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Elementos No. 64, Vol. 13, Octubre - Diciembre, 2006, Página 43
De la embriaguez que viene de la tierra: el oráculo de Delfos

Uxmal Rodríguez Morales                 Descargar versión PDF


“¿Hay algún peregrino que de Grecia haya venido? Acérquese según usual norma y siga el turno que la suerte le marca. Yo por mi parte doy oráculos según el dios me los dicta.” Así resuenan en el prólogo de Las Euménides las palabras de la pitonisa: la gran sacerdotisa de Apolo Pitio, su oráculo; la que en nombre del dios habla a todos los mortales, helenos y bárbaros, en Delfos, el ombligo del mundo.
    Delfos se encuentra en Grecia central, al norte del golfo de Corinto, en la antigua región de la Fócide. El santuario está situado en una hendidura entre dos riscos llamados Phaedriades, (los brillantes), en la falda sur de la famosa montaña habitada por las Musas, el Monte Parnaso. Cuenta la leyenda que Zeus liberó dos águilas desde los extremos de la tierra para averiguar donde estaba el centro del mundo y justo se encontraron en el cielo sobre Delfos. El sitio fue marcado con el ómphalos u ombligo de piedra, la roca que envuelta en pañales Rea le dio a Cronos para que se la comiera creyendo que era su hijo Zeus.
    Según las excavaciones, el lugar fue habitado primeramente durante el periodo micénico alrededor del siglo XV a.C. En esta época se veneraba allí a la diosa madre; el culto a Apolo fue introducido en épocas posteriores, en el siglo VIII a.C., por sacerdotes que provenían de Cnosos. El templo principal, el de Apolo y Dionisos, es estilo dórico como el Partenón, pero un poco más pequeño. Las ruinas observadas hoy día corresponden principalmente a las de una edificación del siglo IV a.C. y son el resultado de las varias reconstrucciones y remodelaciones a las que fue sometido el santuario debido a las ampliaciones, la destrucción y los daños causados por los incendios y terremotos a lo largo de su historia. Además de este edificio, hay en la zona otras construcciones: el teatro donde se presentaban comedias, tragedias, dramas satíricos y concursos de música; los templos dedicados a otras deidades como Atenea y las Musas; los tesoros, edificios donde se guardaban estatuas y otros objetos preciosos que las ciudades habían consagrado al templo como ofrendas votivas y exvotos; el stadium y el gimnasio donde se celebraban competencias deportivas y entrenamientos; y las fuentes, en las cuales brotaba el agua de los manantiales sagrados.
    El nombre de Delfos (para los griegos ΔΕΛΦΟΙ, en plural) se relaciona con la palabra δέλφος que significa matriz, útero, lo que enlaza al lugar con las leyendas de la ancestral gran diosa madre y sus hijos; también parece estar asociado con δελφίς que significa delfín, lo que lo vincula con Apolo Delfinios y algunos cultos cretenses.
    Según los antiguos, el primer oráculo estaba dedicado a Gea, la madre tierra, y era custodiado por la serpiente Pitón (Πυθόν), hija de la diosa. Otras historias cuentan que el lugar fue consagrado a la titánide Temis –hija de la tierra y el cielo, Gea y Urano–, también poseedora del don de la profecía, otorgado por su madre. Son incluidos Poseidón, Febe, Prometeo, Dionisos y la ser­piente Pitón entre los que alguna vez allí reinaron o profetizaron. De acuerdo con otras leyendas, un día bus­cando un sitio para su templo, Apolo encontró un manantial en un paraje virgen, pero la ninfa de aquellas aguas, Telfusa, sugirió al dios otro lugar mejor, un escarpado en las barrancas del Parnaso. Siguiendo el consejo, Febo llegó hasta el enclave indicado, vio el manantial de Castalia y decidió convertir aquel territorio en su santuario. Desafortunadamente ya estaba ocupado y para apoderarse de él mató al guardián: la serpiente Pitón. De ahí que algunas fuentes también llamen a la zona Pytho. Este monstruo, según los himnos homéricos, mataba a los vecinos de las cercanías y a su ganado. Entonces, Apolo después designar a la antigua sacerdotisa del templo como su oráculo, tomó para sí el sobrenombre de Pitio; de esta manera el dios se convertía en salvador y de algún modo se legitimaba como señor del sitio y heredero del don de la profecía. Sin embargo, allí no encontró sacerdotes para su culto. Es por ello que cuando desde la montaña divisó un barco, se transformó en delfín, saltó al mar y guío a la nave hacia la costa. Al llegar a la playa recobró su forma humana, llevó a los tripulantes a Delfos e instruyó a los marineros cretenses para que se convirtieran en sus sacerdotes. Y como era costumbre en aquellos tiempos, el dios instituyó juegos fúnebres para honrar a la serpiente. Así se aplacaría el espíritu del anterior dueño del lugar (quien aunque hubiese fallecido, sería recordado). No obstante, Apolo aun siendo un dios pasó ocho años retirado en un valle para expiar su crimen.
