religiosa, es también una sensibilidad y una ética, una manera de establecer relaciones entre los hombres, sea por la obediencia o por el incumplimiento de sus preceptos. La palabra “mito” ha sido desvirtuada hasta hacerla sinónimo de mentira o falsedad, tal vez convenga aclarar que aquí la uso entendiendo que el mito es un relato de carácter sagrado, que da cuenta del origen de algo o de alguien y que genera una ritualidad en la que constantemente está reafirmando su carácter sacro.
    El nacimiento del Niño Jesús como acontecimiento fundacional, expresado de las más diversas maneras a lo largo de los siglos, es también un componente fundamental de la vida cultural en México, donde fue introducido por las órdenes religiosas que vinieron a evangelizar a la población nativa. Es muy probable que en la tarea de representar este hecho prodigioso pusieran especial empeño los franciscanos, ya que el fundador de esta orden llevó a cabo lo que podríamos considerar la primera “instalación”, al escenificar, con personas y animales, el nacimiento de Jesús, en el año 1223, con la autorización del Papa Honorio III.
    En México, nos dice Rafael Vargas, la costumbre de hacer figuras para el Nacimiento data de 1594, cuando las religiosas del monasterio de la Encarnación comenzaron a modelar figuras en cera. Más de cuatrocientos años lleva esta tradición practicándose en nuestro país, del océano Atlántico al Pacífico y de las montañas tarahumaras a la selva lacandona. Por ello fue una excelente idea de la revista Artes de México dedicar un número al arte tradicional del Nacimiento, reto­mando un tema que ya había tratado en su primera época, en mayo de 1965. Fue interesante comparar el número actual con el publicado hace cuarenta y dos años y constatar las enormes diferencias en la calidad de la impresión, el cuidado de la edición y las notables mejoras del nuevo diseño.
    Al cotejar los textos de Carlos Pellicer y Salvador Novo con los de los autores del número reciente se advierte también un avance en la diversidad, la profundidad y la precisión en el conocimiento del tema. Mencionaré sólo un caso: de acuerdo a las fuentes que consultó en su época, Salvador Novo escribió que los “Belenes” o Nacimientos no aparecen en España hasta principios del siglo XVIII, dato que hace extensivo a la Nueva España. En cambio, en la nueva entrega, Graciela Romandía nos informa no sólo de los autos navideños que se representaban en la Nueva España desde el siglo XVI, sino también nos dice que los hogares novohispanos, peninsulares, criollos e indígenas, tenían representaciones de la Sagrada Familia en un portalillo, rodeada de pastores, rebaños de borregos, un buey y un asno, celebrándola con música y poesía. Y que se han encontrado figurillas de barro cocido, modelado y con pastillaje, de fines del siglo XVI y principios del XVII, hechas en el estado de México, que representan personajes ataviados a la usanza española y que adornaban los primeros Nacimientos novohispanos.
    Además de estar bellamente ilustrado con las figuras que elaboran artesanos y artesanas de distintas regiones del país, los textos que componen este número de Artes de México contienen una rica información y sugerentes reflexiones sobre un tema a la vez tan universal y tan doméstico. Escriben en él Margarita de Orellana, Rafael Vargas, Elena Poniatowska, Bárbara Jacobs, Miguel León Portilla, Graciela Romandía de Cantú, Beatriz Scharrer y Hugo Hiriart.
    No voy a referirme a cada uno de ellos, quisiera más bien hacer una sola observación al artículo de Graciela Romandía, quien nos explica por qué la cálida acogida y la pronta difusión de los Nacimientos entre la población indígena en tiempos de la conquista.

La escena del nacimiento de un niño acompañado de su madre [–nos dice–] era para ellos un hecho real y cotidiano. Y fue entonces cuando los naturales se acogieron bajo la protección de María, la madre, como la consoladora e intercesora en sus aflicciones.

