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Elementos No. 66, Vol. 14, Abril - Junio, 2007, Página 21
¿Publicar o morir?: el dilema ético-moral de las publicaciones de los científicos

Héctor Cerezo Huerta                 Descargar versión PDF


Lo primero que hay que poner en claro, es que el colectivo de científicos sale del mismo lugar que el de los políticos, abogados, camioneros y albañiles, y consecuentemente está tan expuesto a las tentaciones materialistas que éstos. Los grupos personalizados pueden crear un aura para ellos mismos, que los coloque aparte de aquellos que trabajan meramente por el salario, pero si se lo creen, no es más que un autoengaño. Los científicos están tan interesados en premios, subsidios, fama, rango, honores, promoción, derechos de patente, ventajas comerciales y remuneración monetaria como en expandir el conocimiento en sus disciplinas, inventar aparatos útiles, o descubrir curas para enfermedades horribles.1
Hauptman

Aunque ética y moral en el lenguaje cotidiano se usan como sinónimos, en el ámbito científico y más específicamente en el contexto de la publicación de artículos académicos, la compleja unidad ética–moral se encuentra frente a un dilema que obliga a considerar ambas nociones como distintas. En este sentido, tal vez la procedencia etimológica de las palabras “ética” y “moral” ilumine esta complejidad y permita construir una analogía para ejemplificarla. Así, mientras que ethos, ética, en griego, designa la morada humana, la moral del latín mohs o mores designa las costumbres y las tradiciones. Esto implica que la ética, como la morada humana, no es algo estático y construido en un solo tiempo. El ser humano está haciendo habitable la casa que construyó para sí, de tal modo que todos estamos involucrados con la ética, porque todos buscamos una morada permanente, aunque cada uno le imprima un estilo de construcción a su morada.
    Ahora bien, cuando un modo de organizar esta morada es considerado bueno hasta el punto de ser una referencia colectiva y ser reproducido constantemente, surgen entonces una tradición y un estilo arquitectónico. De allí que, por su naturaleza, la moral sea siempre plural. Existen muchas morales, tantas como culturas y estilos de casas. Todas estas morales tienen que estar irremediablemente al servicio de la ética, deben ayudar a hacer habitable la morada humana, la sociedad entera y la casa común, el planeta Tierra. Moral es el nivel del mundo social, constituido por valores, normas e instituciones morales que vinculan a sus miembros; ética en cambio, es el nivel del pensamiento que constituye un momento reflexivo racional de lo moral, buscando precisar en qué consiste lo moral de nuestros actos, las reglas o normas que los rigen y los argumentos que fundamentan estas acciones.
    Bajo este marco deontológico, surgen entonces interrogantes a las que se intentará explorar en las siguientes líneas, a saber: ¿qué sucede entonces con la morada ética y el estilo de construcción moral de los científicos?, ¿cómo se manifiestan la ética y la moral en los autores de trabajos científicos?, ¿cómo entender al prestigio científico?, y ¿cómo vincular la ética y la moral para entender la presión que viven los autores para publicar sus investigaciones como un medio de avance y prestigio dentro de la comunidad científica?
    Actualmente, el prestigio y las posibilidades de movilidad social de los miembros de la comunidad científica se basan en gran medida en el número de artículos académicos publicados. La reputación de un investigador si bien se debe a la calidad de su trabajo, también se mide por el número de veces que sus publicaciones han sido citadas por otros autores. Pareciera pues, que la originalidad y la prioridad del descubrimiento deben ser recompensados para que la investigación sobreviva –¿es la investigacion o son los investigadores quienes requieren el reconocimiento?–, y las diferentes formas que adoptan estas recompensas están directamente vinculadas a las normas institucionales. Esto significa que el prestigio suele lograrse por la publicación en espacios del máximo prestigio internacional, pero en general la cantidad suele ser mucho más importante que la calidad. Así pues, dado que la investigación científica es una actividad conducida por humanos, es, como muchas otras, éticamente vulnerable a las debilidades de la naturaleza humana y está influida por las presiones e incentivos sociales, conflictos de intereses y motivos tan diversos, tales como los económicos, científicos, personales, ideológicos, políticos e inclusive religiosos.
