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Elementos No. 64, Vol. 13, Octubre - Diciembre, 2006, Página 21
Memorias del Nobel (1906)

Santiago Ramón y Cajal                 Descargar versión PDF


El nombre de Santiago Ramón y Cajal es sin duda uno de los referentes fundamentales de la ciencia moderna. Su obra fue vasta y profunda. Sus descubrimientos fundamentales sobre el sistema nervioso y su estructura conforman, todavía hoy, la piedra angular de diversas disciplinas que confluyen en lo que llamamos neurociencias. Su trabajo “Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados” (1899) es una creación cumbre del quehacer científico de todos los tiempos. Investigador agudo y dedicadísimo, fue también un hombre preocupado por el progreso de la humanidad y por el papel que la educación y la ciencia debían desempeñar en él. A cien años de habérsele otorgado el Premio Nobel de Medicina, Elementos rinde homenaje al científico español cediéndole la palabra.


Transcurridos algunos meses, y cuando el ánimo reposado y tran­quilo volvía a saborear las cautivadoras sorpresas del trabajo concentrado y tácito, cierta mañana de octubre de 1906 sorprendióme, casi de noche, cierto lacónico telegrama expedido en Estocolmo y redactado en alemán. El texto decía solamente: “Carolinische Institut verleihen Sie Nobelpreiss”. Firmaba mi simpático colega Emilio Holmgren, profesor de la Facultad de Medicina. Poco después recibí otro telegrama de felicitación de mi entrañable amigo el profesor G. Retzius. En fin, transcurridos algunos días, llegó a mi poder la comunicación oficial del Real Instituto Carolino de Estocolmo, corporación a cuyo cargo corría la adjudicación del premio Nobel para la sección de Fisiología y Medicina. Aparte la honra inestimable que se me dispensaba, el citado premio tenía expresión económica nada despreciable. Al cambio de entonces, equivalía en especies sonantes a unos 23,000 duros. La otra mitad fue muy justamente adjudicada al ilustre profesor de Pavía, Camilo Golgi, creador del método con el cual di yo cima a mis descubrimientos más resonantes.
    Si la medalla de Helmholtz, galardón puramente honorífico causóme halagüeña impresión, el premio Nobel, tan universalmente conocido como generalmente codiciado, prodújome un sentimiento de contrariedad y casi de pavor. Tentado estuve de rechazar el premio por inmerecido, antirreglamentario, y, sobre todo, por peligrosísimo para mi salud física y mental. Interpretado a la letra el Reglamento de la Institución Nobel, parecía imposible otorgarlo por la Sección de Medicina y Fisiología a los histólogos, embriólogos y naturalistas. Por eso, hasta entonces habíanse solamente adjudicado a bacteriólogos, patólogos y fisiólogos.
    Ante la perspectiva de felicitaciones, mensajes, homenajes, banquetes y demás sobaduras tan honrosas como molestas, hice los primeros días heroicos esfuerzos por ocultar el suceso. Vanas fueron mis cautelas. Poco después, la prensa vocinglera lo divulgó a los cuatro vientos. Y no hubo más remedio que subirse en peana y convertirse en foco de las miradas de todos.
    Metódica e inexorablemente se desarrolló el temido programa de agasajos: telegramas de felicitación; cartas y mensajes congratulatorios; homenajes de alumnos y profesores; diplomas conmemorativos; nombramientos honoríficos de corporaciones científicas y literarias; calles bautizadas con mi nombre en ciudades y hasta en villorrios; chocolates, anisetes y otras pócimas, dudosamente higiénicas, rotuladas con mi apellido; ofertas de pingüe participación en empresas arriesgadas o quiméricas; demanda apremiante de pensamientos para álbumes y colecciones de autógrafos; petición de destinos sinecuras...; de todo hubo y a todo debí resignarme, agradeciéndole y deplorándolo a un tiempo, con la sonrisa en los labios y la tristeza en el alma. En resolución, cuatro largos meses gastados en contestar a felicitaciones, apretar manos amigas o indiferentes, hilvanar brindis vulgares, convalecer de indigestiones y hacer muecas de simulada satisfacción. ¡Y pensar que yo, para garantizar la paz del espíritu y huir de toda posible popularidad, escogí de­liberadamente la más oscura, recóndita y antipopular de las ciencias...!