Tiene razón la autora, es muy probable que una reacción emocional de este tipo haya operado en la rápida expansión de las advocaciones marianas en la Nueva España, hasta culminar, por ejemplo, en el culto guadalupano. Pero es verdad también, y justamente pensando en Tonantzin-Guadalupe, que este vínculo emocional con una deidad femenina tiene antecedentes fundamentales en algunas deidades mesoamericanas, como Cihuacóatl, la “Mujer Serpiente”, llamada también Tonantzin, “Nuestra Madrecita”, o en Tlazoltéotl, la deidad de los partos, o en la Diosa Madre Coatlicue, “La de la falda de serpientes”, deidad telúrica asociada a la fertilidad. Sin estas importantes referencias culturales no se comprende plenamente el tránsito de una cosmovisión a otra. Desde luego que para ello se requiere dejar de pensar en la serpiente como en un animal malvado, responsable, desde los orígenes, de la perdición de la humanidad. La visión que concibe a la serpiente como una de las formas que adquiere el enemigo de Dios es exclusivamente judeo-cristiana, y totalmente ajena a la idea que de ella se tenía en el mundo mesoamericano, donde se asociaba a una compleja simbología que nos remite, con la Luna, a la idea de la fertilidad y la renovación permanente de la vida y las fuerzas cósmicas.
    Pero vamos a centrar nuestra atención en la escena misma del nacimiento, tal vez ahí encontremos alguna razón para entender los lazos emotivos que unen a las familias mexicanas, sobre todo a las humildes, con esta tradición. Porque el número de Artes de México al que me refiero está ilustrado con ingeniosas figuras elaboradas con los más diversos materiales por gente pobre, por modestos artesanos del campo y la ciudad.
    Me parece que Giovanni Papini es quien se ha acercado más a la comprensión de la escena del nacimiento del Niño Dios. Escuchemos cómo la describe:

Jesús nació en un establo. Un establo, un verdadero establo, no es el alegre pórtico ligero que los pintores cristianos han edificado al Hijo de David, como avergonzados de que su Dios hubiese nacido en la miseria y la suciedad. Y no es tampoco el pesebre de yeso que la fantasía confiteril de los imagineros ha ideado en los tiempos modernos: el pesebre limpio y amable, gracioso de color, con la pesebrera linda y bien dispuesta, el borriquillo estático y el compungido buey y los ángeles sobre el techo… y los muñequitos de los reyes con sus mantos y los pastores con sus capuchas. Este puede ser un sueño de los novicios, un lujo de los párrocos, un juguete de los niños, el “vaticinado albergue” de Alessandro Manzoni; pero no es, en verdad, el Establo donde nació Jesús. Un establo real es la casa de los animales, la prisión de los animales que trabajan para el hombre… Los primeros que adoraron a Jesús fueron animales y no hombres. El establo no es más que cuatro paredes rústicas, un empedrado sucio, un techo de vigas y lajas. El verdadero establo es oscuro, descuidado, maloliente: no hay limpio en él más que la pesebrera donde el amo prepara el heno y los piensos. Este es el verdadero Establo donde nació Jesús. El lugar más sucio del mundo fue la primera habitación del más puro entre los nacidos de mujer. No nació Jesús en un establo por casualidad. ¿No es el mundo un inmenso Establo donde los hombres engullen y estercolizan? ¿No cambian, por infernal alquimia, las cosas más bellas, más puras, más divinas en excrementos? Y luego se tumban sobre los montones de estiércol y llaman a eso “gozar de la vida”. Sobre la tierra, porqueriza precaria donde todos los hermoseamientos y perfumes no pueden ocultar el estiércol, apareció una noche Jesús, dado a luz por una Virgen sin mancha, armado solamente de su inocencia.

