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Elementos No. 63, Vol. 13, Julio - Septiembre, 2006, Página 27
Augusto Comte, fundador de la sociología

Christian Velázquez                 Descargar versión PDF


Una de las figuras ejemplares en el desarrollo del pensamiento humano es, sin duda, la de Augusto Comte, quien fuera el creador del positivismo y de la sociología, aportaciones que influyeron poderosamente en la organización y en el rumbo del mundo. La vida de este pensador se encuentra íntimamente ligada a su obra; acorde con su vocación innata, él logró consagrarse exclusivamente al estudio y a la investigación, y en su desempeño se apegó fielmente a los lineamientos éticos y filosóficos que expuso en sus propios libros, a pesar de que la suerte le deparó un sino atormentado, lleno de sinsabores. Augusto Comte, el asceta parisino, en la segunda mitad del siglo XIX iluminó con sus planteamientos intelectuales a la humanidad que a partir de la Revolución Francesa vivía en una profunda crisis espiritual.
    Comte nació en Montpellier, Francia, en el año de 1798; sus padres pertenecían a la clase media, en aquel entonces católica, conservadora y monárquica. Ingresó a la escuela a la edad de nueve años y dio muestras en corto tiempo de poseer una capacidad intelectual privilegiada y un carácter independiente. Se dice que Augusto poseía una memoria fantástica, pues podía recitar largos poemas y páginas enteras luego de oír su lectura una sóla vez. De manera autodidacta aprendió español, italiano, alemán e inglés; además obtuvo premios en todos los años de su formación académica y demostró especial aptitud para las matemáticas, a las que dedicó gran parte de su vida. Esta ciencia influyó profundamente en sus especulaciones filosóficas y sociales, ya que infundió en él, según Recaséns Siches, ese “espíritu de ingeniero” en el que se cimienta su pensamiento positivista. En 1814 Comte­ se trasladó a París e ingresó a la Escuela Politécnica para es­tudiar matemáticas y física, pero así mismo, se dedicó por cuenta propia a la lectura de obras políticas. La apariencia seria de Augusto, su dedicación al estudio, su carácter un tanto introspectivo y su excesiva afición por los libros, le valieron de sus compañeros el sobrenombre de El filósofo, el cual, sin saberlo, fue una anticipación de su destino.
    Gracias al éxito escolar del que Comte gozaba podría haber aspirado a una brillante carrera, sin embargo su espíritu inquieto y sus inclinaciones políticas se interpusieron, ya que se mostró apasionadamente republicano nada menos que en la época en que Napoleón Bonaparte era el dictador de Europa. Augusto acaudilló a un grupo de estudiantes que le solicitó a un profesor, particularmente odioso para los alumnos, que no volviese a poner un pie en la clase. Este acto de rebeldía provocó que la Escuela Politécnica fuese clausurada por las autoridades y Comte fue enviado de vuelta a casa, con su familia, y sometido a la vigilancia policiaca. A pesar de todo y contrariando la voluntad de sus padres, Augusto volvió a París en 1816 y comenzó a ganarse la vida modestamente impartiendo clases particulares de matemáticas. Cuando la Escuela Politécnica reabrió sus puertas de nuevo, obtuvo en ella una cátedra de esa misma disciplina, la cual impartió durante muchos años.
    En opinión de Marvin1 pueden señalarse tres acontecimientos decisivos en la vida de Augusto Comte: el primero lo constituyó su amistad con el Conde Enrique de Saint-Simon, de quien fungió como secretario durante seis años, de 1818 a 1824; el segundo, su matrimonio con Carolina Bassin, en 1825, y el tercero, su separación definitiva de la Escuela Politécnica.
    Saint-Simon era cuarenta años mayor que Comte y ejerció sobre el joven secretario una influencia decisiva, no sólo por el renombre de que gozaba como escritor y político, sino debido a sus brillantes cualidades intelectuales. Era tan marcada la influencia que los primeros ensayos de Comte parecieron simples transcripciones de las ideas de Saint-Simon, de modo que Augusto se vio en la necesidad de alejarse de su mentor para alcanzar un estilo propio.
    Carolina Bassin, la esposa de Comte, no parece que haya tenido relevancia en los trabajos científicos de Augusto, pues aparte de que no tenía aficiones intelectuales, cuando se casó con ella, según dice Marvin, Comte había ya trazado las líneas fundamentales de su filosofía. No obstante, a ella debió largos años de sufrimiento debido a que nunca llegaron a congeniar, antes bien sus relaciones maritales parecen haber sido en extremo discordantes. Tan es así que se atribuye al fracaso matrimonial de la pareja y a la polémica sostenida con algún opositor respecto a la originalidad de sus teorías, el que Comte haya sufrido un grave “ofuscamiento mental”, hecho por el cual se recluyó en un manicomio.
    La pérdida del puesto de profesor en la Escuela Politécnica marca el inicio de una tercera etapa en la vida de Comte. Los geómetras de ese plantel educativo se aliaron en contra de él para vengarse de las fuertes protestas que Augusto escribió en el prólogo del tomo IV de su Filosofía positiva, en las que manifestaba su franca oposición a las formas de designación del profesorado. Comte habría quedado en la miseria de no ser por la ayuda económica que de inmediato le ofrecieron sus amigos y admiradores de Inglaterra, gracias a las gestiones de Stuart Mill. Posteriormente Littré, en Francia, consiguió colectas que le permitieron a Augusto vivir entregado exclusivamente a su labor creadora.
    Cabe agregar, desde nuestro punto de vista, un cuarto acontecimiento relevante en la vida de Comte: su encuentro a fines de 1844 con Clotilde de Vaux de quien, se dice, se enamoró en un tono sublime.
    Augusto Comte se inserta en el mundo intelectual en una época en que las preocupaciones y los estudios sobre la sociedad y los fenómenos sociales habían alcanzado cierta madurez. Gracias a sus grandes cualidades analíticas y de síntesis, Augusto crea su propio sistema de filosofía y política positivista aprovechando todo lo hasta entonces propuesto por otros autores. Según Comte, la anarquía reinante en Europa después de la gran crisis provocada por la Revolución Francesa se debía a que los pueblos carecían de un sistema universal de principios que estableciera entre las personas la armonía necesaria para cimentar un orden social común dentro del cual los individuos pudieran desarrollar pacíficamente sus actividades. Es por eso que Comte se impuso la misión de buscar un remedio “a tal estado anímico, verdadera enfermedad de la sociedad”, y que creyó haberlo encontrado en una nueva filosofía, cuyos planteamientos iniciales dio a conocer a través de va­­rios ensayos publicados de 1816 a 1825, hasta que estructuró una serie de ideas que ofreció claramente sistematizadas en su célebre curso impartido en París, al que concurrieron eminentes personalidades intelectuales y que publicó de 1830 a 1842, en los seis volúmenes de su Curso de filosofía positiva.
El objetivo de la nueva filosofía, era:
a) Proporcionar a las mentalidades individuales un sistema de creencias para unificar el espíritu colectivo.
b) Establecer un conjunto de reglas coordinadas sobre las creencias comunes del sistema aludido.
c) Determinar una organización política que sería aceptada por todos los hombres, en virtud de que respondería a sus aspiraciones intelectuales y a sus tendencias morales.
Es claro que un sistema de creencias sólo puede ser aceptado por todos si éste se encuentra sustentado sobre conocimientos incontrovertibles, y de ahí que la filosofía positiva trate de ser, ante todo, “una teoría del saber que se niega a admitir otra realidad que no sean los hechos y a investigar otra cosa que no sean las relaciones entre los hechos”. Para la filosofía positiva, el conocimiento de las “cosas en sí” es imposible. Debe consagrarse exclusivamente a la investigación de la realidad, rechazando todo saber apriorístico y toda especulación metafísica.
    Así considerado, el positivismo es, en cierto sentido, “una negación de la filosofía”. Sin embargo, esto depende del concepto que se tenga de la filosofía. Dice Augusto Comte:

[...] como la empleaban los antiguos, y especialmente Aristóteles, en su significación de sistema general de concepciones humanas, al añadirle la palabra positiva, indico que considero esta manera especial de filosofar consistente en contemplar las teorías, en cualquier orden de ideas, como dirigidas a la coordinación de los hechos observados.2

    Y añade:

Considerada en primer lugar en su acepción más antigua y común, la palabra positivo designa lo real, por oposición a lo quimérico. [En una segunda instancia, lo positivo representa] el contraste entre lo útil y lo inútil. Recuerdo, así, en filosofía, el debido destino de todas nuestras justas especulaciones en pro de la mejora continua de nuestra condición individual y colectiva, en lugar de la vana satisfacción de una curiosidad estéril. La tercera significación señala la oposición entre la certeza y la indecisión: indica casi la aptitud característica de tal filosofía para construir espontáneamente la armonía lógica en el individuo y la comunión espiritual entre toda la especie, en vez de aquellas dudas indefinidas y aquellas discusiones interminables que necesariamente suscitaba el antiguo régimen mental. Una cuarta acepción ordinaria, frecuente, confundida con la anterior, consiste en oponer lo preciso a lo vago.

    Finalmente considera la palabra positivo “como lo contrario a lo negativo”, y de ahí concluye que la filosofía positiva está destinada no a destruir, sino a organizar. “Saber para prever, prever para obrar”, constituye el lema fundamental del positivismo. Es, pues, una filosofía eminentemente pragmática que establece una posición ante la existencia y el universo, basada en la contemplación de una y otro sólo a través de las realidades comprobadas científicamente y con el fin de ordenar esas realidades en beneficio del ser humano.

N O T A S

1
Marvin FS. Comte, FCE, México, 1965.
2 Comte A. Cours de Philosophie Positive, Shleicher Frères Editeurs, París, 1981.


B I B L I O G R A F Í A

Ferrater y Mora. Diccionario de filosofía, Ed. Atlante, México, 1944.
Medina Echavarría J. Sociología contemporánea, Ed. La Casa de España en México, 1948.
Pane I. Apuntes de sociología, Ed. América. Madrid, 1948.
Barnes y Becker. Historia del pensamiento social, FCE. México, 1978.


alfal_fa@hotmail.com



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