    No incurramos, sin embargo, en exageraciones que en el caso actual pudieran sonar a ingratitudes. Ni es lícito extremar los fueros del egoísmo. Fuerza es reconocer que los honores rendidos a los hombres que por algún concepto persiguieron el enaltecimiento de su patria son éticamente bellos y eficazmente ejemplares: brotan de sentimientos de solidaridad y veneración harto nobles para ser vituperables. Toda alma bien nacida debe agradecerlos y rememorarlos. Pero las gentes latinas somos extremosas en todo. En contraste con la moderación y frialdad de los pueblos del Norte, carecemos del sentido del límite y de la medida. Y lo que comenzó por ser ofrenda halagadora, acaba por resultar importunidad mortificante. En España –y díganlo si no los Echegaray, los Galdós, los Benavente, los Cavia y otros muchos justamente homenajeados–, para salir con bien de los obsequios y agasajos de amigos y admiradores, hay que tener corazón de acero, piel de elefante y estómago de buitre. Al dulzor de los primeros momentos síguese cierta apacible amargura. Al modo de la amistad vehemente y ruda, entre nosotros la fama estruja al acariciar: besa, pero oprime. Nos arrebata las suavidades del hábito; turba la paz del espíritu; coarta el sacrosanto albedrío, convirtiéndonos en blanco de impertinentes curiosidades; pone en riesgo la humildad, obligándonos de continuo a pensar y hablar de nosotros; y, en fin, altera la trayectoria de nuestra vida, torciéndola en caprichosos e inútiles meandros.
    A fuer de sincero, debo confesar algo que acaso haga sonreír irónicamente al lector. Como insinué hace poco el premio Nobel prodújome más miedo que alegría. Medallas, títulos, condecoraciones, son distinciones relativamente toleradas por émulos y adversarios. ¡Pero un gran premio pecuniario...! La honra opulenta es algo irritante y difícilmente soportable.
    Hay, por otra parte, un gran fondo de verdad en el dicho vulgarísimo de que la adversidad sigue a la ventura como la sombra al cuerpo. Ambas parecen, en efecto, constituir fases alternativas de la irremediable ondulación del humano destino. Y no por la influencia de los quiméricos hados, sino porque la fortuna excesiva tiene la nefasta virtud de cambiar los sentimientos de los hombres. Ya lo dijo Séneca –y perdóneseme la pedantería– en forma insuperable:

Conforme crece el número de los que admiran, crece el de los que envidian. Puse todo mi empeño en levantarme sobre el vulgo, haciéndome notable por alguna particular cualidad, y no conseguí sino exponerme a los tiros de la envidia y descubrir al odio la parte en que podía morderme.

¿Cómo tomarán –me decía– mis contradictores extranjeros los dones de mi buena estrella? ¿Qué dirán de mí todos esos sabios cuyos errores tuve la desgracia de poner en evidencia? ¿Cómo justificar a los ojos de tantos preclaros investigadores preteridos, cuyos superiores merecimientos me complazco en reconocer, las preferencias del Instituto Carolino? En fin, y volviendo los ojos a nuestra querida España, ¿qué haría yo para consolar a ciertos profesores –algunos paisanos míos–, para quienes fui siempre una medianía pretenciosa, cuando no un mentecato trabajador? Porque –¡doloroso es reconocerlo!– los mayores enemigos de los españoles son los españoles mismos.
    Luego veremos que mis recelos estaban justificados y que los disgustos comenzaron ya durante mi estancia en la capital de Suecia. Y no, ciertamente, a causa de los sabios suecos, modelo de cortesía y buen sentido, sino del extraño carácter del copartícipe del premio, uno de los talentos más engreídos y endiosados que he conocido.
    Pero, descartando comentarios prematuros, diga­mos algo de mi viaje. Ordenan los estatutos de la Institución Nobel que los laureados concurran personalmente a la solemne ceremonia del reparto de los premios, que se celebra todos los años el diez de diciembre, aniversario de la muerte de Alfredo Nobel, y que, además, expliquen y demuestren, en conferencia pública, lo más esencial de sus descubrimientos científicos. Si a nuestro ilustre Echegaray y al altísimo poeta italiano Carducci fueles dispensado el viaje, en atención a su avanzada edad, yo no pude ni debí sustraerme a la costumbre, que significa además obligado y cortés testimonio de gratitud al Patronato de la Institución Nobel y a la generosidad del pueblo escandinavo.