    Historias hay más. La preeminencia de una sobre otra es incierta; el mito total y literalmente verídico no existe. Realmente, muchas de las leyendas e historias que conocemos sobre la antigua Grecia provienen principalmente de la tradición que se estableció entre la época de Homero, Hesíodo y el periodo clásico; sin embargo, muchos siglos antes, Grecia ya tenía historia. Someramente, sus primeros habitantes eran pueblos del Egeo, como los pelasgos que habla­ban lenguas de origen no indoeuropeo; su principal deidad era la madre tierra y conservaban instituciones matriarcales. Posteriormente, a causa de las migraciones el territorio fue invadido por pueblos indoeuropeos como los aqueos y los dorios, quienes adoraban a un dios masculino y sus instituciones sociales y religiosas eran patriarcales. Estas tribus sometieron y se asentaron en varias zonas, y poco a poco fueron fundiendo sus costumbres con las de los conquistados. Esto dio lugar a la amalgama de los mitos locales entrelazados, la asimilación de cultos, la fusión de deidades, las sucesiones dinásticas y los reacomodos en el panteón, la teogonía y la cosmogonía heléni­cos que de forma metafórica reflejan en su mitología su propia historia.
    Ya antes de la época clásica, la fama de Delfos rebasaba las fronteras de Grecia, donde era reconocido como el corazón espiritual del mundo helénico. Además del oráculo, realzaron su grandeza los juegos Pi­tios, segundos en importancia después de los Olímpi­cos, dentro de las cuatro competencias de carácter panhelénico. Estos juegos se celebraban al final del verano, cada cuatro años a partir de 582 a.C., y provienen de los juegos fúnebres que ordenó Apolo llevar a cabo para honrar a la serpiente Pitón. Además de las tradicionales justas deportivas de luchas, las carreras con armadura completa o sin ella, a caballo y de cuadrigas, se competía en canto, danza, flauta y lira. Los vencedores eran condecorados con coronas de laurel, el árbol sagrado de Apolo.
    El principal motivo de la veneración al santuario residía en la “veracidad” de sus profecías y en las recomendaciones de justicia, mesura y armonía. A tal punto llegaba en la estimación de algunos, que Platón, en su diálogo La República, le otorga la misión de elaborar para su pensado gobierno las leyes concernientes a la vida religiosa y espiritual. El oráculo era consultado tanto por embajadas de importantes ciudades como por reyes, príncipes y ciudadanos comunes para preguntar acerca de guerras, política, fundación de colonias, negocios, destino, familia y amores. Ejemplos de consultas y profecías abundan. De la boca de la pitia salieron las palabras que instigaron a Orestes a vengar a su padre, el rey Agamenón. Y así lo hizo: mató a Clitemnestra, su propia madre y al amante de ésta, Egisto. Al tratar de huir de la suerte profetizada, Edipo cumplió con su destino: mató a su padre, Layo; luego desposó a Yocasta, su madre. A su vez, Esparta fue invitada a mesurar su antigua lujuria por la riqueza; seguir este consejo la llevó al estilo de vida austero por el que era conocida desde antes de la época clásica. Atenas hizo buen uso de los consejos de Apolo: Solón fue inspirado para dar a la más famosa entre las polis griegas las leyes que sentaron las bases de su celebérrima democracia; Temístocles interpretó el oráculo e instó a los atenienses a construir la gran flota que los salvó de los persas y los hizo imponerse como potencia marítima. Creso escuchó que si atacaba al rey persa destruiría un gran imperio; fue a la batalla y terminó derrotado. Sócrates fue declarado el más sabio entre los mortales, quizás al reconocer que su sapiencia radicaba en la manifiesta confesión de su propia ignorancia.