    Esta dinámica de conflictos de intereses no es ajena a la comunidad científica y a los modos de difundir mediante publicaciones sus hallazgos. Por ello, es importante articular la ética como un modelo de análisis para explicar la aparición de efectos perniciosos, particularmente la probable presión que sufren los científicos para publicar el máximo número de artículos, y la consecuente imposibilidad de un examen minucioso ante la profusión mundial de publicaciones científicas, incluso por los propios especialistas de cada tema. Al respecto Schulz y Katime2 comentan que a principios del siglo xx el número de publicaciones científicas era del orden de siete mil. En la actualidad pasan de cien mil, publicándose anualmente casi un millón de artículos. Esta inflación de reportes, artículos e informes científicos va acompañada, en muchos casos, de un descenso de la calidad de los resultados publicados, de tal modo que la prioridad de la trayectoria curricular, la competencia entre científicos y el sentimiento de individualismo puede provocar sin temor al error, presiones intolerables en los investigadores y en las instituciones en donde se desempeñan.
    Si aunamos a ello la enorme cantidad de revistas científicas y la amplísima gama de criterios de aceptación –desde la extrema rigidez a la más absoluta liberalidad– se puede inferir que los malos artículos serán tarde o temprano publicados, con tal que los autores insistan en enviarlos a sucesivas revistas. Peor aún, casi se puede sospechar que la capacidad de los sistemas de control de calidad de las revistas científicas para detectar y corregir los efectos perniciosos apuntados sea mucho menor de lo que cabría esperar. Después de todo, el resultado final de la actividad científica sólo se logra cuando el autor o los autores ponen al alcance de la comunidad científica sus investigaciones. No obstante, es necesario combatir la tendencia a “publicar por publicar”, es decir, a realizar investigaciones cuyo interés sea más que dudoso, sin que ello signifique censurar el avance de la ciencia en nombre de la seguridad con diseños policiaco-editoriales. En cierto modo ha de saberse y confiarse en que la mayoría de los autores de trabajos científicos están conscientes de la libre aceptación de reglas de comportamiento ético que no se pueden imponer por la fuerza de una autoridad.
    Los valores éticos y morales implicados en el dilema que experimentan los autores de trabajos científicos ante la presión por lograr el máximo número de publicaciones están vinculados con la necesidad de lograr el prestigio y las posibilidades de movilidad entre los miembros de la comunidad científica. Ante tal necesidad –impostergable para muchos jóvenes investigadores, por cierto– la ética científica en las publicaciones se ve vulnerada por conductas cuestionables y argucias sin honestidad. Por ejemplo, respecto a la frecuencia y tipología de irregularidades de las que pueden ser objeto las publicaciones científicas producto de la presión por publicar, Schulz y Katime3 explican que un trabajo puede fragmentarse en una serie de artículos; puede primero publicarse un extracto o un breve resumen; eventualmente aparecer como un informe preliminar en alguna revista de reconocido prestigio, luego aplicarle una modificación del método, después convertirlo en un artículo más extenso en una revista de calidad y, posteriormente, pueden hacerse revisiones bibliográficas o variaciones del artículo original que se envían a revistas de segundo orden. Otra conducta antiética es presentar un error o sesgo en el artículo original, y luego publicar otra corrección en el año siguiente. De esta forma, un trabajo científico, que debiera ser objeto de una sola publicación completa, se puede distribuir en varias que no tienen otro propósito que responder a la cantidad de publicaciones y de paso causar un par de problemas igual de mayúsculos; inflar el currículum del autor o investigador, y saturar la bibliografía científica mundial, sin contribuir al estado del arte del área científica. Este fenómeno ha crecido lo suficiente como para recibir un nombre: “redundancia de literatura (o meat extender publication)”, es decir, se añaden resultados, evidencias, a series previamente publicadas, y se publica un artículo con las mismas conclusiones que uno anterior, al que únicamente se le han anexado más datos o