    Púseme, pues, en marcha, y llegué a Estocolmo el 6 de diciembre, días antes del comienzo de las fiestas. Después de abrazar efusivamente a mis buenísimos amigos y colegas del Instituto Carolino, doctor Retzius, G. Holmgren y H. Henschen, fui presentado al célebre C. Golgi, mi compañero de premio, y a los demás profesores laureados arribados de Francia e Inglaterra. Eran éstos J. G. Thomsom, a quien se adjudicó el premio de Física por sus penetrantes investigaciones acerca de la naturaleza de la electricidad, y H. Moissan, que recibió el premio de Química, en consideración a su invención del horno eléctrico y a sus trabajos sobre el fluor. Dejo apuntado ya que el famoso G. Carducci, recipiendario del premio de la Poesía, excusó su ausencia por enfermo. En fin, el premio de la Paz fue otorgado al americano Teodoro Roosevelt. Esta decisión produjo asombro, sobre todo en España.
    ¿No es el colmo de la ironía y del buen humor convertir en campeón del pacifismo al temperamento más impetuosamente guerrero y más irreductiblemente imperialista que ha producido la raza yanqui?
    Importa consignar en descargo del circunspecto pueblo sueco, que tan extraña decisión fue tomada por el Storthing noruego, a quien, según cláusula del testamento Nobel, incumbe conferir el premio de la Paz.
    La ceremonia de la adjudicación de los premios fue una fiesta pomposa y de altísima idealidad. Celebróse, según costumbre, en el gran salón de la Real Academia de Música, adornado al efecto con el busto de Nobel, aureolado de flores. Sobre el estrado presidencial flameaban las banderas y emblemas de Suecia y de las naciones a que pertenecían los laureados. Presidió S.M. el rey, acompañado de los príncipes y princesas, con su brillante séquito, y asistieron el Gobierno, el Cuerpo Diplomático, los descendientes de la familia Nobel, altos funcionarios palatinos y militares, representación de la Cámaras suecas y del Ayuntamiento, profesores y alumnos de la Universidad y, en fin, numerosas y elegantísimas damas.
    Inició la fiesta el profesor Törnebladh, miembro del Patronato Nobel, con un noble discurso, en el cual, después de trazar la historia de la fundación del premio, hizo un elogio caluroso de la ciencia, que coronó repitiendo la conocida máxima de Pasteur: “La ignorancia separa a los hombres, mientras que la ciencia los aproxima”. (Lástima que esta bella máxima haya sido desmentida por la monstruosa guerra de 1914.)
    Los diplomas y medallas fueron entregados personalmente por S.M. el rey, que proclamó los candidatos. En cada caso, el presidente de la Academia promotora de la propuesta elogió en breve y sentida oración los méritos del recipiendario. Según era de presumir, el discurso encomiástico de los laureados de Fisiología y Medicina corrió a cargo del ilustre conde de Mörner, presidente del Instituto Carolino.
    Días después, celebráronse las conferencias de los candidatos premiados. En el día prefijado para la mía, y ante público selecto e imponente, expuse lo más esencial de mi labor de investigador, ateniéndome estrictamente a los hechos y a las inducciones naturalmente surgidas de los mismos. Conforme a mi costumbre, y a fin de hacerme entender hasta de los profanos, hice uso de gran número de cuadros policromados de grandes dimensiones. Mi lección fue, según creo, del agrado del público, En todo caso, mereció benévolos elogios de los periódicos de la localidad.
    De acuerdo con los precedentes, el texto de todas las conferencias fue publicado semanas después en lujosísimo volumen, adornado con bellísimos emblemas en colores, con la copia de las medallas, los retratos de los laureados y enriquecidos, además, con los sendos discursos de presentación de los padrinos y del representante oficial del Patronato Nobel.