    De profecías erradas no se tienen registros. Por supuesto, Apolo jamás mintió, fueron los mortales quienes fallaron en su interpretación. Hay quienes discrepan, pero mejor es no exponerse a las emponzoñadas saetas de la ira del dios. Podemos cuestionar cuán acertadas eran las palabras de la pitia, pero quien iba a Delfos a consultar el oráculo sabía de antemano que iba a pedir consejo a Apolo Loxias. Este epíteto de Loxias –uno entre tantos– lo debía a la naturaleza de sus respuestas, oscuras y ambiguas. Al suplicante quedaba la riesgosa tarea de interpretar las palabras del dios. Sin desestimar errores, posibilidades de engaños, sobornos y complacencias de los sacerdotes –tal sería insultar la humana naturaleza de los griegos– se puede afirmar que las profecías eran mayormente ciertas. El oráculo era interactivo: se hacía una pregunta, se recibía ­la respuesta que más que una profecía era un enigmático consejo; de acuerdo a como era descifrado se tomaba una decisión. La correcta interpretación de la respuesta radicaba en la difícil misión de alcanzar la mesura y el autoconocimiento, virtudes que instaban a seguir las dos máximas divisas del templo, inscritas en su frontispicio: ΓΝΟΘΙ ΣΕΑΥΤΟΝ, conócete a ti mismo, y ΜΕΔΗΝ ΑΓΑΝ, nada en demasía.
La pitonisa era una mujer sin defectos físicos seleccionada en el pueblo de Delfos y educada para sus funciones por los sacerdotes del templo y una hermandad de sacerdotisas con ritos iniciáticos y secretas tradiciones ancestrales. Llevaba un vestido de doncella que le cubría hasta los tobillos, reminiscencia de cuando quienes cumplían estos deberes eran jóvenes vírgenes. Se cuenta que en tiempos antiguos fue a consultar el oráculo un bárbaro de Tesalia, que excitado por la virginal belleza de la sacerdotisa, no pudo contener sus apetitos y la violó, profanando así el oráculo. Por tal motivo se cambió la costumbre de que oficiaran doncellas y se empezó a designar a una mujer de edad madura. Las elegidas, a partir de ese momento no llevarían vida marital, si es que la tenían. En las primeras épocas se escogía a una sola profetisa, pero con el paso del tiempo, a medida que aumentaron los consultantes, llegaron a ser tres y podían ser requeridas todas en un mismo de día de largas y pesadas consultas.
    En la época en que se consolida el oráculo de Delfos como la más importante institución religiosa de Grecia, la sociedad era patriarcal y machista, a veces al extremo de la misoginia. ¡Y la mayor autoridad religiosa del lugar, el mismísimo oráculo, era una mujer! Este hecho es un vestigio de aquel matriarcado, donde se adoraba a la gran diosa madre, la inspiración de la profecía venía de ella y las ceremonias sagradas eran oficiadas por mujeres. Las pitonisas eran instruidas de manera secreta por una hermandad de sacerdotisas, mujeres guardianas de ancestrales arcanos que les permitían comunicarse con el universo. Este hecho debe haberles permitido prevalecer durante los tiempos y las hizo permanecer en Delfos como heraldos del dios después de siglos de patriarcado, durante los cuales los mitos, la historia y las instituciones fueron cambiando a favor de los vencedores. Quizás esta reminiscencia de matriarcado, el que Apolo hablara a través de una mujer, fue una sutil venganza de la vencida gran diosa madre.
    Parece ser que en los primeros tiempos el oráculo sólo funcionaba una vez al año, un día sagrado: el séptimo del primer mes de la primavera, cuando el divino Apolo, hijo de Zeus y Leto, había venido al mundo en la isla de Delos. Luego, con el incremento del prestigio y la influencia del oráculo, aumentó el número de peregrinos y funcionó usualmente el séptimo día de cada mes desde la primavera al otoño.