casos. Otra posibilidad es desarrollar una publicación que se fragmente en porciones menores que serán publicadas como artículos independientes en diferentes revistas. Este proceso es ya tan conocido que en los Estados Unidos que se le conoce como la técnica “salami publication”, y que en nuestro país bien podría denominarse “publicaciones chorizo” como un modo de evitar el eufemismo y mostrar la calidad moral de sus autores. Este asunto ha llegado a tal grado que ya se habla de la unidad mínima publicable (UMIP). Esta “unidad”, de reciente adquisición en el sistema de medidas y unidades, es un índice preciso de las estrategias de un investigador para obtener fama, posición y reconocimiento.
    A las conductas deshonestas propuestas pueden agregarse otras tantas, tales como signar como autor único cuando se trató de un esfuerzo colectivo o de un grupo de investigadores al cual se dirige, aun sin haber tenido participación alguna, sólo por el hecho de ser el investigador principal o “reconocido”; presentar como propios trabajos que nos fueron compartidos de manera verbal o en esbozos escritos por otros colegas; presentar un trabajo como “inédito” cuando éste ya se ha publicado múltiples veces en otros espacios editoriales; difundir hallazgos de los que luego se retracten, para que con indagaciones fallidas se consigan grados, becas, reconocimiento o el ingreso a un cuerpo colegiado o sistema de investigadores, y peor aún, considerar que con el simple hecho de publicar una “fe de erratas” puedan solventarse trabajos de investigación irreproducibles. En esta situación, más común de lo que se piensa, no pocas veces la institución involucrada encubre al tramposo convirtiéndose en su cómplice, tratando estos asuntos con extremo sigilo y en secreto, sin considerar la implementación de una comisión ética, de honor y justicia, a pesar de que ya sea un asunto por todos conocido, mientras tanto el resto de los investigadores honestos prefieran el anonimato por temor a las represalias institucionales.
    Tenemos entonces que por desgracia, esta presión discreta y compartida por publicar y este afán por producir –que siguen, por cierto, la lógica de un mercado insensible– pueden irremediablemente alentar el fraude. Esta tendencia de mercado constituye un buen ejemplo de la herencia contemporánea de la racionalidad económica moderna en la ciencia, que privilegia la noción de competencia y legitima una idea en extremo concreta y mecánica del científico y de su actividad, y en cierto modo justifica la búsqueda del beneficio propio como fin último, como el sentido fundamental de la acción humana. El científico deja de ser un símbolo social para pasar a ser un objeto económico que enfrenta su libertad como iniciativa de producción, venta y consumo. Su vida y su obra se orienta hacia el espacio competitivo en la batalla entre la infinitud del deseo y las constricciones de la escasez, y pese a que se considere que los círculos científicos son ámbitos pretendidamente igualitarios, son ámbitos en los que el precio aparece así como el indicio de un consenso posible del que cualquiera puede sentirse partícipe. En algunos científicos bien puede aplicarse a manera de analogía, el recordatorio de Epicuro de Salmos,4 que versa: “¿Quieres ser rico?, pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia”, y esto, por que los investigadores no sólo deben estar interesados en el estatus, los recursos económicos, premios o subsidios, sino también en expandir el conocimiento de sus respectivas disciplinas.
    En esta lógica, si utilizáramos una analogía de la sociedad actual, así como sin dinero el sujeto no adquiere el estatus de solvente y competente, y en donde además, la posición social no viene determinada por la calidad personal o relacional, sino por el poder adquisitivo (lo cual provoca que el dinero no sólo sea un valor en sí mismo, sino que sea a su vez medida de valoración); del mismo modo, un científico no puede hacerse valer si no tiene un mínimo de publicaciones. Incluso, en ciertos sectores científicos, además, puede verse en peligro el financiamiento de los proyectos de investigación, los apoyos becarios o laborales si no se alcanzan los resultados que esperan los organismos e instituciones que los otorgan. Parafraseando a Benedetti: otras son las costumbres y del dinero es el color de la esperanza.
    En el mismo sentido, Croxatto afirma que los científicos empiezan tempranamente la carrera contra el tiempo, de modo que:

