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Elementos No. 66, Vol. 14, Abril - Junio, 2007, Página 27
Modernidad, posmodernidad y sustentabilidad

José David Lara González                 Descargar versión PDF


La caída del muro de Berlín es más importante de lo que aparentemente fue. Obligó a pensar y a declarar el Fin de la Historia, pero más bien marcó el final político de los enfrentamientos ideológicos. El agotamiento del mundo socialista y la reducción del comunismo de Estado lograron el desempate de las fuerzas mundiales. El capitalismo se autoproclamó vencedor único e histórico de la contienda fría, se sucedió una borrachera globalizada que aún no termina, se apresuró a borrar el “nefasto” paso existencial del marxismo, se corrigieron los almanaques velozmente y se cerró ese “doloroso” episodio de la historia humana. Ahora ya no nos acordamos de esos hechos y ciegos, sordos y mudos deambulamos en el mundo tecnologizado hacia quién sabe dónde, en esta vorágine sobrevivencionalista del mundo de la posmodernidad.
    Esta posmodernidad es básicamente el acopio descontextualizado de lo moderno; todo se vuelve pos, pero no sabemos cómo, cuándo, por qué o para qué de esa vuelta o transformación de lo moderno. Lo posmoderno es más inasible, menos explicable que lo moderno y si el modernismo nos llevó a situaciones límite (políticas, económicas, sociales, ambientales) lo posmoderno nos deja sin elementos de defensa, análisis, comprensión. No encontramos asideros y se multiplica el eclecticismo pretendiendo ser la base de un sistema de existencia humana que no reconoce al mismo ser humano.
    Este proceso pragmatista socializa lo ecológico y­ ecologiza lo social. Buen punto. El asunto es que los cambios son tan rápidos y primarios que el humano común no logra entenderlos, a veces ni se entera de ellos, no se da cuenta de ellos, otras veces no logra asimilarlos, en otras ocasiones los rechaza, no los acepta ya sea reconociéndolos como ajenos o tan sólo por indiferencia.
    Esto se presenta tanto por lo complejo, complicado, conflictivo, rápido y voluminoso de los cambios como por carecer (en general) de explicaciones a tales fenómenos, por falta de fuentes confiables de información, por el exceso informativo y por los procesos de desinformación dados en todo el orbe desde los niveles más locales, luego los nacionales, hasta los internacionales y los mundiales.
    El humano común, no el sobredotado en capacidades o el protegido por su pertenencia-vinculación a los grupos de poder (político, social, económico, religioso), requiere tiempo. El tiempo es un recurso y aunque parezca infinito, para los fines humanos es escaso. La finitud del tiempo es algo todavía por conocer, por definir, pero para la persona común, el tiempo está en todo. El tiempo podría verse como ajeno al humano, pero el humano no es ajeno al tiempo. Específicamente para nuestro caso, el hombre común necesita tiempo para enterarse de los cambios, para asimilarlos, entenderlos y, en todo caso, hacerlos suyos y tomar una posición a favor o en contra. Cuando la magnitud, la cantidad, la intensidad y la velocidad de los cambios son tan grandes que el humano no puede integrarse en ellos, entonces se desintegra en ellos, o los toma por “la libre” o los hace a un lado y no alcanza a concienciarse de los mismos.
    Cuando se proclamó el Fin de la Historia de alguna suerte se estaba declarando el fin de la humanidad misma, al menos como la conocemos y llegamos a reconocerla. El supuesto y forzado fin de la confrontación Este-Oeste se favoreció de y a la vez favoreció la debacle de las ideologías. Sin embargo, como se ha reconocido desde la Antigüedad, el ser humano es un animal político y requiere por necesidad misma de las ideologías. Su alta necesidad de ideologías se ve reflejada en el hecho de su también muy alta religiosidad; es del dominio público que más de 90% de la población mundial pertenece a, practica o mantiene ideas religiosas. Las religiones son formatos ideológicos particularizados, idealizados, dirigidos, que contienen representaciones más o menos congruentes con sus propios principios, valores e intereses, los cuales son expresados generalmente por medio de creencias y dogmas que articulan su verdad cifrada en la revelación.
    La modernidad y la posmodernidad no tienen límites claros ni en el tiempo ni en el espacio y aunque se ha declarado que vivimos la posmodernidad, otros individuos y grupos no lo aceptan así. Hay mucha confusión al respecto, no se transparentan las ideas ni las tendencias y precisamente ambas son la reatroalimentación de la (al menos) supuesta posmodernidad en que nos encontramos. Otra de las características de este periodo que parece de transición (pese a que no sabemos hacia dónde transitamos) es el elevado eclecticismo (ya mencionado) del fin de la modernidad y de esta posmodernidad si se la acepta.