    En invierno, Apolo abandonaba el lugar y entonces reinaba su medio hermano Dionisos. Durante este periodo se celebraban ritos que incluían embriaguez por el vino, danzas frenéticas y abandono a la locura báquica. Estas ceremonias nada tenían que ver con la mesura y la razón apolíneas que el profético dios mostraba habitualmente, aunque a veces Apolo no pudiera resistir su cólera, su sed de venganza o las eróticas pasiones que lo llevaron a tener tormentosos amores con ninfas, princesas y efebos. Esta unidad dual de deidades y cultos contribuyó a la fama del santuario, quizás al reflejar en su religiosidad la eterna lucha entre λόγος (razón) y πάθος (pasión); μανία (locura) y σοφροσύνη (moderación) a la cual estaban sometidos los helenos todos, divinos y mortales.
    En los días escogidos, la pitia se purificaba al tomar un baño ritual en las aguas sagradas del manantial de Castalia y bebía de las aun más sagradas aguas del Kassotis, ya que la ninfa que lo habitaba tenía el don de la profecía. Este manantial fluía por la ladera de la montaña, desaparecía bajo tierra y emergía nuevamente justo en la cámara del oráculo. Se purificaba también con humo de hojas de laurel y cebada. Bajaba hacia un recinto en la profundidad de los basamentos del templo, al sanctasanctorum, la cámara del oráculo o ádyton, del griego άδυτονn, que significa el lugar al cual no se entra. Masticaba hojas de laurel, se sentaba sobre un trípode que estaba situado encima de una fisura en el suelo rocoso desde donde emanaban vapores de olor dulce, el pneuma (πνευμα), hálito divino, aliento de la tierra, considerado fuente de la profecía. Llevaba en una mano un recipiente con agua del Kassotis, en la otra una rama de laurel sagrado. El sacerdote le hacía la pregunta del consultante, ella con la mirada perdida entraba en extático trance; en sacro delirio era poseída por Loxias y hablaba (Figura 1). Hay evidencias que sugieren que en tiempos antiguos la sacerdotisa misma salía a la antecámara a dar la respuesta en verso o al menos algunos consultantes muy prominentes pudieron acceder a la sagrada cámara del oráculo; ya en tiempos posteriores, los sacerdotes oían las confusas palabras de la profetisa y ellos entregaban el mensaje a los consultantes unas veces en prosa, otras en verso.
   

Kylix

FIGURA 1. Sesión profética. Kylix ático con la técnica de figuras rojas del siglo V a.C. Se observa a la pitia sentada en el trípode con un vestido de doncella que la cubre hasta los tobillos. En una mano lleva una rama de laurel, el árbol sagrado de Apolo; el empezar a sacudir la rama era signo de posesión. En la otra mano lleva un recipiente que contenía agua del manantial del Kassotis, considerado sagrado porque la ninfa que lo habitaba poseía el don de la profecía. Este manantial bajaba por la colina, seguía su curso bajo tierra y emergía nuevamente bajo el ádyton. La escena representa a Egeo, el mítico rey ateniense, consultando a la diosa Temis, hija de Gea y poseedora del don de la profecía. Según cuentan algunas leyendas ella fue la primera pitia del lugar.  (Museo Estatal de Berlín.)


    Los consultantes se purificaban en las aguas del Cas­talia y luego sacrificaban un animal sin defectos a Apolo, preferiblemente una cabra. El animal era mojado con agua sagrada por un sacerdote, quien observaba que aquél tiritara de la manera apropiada. Si así sucedía, se sacrificaba en un altar fuera del templo; si al final todos los augurios habían sido propicios se llevaba a los con­sultantes al templo, pagaban un impuesto y se les conducía a la antecámara del ádyton. El turno para consultar el oráculo era echado a la suerte.
