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Elementos No. 61, Vol. 13, Enero - Marzo, 2006, Página 46
Miseria de la fotografía

Ricardo Vinós                 Descargar versión PDF


Ricardo Vinós (ciudad de México, 1943) se hizo fotógrafo en 1960, en Roma. En 1968 abandonó la fotografía comercial en busca de una posible verdad fotográfica. Hijo de exiliados republicanos españoles, ha prolongado el nomadeo paterno, viviendo y trabajando en lugares como México, Los Ángeles, San Francisco y Madrid, donde ha publicado y exhibido sus fotos. En México ha sido colaborador de Sábado (suplemento cultural de Unomásuno, 1997-98) y La Jornada Semanal (2005), y en España de la revista El Europeo (1992-93).
Entre sus más recientes exposiciones figuran Las orillas del olvido (El Ateneo de Madrid, 2004) y Eros crónico (participación en la colectiva Calzón quitado, La Orilla del Centro, México DF, 2005). Actualmente, Vinós vive en Cuernavaca y se dedica a imprimir sus fotos a la manera clásica (cuarto oscuro), alternando con la coordinación de la Academia Desobediente y sus clases de fotografía en el Centro Morelense de las Artes de Cuernavaca y en Casa Lamm de México, DF. jrvinos@att.net.mx


Las posibilidades de la fotografía como disciplina poética a los 166 años de su invención primera incorporan necesariamente una crítica de las teorías del conocimiento del mundo contemporáneo. El punto de partida sería una reflexión acerca de el poder de la percepción fotográfica sobre todas las formas de pensamiento y acción en la era moderna.
La voluntad humana de fotografiar el mundo y de aceptar la foto como prueba de existencia de lo representado, y de basar el conocimiento sobre evidencias fotográficas del macro y el microcosmos, y de incorporar la percepción fotográfica al universo visual, ha dado por resultado la más eficaz sustitución del mundo por su representación en toda la historia de la cultura. La expansión del universo es una foto; la presencia de los muones en la constitución de los núcleos atómicos, es una foto también; los héroes de la modernidad son fotos, desde el Mahatma Gandhi hasta el Ché Guevara, y los iconos familiares son fotografías que han sustituido silenciosamente a los personajes. Ya lo señalaba Ludwig Wittgenstein: “... consideramos la fotografía, la imagen en la pared, como el objeto mismo (la persona, el paisaje, y demás) que representa”.
Según Laszlo Moholy-Nagy,

en la cámara fotográfica tenemos el medio más confiable para el inicio de una visión objetiva. Todos se sentirán obligados a ver lo que es ópticamente verdadero, lo que resulta explicable en sus propios términos, lo que es objetivo, antes de que se pueda alcanzar ninguna posición subjetiva posible. Esto significa la abolición de una pauta de asociación pictórica e imaginativa que lleva siglos sin ser superada, y que los grandes pintores han estampado sobre nuestra visión.

¿Acaso la fotografía significa la extinción de la subjetividad, al proponer una “verdad óptica” que se convierte en la “visión objetiva” del mundo? Ciertamente, en el siglo de las crisis de la fe, la fotografía vino a quedar como aquello en lo que es necesario creer, aun si contradice directamente nuestra experiencia del mundo. Sin embargo, desde un punto de vista estricto, creer en las fotografías no resulta menos subjetivo que creer en la Santísima Trinidad o en el perdón de los pecados, puesto que la subjetividad de la fe debiera ser independiente de su objeto.
En cualquier vertiente del oficio, el fotógrafo comprende que la representación fotográfica es sencillamente una ficción dotada de un alto grado de exactitud óptica. La ficción se construye con los axiomas del ángulo, el encuadre, el foco, el revelado, el contraste: propiedades de la fotografía en estado puro, sobre las que el autor teje otra ficción de luz y sombra. En la física, esta ficción se llama hipótesis, y ya se ha enunciado como teorema el hecho de que es necesario predecir la posición de una partícula para que salga en la foto que probará su existencia. Heisenberg fue contemporáneo de Moholy-Nagy, y es conmovedor ver el triunfo de la objetividad en el arte constructivista mientras que por la puerta trasera de las ciencias vuelve a meterse la subjetividad como hilo conductor del tejido del universo.
El cosmos fotografiado es una reducción implacable. La foto roba las almas de la gente y de las cosas, y nos las entrega aplanadas en dos dimensiones, prisioneras de la emulsión de sales de plata. Ni siquiera podemos elegir entre el mundo y la foto del mundo: el ojo prefiere obedecer a la cámara, y si he visto el mundo no puedo creer en él a menos que vea la foto. Quiero decir que la fotografía ha devorado el mundo, que llega así al término anunciado por todos los profetas: la revelación del Apocalipsis vino a resultar el revelado de la Kodak.
Así, sin darnos cuenta, hemos pasado a vivir no en el mundo, sino en la foto del mundo. La vida misma es un tema sujeto a muchas dudas que sólo las fotos de la vida parecen aclarar, desde luego con aquella “claridad perfectamente tenebrosa” que decía Juan de Mairena. El ojo ha perdido su inocencia, y con ella toda posibilidad de alcanzar una visión.
Queda una esperanza. En algunos casos privilegiados, la representación fotográfica se convierte en una presencia viva y misteriosa, que se desprende del signo y se reintegra al mundo, donde habla con la memoria de la gente. La mirada se ha pervertido sin remedio, y tenemos que buscar en la imagen perversa el paraíso de nuevo perdido. Sólo la foto poseída de su propio demonio podrá rescatar al mundo.



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