    En la fuerza de estas palabras de Giovanni Papini se puede comprender por qué fue San Francisco de Asís, y no algún otro, quien inició la tradición de representar el nacimiento del Niño Dios en un establo. San Francisco, el que renunció a la comodidad de ser hijo de un comerciante rico y se internó en el bosque dejándolo todo. Recuerdo que al conocer su vida me pareció evidente que si Jack Kerouac y Allen Guinsberg eran reconocidos como los padres del movimiento hippie, San Francisco debía serlo como el abuelo. No hay otro personaje en el vasto santoral cristiano que se aproxime tanto a Jesús como él.
    Alejandro Jodorowsky ha hecho una lectura tan lúcida y atinada del Nuevo Testamento que su libro Los evangelios para sanar, está a la altura de El Evangelio según Jesucristo de Saramago, y muy por encima de El Evangelio según el hijo de Norman Mailer. De ese texto tomo la siguiente descripción que nos aproxima al momento mismo del nacimiento de Jesús:

Está dicho que no había lugar para ellos en el mesón y que ella acostó al recién nacido en un pesebre. Están, pues, en un establo o una caballeriza. Si el lugar está lleno de paja y suciedad, María no se va a tender ahí, menos aun cuando no hay un lecho. Entonces, ayudada por José, se sostiene de un trozo de madera y se pone en cuclillas separando las piernas; José está de rodillas a sus pies y extiende las manos para recibir al niño y evitar que éste caiga al suelo. Es necesario comprender la postura de María. Si ella puja estando acuclillada, el niño podría caer en la tierra, y éste no es el caso porque José está allí para recibirlo. El niño, pues, pasa directamente de la vagina de la Virgen a las manos de José. Él es el primero en tocar al cristo… El niño se adapta de inmediato a la postura y comienza a efectuar un lento movimiento de rotación. Dios lo ha dotado con el impulso que Él da a los planetas. Es la nueva galaxia que viene. Es decir que con una lentitud increíble, el niño comienza a girar en espiral. Debía llegar al mundo para colocar el ojo de su séptimo chakra en la “puerta” de la Virgen y así formar “el ojo del mundo”. (La noción chakra es utilizada en el tantrismo hindú y budista. El séptimo chakra está situado en lo alto de la cabeza). Quien ha presenciado un parto, puede suscribir que es de esta manera como sucede: la vagina forma un óvalo, exactamente igual al contorno de un ojo humano, y la cabeza del niño al salir, toma el sitio del globo ocular. Si entonces vemos de frente el sexo de la parturienta, contemplamos el séptimo chakra del niño comunicándose con todo el cosmos. El niño y su madre forman el ojo cósmico. Es evidente que, milímetro por milímetro, la vagina de la Virgen María acaricia la piel del niño con un amor increíble. De piel a piel se forma una corriente de adiós, de fe, de ayuda, de masaje y de conciencia, en el transcurso del cual la madre dice: a partir de ahora tomaré en consideración cada milímetro de tu cuerpo porque, desde mi vagina que lo sacraliza, cada milímetro es sagrado. Si yo no reconozco cada parcela de tu cuerpo con mi vagina, si no te froto, si en el pasaje no te doy tu primer masaje, nunca en tu vida serás acariciado, nunca pedirás ni exigirás una caricia completa, ni tampoco te ofrecerás a ti mismo al acariciar y, por tanto, nunca sacralizarás el cuerpo humano.

