Ir a inicio de: Elementos

Buscar en Elementos:

Elementos No. 66, Vol. 14, Abril - Junio, 2007, Página 62
Libros

Descargar versión PDF


Cajal

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL. CIEN AÑOS DESPUÉS
ANTONIO GAMUNDÍ Y ALBERTO FERRÚS
Universitat de les Illes Balears-Ediciones Pirámide, Madrid, 2006

En el Instituto Cajal es costumbre entregar una pequeña escultura como recuerdo de su paso por el centro a los investigadores que han realizado allí una estancia de trabajo. Se trata de una neurona que sostiene una lupa. Trata de simbolizar a una célula que se estudia a sí misma. Eso es exactamente lo que los neurocientíficos hacen. Una tarea que tiene el noble empeño de proyectar luz sobre el reto más difícil que existe: conocernos a nosotros mismos. Cajal fue plenamente consciente del alcance de su trabajo y sus insondables consecuencias. Mirar la obra de un científico con la perspectiva de cien años suele producir un cierto sentimiento de condescendencia sobre la ingenuidad de los planteamientos pioneros o, como mucho, asombro por la heroicidad al enfrentarse a un problema con herramientas tan toscas si las comparamos con las tecnologías de hoy. Pero Cajal no responde a ese estereotipo. Hoy, como hace cien años, el caso es singular. Las observaciones efectuadas en su día eran de una calidad difícilmente mejorable y fueron obtenidas con tecnologías que, en lo sustancial, no han avanzado mucho. Entonces, si los datos eran excelentes y la óptica ya había alcanzado su límite, ¿dónde está la diferencia entre Cajal y sus colegas? Obviamente, en la interpretación. Una interpretación, eso sí, basada en un trabajo exhaustivo y meticuloso. En lugar de analizar la estructura del sistema nervioso adulto, él estudió todas las fases del desarrollo; en lugar de paralizarse ante la complejidad del cerebro humano, él incluyó prácticamente cualquier especie animal a su alcance; en fin, en lugar de aplicar obedientemente una sola fórmula técnica, él estudió los fundamentos químicos de la reazione nera de Golgi y desarrolló modificaciones esenciales. Hasta aquí el perfil de un profesional sistemático, trabajador incansable y con algún rasgo de creatividad. Todo eso, sin embargo, no habría sido suficiente para tener hoy este libro en las manos. Ese algo más necesario es la profundidad de análisis en las interpretaciones. Aun contando los errores, que los tuvo, la inmensa mayoría de sus afirmaciones siguen siendo plenamente correctas hoy. ¿Cómo es posible deducir propiedades funcionales a partir de un material muerto? ¿Cómo es posible describir el dinamismo intermitente de un cono de crecimiento al que Cajal nunca vio moverse? En los diferentes capítulos de este libro se ofrecen las visiones que científicos de hoy han desarrollado sobre aspectos concretos de la obra de Cajal. La conclusión es unánime: Cajal poseía la marca que diferencia a un buen profesional de un genio. Como demostración de estas valoraciones, este libro incluye además un valioso trabajo bibliográfico que pone de manifiesto la ingente literatura existente sobre Cajal. Muy especialmente, los datos que se aportan aquí demuestran la actualidad de un trabajo realizado hace cien años de la mejor forma posible, tabulando las citas bibliográficas que recibe en la literatura científica moderna. Por último, conviene anotar una reflexión sobre la figura de Cajal como persona y ciudadano. Ciertamente nunca gustó de homenajes y boatos, pero tuvo un empeño especial en ofrecer sus opiniones y consejos para que redundasen en el bien común. Este libro no pretende sumar una hagiografía más a las ya existentes. Con demasiada frecuencia en la historia de la ciencia en España se han utilizado estos fuegos fatuos como telón que ocultase las deficiencias más flagrantes en el apoyo a la investigación y socialmente dañinas con una educación que hacía mirar al cielo antes que a la tierra. Se trata, por el contrario, de aprovechar el centenario de su Premio Nobel en Fisiología y Medicina de 1906 para recordar la inmensa deuda que la sociedad española tiene con su mejor sabio.