    Las ideologías y sus aplicaciones más cotidianas, las religiones, nos han enseñado y adiestrado para hacer del desarrollo y del progreso una necesidad. Alguna definición del ser humano podría exponerlo como un ser más o menos socializado que tiende al progreso por medio de modelos de desarrollo. Así, el modelo neoliberal globalizante de desarrollo en el que vivimos y en concordancia con el entramado (no estructura) de la modernidad-posmodernidad facultado por sus aristas miméticas tiene que hablar de y promover el desarrollo en la búsqueda del estado de progreso, tratando al mismo tiempo, por un lado de responder a las creencias del desarrollo-progreso y por otro lado de inventarse una meta, un objetivo, un fin para el propio devenir del modelo más allá de ver al mismo modelo como la meta u objetivo.
    Estamos inmersos en esta problemática así como en esta transición modernidad-posmodernidad y por lo tanto nos enfrentamos a fenómenos complejos, situaciones inéditas y a conceptos provenientes de fuentes diversas. Acoplamos nuestras conceptualizaciones, algunas más maduras, otras en ciernes, con elementos del medio sociocultural, del medio académico, del sentido común más básico y de la propia experiencia de vida, no sin dejar hacer sentir nuestros deseos, anhelos, idealizaciones y compulsiones. Pertenecemos a nuestro tiempo, a nuestra época y así respondemos a un mestizaje en la conformación sociocultural, en la adquisición del conocimiento, con rasgos de corte tradicional y rasgos de occidentalización, los primeros primordialmente consecuentes de la base cultural mesoamericana que mantenemos y los segundos más propios de la “norteamericanización” de hoy y la europeización de ayer.
    Sostenemos una cultura mestiza, en formación y en conceptos, que ahora puede calificarse de cultura híbrida. Es un hibridación inevitable y prácticamente mundial que primero se dio por el colonizaje y luego por el imperio del capital en sus necesidades expansionistas. Ha sido una hibridación acelerada por la mediatización de la existencia y el alto desarrollo de las tecnologías, cooptadas ahora por los trabucos científicos a modo. Este proceso de hibridación cultural es lo común pues con certeza no existen las culturas puras, de hecho cada cultura que pueda reconocerse como tal es una reformulación resultante del intercambio entre culturas cercanas y distantes, no sólo en el espacio sino en el tiempo y en sus contenidos y fundamentos.
    La estructura de una cultura de esta índole explica o sirve de herramienta para intentar explicar algunas de nuestras conceptualizaciones propias. Los componentes tradicionales de la cultura híbrida que vienen incluso desde nuestro pasado ancestral presentan propiedades que han permitido su permanencia y su reelaboración hasta nuestros días. Precisamente por ello en muchos casos son portadoras, en general, de sustentabilidad; han sido sostenibles a través de las épocas y de muy distintas circunstancias históricas. Incluyen valores, principios, historicidad, asociación con el medio natural, moderación, formalidad, legalidad, legitimación.
    Los modelos existenciales occidentalizados, para promoverse y lograr penetrar y ser asimilados por los grupos sociales, tienen que recurrir a estrategias y tácticas, tanto específicas como generales, para con ello poder competir con el fuerte componente tradicional presente en las sociedades. Entonces recurren al manejo de la modernidad no sólo como medio o argumento de soporte sino como un fin, como un objetivo de la vida.
    Lo moderno se vuelve un valor y así se nos “vende”. Esta venta tiene buen éxito y la modernidad con toda su carga se traslada de sus promotores al ambiente social. Ambiente que hoy es menos sustentable por muchas razones y motivos, entre ellos las ideas y tendencias modernistas polarizadoras, desubicantes, despersonalizadoras, fincadas en racionalidades distintas de lo sustentable. Fundadas en los objetos, no en los seres.
    La modernidad plantea sus propios elementos centrales: valores y principios desplantados por intereses individuales o de grupos. Lo nuevo es lo bueno. Lo viejo es un desvalor, es malo. La juventud como valor ante la vejez: vivir pronto. Lo antiguo es sinónimo de atraso, de arcaico, de obsoleto. El tiempo ya no es aliado del humano sino su obstáculo: el humano ya no puede perder el tiempo, tiene que ganarlo –“el tiempo es oro”– y surge la subcultura (contracultura) de lo efímero, lo instantáneo, lo desechable. “Cambiar o morir”.
    El vanguardismo es otra de sus leyes, lo importante no es ser competente sino competidor. La vida se vuelve una competencia. Se vive para el buen éxito. Lo bueno es ser primero. Ser primero es lo único, los demás son perdedores. Ser perdedor es no merecer la vida. Se trastocan o invierten los valores y la discreción, la moderación, se cambian por el alto valor de la valentía del exhibicionismo. Lo secreto y la intimidad-privacidad se pierden ante la libertad de expresión, la libertad de información, la libertad de informar. Las libertades se convierten en el símbolo del ser. El trabajo ya no es fuente de progreso ni satisfacción. El progreso es cosa material que se mide por la acumulación y la fama. La satisfacción está ahora en el tener, no en el ser. No importa ser, importa figurar, estar al día y estar a la punta. Estar informado es ser. La información no es un medio, es una finalidad. Esto es el modernismo de hoy, que se ve rematizado en el posmodernismo, el cual aún es más complejo, inefable quizás.