    Después de la época de oro ateniense el santuario ­empezó a declinar. Grecia había sido devastada por cruentas guerras civiles, diezmada por plagas, y algunas de las riquezas de Delfos fueron sustraídas. En el periodo helenístico ya el oráculo no era consultado para los más importantes asuntos de Estado, sino para asuntos cotidianos. En tiempos de los romanos, los tesoros fueron vaciados por el general Sila en 86 a.C. y Nerón sustrajo unas quinientas estatuas de bronce. A finales del siglo I y principios del II d.C. Delfos experimentó una especie de renacimiento bajo los emperadores Domiciano y Adriano que admiraban a Grecia y simpatizaban con sus cultos. En 312 d.C. Constantino se convirtió al catolicismo lo que hizo declinar aún más la influencia del oráculo; los obispos lo satanizaron e identificaron a Apolo con el diablo. En 361 d.C. el santuario tuvo un brevísimo resurgimiento de dos años con el emperador Juliano que retomó los antiguos cultos paganos y trató de revivir Delfos al exentarlo del pago de impuestos y poner a los sacerdotes bajo su protección. Ya en 392 d.C. el emperador Teodosio hizo del cristianismo la religión oficial del imperio bizantino, se prohibió toda forma de culto a los dioses paganos y se autorizó la destrucción de sus templos; se abolieron el culto de Apolo y el funcionamiento del oráculo. Delfos fue saqueado, destruido y olvidado.
    A finales del siglo XIX, con el resurgimiento del interés por las culturas clásicas, la escuela francesa de Atenas consiguió que el gobierno griego le concediera el monopolio para excavar en Delfos. Para esto, el departamento griego de antigüedades trasladó el pueblo de Kastri ubicado sobre las ruinas del santuario a otro lugar cercano. En los primeros trabajos encontraron estatuas, cerámica e inscripciones. Posteriormente des­enterraron el templo de Apolo y sobrevino una gran de­cepción. Al excavar en los basamentos del templo y encontrar el recinto sagrado del oráculo no hallaron lo que describían los antiguos: la fisura en la roca desde donde emergían los proféticos vapores. Los franceses ampliaron las excavaciones y encontraron otras edificaciones, monumentos, monedas, más estatuas e inscripciones. No fue hasta 1927 en que se publicó el segundo tomo de Las excavaciones en Delfos, en el cual se recopilan los datos obtenidos y se ofrece una descripción detallada de los hallazgos. Como tardaron más de dos décadas, mucho antes de estas publicaciones algunos estudiosos decidieron acudir ellos mismos al lugar y después dieron a conocer lo observado. Una de estas visitas, con malos resultados, fue la del clasicista inglés Adolphe Paul Oppé.
    A principios del siglo XIX, Oppé estuvo en el sitio, observó el resultado de las excavaciones de sus colegas franceses y no vio evidencia alguna de lo contado por las fuentes clásicas. En 1904 escribió un artículo, con algunos errores, para Journal of Hellenic Studies en el cual afirmaba que durante las investigaciones francesas, las ruinas del templo fueron desenterradas hasta sus basamentos y no se encontraron ni el ádyton, ni las fisuras en el suelo, ni las emanaciones de gas. Por esto, planteaba Oppé, la idea del pneuma inspirador del trance profético era un cuento que la tradición había hecho llegar hasta nuestros días.
    En 1933, el arqueólogo norteamericano Leicester Holland publicó un artículo en American Journal of Archaeology donde examinaba la posibilidad de que el vapor al que tanto se referían las fuentes antiguas podía ser en realidad el humo resultado de la quema de plantas alucinógenas bajo la cámara del oráculo. El humo saldría por uno de los agujeros de un bloque de piedra de forma inusual encontrado en el lugar, donde se supone se colocaba el trípode, y por el ómphalos. De este modo la pitia entraría, deliberadamente drogada, en trance.
    En 1950, el arqueólogo francés Pierre Amandry sostuvo que en Delfos, al no ser un área volcánica, no podían producirse emanaciones de gas. Desestimó las ideas de Holland y atribuyó todo al engaño de los sacerdotes de Apolo. Entonces, la creencia de que el trance profético de la pitia debido a los vapores que emanaban de una fisura bajo el templo era un mito, fue trocada en la idea de una sibila drogada, añadiendo a esto el engaño perpetrado por los sacerdotes. Esta nueva idea sustituyó a la tradición en la mayor parte del ámbito académico a pesar de algunas explicaciones que trataron de congeniar los resultados de la excavación con los autores clásicos, otras hipótesis, las dudas y la competencia entre escuelas. A partir de ese momento los hados funestos dejaron de serle propicios al mito y a los escritores antiguos quienes como Plutarco, Pau­sanias y Heródoto lo sustentaban.
