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Elementos No. 64, Vol. 13, Octubre - Diciembre, 2006, Página 59
La realidad alterada

Anamaría Ashwell                 Descargar versión PDF


Realidad alterada

LA REALIDAD ALTERADA. DROGAS, ENTEÓGENOS Y CULTURA
JULIO GLOCKNER Y ENRIQUE SOTO (COMPILADORES)
Ed. Random House Mondadori, México, 2006



George Steiner reflexionando sobre Europa (La idea de Europa, FCE/Siruela: 2005) escribió que la cartografía europea se ajustó siempre a los pies humanos. Las ciudades europeas explicó, a diferencia de otros lugares, existen para ser paseadas; nunca existieron allí interminables tundras, ni desiertos y selvas, ningún elemento geográfico insuperable que se constituyera en un obstáculo intransitable para el andariego.
    Así, dijo, el paisaje urbano actual de Europa sigue siendo modelado y humanizado por pies y manos. Inclusive cuando Europa cayó en la bestialidad, las ciudades europeas registraron el lado luminoso y monstruoso del andar de sus habitantes: por eso Europa, explicó, es el lugar donde el jardín de Goethe casi colinda con Buchenwald.
    En el espacio geográfico y cultural mesoamericano las inmensas montañas y cordilleras no fueron obstáculo tampoco para que Mesoamérica se constituyera en un territorio humanizado a pie. La milenaria historia de Mesoamérica está trazada y atravesada por las rutas de sus caminantes; basta recordar que los tlacuilos –los que recogieron y recorrieron este ancho y vasto territorio envolviendo el paisaje con cultura, fechándola con calendarios, distinguiendo sus momentos felices y trágicos también– ilustraron el entramado de la historia, en sus códices, con los pies de un andariego.
    Como Hölderlin, quien camina desde Westfalia a Burdeos, ida y vuelta, cubriendo distancias de tiempo y geografía europea, los tlacuilos mesoamericanos nos develan que aquí también, en algún momento, la larga historia mexicana se hizo andando.
    En la modernidad, sin embargo, esta esencial característica de la cultura y la historia mesoamericana quedó sepultada. Con el advenimiento de la era de la técnica, que es el punto de arranque de la modernidad, sobre nuestras ciudades mexicanas que fueron creadas para ser recorridas a pie sobrevinieron las modificaciones a sus trazos milenarios, las mutilaciones a los cerros, se derruyeron bosques y se envolvieron sus legados arquitectónicos y arqueológicos con vías rápidas. El artificio de la construcción moderna sustituyó a la creación artesanal y las calles sin banquetas, sin sombras de árboles, expulsaron al caminante para dar paso al automóvil. Sucedió con ello también la pérdida del tiempo proustiano, de la rememoración luminosa, que caminando, nos descubre el lugar y el tiempo que habitamos.
    En Cholula, por ejemplo, una idea de progreso que no cavila ni fija la creatividad humana en el espacio habitado volvió también crecientemente insensibles a sus habitantes a los significados escondidos de su historia cultural. Aunque, como también sucede en otras ciudades mexicanas montadas sobre el espacio cultural mesoamericano y colonial, allí el pasado es ineludible. Basta un solo y detenido paseo a pie por las calles de Cholula y el ojo, de un vistazo, gira hacia otra realidad.
    Caminando Cholula, en el año 2003, encontré unos hongos pintados por un tlacuilo en el siglo XVI en la portería del convento de San Gabriel y esa experiencia fue la que me impulsó a escribir el ensayo que se incluye ahora en el libro La realidad alterada.
    Pasé varios días de observación de la restauración de los murales de grisalla del convento de San Gabriel; lamenté las penosas intervenciones y destrucciones que continúan hasta el presente sobre este inmueble colonial y también que diversos gobiernos consideraron como única opción la privatización para salvarlo y restaurarlo. Con el entusiasmo que debe sentir un arqueólogo cuando se tropieza con una escultura de Tláloc, lo primero que hice fue escribir para la revista Elementos (núm. 51), una descripción de esa alegoría cristiana y florida pintada en las paredes de la portería del convento. Quizás lo más interesante que descubrí entonces es que no había referencias ni explicaciones sobre qué hacían esos hongos entre las flores alegóricas de la sangre de Cristo en los varios estudios publicados sobre la iconografía de esos murales de grisalla. Al parecer nadie siquiera se percató visualmente de los hongos en medio del jardín. Incluso el estudio e interpretación –el más completo– hecho por John Allen en 1977. Aunque en su descargo quizás Allen no tuvo la oportunidad de preguntarse por ellos porque los hongos permanecieron hasta 2003 ocultos bajo capas y capas de pinturas sobrepuestas.
    El papel del pulque y las plantas alucinógenas en la religiosidad me­soamericana, específicamente en Cho­lula, ha sido tema evadido por los investigadores; algunos como Luis Reyes García –por ejemplo, en su traducción y notas con Paul Kirchhoff de la Historia tolteca-chichimeca– lo apuntaló, pero no desarrolló. A pesar de que prácticas culturales y religiosas actuales, referencias iconográficas, arqueológicas y documentos coloniales, incluso escritos del propio Gordon Wasson indicaban la presencia de las llamadas plantas sagradas en los rituales religiosos precristianos en el valle de Cholollan, nadie habló de ellos.