Muralla

LA MURALLA
HUGO DIEGO
Ediciones de Educación y Cultura, México, 2006

Un equipo de arqueólogos afirmó, no sin reservas, que hace ocho mil años alguien habría dibujado el mapa más antiguo. Fue descubierto en 1963 en una excavación en Catal Hüyüc, en la región centro-­occidental de Turquía. Pintado en un muro, el mapa reproduce de singular manera un poblado neolítico. Desde aquel mapa neolítico, es posible documentar en la historia de la civilización una actividad cartográfica ininterrumpida: tablillas sumerias, mosaicos bizantinos, mapamundis medievales, planisferios árabes, hasta llegar a los atlas modernos y a los mapas satelitales como el Google Earth.
Al lado de los mapas históricos, también se halla una cartografía de lo imaginario construida por la mitología y la literatura: el mapa secreto de los piratas o el pergamino que esconde la ruta del tesoro perdido. También existen mapas fantásticos que describen itinerarios en océanos ilusorios. En la historia de la navegación son notables los exploradores que partieron en busca de una utopía que terminó convirtiéndose en una burda realidad: Colón no encontró lo que quería, pero al final su hallazgo no dejó indiferentes ni a los Reyes Católicos. También han existido viajeros que van a la conquista de un imperio y lo que encuentran es el murmullo de un delirio o en el mejor de los casos, el origen de una fábula. Tal es la naturaleza del viaje y del mapa que guió las aventuras de Shi-To (que era así como se conocía en la China Imperial al aventurero Martín del Campo).
Hijo de un español y de una portuguesa, Shi-To tuvo todas las profesiones imaginables: corsario en los mares del Caribe y domador de camellos en Cachemira; fabricante de arcabuces en Sumatra y traficante de joyas en el Indostán, además de mercenario y lector del tarot de Marsella. Tenía fama de estafador, truhán y quiromántico. Otros decían que no existía hombre más generoso y ocurrente que él, además de ser el amigo más leal y noble. En lo que todo mundo estaba de acuerdo era en la consideración de su enorme talento para la conversación.
En Lisboa conoció a un misionero que le cambió la vida, no tanto por sus plegarias y adoctrinamientos sino por su sentido del humor y gusto por los viajes. Cierta tarde el padre Cardoso le comentó a Martín del Campo que partiría en una misión a China y Shi-To, al no tener mejor cosa que hacer, le comentó que también preparaba un viaje a China para comerciar en la ruta de la seda, así que podrían viajar juntos.
Salieron del puerto portugués de Setúbal en junio de 1699 y llegaron a China el último día de enero de 1700. En el trayecto su amistad se robusteció. Uno a otro se entretenían: Shi-To contaba sus aventuras terrenales y el padre Cardoso sus viajes espirituales. Otra habilidad que el jesuita descubrió en el aventurero fue su gran capacidad para el dibujo y como Shi-To se destacaba en el arte de la caligrafía, empezó a ocupar funciones de secretario del padre Cardoso. Shi-To era rejego para rechazar las golferías de su vida y por esa razón se alejaba por temporadas de la tutela espiritual del misionero.
A pesar de sus escapadas, nunca le perdió la pista al padre Cardoso y cuando supo que el misionero portugués se había convertido en consejero del Emperador, reapareció en Pekín y retomó como si nada su compromiso de amanuense y dibujante. En esa calidad se unió a la comitiva de cartógrafos que tenían la misión de realizar el mapa más exacto del Imperio Amarillo.
Si los misioneros jesuitas lograron el mapa más exacto de China, Shi-To delineó un mapa inacabado, quizás absurdo, tan extraño como ingenioso. Él sabía que al padre Cardoso le interesaba un mapa minucioso, exacto, pero Shi-To fue dibujando y tomando nota de un mapa ideal cuya descripción escuchó en las tabernas y mercados, en los fumaderos de opio y en los burdeles. Historias que trazaron un mapa tan desconcertante como improbable. En uno de sus cuadernos escribió: “¿Cuántos viajes caben en una pizca de opio?” Shi-To afirmó que las historias recopiladas no las inventó y que una a una se las refirieron ancianos chinos. Fueron esos viejos quienes le hablaron de ciudades que sólo podían visitarse en los sueños, y que él, como buen amanuense, coleccionó en su memoria y después escribió en delgadas hojas de papel de china para no olvidar el itinerario marcado por un mapa prodigioso. Ese es el origen de los relatos que ahora tienen en sus manos.