    Los azares del destino a través de un proyecto del gobierno griego y la onu llevaron al geólogo holandés Jelle Zeilinga De Boer desde Wesleyan a Grecia en 1980. Durante su estancia leyó a los autores clásicos y visitó varios lugares, entre ellos Delfos. En este primer recorrido mientras subía por la carretera observó una falla expuesta que se iba estrechando y corría a lo largo de la montaña hacia el santuario. Visitó el lugar y por pasión a la geología hizo algunas mediciones que le permitieron trazar parte del recorrido de la falla; en este proceso encontró en una mina abierta estratos de caliza oscurecida por alquitrán y betún. En esta primera estancia ocurrió un gran terremoto que, a pesar de la destrucción que produjo, acabó por convencerlo de que Grecia era un magnífico laboratorio para la geología.
    Arrastrado por esta fascinación, regresó varios veranos. En Delfos descubrió otra falla expuesta. Después de analizar los resultados obtenidos en su primer viaje y los del segundo verano llegó a la conclusión de que en realidad las dos fallas eran una sola que corría de Este a Oeste, y que su trayectoria pasaba justo bajo el santuario. Para él, desconocedor de los nuevos dogmas en la arqueología, el lazo entre la falla y los vapores sobre los que hablaban los escritores antiguos era obvio. Había hecho un gran descubrimiento, pero no lo sabía.
    Quiso la caprichosa Láquesis entrecruzar el hilo del geólogo con el de Hale. John Hale es un arqueólogo norteamericano que dirigía las excavaciones en la villa romana de Torre de Palma en Portugal. Allí había observado daños en los edificios que podían haber sido producidos por un sismo y para estar seguro quería la opinión de un geólogo. Uno de sus colegas le recomendó a un especialista reconocido, quien además tenía interés en la historia, De Boer.
    El geólogo llegó a la villa, inspeccionó el lugar y enseguida notó que los daños fueron causados por un temblor de tierra. Después del atardecer y tras varias copas de vino, los dos científicos conversaron acerca de otros proyectos arqueológicos y Delfos salió a colación. Un empujón de los dioses desencadenó todo, la pasión de los humanos hizo el resto. De Boer mencionó la falla que había encontrado y su relación con las fuentes históricas. Hale negó la existencia de la falla alegando el resultado del trabajo de los franceses. El holandés dio argumentos geológicos, citó a los escritores antiguos y planteó de manera convincente una incertidumbre razonable; Hale, presa de la duda, acordó hacer su propia investigación con el nuevo colega.
    En el otoño de 1995, Hale visitó a De Boer en Connec­ticut. Después que éste explicó a Hale y lo puso al tanto de las características geológicas de Grecia, el arqueólogo expuso los resultados de su búsqueda en las fuentes antiguas y modernas. Acordaron viajar a la región en febrero del año siguiente. Durante este tiempo Hale siguió su investigación bibliográfica; halló un mapa geológico de la región de Delfos asombrosamente detallado y encontró inconsistencias dudosas en el reporte francés acerca de las excavaciones, en el cual se describían posibles fisuras en la roca hechas por el agua de un manantial.
    Durante la expedición planeada inspeccionaron el templo, pero debido a que el fondo del ádyton estaba cubierto por tierra, no pudieron ver las fisuras de las que hablaba el reporte francés y que se percibían en las fotografías. El ojo experto del geólogo suplió la imposibilidad de una nueva excavación. Observó en los cimientos del templo huellas de los daños producidos por un terremoto y travertina, un material calcáreo de consistencia porosa que se forma por la deposición de las sales contenidas en el agua. Además, descubrió rastros de travertina en el bloque de piedra sobre el cual se colocaba el trípode y un sistema de canales bajo los cimientos, indicaciones de la afluencia de un manantial bajo los basamentos del templo y del ádyton, probablemente el Kassotis. Revisando el mapa encontrado por Hale notaron que la caliza que está bajo el templo es bituminosa. Este tipo de suelo es rico en hidrocarburos, compuestos derivados del petróleo que al calentarse se evaporan y pueden producir emanaciones gaseosas. El calor necesario provendría de la fricción en la falla a raíz de la actividad sísmica. Las evidencias iban apuntando cada vez más a las historias de los antiguos. La diosa fortuna empezaba a sonreírles de nuevo.