    Impórtame hacer constar que en la susodicha conferencia hice de mi compañero el profesor C. Golgi el elogio cordial imperiosamente exigido por la justicia y la cortesía. Siempre le rendí el tributo de mi admiración, y en todos mis libros pueden leerse entusiastas encomios de las iniciativas del sabio de Pavía. Tenía, pues, derecho a esperar de él un tratamiento igualmente amistoso con ocasión de su discurso sobre La doctrine de neurones. Contra lo que todos esperábamos, trató en ella, más que de puntualizar los valiosos hechos descubiertos por él, de sacar a flote su casi olvidada teoría de las redes intersticiales nerviosas.
    Estaba en su derecho al escoger el tema de su lección. Lo malo fue que al defender su estrafalaria lucubración –que pudo disculparse en 1886, cuando los da­tos básicos de la conexión interneuronal no habían sido señalados– hizo gala de una altivez y egolatría tan inmoderadas, que produjeron deplorable efecto en la concurrencia. Ni por incidencia siquiera aludió a los casi innumerables trabajos neurológicos aparecidos fuera de Italia, y aun en Italia misma, desde la remota fecha de ­su obra magna sobre la fina estructura del sistema nervioso. Para el anatómico de Pavía, ni Forel, ni His, ni yo, ni Retzius, ni Waldeyer, ni Kölliker, ni Van Gehuchten, ni V. Lenhossék, ni ­Edinger, ni mi hermano, ni Tello, ni Athias, ni siquiera su compatriota Lugaro, habíamos añadido nada interesante a sus hallazgos de antaño. Por lo mismo, se creyó dispensado de rectificar ninguno de sus viejos errores teóricos y de sus lapsus de observador. Huelga decir que en sus dibujos y descripciones del cerebro, cerebelo, médula, asta de Ammon, etc., no aparecía ninguna de las disposiciones señaladas por mí y confirmadas por todos los autores; y cuando se columbraba alguna era artificiosamente disfrazada y falseada, a fin de adaptarla, velis nolis, a sus caprichosas concepciones. El noble y discretísimo Retzius estaba consternado; Holmgren, Henschen y todos los neurólogos e histólogos suecos contemplaban al orador con estupor. Y yo temblaba de impaciencia al ver que el más elemental respeto a las conveniencias me impedía poner oportuna y rotunda corrección a tantos vitandos errores y a tantos intencionados olvidos.
    No he comprendido jamás a esos extraños temperamentos mentales, consagrados de por vida al culto del propio yo, herméticos a toda novación e impermeables a los incesantes cambios sobrevenidos en el medio intelectual. Es más: no acierto a concebir tampoco la utilidad positiva de semejante egocentrismo. Porque todos están en el secreto y saben a qué atenerse. Para que, dentro de lo humano, semejante actitud fuera personalmente provechosa, fuera preciso que el progre­so se paralizara, que los sabios renunciaran al privi­legio de la crítica y que el nivel mental de los investigadores des­cendiera tan bajo, que el talento ensoberbecido, en virtud de sugestión irresistible, impusiera dogmáticamente a todo el mundo sus visiones personales. Mas como imaginar todo esto es desposarse con el absurdo, no con­cibo, repito, a menos de apelar a la psi­quiatría en busca de expresiones adecuadas, la psicología de los susodichos temperamentos. ¡Cruel ironía de la suerte, emparejar, a modo de hermanos siameses unidos por la espalda, a adversarios científicos de tan antitético carácter!
    La misma olímpica altivez y pretencioso empaque mostró mi compañero en su brindis del banquete oficial. Esta fiesta solemne fue ofrecida por los miembros de la Institución Nobel, y a ella asistieron los príncipes y magnates, el Cuerpo Diplomático y distinguidas representaciones de las corporaciones populares y académicas. (Por cierto que S. M., muy amable conmigo, me recordó sus viajes por Andalucía, e hizo gentiles elogios de las bellezas de España y del carácter de sus naturales.)
    A la hora de los brindis hablaron muy discreta y elo­cuentemente algunos ministros, los ilustres presidentes de las Academias y de la Institución Nobel y los representantes de los países a que pertenecían los pensionados (menos el encargado de la Legación de España, que excusó su asistencia). En mi honor, el profesor Sundberg pronunció en francés un toast amabilísimo. Y después, en sendos discursos de gracias, brindamos cortésmente todos los laureados.