    Es claro, para quien quiera entenderlo, que este masaje amoroso devino en el mensaje de amor y paz más intenso que la humanidad haya escuchado. El nacimiento de Jesús ritualiza ambos eventos. En México, el ritual doméstico de preparar el nacimiento se ha surtido de una variedad impresionante de pequeños objetos que representan la escena primigenia con los más diversos materiales, colores y formas. Dos personas merecen una mención especial por la apasionada dedicación con la que han llevado a cabo esta tarea.
    Uno es el poeta Carlos Pellicer, que escribió en el primer número de Artes de México un texto breve, pero revelador de su experiencia con los nacimientos, el texto se titula, ni más ni menos “La mayor alegría de mi vida”. En él confiesa no sólo el goce estético que significaba crear año con año un Nacimiento, sino el profundo sentimiento religioso con el que lo llevaba a cabo: “Gracias al impulso del apasionado amor a Nuestro Señor Jesucristo [–escribió–] pude ordenar la construcción de una sala exclusivamente para el nacimiento”. Para ello disponía de dieciséis metros cuadrados, en los cuales construyó una bóveda de madera para dar la sensación de un espacio infinito en el cual, manejando hábilmente la luz eléctrica, lograba en unos cuantos minutos la sucesión de la luminosidad del día por los tonos del atardecer, la aparición del primer lucero, la noche tupida de estrellas y nuevamente la luz del amanecer. Las figuras que empleaba eran de cera y habían sido diseñadas con ideas suyas por una familia de artesanos. Cada año se hacía acompañar por amigos artistas para recoger en el valle de México todos los elementos naturales para la conformación del paisaje. Elegía también una pieza musical y cuando la noche se producía en ese pequeño cielo artificial, se escuchaban poemas suyos escritos cada año para la ocasión. No les voy a decir cómo fue que Pellicer comenzó a poner Nacimientos, lo dejo en suspenso para que lo lean en el suculento texto que escribe Elena Poniatowska, recordando como él se lo contó. Por cierto, ella nos cuenta también el modo poco ortodoxo con el que hace sus Nacimientos:

Cada año [–dice–] ponemos en casa un Nacimiento bajo el árbol de navidad, pero, según las oscilaciones de la Providencia, en la misma noche el perro se lleva el río de papel aluminio y la gata mordisquea las alas del ángel. El Sol derrite a los patos y ahoga a los guajolotes. Cada año nos proponemos comprar nuevas figuras, porque ya lo único que queda es el heno que Paula insiste en guardar. Cuando se perdió el Niño Dios y en su lugar se me ocurrió poner al Santo Niño de Atocha, Felipe protestó, pero yo, tan criticona de los nacimientos anticonvencionales, tengo en este momento al san Caralampio que me regaló Rosario Castellanos de san José, a la Inmaculada Concepción de Mater Admirabilis y unos ositos de peluche hacen las veces del buey y la vaca .

Comparado con los Nacimientos de Pellicer esto puede parecer una herejía, pero más bien es una buena lección para utilizar con cierta libertad las advocaciones divinas. Algo parecido hace la señora Emilia Pineda, artesana de Santa María Chicmecatitlán, cuando coloca entre los animales que vienen a adorar al niño Jesús a lagartijas, ratones y alacranes.
    La segunda persona que merece una mención especial en la elaboración de Nacimientos es la señora Celia Chávez de García Terrés, quien coordinó el número del que hablamos. Entregada de lleno al fascinante acopio del coleccionista, ha recorrido, según nos dice Beatriz Scharrer, los más diversos y a veces dificultosos caminos para localizar a los artesanos, hombres y mujeres, que elaboran las figuras de los Nacimientos con barro, palma, chocolate de metate, madera, hojalata, cobre, plomo, flor de siempreviva, totomoxtle, papel de china, vidrio, semilla de aguacate y otros materiales. Ella misma elaboró uno de los más hermosos compuesto por piezas que no provienen de la habilidad humana sino del paciente trabajo del mar. Está hecho con conchas y caracoles, pequeñas piedras y pedazos de madera y vidrio, dispuestos con la elegancia que da la simplicidad. Varias piezas de su formidable colección ilustran esta revista.

En una ciudad de quince millones de habitantes [–escribe Beatriz Scharrer–] ella no ha dejado que la modernidad acabe con una tradición tan entrañable. Ha logrado transmitirle a su nieta el gusto por este rito que la vuelve a sus raíces. Anna hace ahora sus propios Nacimientos desde que tiene cinco años, también uno distinto cada año.

“Mis Nacimientos –dice Celia Chávez– no son ni los únicos ni los mejores. Instalarlos es para mí, simplemente, un acto de alegría”. ¡Un acto de alegría! ¿Qué más se puede pedir? Estoy seguro que si un espíritu habita en las representaciones de San Francisco, está sonriendo en sus adentros al escuchar estas palabras.

Julio Glockner
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, BUAP
julioglockner@yahoo.com.mx



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