    Ante la duda del arqueólogo sobre cómo demostrar la existencia de tales gases en el pasado, a De Boer se le ocurrió la idea de analizar la travertina para ver si contenía, atrapados en sus poros, gases de aquellos tiempos. Ya de regreso, en septiembre del mismo año, Hale escribió a las autoridades de Atenas pidiendo permiso para tomar las muestras de roca. Por su parte, De Boer, ante la duda planteada por Hale acerca de la naturaleza de los gases y por qué la emisión ocurría justo bajo el templo, siguió investigando. Para la segunda pregunta pensó en una falla entrecruzada, como una X; buscando en sus estudios geológicos de la región observó evidencia que sugería la existencia de una falla que pasaba bajo el santuario en dirección Norte-Sur y se cruzaría con la que ya habían encontrado. En el próximo viaje la buscaría. En cuanto a los gases que pudieron producirse en el lugar encontró la posibilidad de hidrocarburos simples: metano, etano, propano y butano. Ninguno de ellos tenía olor dulce; sí otro gas estructuralmente relacionado con ellos y utilizado como anestésico: el etileno. Por su parte, Hale encontró que los griegos antiguos habían edificado muchos de sus templos oraculares, especialmente los de Apolo, en lugares donde había manantiales y emanaciones gaseosas, ambos ligados a estos rituales proféticos. El mito empezaba a tener sentido.
    En el verano de 1997, De Boer viajó a Grecia. Esta vez se dirigió a la isla de Zakynthos, un lugar que el geólogo consideró análogo a Delfos. Allí descubrió una falla en forma de cruz donde hay emanaciones gaseosas. Ese verano, Hale recibió el permiso del gobierno griego para tomar muestras de travertina en el templo de Apolo y analizarlas fuera de Grecia. Continuó su búsqueda y encontró un libro sobre las características geológicas de Grecia. En éste se decía que Delfos era atravesado de Norte a Sur por una falla, pero no se mencionaba la encontrada por De Boer que corría de Este a Oeste. La intuición del geólogo no había fallado, la X se completaba.
    A principios de 1998 ambos viajaron a Delfos. Buscaron la otra falla, la encontraron y la bautizaron como la falla de Kerna; tomaron muestras de travertina y las enviaron a Tallahasse, al geoquímico Jefrey Chanton. Un tercer miembro se había unido al equipo. Después de nueve meses llegaron los resultados; habían encontrado rastros de gases atrapados en la travertina: metano y etano, pero no etileno. De Boer, en busca del volátil gas y la tradición, planteó la necesidad de muestrear el agua de los manantiales Kerna y Castalia en Delfos y también en la playa de Zakynthos, el análogo de Delfos geológicamente activo.
    En la primavera del año siguiente, Chanton viajó a Grecia y tomó las muestras. En diciembre, el químico llamó a sus colegas y les dio las buenas nuevas: había encontrado hidrocarburos en el agua y entre ellos etileno. En el manantial de Castalia halló sólo metano; en el Kerna, metano, etileno y etano. En Zakynthos, la cantidad de etileno era mayor en las zonas cercanas a la intersección de las fallas.
A finales de 2000 Hale conoció a Henry Spiller, un médico que casualmente trabajaba en el área de intoxicación con hidrocarburos. El cuarto integrante había aparecido. Spiller encontró en la literatura que el etileno fue utilizado como anestésico desde la década de 1920 y que en pequeñas dosis puede causar estados de ensoñación, trance, euforia, cambios en la percepción sin producir pérdida de la conciencia, y en otros casos provocar reacciones violentas, discurso incoherente, llanto y exaltación extrema. A veces los sujetos sometidos a experimentación no recordaban lo sucedido durante la intoxicación.
    Para reafirmar sus ideas, Spiller en 2002 decidió recrear la cámara del oráculo. Era una especie de caseta donde se liberaría etileno. El azar nuevamente fue favorable y apareció en el vecindario alguien que quiso someterse a la prueba: como la sibila, una mujer de edad madura. Un sábado de verano en la mañana Maureen Capshew entró al improvisado ádyton y comenzó el experimento. Las cosas marchaban bien y el esposo de la moderna pitia decidió entrar; al rato Spiller lo siguió. Ninguno de ellos entró en trance profético, pero los tres sintieron un estado de bienestar y despreocupada alegría.