[...] la presión por ganar fondos para sus proyectos, por publicar trabajos que los validen ante el mundo científico y sus competidores, los vuelven verdaderas máquinas en búsqueda de nuevos datos y eso termina reduciendo para ellos el valor del concepto verdad, que se transforma en algo simplemente verificable, pero jamás en aquella huella de belleza de la que, por un don divino, los hombres podemos participar.5

Ante este escenario es insoslayable analizar el dilema ético-moral de las publicaciones científicas en términos deontológicos, es decir, de los valores que deben considerarse como aquellos dignos de ser seguidos o imitados. La fuerza, la honestidad, la valentía o la sabiduría deben ser modelos de lo que el autor debiera ser. Ahora las preguntas a responder son: ¿en las publicaciones científicas, qué tipo de valores debemos construir y promover?, ¿bajo qué normas éticas que nos permitan mantener en todo momento el respeto a los demás, la congruencia en nuestras acciones y la rigurosidad en la honestidad de la investigación científica debemos guiarnos al publicar un trabajo? Adicionalmente, es indispensable reflexionar con respecto a la teleología de las publicaciones científicas, ya que lo que se supone es el espíritu de la academia –la tarea difusora y divulgativa más compleja, el medio para compartir hallazgos y reflexiones con los colegas y con la comunidad en general, el producto tangible de un esfuerzo intelectual de meses o años, y que es vivido como único e irrepetible– irremediablemente se ha transformado en un fin por sí mismo, y se ha hecho dependiente de la moda del número de publicaciones y del lugar en donde sean publicadas: “dime cuánto y dónde publicas, y te diré quién eres”. En esta atmósfera y con este estilo se incorpora a los jóvenes investigadores para que se formen como científicos. Y los jóvenes que no conocieron otro estilo de hacer ciencia, terminan por aceptarla, incorporarse y mimetizarse; o por rechazarla y continuar su búsqueda por donde el espíritu vuele a otras alturas.6
    No puede olvidarse, finalmente que el dilema ético-moral de las publicaciones científicas concierne al propio sistema de evaluación de la actividad científica, que se constituye como uno de los causantes de la presión por publicar, y quizás sea el factor indirecto de la proliferación de fraudes científicos. Dichos sistemas sólo conciben la ciencia desde el punto de vista de los resultados tangibles, y dentro de ellos, la publicación se ha convertido en el principal activo. Los científicos se ven entonces ante una desmesurada presión por alcanzar y presentar los resultados de sus investigaciones y de producir resultados inmediatos. Las instituciones donde trabajan así lo exigen, y más grave es que así se les juzgará. La presión por publicar se vuelve un peso tremendo porque publicar significa la directriz de la academia y la investigación científica, además de participar en un proceso de distribución de créditos que bien puede determinar la oportunidad para la atribución de becas y puestos de investigación.
    En síntesis, no debe permitirse que la ciencia sea cada vez más el símil de un negocio, sino recuperar el valor tradicional de la ciencia, que es la búsqueda desinteresada de la verdad, y la comprensión de que no pocas veces se proyecta en la presión por publicar y probablemente en el fraude académico, el espejismo del deseo humano de sobrepasar sus propios límites, de no hacer caso a la propia vulnerabilidad, y de no aceptar que la ciencia, como todo lo humano, también es limitada.

R E F E R E N C I A S

1 Hauptman R. Research Misconduct: ¿Why are Definitions So Elusive?. Science and Engineering Ethics 5 (4) (1999) 89, 443-444.
2 Schulz P y Katime I. Los fraudes científicos. Revista Iberoamericana de Polímeros 4 (2) (2003) 51-53.
3 Idem.
4 Laercio D. Vidas de filósofos ilustres, Ediciones Omega (2003) 137-138.
5 Roblero M. La promesa del asombro. Biografía de Héctor Croxatto: Un pionero de la ciencia experimental, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile (1999) 89-92.
6 Idem.


Héctor Cerezo Huerta, Tecnológico de Monterrey, campus Ciudad Juárez. hector.cerezo@itesm.mx



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