    El asunto mediático cubre sus cuotas y logra sus intereses en este mundo posmoderno. Los medios masivos de información-comunicación impactan con gran poder y alta resolución. Ahora somos mediáticos más que seres pensantes. Somos consumidores-electores. Somos agentes de opinión más que ciudadanos. Nuestra ciudadanía se ha trocado (casi sin darnos cuenta) en nuestra pertenencia al sistema: ya no somos personas, somos agentes del sistema, agentes sistémicos. El sistema nos ha vuelto de individuos a practicantes del socialconformismo. Ya no somos lectores de realidades, ahora somos leídos por el sistema, diagnosticados y mediáticamente manipulados. La ciencia-tecnología es una nueva religión maniquea y se la profesa aun sin saberlo. Es un dueto especial y especialmente elaborado y manejado para las finalidades reproductivas del sistema.
    El cúmulo de información masificada en volumen y calidad nos hace conocedores de todo, somos “todólogos”, lo mismo sabemos de los últimos intentos de vacuna contra el SIDA que de los amoríos del tal o cual artista; lo mismo sabemos del descubrimiento de una nueva estrella que del escándalo más reciente del presidente Chávez. Estamos suprainformados y subdesarrollados en un contrapunteo típico de la modernidad. Sabemos todo de lo superfluo, no sabemos casi nada de lo profundo, para saber de “profundidades” están los que se dedican a ello, para eso están y no debemos preocuparnos por esto: “así es la vida”, “qué le vamos a hacer”, pensamiento plano, pensamiento débil, pensamiento socialconformista.
    El individuo socialconformista no ve más que el presente; el pasado ya pasó y del futuro ni se habla. Para qué ocuparnos del futuro si contamos con la ciencia y la tecnología ad hoc para resolverlo.
    ¿La conciencia?... es cosa del pasado, de los pesados valores del pesado pasado. El pasado agobia y hay que ir adelante, siempre adelante y no volver atrás, ni tan sólo la mirada. Pensamiento débil: “la historia se construye hoy, el pasado muerto está... no revivas a los muertos”. El pasado es premoderno y está cargado de sentimientos. Los sentimientos confunden y duelen. El inmediatismo asegura relaciones efímeras indoloras. El logro presto trae alivio a nuestras existencias agotadas, ajadas por el trabajo, los compromisos, las deudas, las responsabilidades. Lo inmediato trae consigo la alegría fácil, la comodidad, lo nuevo. Lo nuevo es bello, lo viejo apesta, fastidia, lesiona el buen gusto, las buenas maneras. Las personas viejas son feas. “No quiero llegar a viejo-a”. “Vivir fuerte, vivir rápido, vivir todo, vivir de todo, morir sin arrugas”: la muerte es anciana.
    Ciencia y tecnología (nos aseguran) son en este mundo terrenal lo más parecido a los paraísos ofertados por las religiones. La gran diferencia es que éstas lo hacen sólo en la otra vida. Ante lo lacerante que nuestras realidades pueden ser, el dueto ciencia-tecnología marca un oasis de placeres mundanos. El individuo hedonista es una derivación de la modernidad y esto no es gratuito o por azar. Mientras más hedonista sea, más individualista y más manipulable por su dependencia será el agente sistémico.
    No se quiere la satisfacción de necesidades, se quiere crear nuevas necesidades para ser múltiplemente saturadas por neoproductos cada vez más desechables, pero que garantizan el gusto más hedonista. La máquina no se detiene, el sistema opera, todos felices. La felicidad se compra y la persona ya no tiene que soñar con ser feliz: “soy totalmente Palacio”. La felicidad es más estable y duradera y por tanto exige tiempo y esfuerzo, se cambia entonces por el placer que es instantáneo y no exige gran cosa. “El mundo en la punta de tu dedo”, moto de “poder”, obra “gratuita” de Internet.
    Nuevos productos, más consumo, más producción, más placer, ésta es la fórmula perfecta, la máquina de movimiento perpetuo creada gracias a la modernidad. Que el mundo soporte este tren existencial es otra cosa que “por suerte no compete al individuo común”. Que hablen los expertos, que el Gobierno lo resuelva, que Dios provea: “Dios proveerá”...