    En agosto de 2003 se publicó un notable trabajo: “Questioning the Delphic Oracle” en Scientific American con la autoría de los cuatro miembros del equipo, en el cual, concretamente, se relacionan las evidencias halladas por los miembros del grupo con la tradición clásica. De manera concisa, en él se dice que en el ádyton, la pitonisa era inspirada por vapores de olor dulce que provenían de la tierra; que Delfos está ubicada en una zona sísmica, y que bajo el templo, justo debajo de la cámara del oráculo, se encontró el entrecruzamiento de dos fallas (Figura 2). Además, que el suelo bajo el santuario es de caliza bituminosa. Estas condiciones proveen la energía, el combustible y el lugar para que emanen del lecho rocoso gases como metano, etano y etileno que pueden producir estados similares a los descritos en las fuentes antiguas; y este último gas tiene olor dulce. El rompecabezas estaba casi armado.


Templo de Apolo

FIGURA 2. Vista aérea del templo de Apolo. Se observan las dos fallas que pasan bajo el santuario de Apolo en Delfos; la de Kerna que se dirige de Norte a Sur y la de Delfos que va de Este a Oeste. Como puede verse, la intersección de las dos fallas ocurre justo bajo el ádyton. El suelo bajo el lugar es de caliza betuminosa, rica en hidrocarburos. El calor generado por la fricción de las fallas hace que se liberen compuestos ligeros como metano, etano y etileno. La intersección de las dos fallas provee un lugar para que salieran a la superficie estas emanaciones gaseosas. El etileno, encontrado en el Kassotis, tiene un olor dulce y puede causar estados de ensoñación, trance, euforia, cambios en la percepción sin producir pérdida de la conciencia y en otros casos provocar reacciones violentas, discurso incoherente, llanto y exaltación extrema. El olor del gas y sus efectos coinciden con las descripciones antiguas. (Modificado de Hale y colaboradores, 2003.)


    A pesar de la reticencia de algunos académicos, la comunidad científica ha aceptado el regreso a la tradición clásica. Esta investigación es un magnífico ejemplo de lo que hoy llamamos ciencia holística. Aquí un problema es abordado desde distintas perspectivas y a través de la integración de los resultados obtenidos por varias disciplinas, la simple curiosidad humana da paso a la razón, la cual es capaz de elaborar una metodología que permite aproximarse a la complejidad real del asunto. La geología, la historia, la arqueología, la química, la toxicología y otras ciencias se combinan para romper con un dogma establecido por el reduccionismo científico que tildó de mentira a la tradición clásica.
    La ciencia devolvió a los autores clásicos el don de la verdad, a la pitia su lugar como portavoz de Apolo, al santuario su condición de centro espiritual de búsqueda de sabiduría, justicia y armonía; a Delfos lo reivindicó.
    Estos años de búsqueda esclarecieron parte del problema. La investigación descubrió algunos de los secretos de Delfos, pero aún no ha podido descifrar la fuente real de inspiración de la profecía que yace en los velados secretos de la naturaleza humana. El etileno puede producir trances extáticos, mas no necesariamente proféticos. El ritual era una preparación; los gases, sólo el detonador. La pitonisa es la voz de Apolo, ella es la elegida y para eso se ha dispuesto. Cuando la pitia imbuida en su misión entra al ádyton, la divina locura la posee y pletórica del dios en su extático trance, profetiza. Así fue y así es, tal es su fe.
Si quieres entrar en comunión con los más profundos secretos del cosmos, te zafas de nuestra autoimpuesta mesura y te dejas poseer por la divina manía que viene de las ninfas. Subes por la cuesta de la vía sacra y después de cumplir con todos los ritos, interrogas a la pitia. Excitado por la respuesta que esperas, aguardas en silencio, casi a oscuras, rodeado de una atmósfera densa, sofocante, con un ligero y dulce aroma que te embelesa. Ya la ves salir; la gran sacerdotisa se para frente a ti, te mira fijamente a los ojos, con la profundidad de donde viene su inspiración; y con voz fría y sentenciosa dice: “Cuando seas aquello que ignoras, lo comprenderás”.

B I B L I O G R A F Í A

Bowra CM. La Grecia clásica, Editorial Time, Holanda (1967).
Broad WJ. The Oracle: The Lost and Hidden Message of Ancient Delphi, Editorial The Penguin Press, USA (2006).
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