Texto tomado del prólogo a La muralla.



Hospital

HOSPITAL DE CARDIOLOGÍA
PEDRO GUZMÁN
Ed. El Tucán de Virginia, México, 2006


Una suma de casualidades me llevó a la presentación del libro Hospital de Cardiología en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. Desconcertado, sin saber a ciencia cierta si se trataba de una novela, un texto de arquitectura, o de medicina, encontré un largo poema.
    En Elementos usualmente no tratamos asuntos relacionados con la poesía, pero cuando se trata, como es el caso, de un poema sobre la medicina, cuando además, el poema resulta curativo, refrescante, y estimula la reflexión sobre el enfermo, la familia y la curación, entonces se convierte en asunto de interés.
    No recuerdo si lo leí, o fue que lo oí en una plática: un conocido científico se declaraba analfabeto en lo que a poesía se refiere. Lamentablemente, somos muchos los que o hemos perdido, o nunca adquirimos la capacidad para gozar de la poesía. Creo que en las escuelas actualmente ya ni de pasada se les ocurre a los profesores leer o recomendar a sus alumnos leer un poema. Es, desgraciadamente, a otro científico a quien le he oído decir a los estudiantes que leer literatura o cualquier forma de ficción es simplemente perder el tiempo. Total, para perder algo es necesario haberlo encontrado, mascullé para mis adentros.
    Por todos estos antecedentes es que resulta especialmente reconfortante haber podido disfrutar de la presentación y luego de la lectura de Hospital de Cardiología. Poema que, desde la perspectiva del que espera, hace un recorrido por el hospital, su arquitectura, sus rincones, sus largos pasillos, y un recorrido por el gran ausente de la ciencia médica: el familiar que espera. Dice el autor, Pedro Guzmán:

Una vez que los doctores se han llevado al enfermo sólo queda esperar...

Hay quienes llevan tres horas
hay quienes llevan diecisiete días viviendo allí,
reposando sobre esas sillas institucionales
de resina plástica unidas entre sí por una base de acero,
en las que el movimiento de uno
es resentido por todos los demás que están sentados...


Más adelante dice Pedro Guzmán,

Caminamos para avanzar hacia alguna parte
Pero cuando esperamos y no podemos estar quietos
y damos vueltas por una área limitada
deambular es una manifestación de quietud...


En fin, Hospital de Cardiología me ha devuelto algo de mí mismo. El goce de la poesía, la certeza de que ahí afuera, aun en las malolientes salas de espera de los hospitales públicos, tan alejados de la estética, hay poesía; hay instantes de catarsis en lo más profundo del hombre.
Enrique Soto



Goya

GOYA Y LA MODERNIDAD COMO CATÁSTROFE
JORGE JUANES
Itaca, México, 2006


En este nuevo libro Jorge Juanes parte de la premisa de que la biografía, osada e imprevisible, de Goya está desde luego en su obra, es su obra. Con ella nos invita a dialogar dejando de lado la erudición paralizante.
    Lo que el lector tiene entre sus manos es, pues, un ensayo, una aproximación que deja muchas cosas en el tintero pero sin dejar de perseguir obsesiva, implacablemente lo esencial.
A través del comentario filosófico de toda la obra de Goya –en discusión con los comentaristas y críticos más importantes–, Juanes explica la originalidad del pintor español: apenas comenzado el siglo XIX, el pintor reconoce, en sus imágenes, que la modernidad institucional carga en sus entrañas una nueva figura de la barbarie cuyo poder destructivo no tiene parangón en la historia y cuya empresa depuradora se encuentra fundada en dogmáticos discursos del saber. Goya toma partido por el margen y por la diferencia, por lo heterogéneo y por el saber inconcluso; su propuesta mantiene vigente aquello de que hay que “examinarlo todo, removerlo todo sin excepción y sin miramientos” y, en consecuencia, poner un hasta aquí a prejuicios, dogmas, autoridades indiscutibles y supersticiones oscurantistas; en suma, ligar el saber a la libertad y no al poder.



Ir a inicio de: Elementos
Ir al catálogo de portadas