    Creo que no desentoné en aquel concierto de afable cortesanía y gentil confraternidad. En mi breve discurso, pronunciado en francés, puse especial empeño en consagrar sentido recuerdo de investigadores preclaros, tan merecedores o más que Golgi y yo del honroso galardón.
    Aparte las magníficas fiestas oficiales, debemos mencionar todavía, para ser completos, otras atenciones y finezas con que algunos sabios insignes y, en general, el cultísimo y hospitalario pueblo sueco, procuró amenizar nuestra estadía en Estocolmo. Recordemos el banquete ofrecido a los laureados por el conde de Mörner, presidente del Instituto Carolino, y cuya esposa e hijas, prototipos de la espléndida belleza escandinava, hicieron a maravilla los honores de la casa; la comida íntima con que me obsequió el doctor Retzius, en cuyo hotel tuve ocasión de conversar con su admirable compañera y de conocer la suave y elegante comodidad del hogar sueco; la función de gala ofrecida a los forasteros en el Teatro de la Ópera; la gira a la antiquísima Universidad de Upsala –el Oxford de Suecia–; la visita al Skating-Ring, donde se cultiva el favorito deporte de los países hiperbóreos; el paseo por la bahía, y, en fin, la gira al interesante parque zoológico, donde, entre otras curiosidades, se admira cierta colección­ de viviendas rústicas, con las ingeniosas labores caseras a que, durante los larguísimos inviernos norteños, se entrega la familia del campesino.
    Para terminar el relato de mi viaje a Suecia, de cuyos habitantes guardo recuerdos gratísimos, referiré una anécdota.
    Reciente la separación de Noruega, osé manifestar a un alto dignatario, a quien tuve el honor de ser presentado, la extrañeza con que habíamos sabido en España la impasibilidad de Suecia ante el desgarramiento de la patria común. Y el amable interlocutor, en vez de deplorar amargamente el hecho, según yo presumía, limitóse a contestarme, con la sonrisa en los labios: “Tontos de remate hubiéramos sido si, por mantener por la fuerza nuestra unión con el vecino país hubiéramos desnivelado nuestro presupuesto en superávit, y suspendido la triunfadora campaña emprendida en pro de la cultura general y en contra del alcoholismo”.
    Otro suceso próspero –o que pudo serlo para mí–, fue el empeño del ilustre Moret, a la sazón jefe del Partido Liberal, en hacerme Ministro de Instrucción Pública. Ya en 1905, en alguna de nuestras conversaciones del Ateneo, me anunció sus deseos. Yo me limité a darle las gracias, esquivando mi respuesta con evasivas corteses. La verdad es que ni yo me sentía político, ni estaba preparado para el arduo oficio de ministro, ni acertaba a descubrir en mí, al hacer examen de conciencia, las dotes en nuestro país indispensables para desempeñar dignamente una cartera.
    Recordará el lector que cuando, en 1905, don Antonio Maura derribó la situación conservadora dirigida por Villaverde, subió al poder el Partido Liberal, bajo la presidencia de don Eugenio Montero Ríos. Desgraciadamente, la poderosa fuerza política acaudillada antaño por Sagasta había perdido su cohesión, dividida en grupos atómicos. Y a la cabeza de cada fracción figuraba un prohombre aspirante a la suprema jefatura.
    Mientras tanto, ocurrían los vergonzosos sucesos de Barcelona (procacidad de los catalanistas del Cut-cut e indignación patriótica, aunque inoportuna, del Ejército). Montero Ríos hubo de dimitir, y la jefatura fue transferida a don Segismundo Moret, leader de la más importante agrupación liberal. Preciso es reconocer que, no obstante sus altos prestigios, el ilustre orador demócrata no dispuso nunca de una mayoría disciplinada. Resuelto a restaurar a todo trance la unidad del partido, concibió el plan, una vez terminados los festejos de la boda real, de disolver los cuerpos legisladores y hacer nuevas elecciones. Deseaba acometer resueltamente la reforma constitucional y votar leyes de tendencia francamente democrática.