    Después de describir los murales en 2003, investigué el misterio y el silencio que rodeaban a esos hongos y así pude hilar la dolorosa historia de los últimos cholultecas a quienes los españoles sometieron a una moral y una religiosidad censurada, eliminando de ella cualquier vestigio del pasado.
    La adopción del cristianismo por los cholultecas –cuya conversión hay que recordar es reciente, si es medida en los tiempos históricos de la milenaria civilización mesoamericana de Cholula– se impuso por la espada, pero también fue impulsada por la profunda crisis que debió sobrevenir a un pueblo que se sintió abandonado por sus dioses. Las crónicas coloniales dan cuenta que los cholultecas se volcaron al bautizo cristiano incluso, o probablemente, sin adoctrinamiento cabal. Buscaron así el amparo de un dios occidental que tuvo poca tolerancia, e incluso escasa piedad, por ellos. Y uno puede imaginarse todos los elementos de las culturas subalternas, de indios y negros, que en Cholula se mezclaron en los primeros siglos de la conquista europea, especialmente el papel que jugaron las plantas sagradas y alucinatorias, mientras los franciscanos disputaban la tutela de sus almas para la Iglesia indiana contra el clero regular.
    El pulque “fuerte”, su ingestión con hongos, quizás el nixto-santo mazateco como lo nombró María Sabina, muy probablemente fue parte del ritual religioso cristiano que en el siglo XVI retuvo elementos de la religiosidad cholulteca anterior: una religiosidad que mediante la ingestión de plantas sagradas con el pulque, es decir, mediante la ebriedad extática, les permitió a los cholultecas un diálogo continuado con los dioses mesoamericanos hasta los tiempos del dios cristiano.
    La religiosidad católica actual de los cholultecas, por la presencia de esos hongos, se vio también teñida de nuevos significados y orígenes ocultos.
    La historia colonial de Cholula, del altiplano mexicano en general, está entretejida por la historia del cristianismo occidental. La Iglesia católica en el siglo XVI exigió y construyó en Cholula una identidad colectiva basada exclusivamente en su doctrina y dogma, exorcizando lo que denominó los “demonios” del pasado; y lo hizo eliminando en primer lugar el diálogo extático con lo sagrado de la religiosidad mesoamericana. Evacuó, entonces, del ritual religioso cholulteca aquello que pareciera consustancial al hombre: su parte indomable; es decir, la inclinación humana por el exceso, por la efervescencia y el desborde. La religiosidad mesoamericana había dado cauce creativo y canalizado, mediante las plantas sagradas y el pulque, este lado del hombre; al ser clausurado por la iglesia católica en el siglo XVI, llega a ser criminalizado hasta en la modernidad, de ahí que sólo podía desembocar en el advenimiento de un mal mayor.
    En primer lugar, el sentimiento religioso se fue vaciando, en forma paulatina, de toda vitalidad intrínseca hasta constituirse en una actividad controlada por el clero y el dogma, sanguinariamente intolerante en algunos momentos históricos así como también de manera mecánica practicada por los creyentes .
    Por otro lado, la necesidad humana del exceso, devino, al no tener cauce ritual y sagrado, en prácticas perversas y destructivas como el alcoholismo violento que el consumo del “pulque fuerte”–vaciado de su dimensión sagrada– provocó entre los indios cholultecas desde el periodo colonial hasta el presente.
    Vivimos hoy tiempos de asepsia, todos pidiendo seguridad, o seguridades y criminalizando impulsos que parecieran emanar de nuestra naturaleza, es decir, la necesidad humana de excesos y de la efervescencia que sacude los sentidos.
    Quizás es ya tarde para revertir la experiencia moderna que generó todo tipo de prohibiciones, condenas moralinas y experimentación banal de las plantas sagradas sin siquiera tener cabal conocimiento de lo que se condenaba o vulgarizaba. Pero estando ya inmersos en una modernidad, como decía R. Safranski (Heidegger y el comenzar, Bellas Artes, Madrid, 2005, p. 67), sin estar en condiciones de criticar la naturaleza técnica que fabrica la propia realidad, también debemos estar conscientes que vivimos un tiempo que no pudo encarar el lado monstruoso del hombre, ni administrar sus excesos; quiero decir que quizás sólo la palabra “droga” aplicada a las plantas sagradas de la cos­movisión mesoamericana tiene ya sentido para el hombre moderno.
    Las plantas sagradas de la cosmovisión mesoamericana –la discusión ha inquietado a muchos pensadores mexicanos y no mexicanos– parecieran también hoy vaciadas de su don para trasportarnos en su misterioso viaje extático; parecieran impotentes para ennoblecer el espíritu humano moderno.
    En tiempos del despotismo del mercado de masas, como resumía Steiner, quizás es tarde para las solidaridades y sabidurías que sembraron en la tierra mexicana, las plantas sagradas de antaño.

aashwell@gmail.com



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