    Cuando la ciencia-tecnología falla, allá está la idea última: Dios asistirá. Para eso son creadas las religiones. La teleología también juega su papel en la modernidad. Los mitos, ritos, misterios y revelaciones aunadas a los dogmas se suman en este amplio crisol de la modernidad-posmodernidad y asumen funciones complementarias a las demás formas de conocimiento y de creencias: magia, arte, futurismo, adivinación, etcétera. La esperanza es encontrar alguna respuesta o acercamiento a ella cuando un saber falla. Entonces los saberes son intercambiables en virtud de las circunstancias, de las necesidades del momento y de los gustos de los implicados, no hay ya principios. La vida (basada en el consumo) tiene que seguir sin importar de dónde se obtengan las soluciones y sin ocuparse de los costos de las mismas. La satisfacción de los intereses es prioritaria.
    Se inventa o descubre la sustentabilidad y como un reflejo de la misma época moderna-posmoderna se la presenta como la nueva idea (aun dentro del sistema del capital) que logrará superar incluso las contradicciones más fuertes. Esta sustentabilidad también soporta líneas acomodadizas propias del momento y no logra una alta definición, más bien encontramos numerosas y hasta encontradas intentonas de definición, e incluso se realiza un debate mundial que aún persiste y puede persistir hasta el final o agotamiento del paradigma del desarrollo sustentable. Se le politiza y se le institucionaliza. Aunque no está definido y menos se sabe cómo llevarlo a la realidad, se le institucionaliza: ésta es parte de su esencia ecléctica.
    Esta sustentabilidad toma elementos de materias y sustratos sumamente variados (nuevamente eclecticismo): del economicismo, del capitalismo visceral, de las religiones, del ambientalismo, del ecologismo, del naturalismo, del cientifismo, del tecnologismo, etcétera. El resultado de tal mixtura de contenidos es muy propio del momento que vivimos.
    No haremos aquí una crítica a la sustentabilidad misma en su conceptualización y concepción, nuestro discurso no trata de ello. Esto no implica que nosotros también nos ligamos linealmente a la creencia de que la humanidad o progresa o se extingue, o que la humanidad tiene por definición que desarrollarse. Creencias infundidas amplia y profundamente por las ideologías y las religiones como ya lo mencionamos y en el nivel de que hasta el momento es un fenómeno que no ha podido ser rebasado: el progreso y el desarrollo pueden darse o no y esto no implica por fuerza la muerte para la humanidad. Aun sin progreso y sin desarrollo la humanidad puede existir como ha existido desde sus inicios.
    Con las ideas del desarrollo sustentable lo que intentamos semblantear es una salida trascendente e histórica, responsable y francamente positiva y permanente a esta crisis. Lo que sí estamos implicando en esta sustentabilidad es el cambio radical del modelo operado hasta hoy, por uno que integre la evolución humana a la del medio ambiente y que sincronice el tiempo natural con el tiempo humano en una simbiosis de intercambio que reposicione la historia humana dentro de la natural y reponga el divorcio-confrontación actual entre estas historias. La historia natural puede ser historia humana, la búsqueda de esta condición es igualmente la búsqueda de la sustentabilidad.
    Este complicado cosmos polidimensional de mestizaje cultural y de un mundo enrarecido y hasta incoherente-absurdo, incierto y contradictorio, va apareciendo reflejado en las ideas, actitudes y actos en los que participamos libre o condicionadamente.
    Desde la perspectiva nuestra, la sustentabilidad consiste en el aplacamiento de la pandemia del socialconformismo y el vencimiento de las vertientes oscuras de la modernidad aposentadas en las exquisiteces anéticas del concurso capitalista agotador, mediante el reposicionamiento del quehacer humano constructor de un nuevo tejido socioambiental dentro del replanteamiento de un horizonte histórico compatible con la evolución natural del planeta. Replanteamiento que debe retomar el amplio cúmulo cultural del orbe y reorienta el ámbito comunitario bajo una extensa gama de posibilidades del ser, para con ello transformar al individuo (hoy sacudido y sorprendido) en un congénere capaz y apto, conciente y perspicaz, dotado de sentimientos, imaginación y realizaciones positivas congruentes con su propia naturaleza, y dotado de la sensibilidad solidaria con el medio (mediato e inmediato) dentro de plazos cortos y otros más largos que faculten el advenimiento de las siguientes generaciones.

B I B L I O G R A F Í A

Antaki I. El manual del ciudadano contemporáneo, Ariel, México (2000).
Gutiérrez Godínez F. La conciencia ¿eclipse o despertar?, UPAEP, México (1994).
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Kovadloff S. La nueva ignorancia. Emecé, Argentina (2001).
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Roitman Rosenmann M. El pensamiento sistémico. Los orígenes del social-conformismo. Siglo XXI, México (2003).
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José David Lara González, Instituto de Ciencias, BUAP. filobobos2002@yahoo.com.mx



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