    Fue por marzo de 1906 cuando, en una conferencia celebrada en su casa, me comunicó el insigne político su pensamiento y me expresó el deseo de que le prestara mi insignificante concurso. Excuséme, como otras veces, escudado en mi inexperiencia parlamentaria. Pero la elocuencia de don Segismundo era terrible. Con frase inflamada en sincero patriotismo, expuso las grandes reformas de que estaba necesitada la enseñanza, encareciendo el honor reservado al ministro que las convirtiera en leyes; añadió que también los hombres de ciencia se deben a la política de su país, en aras del cual es fuerza sacrificar la paz del hogar, cuanto más las satisfacciones egoístas del laboratorio; y citóme, en fin, para acabar de seducirme, el ejemplo de M. Berthelot y de otros grandes sabios, que no desdeñaron, para elevar el nivel cultural de su nación, la cartera de Instrucción Pública.
    Sus cálidas exhortaciones hicieron mella en mi flaca voluntad. Y excitado a mi vez por aquel verbo cautivador, tuve la debilidad de apuntarle algunas reformas encaminadas a desperezar la Universidad española de su secular letargo: la contrata, por varios años, de eminentes investigadores extranjeros; el pensionado en los grandes focos científicos de Europa, de lo más lucido de nuestra juventud intelectual, al objeto de formar el vivero del futuro magisterio; la creación de grandes colegios, adscritos a institutos y universidades, con decoroso internado, juegos higiénicos, celosos instructores y demás excelencias de los similares establecimientos ingleses; la fundación, en pequeño y por vía de ensayo, de una especie de Colegio de Francia, o centro de alta investigación, donde trabajara holgadamente lo más eminente de nuestro profesorado y lo más aventajado de los pensionados regresados del extranjero; la creación de premios pecuniarios a favor de los catedráticos celosos de la enseñanza o autores de importantes descubrimientos científicos, a fin de contrarrestar los efectos sedantes y desalentadores del escalafón, etcétera.
    Y cuando esperaba yo que Moret se mostrara asustado ante un plan de reformas que implicaba la demanda a las Cortes de créditos cuantiosos, contestóme jubiloso: “Estamos perfectamente de acuerdo. En cuanto se plantee la próxima crisis, usted será mi ministro de Instrucción Pública”. Y embobado por la magia de su palabra y por el ascendiente de su talento, me abstuve de contradecirle.
    Semanas después (abril de 1906) asistí al Congreso Médico Internacional de Lisboa. Allí, lejos de la fascinadora sirena presidencial, recapacité seriamente acerca del arduo compromiso en que me había metido. Y acabé por advertir que, desorganizado el partido liberal, era quimera esperar el logro del decreto de disolución e imposible, por tanto, acometer la magna obra de nuestra elevación pedagógica y cultural. Ante mis compañeros de profesión, y, sobre todo, a los ojos de los políticos de oficio, iba yo a resultar, no un hombre de buena voluntad vencido por circunstancias, sino un vulgar ambicioso más. Y esto repugnaba a mi conciencia de ciudadano y de patriota.
    Y, bien el peso de tales reflexiones, escribí a Moret retirándole mi promesa y excusando lo mejor posible mi informalidad. El presidente se enfadó mucho conmigo. Tuvo, sin embargo, la magnanimidad de perdonar mis veleidades; y meses después llevó su benevolencia hasta el punto de elevar al Gobierno a uno de mis amigos, don Alejandro San Martín. El cultísimo profesor de San Carlos, con quien había yo cambiado impresiones acerca de las reformas universitarias más urgentes, asumió el delicado encargo de defenderlas, sin abandonar, naturalmente, personales iniciativas, algunas acaso demasiado atrevidas (aludo, sobre todo, a la supresión indirecta de la bochornosa enseñanza libre, desconocida en el extranjero).
    Mis fáciles vaticinios cumpliéronse de todo en to­do. La discordia que minaba al partido esterilizó los patrióticos anhelos de Moret, quien no obtuvo el ansiado decreto de disolución. Y conforme era de esperar, el Ministerio de que yo debía formar parte (crisis de junio de 1906), vivió angustiosa y precariamente, entre intrigas menudas y luchas intestinas. En fin, dos meses después cayó don Segismundo con la amargura de no haber logrado la fusión del partido ni dado cima a ninguna de las grandes reformas democráticas que meditaba.

Texto tomado de Ramón y Cajal S. Recuerdos de mi vida: Historia de mi labor científica, Madrid, Alianza Editorial (1981).



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